Se dice que Elros, hijo de Eärendil el portador del Silmaril, tuvo varios hijos allá en la bienamada Númenor, y entre ellos estaba Atanalcar el Alto. Era un hombre de pelo largo y negro, ojos grises y de aspecto cansado, nariz larga y puntiaguda; se trataba de un hombre sombrío y muy serio, aunque cariñoso con sus seres queridos.
Atanalcar vivió hasta el año 580 de la Segunda Edad del Sol, según las genealogías reunidas por Manveru Sáriendil tres mil años después, actualizadas muy posteriormente por su heredero en tiempos del resurgir del Reino Unificado, Elegost el Medio Elfo.
Atanalcar era uno de los hombres del mundo antiguo, y le gustaba oír música e historias acerca de los elfos y sus hazañas, y se educó largamente en muchas ciencias, formando su propia escuela en la capital del reino. No obstante su mayor hazaña, la cual ha sido ya olvidada, ocurrió del siguiente modo.
Corría el tercer siglo de la Segunda Edad, y Atanalcar era ya un joven orgulloso y bien formado. El reino aún era frágil y se estaba forjando, aunque por aquel entonces ya sus navíos eran famosos aún entre los elfos. Así pues el númenoréano tomó un barco y partió hacia Beleriand, buscando algún resto de aquella antigua civilización.
Mucho sufrió y mucho navegó, y varias veces el mar estuvo a punto de tragarlo, pues asentado en una tierra tan inestable como la derruida Beleriand, el mar se revolvía y formaba continuos remolinos y marismas, y muchas veces el joven creyó morir sepultado bajo el océano.
Pareció ser que Ulmo fue clemente para con él, y le perdonó la vida en ese momento, y Atanalcar pudo salvarse del trayecto. Quedó asombrado de la desolación en la vasta región, ahora toda ocupada por el agua, en la que aún se podían ver flotando a la deriva extraños materiales o putrefactos trozos de madera, los cuales aún se mantenían en el agua por su perfecta manufactura. El númenoréano, incluso, creyó ver en un pedazo de madera un símbolo en espiral.
En muchas zonas el agua era clara y luminosa, y se podía ver la silueta de montañas y antiguas ruinas, olvidadas en la desolación y la herrumbre, e invadidas por un ejército de peces y algas.
Así pues finalmente el númenoréano llegó al islote en el cual reposaban los restos de Morwen, la llamada Tol Morwen. Allí el joven rindió grandes homenajes, y bendijo la suerte que lo trajo a aquel lugar, pues muchos tesoros, pergaminos, escritos y armas residían en el pequeño lugar, y Atanalcar cargó todo lo que se pudiera estudiar en el barco, en especial pergaminos y demás documentos.
Cuando iba a embarcar para irse, Atanalcar se fijó de pronto en una espada negra de bella manufactura, y quedó hechizado por ella, pues la tomó y se la llevó, llamándola Núril, la Hija de la Muerte. Esta espada se convertiría en el legado de todos los herederos, y tendría la oportunidad de batirse en corto duelo con una similar a ella. En tiempos de Manveru fue quebrada por una espada de menor edad pero mayor poder, pues según decía éste en sus diarios, se trataba de un filo hechizado por un poder maligno.
Agânmîth sería llamada entonces, un nombre en adûnaico, y dejaría de ser negra para ser blanca como el marfil, hermosa pero no terrible.
No obstante, cuando los númenoréanos vieron la espada por vez primera, cuando Atanalcar regresó del largo viaje, quedaron maravillados, pues creyeron que era aquella la espada de Túrin Turambar, el Amo del Destino.
La beatitud de Númenor fue ya completa y Atanalcar, cumplido ya su cometido y libre de preocupaciones, un día se despidió de su mujer y se tumbó a dormir. Entonces el rostro se le elevó, y pareció más grande y poderoso que ninguno allá en la Isla de la Estrella. Los cabellos largos y grises le caían serenos y apagados hasta los hombros y el rostro, ya hermoso de por sí solo, con la paz de la muerte alcanzó una pureza que mucho alabaron después, y llamaron a Atanalcar el Elfo, pues mucho se pareció a uno de ellos una vez dormido para la eternidad.
Y así murió el tercer hijo de Elros, enterrado con grandes honores y muchas fiestas; y fue enterrado en Armenelos, en un túmulo especial preparado para él, y no hubo una sola mano que profanara aquel lugar durante siglos, hasta los tiempos del Oscurecimiento de Númenor y su posterior caída.
No obstante, el rey tuvo dos hijos, Melmien y Malantur, los dos tan altos y poderosos como su padre. La primera lo igualaba e incluso superaba en hermosura, y el segundo había tomado su valor y su prudencia.
Malantur no gustaba demasiado de los placeres de palacio, y a poca edad se aventuró en largas expediciones a las tierras del sur y del este, colonizó muchos lugares y maravilló a su padre con sus historias. Melmien lo seguía en algunas ocasiones, pues su amor era grande y hermoso, y el espíritu de la númenoréana era casi tan fogoso como el de su hermano.
No obstante, ocurrió que el destino no fue clemente con el joven, pues cuando contaba ciento diez años, una edad entonces joven y próspera para un númenoréano, pues sobre ella era en la cual se solía tomar matrimonio, sucedió que se lanzó a una nueva aventura, en las tierras del este.
Allí decidió escalar una montaña, una montaña alta y peligrosa, de pendientes casi verticales y muy pocos accesos. Sus compañeros, unos diez entonces, le aconsejaron dar la espalda a aquella mole blanca y negra. No obstante, fue en vano, pues no hubo hombre capaz de convencerlo, y todos por lealtad, se vieron obligados a seguirle.
Ninguno volvió de aquella desventura. Muchas leyendas corrieron acerca del destino de los númenoréanos, y durante siglos aquella montaña se consideró portadora del mal y de mal augurio.
Corría el año trescientos veinte cuando ocurriera aquella desgracia, y entonces durante largos años tanto Atanalcar como Melmien se volvieron fríos y tristes, y el invierno en su corazón tardo cierto tiempo en extinguirse, y nunca se fue del todo.
Ahora bien, la bella Melmien encontró por fin un hombre al que amar, de nombre Menendil, y de alto linaje, y durante casi toda su vida el dolor se adormeció y casi desapareció de su corazón, lo mismo que Atanalcar, acunado por la felicidad y abundancia del momento, y por el cariño de su esposa.
Hijos de Melmien fueron Nárion y Helkion, el primero tan valiente, osado y activo como su propio nombre indicaba; siempre estaba acalorado y presuroso, mientras que su hermano era lo contrario: más frío y solitario que un témpano, serio y altivo, oscuro pero de corazón bondadoso. Por eso mismo el amor entre ambos hermanos fue tan grande, puesto que ambos eran completamente distintos, y se complementaban.
Ambos eran gemelos, pues ambos habían nacido en el año trescientos cuarenta y siete, el mismo día en el mismo momento, algo que les unía igualmente, pues eran idénticos en tamaño y forma, aunque los ojos eran completamente distintos: siempre llameantes y amenazantes en Nárion, fríos y apagados en Helkion.
Las aventuras y correrías de ambos hermanos fueron también notables, aunque no tanto como las de Malantur o el propio Atanalcar. Helkion tardó algo más que Nárion en encontrar una mujer a la que amar, pero al fin la encontró, y tuvo un hijo con ella, Helkendur, que murió no obstante cien años antes que él, pues en un viaje a la Tierra Media se envenenó comiendo ciertas hojas, cayó en un sopor mortal y se fue.
En el año en el que se produjera tan aciago suceso Helkion se volvió más frío y duro, dejó de amar a su esposa y a su hermano, se olvidó del mundo y se dedicó al estudio.
No obstante Nárion fue de mayor fortuna, y tuvo dos hijos, Anándil e Isindil, ambos jóvenes poco parecidos a su padre y más a su madre, pues eran tranquilos y sosegados, habituados al estudio y a la ciencia, poco dados a la espada, aunque la usaban cuando era necesario. Por ello ambos no fueron tan alabados como los demás, aunque sus obras sobre astronomía y matemáticas fueron un verdadero logro, y todos los descubrimientos posteriores relacionados con estas materias estuvieron bien asentados en las aportaciones de los dos hermanos.
Ahora bien, Anándil tuvo un hijo, al que llamó Súrear, pero fue un hombre duramente castigado por la enfermedad y las penurias. Cuando finalmente logró curar de todos sus males, se había vuelto hosco y solitario, y partió a la Tierra Media durante casi toda su vida, solo con los animales que criaba, y murió noventa años después que su padre, en el año ochocientos setenta.
Isindil, no obstante, tuvo mayor fortuna con su único hijo, Eärion, el cual retomó la valentía y el coraje de su abuelo, y vivió como comandante en jefe de los ejércitos de Númenor, librando muchas batallas contra los sirvientes del mal y colonizando muchas tierras en el este y el sur. Fue uno de los herederos de la Casa de Atanalcar que más años vivió, igualando casi a los propios del hijo de Elros, pues vivió durante cuatrocientos treinta y tres años, mientras que Atanalcar llegó a los cuatrocientos ochenta.
La hazaña más gloriosa de Eärion fue la de internarse en las mazmorras de un nigromante que vivía en las tierras del este, emponzoñando y arruinando la región. Allí se enfrentó a todas las tretas del oscuro señor, y las derrotó una a una. Finalmente logró derribar la torre, y un mal del mundo se fue con ella.
Eärion vivió hasta el año novecientos cincuenta, y pudo ver por tanto, regocijado de alegría, cómo su hijo alcanzaba mayor fama que la del rey mismo. Valarion fue llamado, un nombre que bien se correspondía con la realidad. Se trataba de un númenoréano alto, de extraño pelo rubio y largo, ojos grises y tan llameantes como una viva llama, nariz aguileña y pequeña, y mirada siempre férrea y decidida.
Valarion habría de nacer el año seiscientos doce, ciento cinco años después que su padre, y a los pocos años de vida, apenas treinta, ya era imbatible en el arte de la espada y el arco. Su caballo era llamado Nirnaeth, pues cuando cabalgaba el pelo refulgía y parecían ser gotas que caían del cuerpo del animal.
A los cincuenta años Valarion ya era capitán de gran parte del ejército, y capitaneó grandes batallas contra el mal, llegando a ser famoso tanto por su osadía como por su inteligencia de estratega. Entonces fue llamado como Valarion el Fuerte, y pocos le igualaron en méritos y poder, salvo quizá Istarion el Grande, Eldarion el Joven o Manveru Sáriendil mucho después.
Su mayor hazaña, la cual fue alabada muchas veces, consistió en derrotar a un ejército diez veces mayor con un ejército cansado y poco disciplinado. Valarion cargó él solo contra la hueste enemiga, y fue herido muchas veces, mas nunca paró su embestida mortal. Y entonces su reducido contingente de hombres pareció poseído del furor y la cólera, y arrasaron como un vendaval un bosque de árboles secos.
En aquellos tiempos combatía Númenor contra los sureños en su mayoría, y supuso una de las peores derrotas de la historia de aquellos reinos, pues casi toda su nobleza se concentraba en aquel ejército, y fue cruelmente masacrada.
Valarion escribió varios libros, entre ellos su autobiografía, que se conservó intacta durante varios miles de años, y promulgó el desarrollo de las ciencias y la ecología. Fue amado por muchos hombres, y el día de su muerte, en el año mil uno, fue un día de luto y tristeza para toda Númenor, y fue enterrado junto a Atanalcar, un sitio reservado sólo a reyes o nobles que lo merecieran, y Valarion, un hombre tanto sabio como poderoso, lo había merecido con creces.

Historia Por Puntos - Nan Tasarion - De Atanalcar Y Sus Herederos (100 S.E. Al 1001 S.E.)
TerminadaEsta historia ha sido valorada por los Valar, y han decidido otorgar 285 monedas al Concilion de Nan-Tasarion.
Saludos desde Valinor
Indil
Historia finalizada.