Seregruin
Fraia observaba, escondida tras unas rocas, el movimiento de los jinetes rubios. Sus monturas respondían al toque de las riendas dócilmente y con naturalidad, como si adivinaran la voluntad de sus amos un instante antes de que ésta se manifestara. Los blondos hombretones eran de grandes y poderosos cuerpos, realmente enormes y desmedidamente fuertes para una pequeña niña como Fraia, que continuaba agazapada, aguantando la respiración y contrayendo sus músculos, aterrorizada de pensar que alguno de aquellos gigantes pudiera oírla y lanzar sus caballos sobre ella.
La pequeña Fraia fijaba sus ojos en esos rostros tan horriblemente deformados por la furia asesina. Sus monturas, esplendorosamente blancas y soberbiamente ataviadas, se paseaban altaneras por la pradera, los jinetes recostados sobre ellas, olfateando el camino a seguir. Los caballos piafaban sin cesar. La huella que aquellos malvados seguían parecía habérseles vuelto invisible. Y aunque Fraia sabía muy bien qué era lo que los caballeros de las espadas ensangrentadas estaban buscando, nunca se hubiera acercado a darles una respuesta.
----------------------------
El tiempo, como si el rocío mañanero goteara de las hojas de un limonero, transcurría lento y caluroso. La diminuta niña morena comenzaba a incomodarse porque aquellos hombretones que exhibían cornamentas sobre sus cabezas no se decidían a marchar, y porque las piernas le picaban rabiosamente. Un insecto peludo y feo -de esos que se arrastran entre los verdes matorrales- se le acercaba despreocupadamente, acrecentando la angustia de Fraia al demorar el contacto con su piel... pero la pequeña pastora no se movía. Prefería el inevitable ardor que aquél gusano repugnante pudiera causarle al de los afilados aceros de los caballeros. Bajo el calor, y entre los matorrales, la ruda y solitaria pastorcita sudaba copiosamente. Porque aunque hubiera vivido toda su breve e intensa existencia en el descampado, curtiendo su piel en los trabajos rurales bajo el flamígero brazo de Anar, la ansiedad nerviosa de aquella apurada situación la torturaba.
¿Quién supiera en qué feliz instante aquellos asesinos montados partirían nuevamente rumbo a sus lejanos hogares?
Finalmente, Fraia suspiró aliviada. Pero con un suspiro muy quedo, porque aún temía que aquellos demonios blancos la pudieran escuchar con sus élficas orejas, que brillantes trenzas rubicundas -blancas como el oro- enmarcaban. Los caballeros se alejaban ahora en esa dirección que la pastorcita nunca les hubiera indicado, sus blanquísimas figuras perdiéndose por las verdes y ondulantes praderas. Y esto no era bueno, no. Pero al menos se alejaban de allí, y dejaban a la pobre niña en paz.
---------------------------
Con extremo sigilo -nunca se sabe cuándo hay un jinete observando detrás del próximo repliegue de una colina- la niña salió de entre las ramas de su escondite y se sentó sobre las rocas que, hasta recién, la protegían de la asesina mirada de unos claros y tumultuosos ojos, helados como los arroyuelos de las montañas. Valiéndose de una piedra, aplastó con odio al bicharraco verde y peludo que se arrastraba aún por entre las matas, y justo debajo de su pie desnudo. Luego, irguiéndose sobre su atalaya, miró a lo lejos, protegiendo los oscuros ojos con la palma de su manita: el galopar de aquellos espléndidos caballos -que sus amos cuidaban y aseaban más que a sus propios niños- se alejaba por una verdísima llanura tapizada en pastizales.
¿Cómo puede tener esta gente tan cruel unos caballos tan hermosos, y morar en estos prados tan bellos y fértiles regados por tan límpidos arroyos que en cascadas caen desde los puros y elevados manantiales de las blancas montañas?
La preciosa niñita morena se hacía estas preguntas con algo de fantasía inocente y de arcadia idealizada, sí. Pero hay que considerar que en su poblado los animales eran viejos y enfermos; y que la tierra yerma, de opacos tonos parduscos, no ofrecía exuberantes pastizales ni copiosas espigas doradas, sino raquíticas hortalizas que el sol o las lluvias arruinaban muy a menudo.
¿Cómo podía ser que estas gentes asesinas tuvieran la dicha de vivir en un paraíso así mientras que su humilde familia apenas podía alimentar a los niños pequeños, tan hermosos y tan morenos como Fraia, y muchos de los cuales habían muerto congelados en las inhóspitas tierras en que subsistían?
Pero la niña no esperaba hallar respuesta a sus cavilaciones. Enarboló un pequeño cuerno de cabra y sopló a la manera de su tierra. El sonido, que semejaba el de un pájaro de las montañas, y que se escuchó increíblemente potente en el aire diáfano de la mañana, daría aviso a los perseguidos de que las diversiones habían fallado, y de que los caballeros ya se encontraban en su huella. Luego, y con una agilidad insospechable en su raquítico cuerpecito, la niña corrió grácil montaña arriba, saltando de peñasco en peñasco como las jóvenes cabras que en días más tranquilos solía pastar.
Ya no, porque desde que los gigantes rubios atacaran su hogar, todo había cambiado para siempre.
*******************
Tras muchos extenuantes días de solitaria marcha por los rocosos desfiladeros de las blancas montañas, Fraia debió buscar un sitio seguro para descansar: su misión la había llevado cerca de la ciudad-sobre-la-colina y los jinetes asesinos podían hallarla en su ronda nocturna. Mientras el débil sol otoñal se ocultaba tras las altas cumbres, la niña se ubicó debajo de una saliente y apiló un pequeño montón de hojas secas para recostarse. Aquél no sería el mejor de los escondites, pero le permitía observar lo que ocurría debajo, en el camino. Y como todas las noches desde que se internara tan profundamente en el inmundo país, divisó, con los estertores del día, a los primeros jinetes que de a parejas salían por entre los desfiladeros. Pero esta vez advirtió algo extraño justo por fuera de su escondite: envuelto en las sombras, un hombre alto y de cabellos oscuros, con una pesada espada ceñida a la cintura, escuchaba atentamente la animada palabra de un rubio caballero.
Fraia no entendía del todo la lengua de los invasores, pero aquellos dos hombres parecían estar en paz. Y esto la confundió, porque aunque no pudiera decir cómo ni de dónde, ese hombre moreno que portaba un espadón como los de su tierra le recordaba un pasado distante, unas carreras demenciales sobre la ladera de alguna verde colina hoy tristemente mancillada.
----------------------
Pero poco después, cuando el jinete -que decía llamarse Hulrad- le alcanzó a su compañero las riendas de un brioso corcel, un rayo de luna iluminó de lleno el rostro de su interlocutor. Y Fraia reconoció en aquel hombre a su primo Armend.
¡¿Cómo podía ser él un jinete?!
Sin vacilar, y viendo que el rubio caballero se alejaba camino arriba, Fraia corrió al encuentro de su primo que, de no haber sido por los pedruscos que golpeaban ruidosamente sobre su capacete, pronto hubiera cabalgado lejos de allí. Armend detuvo su montura y, dolorosamente sorprendido, sintió la embestida de la niña que se abalanzaba enloquecida, golpeando su cota de malla, lastimándose los dedos, sangrando sus nudillos. Con una lágrima corriendo por su cara, alzó a la niña en brazos y la subió al caballo.
A pesar de su desesperación y de su rabia, de todo su odio y decepción, Fraia golpeaba el cuerpo y arañaba el rostro de su primo en silencio... porque era pequeña y estaba desconsolada, pero no era tonta y sabía que los jinetes rondaban. Y ahora, mientras el extranjero caballo galopaba hacia la noche de las praderas, la niña lloraba amargamente encogida en la grupa, las pequeñas manos aferrándose los codos, el compungido rostro vuelto sobre el regazo, los doloridos ojos cerrados con fuerza. Su mundo se había desvanecido, y ya nada le importaba. No le hubiera molestado caer del corcel, por ejemplo, pero la sujetaba el enorme y cariñoso abrazo de su primo. El jinete moreno besaba la convulsa cabecita de la pequeña cada tanto... y cada tanto una lágrima suya se mezclaba en los cabellos de Fraia.
-----------------------
La cabalgata prosiguió, silenciosamente dolorosa, durante otras dos o tres horas. Finalmente adormecida, Fraia escuchó la voz de unos Jinetes en la lejanía. Se estremeció y sus ojos suplicantes se volvieron hacia el rostro de su primo... pero él le devolvió una dulce mirada que rogaba por paciencia y silencio.
-Salve, Dunledino, os esperábamos -saludó el Capitán de los Jinetes cuando estuvieron cerca-. ¡¿Pero?! ¡¿Qué traes aquí?! ¡Deberías saber que las Leyes de Rohan prohíben jugar con niñas!
El Capitán parecía exagerar su indignación, aprovechando la situación para humillar al enemigo:
-¡Observad, Jinetes de la Marca, las salvajes costumbres de los Hombres Oscuros y alegraos de pertenecer a nuestra Raza! ¡¿Os imagináis vendiendo a vuestras hijas por media docena de cabras raquíticas?! ¡¡Pues eso es lo que os espera si os dejáis vencer por esta estirpe de rufianes!! -tronó la voz del Capitán, que sin embargo parecía divertida.
Sin embargo, en la pausa que se hizo luego de aquel estallido sarcástico, una débil voz fue cobrando fuerza y determinación:
-¡Sucio Forgoil! ¡Mis padres no me vendieron!
Pero lo cierto es que Fraia apenas conocía el idioma de los invasores. Y si por pura inspiración, y desesperación, había entendido las palabras vender, hijas, cabras, Hombres Oscuros, ya no era capaz de pronunciar mucho más en aquella lengua sinuosa y traicionera. Se interrumpió en convulso llanto y cubrió su rostro con las manos.
Las carcajadas de los caballeros no se hicieron esperar.
-Pues bien, Dunledino, puedes pasar y alistarte. Pero la niña se queda aquí -las carcajadas se redoblaron-. Por cierto una buena presa has conseguido, rufián: una salvaje cabrita de las Tierras Oscuras -e hizo el ademán de acariciar la cabeza de Fraia.
Entonces la niña mordió la mano de su primo, que la soltó por un instante. Suficiente para que se arrojara del extranjero caballo y echara a correr por los campos.
En su fuero íntimo, Fraia sabía que nunca se dejaría atrapar, por más que cien flamígeros caballeros la persiguieran. Porque Fraia era aún una niña, pero sabía que si los Forgoil la capturaban ella debía callar. Y que, aunque la torturaran o la mataran, debía conservar su silencio: porque su pueblo estaba en guerra, y su misión era ayudar en la avanzada de las tropas de su gente, ese pueblo olvidado y despreciado, dejado de la mano de los demás pueblos de la Tierra Media
***************
La guardia montada fue tras ella. Y su primo era retenido por los más fuertes de entre los Jinetes.
Prisioneros y humillados, los arrastraron por las sinuosas calles de la ciudad-sobre-la-colina hasta llegar al Castillo de Oro. Y allí estaba el Rey Mano-Martillo. Y éste, luego de mirarlos por un largo rato, dijo:
-Dunledino, ¿a qué estás dispuesto por la libertad de tu amada niña, a quien has traído aquí sin permiso alguno?
-Ningún sacrificio sería exagerado, Señor. Daría mi vida por ella -respondió el hombre, mirando el suelo.
Fraia se desesperaba por echarse a golpes sobre su primo, pero era sujetada por los más fuertes de la escolta del rey. Viendo que la niña pujaba por huir, el Rey se apresuró a dictar sentencia:
-Armend, tres veces traidor, por tu desobediencia te obligo a permanecer bajo mis órdenes y mi mirada. Combatirás con mis ejércitos, librándote yo mismo con la bendición de la muerte.
El hombre lloraba, la cabeza vuelta sobre el pecho. El Rey se dirigió a la niña:
-Mi pequeña Fraia, en toda mi Real vida he visto tanta valentía en una persona tan pequeña. Me admira tu astucia, pero aún me resta comprobar de qué eres capaz. Respóndeme esta sencilla pregunta: ¿Estarías dispuesta a renunciar a tu pasado Dunledino y a vivir aquí, en Meduseld, junto a tu primo? Tendrás mi cuidado, y cuando la guerra con tu pueblo acabe...
Pero Fraia no dejó terminar de hablar al rey. Escupiendo a sus pies, auguró el fin de su estirpe y escapó de la Sala. Armend ofrecía la hoja sangrante a su Señor.
Ella nunca se dejaría atrapar por los Forgoil, porque ella era Dunledina.
...............
por
Carlita & Seregruin
