Las improntas de los cascos se marcaban en el barro de las laderas montañosas. Ahí abajo, la nieve derretida por el tímido sol matutino constituía un lodazal sobre el cual dos jinetes se abrían paso a duras penas.
Eran un hombre y una mujer.
A Gwyllion, el frío le hacía doler los oídos y de vez en cuando soltaba improperios en quien sabe que lengua que su compañero desconocía, aunque tal vez se tratase de un rezo ignoto que él no sabía interpretar; en realidad eso poco importa.
Ella mantenía el rostro imperturbable y los ojos entrecerrados, en una serie de facciones que demostraban la expresión vacía y ausente que la embargaba.
Era una diáfana mañana de invierno.
Al lado de la muchacha iba un joven guerrero. Sus manos torpes por el frío se abrían lugar entre los abrigos que portaba, al tiempo que no dejaba de acosar con miradas a su compañera, a la espera de alguna instrucción que les permitiese salir de todo aquel viscoso sucedáneo de la tierra firme.
-Mira, yo creo que...- comenzó él, mas pronto se arrepintió, pues un mirada incrédula lo traspasó en cosa de segundos. Gwyllion no era piadosa, y hacía oídos sordos a sugerencias que pusiesen en cuestión sus trazados, mucho más si estos eran proferidos en un tono tan amistoso, como si ella no fuese más que uno de sus torpes compañeros.
-Si no dejas de urgirme (porque no solo con palabras puedes hacerlo), una vez que estemos de vuelta, haré que te enrolen a los Astaldon, entre los cuales bien sabes cuales son tus probabilidades de sobrevida...no resistirías a más de un enfrentamiento entre aquellos nobles caballeros diezmados por lo telpenianos. – el efecto de sus palabras fue inmediato. El joven se calmó y no la importunó más hasta que hubieron llegado al final de aquel ‘prado primaveral’, alias ‘lodo invernal’.
De ahí en adelante los pinos de hojas perennes formaban un trecho natural que ascendía por la montaña hasta blanquear sus confines con las nieves de la altura.
-Coge provisiones. Continuamos a pie. – sentenció con dureza Gwyllion.
-¿Por q...-masculló si ser oído, y esta vez retractándose a tiempo de su pregunta.
Gwyllion no le miraba, estaba ocupada atándose un pesado fardo a la espalda, dando un par de vueltas a las amarras de cuero alrededor de su propio talle. Intentaba hacer el nudo para rematar la obra, pero como las sogas se cortaban cerca de la zona lumbar, apenas sí veía lo que estaba intentando trenzar.
De pronto sintió unas manos temblorosas que cogían por detrás los extremos de las amarras e intentaban amarrarlos.
Relajó las suyas propias y esperó a que el joven hubiese terminado de atar los cabos de la ‘mochila’, apta así incluso para escalar las rocas, sin peligro que se deslizara por sus hombros y pudiesen llegar a perder el sustento de alimentos del próximo par de días.
Terminada la acción volteó y el joven, cohibido se apresuró en evitar la mirada de Gwyllion. Comenzó a descargar sus propias cosas del caballo. Pero a la escrutadora mirada de la Atani no escapó el detalle que en las mejillas del guerrero brillaba un rubor carmesí.
No pudo evitar reír para sus adentros.
Abandonaron a los corceles con la esperanza de que la nevazón que auguraban las oscuras nubes del horizonte montañoso, borrase todo vestigio de su mácula sobre la blanquísima nieve.
Caminaron. Caminaron mucho y en silencio, a ratos roto por fórmulas de cortesía cuando alguno tropezaba; a otros, por vanos estratagemas y cuestiones que en realidad no se discutían caminando cargado montaña arriba.
Cada paso era un suplicio y les dolía hasta el último rincón del cuerpo, hasta ese del cual no sabían que existía pero que ahora simplemente pesaba con cada bocanada de aire enrarecido.
Las pesadas capas de piel que los protegían jugaban en contra de la agilidad natural de la caminata, y por primera vez en su vida Gwyllion echó de menos uno de aquellos etéreos vestidos de la niñez. El joven en cambio no tenía punto de referencia para cosa tan cómoda como andar descalzo, pues se había criado en las montañas.
El cielo ya no era más que un mar gris oscuro del cual descendían frágiles copos de nieve. Pronto sería de noche.
Subieron trabajosamente por los últimos repliegues de la montaña antes de llegar a las ruinas abandonadas de Ramandur, donde buscaron algún lugar en el cual pudiesen esperar la ‘señal’. Tan solo necesitaron una pared que cortase el frío viento, y se sentaron en la base.
Gwyllion tosía mucho, y el muchacho no pudo dejar de preocuparse por eso aunque el rostro del rubicundo doncel tampoco escatimaba sonrisas, pues estaba más que contento de la agraciada compañía.
Casi por inercia se sentaron muy, muy cerca. Lo quisieran o no, debían proferirse calor sin encender ninguna fogata.
-Soy Nornorë, bella Dama, e ignoro como os puedo servir a estas alturas, donde mis manos generalmente hábiles se vuelven un peso agregado. – dijo amablemente el joven.
-En realidad, en ésta empresa soy yo quien te sirvo a ti. – lo cortó como de costumbre la Atani. Tosió un par de veces para aclarar la voz y prosiguió. – Te escolto en las alturas, pues eres el único en Annêar que conoce la Narquelië, la señal del fuego...
-¡Claro!, mi padre fue un guarda de la Frontera Norte de las Montañas antes que la Antigua Guerra estallase.
-Lo sé de sobra, de hecho, tu parecido con el de él a tu edad es asombroso. – dijo de paso la hija de Hombres.
-¡Pero, si tendrás poco más que mis veinte años!...además él murió siendo yo pequeño. – recordó con tristeza Nornorë - ¡Apenas si recuerdo su rostro!
Guardaron silencio, después de todo, ella guardaba más de un secreto, y él no sabía más que su nombre.
Y tal cual Gwyllion predijo, en medio de la noche ‘el Fuego Menguado’ rompió la negra monotonía del cielo sin estrellas.
Cual las señales de luz diurnas (que se emitían en las Uiel-Beraid de Nenîath mediante un sistema de ‘espejos’) aquellas llamaradas intermitentes y lejanas, portaban un código que Nornorë se apresuró en memorizar.
-Dice que...
-Eso no interesa. ¿Lo aprendiste?
-Sí, eso creo...
-¿Lo aprendiste? –repitió subiendo el tono de voz la muchacha.
-Sí.
-Entonces estamos listos para volver al puerto en cuanto claree el alba.
En realidad ninguno de los dos quería dejar aquel mundo congelado, porque ambos sabían que abajo los esperaba un fardo mucho más pesado que el de alimentos. Deberían sumergirse en el ajetreo del puerto y navegar las rutas que trazaba la guerra.
Abajo serían distintos y a lo mejor no se volverían a ver más que por suma necesidad.
Hablaron un buen rato y compartieron relatos de antiguas vivencias, al punto que una vez entrada la noche y dado el cansancio de ambos, les costaba distinguir entre los recuerdos propios y los ajenos, y todo confluía en una mezcla de la dulce niñez del joven y los rebeldes aires de juventud de la muchacha.
A tal punto había llegado su comunión.
Cuando Isil logró filtrar su luz entre las espesas nubes, Nornorë sintió una mano que se deslizaba hasta toparse con la suya y estuvo a punto de creer que había alguien más en aquel inhóspito lugar entre la nieve de la cima de las Montañas Grises. Simplemente no concebía que pudiese ser la de su compañera.
El rubor se apoderó de sus mejillas casi contradictoriamente al clima pero en vez de correr la mano aprisionó con fuerza la de la Atani, antes que un extraño sopor lo hiciera dormir sin sueños.
Amaneció despejado, pero el frío era todavía más terrible que el de la jornada anterior.
Mientras ingerían unos bocados apresurados no dejaron de intercambiar miradas, aunque esta vez no era ni incomodas, ni fuera de lugar. Simplemente miradas.
De hecho, Nornorë a pesar de ser insólito, llegó a creer que detrás de la amarga cáscara de naranja que representaba la defensiva personalidad de la muchacha, existía algo de dulzura, ¿como si no explicar la sonrisa sincera que acababa de dedicarle?
-¿Partimos? – preguntó el joven con pereza.
-Sí...No espera, no estoy lista. Ahora vuelvo. – dijo Gwyllion y se encaminó a un lugar que escapaba de la vista del joven. Éste la alcanzó pues no quería dejarla ir, temía que su mal humor retornase, y no pudiese volver a ver esa sonrisa que tanto lo turbaba. Pero la Atani se dio vuelta y esperó que estuviese cerca para hablarle.
-Eso que temes no sucederá. – le susurró al oído.
-De todas formas no te dejaré ir.
Caminaron hasta el linde del bosque donde Gwyllion se agachó a recoger unas hierbas enterradas bajo centímetros de nieve. Estaba algo intranquila, hecho que se plasmaba en su índice, cuya uña estaba siendo alarmantemente reducida cada vez que acercaba la mano a la boca, y a esos dientes de blanco reluciente reducían la dureza.
- Mira prueba esto. – y le metió algo en la boca a Nornorë que no lograba adivinar que era. – No es nada de otro mundo – comentó la joven de paso - es menta...pero ¡ay! Creo que no lo reconoces pues estaba cubierta de sangre de mi dedo herido. – concluyó riendo sonoramente y dejando al descubierto el miembro ensangrentado.
Había algo distinto en la mirada del hombre. Algo más instintivo y mucho más primitivo.
¿Su sangre había despertado aquello?
No. Detrás podían oírse cascos de ritmo ternario, siniestro.
Gwyllion atinó, y se tiró contra el suelo, pero él seguía de pie por cuanto la joven no tuvo más remedio que halar de su tobillo haciéndolo caer también. Pero no calculó bien, y Nornorë perdiendo el equilibrio se precipitó sobre ella y le dio con el codo en la espalda.
El golpe le cortó la respiración por un momento, pero no profirió ni un grito, por temor a ser descubiertos.
Una vez pasado el peligro se dio cuenta que a pesar de no ser fuerte, el impacto había dado en el blanco. La costilla precariamente soldada que se había quebrado en una ocasión anterior, le volvía a jugar una mala pasada.
La sangre manaba a borbotones y Gwyllion rápidamente palideció.
Despertó en Annêar, sin saber cuantas penurias había pasado Nornorë para llevarla a salvo hasta abajo, cuantas lágrimas con justa culpabilidad derramó en el trayecto y por cuantas millas la transportó en brazos, a falta de un corcel.
No lo volvió a ver más, excepto antes que éste muriese y cuando ella nuevamente perdía el conocimiento por una herida en el costado.
Y no pudieron hablar pues en el momento en que bajaron a Nenîath, las tropas de la ciudad se alistaban para enfrentar a los telpenianos.
Gwyllion oyó su nombre por última vez, luego de la victoria, y supo que nada menos Narmoth, fue quien le dio muerte al único que suscitó alguna vez una mínima cuota de su amistad.
Solo después recordó que además de Nornorë, había muerto el mensaje de la Narquelië que solo él conocía. Y poco le importó, pues el dolor le había ganado esta partida.
