La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Valle. Entre Las Brumas Tasarianas

Terminada
Escrito el 06-05-2005 16:21 #1

En ocasiones, la muerte acecha en sueños a los incautos que no la esperan, rezongando sobre la hierba con rostros apagados por la caricia de los sueños.

A veces, estos hombres alcanzan a levantar los párpados, viéndole el rostro al infortunio antes de que éste les lleve a ser juzgados por sus actos a las estancias de Mandos. En otras, por contra, la muerte les arrastra sin aviso hasta las profundidades más oscuras. Pero a ti no te espera un destino tan grato. Pues la muerte lleva acechándote desde el día en que burlonamente le arrancaste una presa de sus fauces, conformadas en las de un dragón, hambriento y furioso tras horas de lucha. Y es que para los que se burlan de la muerte no queda si no esperar a que esta se tome su venganza.

La muerte se cobra en almas sus deudas, y tus actos guerreros son ahora el pago por tus afrentas. Pues sobre tu conciencia pesan las muertes perpetradas aquí, en las tierras Tasarianas. ¿Aún crees que te has burlado de la muerte, Alier?. Espera a ver lo que te tiene reservado.

Alier despertó sobresaltado, y se vio rodeado por la luz del día. Pero era una luz extraña, difuminada por la bruma. Pues esto es lo que rodeaba el campamento de Hiswenande, a las puertas de Orod Eressea: una niebla espesa que apenas dejaba ver.

Alier salió de su tienda, sosteniendo un papel entre los dedos. Del contenido del mensaje nada sabía, aparte de su procedencia: el sello era de Yandros. Abrió la carta, intrigado.

Estimado Alier:

Pasaré algunos días fuera del campamento, asistiendo a los interrogatorios a los presos tras la batalla. Confío en que podré llegar a alguna clase de acuerdo con el Concilio, pero me llevará algún tiempo, como ya te he dicho.

Sin embargo, tengo un encargo para ti. Hace días que recibí de la torre de cristal una recomendación bastante seria acerca de un hombre. Se llama Vilmanion, y creo que podrá sernos útil en la campaña, puesto que es un drúadan, y sus conocimientos acerca de los bosques llegan bastante más lejos que los nuestros. Por lo que tengo entendido, desembarcará mañana, acompañado de algunos refuerzos, en el puerto de Tilonde. Lo que te estoy encargando es que vayas a buscarle, tú, personalmente, y le guíes hasta aquí. Si te envío a ti es porque eres el único hombre de confianza en todo este campamento (aparte de Elorah, a quién, como comprenderás, no pienso dejar este trabajo). Ten cuidado.

Yandros.

Leyó y releyó la carta, por supuesto. Pues aquello no le gustaba. No podía apartar de su cabeza la voz de su maestra, advirtiéndole. De lo que pasaría, no tenía ni la más mínima noción.

Pronto abandonó toda superstición disponiéndose a hacer aquello que de él se esperaba. Pues ante todo, cumpliría con su deber.

Pero ya en la tienda, recogiendo su báculo y su morral, las dudas le asediaban, conformadas y reunidas en todas las que hasta entonces le habían acosado. ¿De qué serviría el drúadan?. Solo precipitaría la campaña, y la ruina del Concilio estaba tan próxima que no parecía ser necesario.

El caminar entre la bruma era pesado. Cada paso parecía en falso, pues no podía ver más allá de un par de pies de distancia. Conocía el camino de vuelta, pues ya lo había recorrido. Tilonde era el puerto que le había embarcado por primera vez en dirección al Valle, años atrás.

Los recuerdos se le arremolinaban en torno a aquel primer viaje. Podía recordar Suledaelessar, esplendorosa, cuando aún no había comenzado la guerra. Y es que, más que poder recordarla, se veía forzado a hacerlo, pues esta ciudad estaba siempre cubierta de niebla. Como en ese momento parecía estarlo todo Nan-Tasarión.

Y es que la niebla espesaba, y a cada paso, Alier tenía más dificultades para respirar. Y más calor, y más sed. Sabía que le faltaban aún días de marcha hasta Tilonde, pero no desesperaba. Sin embargo, cuando ya el bosque le envolvía se sintió al límite. No soportaría aquello. Se sentó a descansar, y cerró los ojos.

Descansas de nuevo, mi buen Alier, parece que los recuerdos te abruman casi tanto como la niebla. Debiste ser más prudente y no partir solo. Y no me cuentes historias, porque en la carta Yandros no te pidió que partieras solo ¿recuerdas?. Sólo te dijo que debías ir tú, porque no confiaba en otros, y porque no va a mandar a su querida Elorah a semejante suicidio. Y si, para ella lo sería, pero tú lo soportarás. Aunque tu cordura, si ya pendía de un hilo, ahora quedará destazada. ¿No te preguntas porqué?. Bueno, tranquilo. Tiempo al tiempo, Alier, ya sabías lo que pasaría cuando aceptaste que el consejo llevaba razón.

>Pero razón ¿en qué?...<

La luz penetraba ahora entre las nubes. Pero no entre las nubes del Concilio, sino entre las del Valle. Y a los pies de la torre de cristal, Yandros y Alier discutían.

- ¡¿Nurn?! ¡¿Cómo demonios habéis podido firmar con Nurn?! ¡¿Es que habéis perdido el juicio?!. Me ausento dos semanas y el consejo pacta con la sombra.

- Lo siento Alier, pero nos vimos forzados a ello. Los demás clanes han tomado una postura muy agresiva. Fue necesaria una resolución.

- Si, pero ¿no había otra opción?

- Piénsalo Alier, ¿de verdad crees que había una opción mejor?. Debes asumir que no velamos por nuestros intereses, ni tampoco por nuestra ideología. Debemos, ante todo, preservar la seguridad del Valle. ¿Acaso crees que los demás clanes podrán derrotar a Nurn?. Cuando la guerra acabe, será mejor estar del lado de los vencedores.

- ¿Y porqué han de ser ellos los vencedores?

- Porque ellos son los hijos de la sombra. Los mejores generales están allí, y pronto se verá. Es la mejor opción, si no la única.

¿Qué es lo que pasó entonces por tu cabeza?¿Porqué aceptaste como aliados a los sanguinarios?. Y aún es más ¿quién te obligó a acudir a la guerra?. Nadie, y esto es lo que te pesa. Sangre, fuego y muerte propagadas. Para ser un sanador, te has cobrado demasiadas vidas. ¿Aún pretendes pagarle la deuda a la muerte?. No esperes que ella te lleve, porque no lo hará, hasta que no le plazca. Y aún no le place. Pues es caprichosa, y si no te tiene cuando lo desea, no vuelve a reclamarte. A mi me ha castigado con la permanencia por salvarte, y a ti te castigará con la longevidad por resistirte. Y sí, aún te visito, pues te quedan cosas por ver. ¡Reemprende la marcha!

> ¿Qué demonios?...<

Pero allí estaba Alier, tirado en mitad del bosque, manchado de verde, aunque su ropa oscura apenas daba señales de ello. Se incorporó como pudo, tratando de conservar la calma. Pero le costaba mucho más de lo que era habitual en él. Su cuerpo se resistía a las órdenes, y cada paso era pesado. Las horas de marcha se hacían incontables, junto con los tropiezos y los rasguños. Entre la niebla todo era verde, marrón, y oscuro. Perdida la noción del tiempo y del espacio, parecía más un vagabundo que otra cosa, y las rasgaduras de la ropa no ayudaban en absoluto.

Un zumbido se había apoderado de sus oídos, pero desconocía su procedencia. Y no quería averiguarla. No quería averiguar ninguna sorpresa que aquel bosque pudiera tenerle preparada. Porque sabía que había cosas peores que árboles y niebla en aquel entramado.

Dio otro paso más, asqueado, y el hedor invadió el ambiente. Conocía ese hedor, pero nunca lo había sentido con tanta intensidad.

Boqueas. Respiras, y te falta el aire. Y el poco que entra quema tus pulmones y contrae tu estómago. Te niegas a mirar, pero antes o después alzarás la vista y verás lo que sabes que hay delante de tus ojos.

>¿Qué hay?. Muertos, eso es lo que hay. Los he olido mil veces, pero nunca mil veces a la vez, sino uno por uno y por separado. No quiero alzar la vista<

Pero la alzó. Y frente a él se extendió el horror, pues la muerte, conformada en mil caras distintas, se había abierto ante él. Y es que los muertos yacían allí, corruptos por las armas que habían penetrado sus carnes y cercenado sus miembros. Y sólo los insectos y las lombrices eran testigos de aquella carnicería insepulta. Y ahora Alier.

Y se tambaleó, sí. Pues si hasta entonces le habían fallado las fuerzas, había llegado a un punto en el que no podía ni tan siquiera mantenerse en pie. Pero lo hizo. Al menos el tiempo suficiente para caminar entre los cadáveres. No podía distinguir nada, al principio. Pero pronto aquellos seres tomaron forma en sus ojos. Niños, mujeres, ancianos, estaban todos muertos. ¿Por quién?. No podía saberlo, pero empezaba a sospecharlo.

Lo sospechas sólo porque no quieres saberlo, querido. Te niegas a aceptar que sólo un clan combate en estas tierras, y que este no es otro que el tuyo. Desde luego, nadie propiciaría esta matanza contra sus propios civiles, así que de deja de dudarlo de una vez. ¿Porqué? ¿Aún te preguntas porqué?. Bueno, eso pregúntaselo a quién lo hiciera, porque yo no voy a decírtelo. Y no voy a hacerlo porque no lo sé. Pero si sé que puede haber sido por cualquier razón, y que sea la que sea, no estará justificado.

¿Qué habré de hacer, Alier, para convencerte de que de una vez por todas cambies el rumbo de las circunstancias?. Y no me vengas con que eres uno entre veinte, porque sabes de sobra que esos veinte opinan como tú, excepto tal vez uno o dos.

¿Cuánto tiempo permitirás que se derrame sangre en nombre del clan en cuya dirección participas?. Deja de propiciar masacres inocuas, y tal vez consigas librarte de esto. Pero por favor, continúa. Aún te quedan cosas por ver.

Alier recuperó la consciencia. Estaba manchado de sangre, y rodeado de cadáveres. La niebla se había vuelto rojiza, por la sangre. Una vez más, Alier caminó, buscando ahora algún signo de vida. Pero los cadáveres estaban tan mutilados que difícilmente podrían conservar algún vestigio de la misma.

Y vagó, hasta hallar un estanque. Era pequeño, y el agua cristalina, vista de cerca, claro está. Pues la bruma no cedía ni un milímetro.

Se enjuagó la cara, y se sentó. Los pensamientos bullían. No sabía ni dónde estaba, ni como haría para llegar hasta Tilonde. Se preguntó por su aspecto, y se miró en el estanque.

Tenía la cara sucia, a pesar de habérsela enjuagado. Los rasguños la poblaban, y la sangre parecía brotar por los sitios más inesperados. Y los ojos, apagados como nunca lo habían estado. Y escrutando su propio rostro Alier vio desde fuera el horror que estos contenían. Ojos muertos, tras haber visto la muerte como nunca antes. Ni siquiera las batallas parecían tan terribles. Y traspasando su propia mirada, encontró las dudas, el temor, y la culpa que llevaban tanto tiempo escondidos tras el velo de la indiferencia. Y sintió que el peso de sus actos se le venía encima, como una losa de hormigón empujándole hacia el fondo del estanque. Y cuando quiso reparar en ello, ya se había precipitado en su interior, y el impacto contra la superficie del agua sonó como una carcajada burlona.

Frío, azul y gris. Te duelen los ojos por tratar de ver lo que te rodea, pero ya no estas tras tu propio reflejo, sino dentro del mismo. ¿Cuánto tiempo pensabas esquivar a tu propia conciencia?. Aquí tienes el resultado. Un mago no puede obviar su propia mente, ya que esta es más poderosa que él mismo. Tal vez debí enseñártelo cuando aún podía.

>Y todo es gris, como la piedra. Y los sonidos se pagan, mientras el frío me acuchilla. Temo haber caído en un estanque de hielo. Pues esto parecía ser mi conciencia hasta ahora, hielo en estado puro. Y aún cuando comienza a derretirse, sigue siendo frío.<

Imágenes de terror y muerte, eso es lo que asoma ahora por tu mente. Lo sabes, no lo niegues. Esto es lo que ves. Civiles muertos, ciudades quemadas, saqueadas y arrasadas. Familias perdidas. Y todo, por la ambición de la sombra. Nosotros sólo queríamos sobreponernos a la luz y a la sombra. Estar por encima del bien y del mal. Pero tu te has rebajado a luchar por ella. Por la muerte, por la oscuridad. Un día te enseñé la verdadera esencia del espíritu, y tú le has hecho un feo a mis enseñanzas al ponerlas al servicio de la muerte. La vida es lo más valioso sobre la Tierra, y esto me lo enseñaste tú, pero ahora niegas tus propias palabras. Si debías luchar, haberlo hecho por aquellos que anteponían la vida, y no la extensión del poder. Sólo porque la plaga no sea consciente de serlo, no quiere decir que debamos tolerarla.

Y los ojos de Alier se entornaron, y levantó el rostro. Ya no veía agua rodeándole. Sólo los ojos de su maestra ocupaban ahora su mirada. Y tras ellos su rostro, y su cuerpo. Pero sobre todo sus ojos.

- Pues son aquellos que nunca podía recordar, y que olvidé para siempre el día en que aquella bestia acabó con tu vida.

Podía ver la sonrisa de su maestra ahora.

- Alier, el día en que yo me marché, tú conseguiste permanecer aquí. Te enseñé muchas cosas, y aprendí más aún de ti. Sin embargo el contacto con el mundo parece haberte hecho perder el rumbo. Nunca olvides aquellos tiempos, ni los recuerdes con amargura.

- No podría hacerlo. Supongo que ha sido una buena lección antes de morir. Aunque valga nuestro reencuentro, lo lamento por los que esperaban algo de mi. Tal vez encuentren mi cadáver ahogado...

- Ni lo sueñes, Alier, aunque ahora sea eso lo que haces. Aún no es la hora. Y mucho ojo. La muerte aún espera para vengarse. Pues lo de hoy ha sido muy poco. Pero espero que haya sido útil. Supongo que no le complacerá en absoluto lo que he hecho, pero bueno, este es el juego.

- Gracias, Mairim.

- No hay de qué, Alier. Ya sabes que por ti, lo que sea.

Y bajó la mirada. Y supo que pasaría largo tiempo hasta que la volviera a ver. Y lo lamentó. Pero regresó. Abrió los ojos. Tosió, escupió agua. Y es que estaba fuera. Dos hombres le atendían.

- Mira Gruf, ¡está vivo!

- Parece que hoy es su día de suerte. Bueno, amigo, ¿qué te trae por estos lares?

Alier fue incapaz de contestar. Farfulló, y escupió más agua.

- Parece cansado Gruf. Ha tenido mucha suerte de que le encontraramos.

- Desde luego, hay que ser cuidadoso con estas tierras. Bueno, amigo, espero que hayas aprendido la lección. Nunca nadie debe internarse solo en el Taure Nan-Tasariona. ¿Hacia dónde te dirigías?

Entre dientes, Alier consiguió vocalizar \"Tilonde\".

Los hombres le ayudaron a montar en caballo. La bruma casi había desaparecido, y Alier empezó a pensar que había sido una imaginación suya. Y de repente se acordó. Los cadáveres no podían estar tan lejos.

- Un momento, ¿y los cadáveres?

- ¿Qué cadáveres?. Aquí no hay cadáveres. La guerra no ha llegado hasta tan lejos. No es tan fácil penetrar el bosque, ¿sabes?. Desde luego, no me extraña que te perdieras. La gente anda sin pensar.

Entonces una extraña sospecha invadió a Alier. Rebuscó en el morral, en busca de la nota de Yandros. Pero no estaba. Hierbas, provisiones, medicinas, todo mojado y mucho ya inservible. Pero de la nota ni rastro. Estaba seguro de haberla metido ahí. Y comprendió de golpe.

- ¡Parad! -les dijo-, mejor, llevadme en dirección a Orod Eressea

[Editado por Radagast_III el 06-05-2005 16:23]

Escrito el 19-05-2005 04:29 #2

Esta historia ha sido valorada por los Valar, y han decidido otorgar 225 monedas al Valle del Ingenio.

Saludos desde Valinor

Historia finalizada.