La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla C1 Nurn Vs C2 Concilio

2005:04:29:16:38:06

Gaur

Fin Guerra: Concilio de Nan-Tasarion se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 5

Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 7

Condiciones climatológicas: día muy caluroso y húmedo.

Inglin

El relincho de un caballo se hoyo a lo lejos, Fastred no había vuelto de hacer la vigilancia de rutina, lo cual no indicaba nada bueno. El eco del mar se oía a lo lejos, el grito ocasional de alguna gaviota delataba la marea alta y la potencial comida cerca de la costa.

Las oscuras murallas de Losselen Tirion se erguían imponentes frente a los soldados, la noche envolvía todo sonido y nadie tenia ganas de penetrar en aquella antigua fortaleza, por mas enemiga que fuera.

Estaba sentado al lado de Jaina, ella pastaba tranquila las raquíticas hebras de pasto que crecían en el suelo, sin darse cuenta que dentro de poco tiempo sucederían cosas impensadas, yo afilaba mi espada y preparaba la mente para enfrentarme a cualquier cosa. Levante la cabeza y mire a Dellise, su postura firme indicaba que estaba muy atenta esperando cualquier señal del enemigo. Cerca suyo Inglin y Helerakulo hablaban en monosílabos, cualquiera que les hubiera visto no hubiera pensado que eran grandes señores en el arte de la guerra.

La noche pasaba sin el menor rastro del Concilio, de pronto se oyo el relincho de otro caballo en la lejanía y un caballo blanco sin jinete corrió hacia mí,

- Hertres- lo llame, como no reconocerlo, era el caballo del mejor hombre que hubiera conocido –¡Fastred- grite- que bestia concebida por este mundo ha sido capaz de esto!- al instante Dellise, secundada por Inglin y Helerakulo se percataron de lo ocurrido y corrieron hacia mi. No era necesario hacer preguntas ni hablar.

No tuve tiempo para reaccionar, una flecha zumbo por el aire y se clavo al lado del árbol donde estaba durmiendo Nimbar, la cual se sobresalto y aulló, en reacción un orco le grito a Inglin- Calla a ese pedazo de bestia peluda si no quieres que nos delate a todos-

poniendo su mano izquierda en el hombro de la elfa,

era lo ultimo que tocaría, pues Inglin se la corto en el instante – No te mato porque aun puedes sernos útil-, no era un episodio lindo de ver, pero cuando se acepta o te obligan a ser nurnita te acostumbras a esas cosas.

No puedo calcular el tiempo que pasamos en el maldito pantano, pero cuando abrí los ojos, lo único que vi fue que un humano con el escudo del Concilio peleaba contra el orco. Me hice el dormido y ni bien tuve cerca al humano le rebane la cabeza como a un arbol le sacas las ramas secas. Jaina había desaparecido, ojala no haya corrido la misma suerte que yo.

Agudicé el oído, y vi que un pequeños grupo de orcos hombres nurnitas liderados por Helerakulo, corrí inmediatamente hacia allí, el resto de los soldados nurnitas corrían hacia la costa mas desprotegida, la siesta y la suerte me habían recobrado el animo. Terminamos rápido con esa tropa de tassarianos, pero como logre deducir, había pasado algo mientras no estábamos, Dellise hablaba rápidamente con Helerakulo, mientras tanto, los pocos soldados tassarianos que se veían en el campo, corrían desesperados hacia la Losselen Tirion, su puerta de cenizas volcánicas nos daba la espalda y nos decían que tendríamos que esperar mas tiempo para poder causar mas daño.

Me hubiera gustado conocer mas Haldanori pero mi propio orgullo me lo impidió. Mi suerte cambio cuando me dirigia a mi tienda, me tropece con un bulto en el suelo, baje la vista y vi que yacía un joven Tassariano en el suelo, me acerque a el y le pregunte que edad tenia, me respondió que tenia 25 años, recordé como era por aquel entonces, un joven despreocupado y sin animo de guerras, y recorde una voz que hacia tiempo no recordaba –hijo, cada vez que quieras usar la espada usa la mente antes, asi cometeras menos errores- pero una voz me corto el recuero –máteme cruel señor- lo mire a los ojos, grises y bellos pero casi sin vida, desenvaine la espada y me disponía a hacerlo cuando se me cayo de las manos, los ojos se me humedecieron y pensé en sus padres, este no era un pensamiento digno de un nurnita, pero muchas veces me pregunte si los grandes soldados no sentirían eso alguna vez- envaine la espada y me largué a correr.

Pero algo me detuvo y me hizo retroceder en mis pasos, algunos les llaman destino, un grupo de orcos estaban disputándoselo, regrese y los mate, luego hice lo mejor que podría haber hecho, desenvaine la espada y la hundí sobre mi pecho, me morí feliz, viendo esos ojos grises y sabiendo que había sido un hombre justo.

Cuando Dellise e Inglin se toparon con esta escena no pensaron que había sido obra de un soldado nurnita sino que había sido un acto de locura por la guerra, pero se equivocaban, y rara vez se volvería a ver en un soldado de Nurn una acción tan digna de respeto, aunque pocos la aceptarían tal cual allí.

Cuando los dirigentes de la compañía se reunieron, se toparon con una yegua blanca parada en medio de las filas de soldados, no permitió que la montaran, pero no se les separo cuanto tiempo le quedaba de vida. La Yegua era Jaina, quien seria responsable de hacer recordar a Amros su dueño.

A partir de allí no se despego de la compañía primera, y todos los que la veían, pensaban en un par de ojos grises, y la pena les inundaba los corazones, pasajera cierto, pero nadie podía decir que, ya no los nurnitas no sienten pena, pues aunque sea por un segundo, Jayán, la fiel yegua de Amaros se encargara de recordárselos, hasta que sus días es la Tierra Media terminen.

Ese día se conocería como el día en que los nurnitas se olvidaron de serlo.

[Editado por Carlita el 22-04-2005 01:53]

Manveru

Maldito sea el día que me trajo a Losselen Tirion. Maldigo a los reyes y sus locuras, al inventor de la espada, el arco y la lanza, al domador de caballos y al ingeniero de asedio. ¿Quién, en su sano juicio, permitiría tal barbarie?

Nos despertamos con el toque de las campanas, como de costumbre, aunque los vigías habían avistado enemigos en las costas. Se fueron orcos para volver más orcos. ¿Qué tenemos para atraerles tanto? Esta ciudad es bella, maldita sea, no un agujero para asquerosos orcos.

Ya apenas quedamos hombres; el cuerpo principal de infantería humana lo forman los númenoréanos… ¿trescientos hombres pueden formar una unidad principal? Es insultante. ¿Dónde están los grandes ejércitos del Concilio? ¿Dónde está la grandeza de sus estandartes? Yo lo sé; sus ejércitos ya no son más que fantasmas y recuerdos, y sus banderas están todas hendidas y abatidas en el fango.

Incluso tienen que recurrir a nosotros, los campesinos, que no entendemos de guerra ni del manejo de las armas, gentes que únicamente hemos manejado hoces y guadañas. Bien, contendré mis sentimientos, pues amargos son todos, y no quiero que este humilde diario se convierta en una mera taberna donde en vez de hombres se emborrachen insultos y palabras agrias. Amo a mi país, aunque no soy más que un simple campesino, y mi supervivencia lo es todo; sin mí mi mujer y mi hijo estarían condenados a la desgracia.

Me vestí con rapidez, aunque noté algo extraño al amanecer. Siempre, al levantarme, mi hijo pequeño se despierta para despedirse de mí. Mi pequeño Thoran, de mente tan avispada y corazón tan encendido. Él no es un campesino. Hemos ahorrado mucho para que pueda ir a la universidad, y creo que un gran futuro le espera.

No obstante, aquel día presentí algo malo, y cuánta razón tenía. Pues busqué a mi pequeño por toda la casa, y no hallé ni rastro de él. Ya empecé a preocuparme, pero logré reprimir mis temores, que creía infundados, y me dispuse a partir a los campos de acantonamiento. “Habrá ido a jugar más temprano que otros días”, me decía.

En los campos repartieron nuestras mermadas huestes en cuatro frentes. El primero lo formaban los enanos, las tropas más numerosas de nuestro ejército; apenas superaban los mil, que eso sea de ayuda para calcular la inferioridad numérica a la que nos enfrentábamos. El segundo frente lo formaban los númenoréanos, gentes extrañas de un recóndito lugar. Detrás de estas dos filas estaban los pocos arqueros elfos supervivientes, y los ents de nuestra compañía.

No obstante pareció ser que el Duque y Manveru decidieron combatir a campo abierto y plantar cara, pues abandonamos la ciudad y encaramos al enemigo lejos del amparo de las murallas. Ocurrió que, de repente, como transportado por una visión, vi a mi hijo en la playa, extraviado y lloroso, muy cerca de los enemigos y destinado a morir.

No pude soportarlo. Una locura se adueñó de mí como nunca antes había ocurrido, y me lancé el primero hacia el enemigo. No obstante aún circulaba razón por mi cerebro, y mi plan consistió desde el principio en distraer al enemigo, para poder rescatar a mi hijo cuando la confusión de la batalla me permitiera moverme sin ser reprendido por mis superiores.

Las primeras líneas de orcos cayeron con facilidad, aunque empujados por la superioridad numérica retrocedimos. Maté al primer orco con un certero golpe en plena frente, y otro al segundo después cortándole la cabeza. Es la guerra, me temo. No hay razón de ser, simplemente instinto de supervivencia. Quizá hubiera flaqueado y mi bondad me hubiera doblegado, impidiéndome por mera piedad matar a un solo ser vivo; eso no ocurre casi nunca en la guerra, no al menos en pleno fragor de la batalla. El único pensamiento que cruza tu mente es el de sobrevivir, sobrevivir a toda costa, sobrevivir para ver crecer a tu hijo. ¡Tu hijo! Entonces me acordé del pequeño Thoran, y después de matar a otros cinco orcos, lo cual me costó un par de cortes en el brazo y la cara, me puse en camino.

La batalla se desarrollaba casi en la propia costa; Nurn había establecido sus ejércitos entre dos riscos escarpados. Una posición arrogante, pues podían sufrir continuas emboscadas. Y eso ocurrió aquel día, pues los ents decidieron ascender, y con grandes saltos se posicionaron encima de los riscos, lanzando enormes rocas a los enemigos. Eso quizá salvó al Concilio aquel día, pues muchos orcos, ante la incertidumbre y el miedo ante las grandes rocas, corrieron en desbandada; fueron pocos, en realidad, pero suficientes como para dar pie a una retirada.

Cuando tuve espacio para abandonar el campo, corrí entre las filas del Concilio, donde el peligro era menos acusado, jadeante, embarrado y saciado de sangre orca. Avancé durante largo rato abriéndome paso entre mis compañeros. Pocos me hicieron caso, pues estaban más pendientes del avance enemigo o de disparar continuas lluvias de flechas.

Cuando encontré el camino, empedrado y bien formado, aunque desgastado por el continuo paso de los ejércitos y las máquinas, lo seguí durante varias millas, espoleado por una visión que bien podía ser un producto de la locura de un hombre viejo.

Posteriormente el camino comenzó a ascender entre riscos y paredes verticales, donde la roca dura me impedía subir con gran rapidez. No miré al campo de batalla durante todo el ascenso, pues sabía que me daría pánico ver el avance de Nurn, su superioridad frente al pequeño contingente tasariano.

En los últimos tramos el camino se abrió paso por entre los acantilados, y pude subir con mayor rapidez. Finalmente superé el último trozo del ascenso, y ya, sin peligro de caída, miré al campo de batalla. Puesto que los soldados de Nurn estaban encajonados, no podían enviar todas las tropas para cercar al ejército de Nan Tasarion y exterminarlo de un mazazo, y en muchas zonas el desánimo cundió en Nurn. No obstante fueron aquel día las pérdidas mayores en nuestra Compañía, aunque no por mucho ciertamente.

Acordándome de mi hijo, decidí continuar el camino. Anduve largo rato por el sendero, aquí bien allá mal. Detrás de mí oía el grito continuo de los combatientes luchando a muerte, y me estremecí. El camino se bifurcó en varias ocasiones, bien abriéndose paso entre riscos de roca dura volcánica, o bien subiendo por entre las colinas. Finalmente la tierra se abrió alrededor y pude contemplar el mar.

Miré con la vista tan forzada como pude en todas partes de la playa, y con el corazón encogido sólo vi arena y mar, sol y suaves olas.

Me dio un vuelco al corazón. Cerca de la zona de desembarco de Nurn, donde una flota enorme descansaba tranquila, ajena al alboroto de la batalla, dos pequeños bultos, apenas visibles en la oscuridad creciente de la noche, se movían raudos en una sola dirección. Eran dos niños, según distinguí entonces: uno persiguiendo a otro.

Fue la prueba definitiva que necesité. Me lancé directo hacia mi objetivo, con la espada en alto y un grito salvaje en mi boca; entonces me fijé en el perseguidor, mientras la furia me envolvía: se trataba de un orco, corpulento y con los ojos rojos, de aspecto hosco y amenazador, tuerto y con una gran cimitarra en la mano. Estaba claro que mi hijo se había aventurado hasta el campamento de Nurn, y un vigía le había visto.

El orco, al verme, me encaró, y olvidó al niño, que tropezó y quedó en el suelo jadeante y lloroso. Una furia asesina como nunca había conocido me envolvía, según recuerdo. Esgrimí de nuevo mi escudo, que había permanecido en mi espalda cuando abandoné el campo de batalla, y ataqué al orco.

Tuve suerte entonces, pues aquel ser demoníaco, que todas las maldiciones de Mandos caigan sobre él, pasado el asombro inicial, le asestó una fuerte estocada directa al pecho, que esquivé malamente con el escudo. Sin embargo, la placa de metal hizo rebotar al filo, que me hirió en la mejilla.

Ya no pensé más, me limité a dejarme llevar. No recuerdo mucho de aquel encuentro. Sí que puedo decir que fue largo y fatigoso, y que ambos acabamos sin aliento, que recibí muchos cortes y heridas, y que muchas veces estuve a punto de morir. No obstante la suerte me fue propicia, y en un despiste el orco tropezó con mi pie al errar un nuevo ataque, y pude, con un efectivo golpe, rebanarle la cabeza.

Corrí con mi hijo, el cual aún sollozaba en la arena, ajeno a todo. Le tomé entre mis brazos y le consolé como pude, sintiendo como nunca antes un cariño hacia mi hijo que me reanimó el cuerpo y me dio fuerzas para continuar. Así pues, cuando Thoran se tranquilizó, Arrojé el escudo al llano, cargué en brazos con su pequeño cuerpo de diez años, y me puse en marcha. El camino fue largo y fatigoso, pues a la dureza y la irregularidad del terreno se añadía el hecho de que tenía que cargar con mi hijo.

Cuando llegué al precipicio por el que había subido, me cayó el alma encima. ¿Cómo podría bajar con el niño a cuestas? Estaba muy mal, aún traumatizado por la experiencia, y completamente agotado. No resistiría una bajada así cogido a mi espalda. Por otro lado, yo tampoco podría.

Me las arreglé, no pregunte el lector cómo, para conseguir una cuerda, dura y resistente. Até la cuerda a la cintura de mi pequeño, y así, lenta y fatigosamente, conseguí bajarlo. No emitió ni un solo gemido, ni un solo ruido, mi astuto Thoran, aunque ya pocos nos harían caso, pues la tropa de Nurn ya sólo se proponía cazar al enemigo en desbandada.

Había pocos muertos, muy pocos, entre nuestras filas, no obstante. Nuestras tropas cargaron con todos los heridos que pudieron, incluso algunos que posteriormente morirían por sus heridas, y hubo realmente muy pocos muertos, de uno y de otro bando.

Cuando conseguí bajar, ayudado por la bienamada cuerda, que até a un árbol y me sirvió para descender con relativa rapidez, tomé a mi hijo en brazos y de nuevo me lancé a la carrera. Era entonces una prueba de velocidad. A mi espalda estaba la muerte, que extendía su manto rápidamente hacia nosotros, y de frente la dura vida de un campesino como yo.

Me uní al grupo que corría en desbandada, alentado por unos invisibles y suaves latigazos, los cuales me dieron alas y me libraron de la muerte aquel día. Finalmente, exhausto (aunque feliz) llegué a la puerta. Vi de reojo a Manveru y a Arioch, los cuales hablaban en silencio entre ellos. Manveru empuñaba una hermosa espada blanca, reluciente y muy labrada, de un extraño e incomprensible poder. La empuñadura parecía unirse a su brazo, por lo que se le había comenzado a llamar Mano de Plata. Arioch, por su parte, vestía la típica armadura negra, miraba con los típicos pero siempre sorprendentes ojos, y blandía la típica pero terrible espada.

Sin muchos ánimos de hacer nada salvo hablar y divertir a mi hijo, di la vuelta y me interné en la ciudad, con mi hijo en brazos y una extraña sensación de lucidez y alegría.

Gaur

Resumen de la batalla:

Nurn ha perdido 5 armadas x35= 175 puntos.

Recuperables: 117

Valoraciones: 6+6+6+7+7= 6,4

Recupera: 75 puntos.

Pierde: 100 puntos.

Concilio ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.

Recuperables: 82

Valoraciones: 9+9+9+8+9= 8,8

Recupera: 72 puntos. Los personajes han sufrido daños por un 50%, por este concepto recuperan 175 puntos. Total 72+175= 247...maximo 245.

No pierde ningun punto.

Nurn percibe 75 monedas por batalla ganada.

Concilio cede 100 monedas a Nurn por abandono de batalla.

Compañias libres y actualizadas!