SÛL-LAE
El silbido de las saetas cruzando el oscuro y nublado cielo era ensordecedor. Además, el entrechocar de las espadas, esos golpes secos y metálicos, hacían más todavía que no se percibieran otros sonidos que no fueran esos.
A veces si que se podían escuchar estremecedores gritos de gente cuyos cuerpos eran atravesados por las afiladas hojas plateadas bañadas en sangre.
Todo parecía casi perdido para los aliados del príncipe elfo Fáwenim, que estaban siendo asediados por sus hermanos, aquellos que un día estuvieron bajo sus órdenes, pero que ahora servían a Amtrêh, hermano de nacimiento del príncipe.
- ¡Cuidado!- Gritó el príncipe a la vez que una hoja cortó el costado de un elfo-, por aquí Belanel, esa herida hay que curarla- Entre el fragor de la batalla, Fáwenim agarró el brazo de su más fiel amigo.
Sin decir nada, Belanel se limitó a seguir a su príncipe. Y esquivando flechas y espadas, llegaron a una pequeña casa que aún quedaba en pie y estaba alejada de donde se estaba desarrollando la batalla. Allí entraron, y se echaron justo en un recoveco que los cubría de cualquier ojo enemigo.
La herida sangraba mucho, y el dolor era intenso, pero Belanel aguantó con coraje, e incluso mientras el príncipe lo atendía, este le hablaba:
- Sabéis, mi buen príncipe, que yo siempre os he sido leal a todo, y nunca he preguntado el porqué de vuestros actos, pero esta batalla entre nuestros hermanos aún no me ha quedado clara.
Fáwenim entendió:
- Está bien Belanel, os contaré porque hemos llegado hasta aquí- El elfo asintió.- Como ya sabréis, es mi hermano Amtrêh, el que ha liderado esta revolución contra el reino de Sûl-Lae.
Mis primeras disputas con él comenzaron cuando mi padre, nuestro rey, comenzó a agonizar para dar paso, al poco, a la muerte.
- Al poco de recibir el impacto de aquella flecha envenenada, ¿no es así?- aclaró Belanel.
- Exacto- prosiguió-, todos esto son asuntos del gobierno del reino, por eso nadie se ha enterado de nada hasta este mismo día.
Aconteció entonces que mi padre expresó su deseo de que fuera yo el que gobernara Sûl-Lae.
A disgusto, Amtrêh marchó de la ciudad acompañado por un séquito de hombres que lo protegerían si algo ocurriera.
Murió el rey, y aún con lágrimas en los ojos, se comenzaron a preparar los actos para otorgarme a mí el poder que poseía mi padre, ese poder que mi hermano tanto anhelaba.
Justo cuando llegó el día en el que iba a ser coronado, Amtrêh irrumpió en la ciudad y subió a palacio. Aún recuerdo su cara, descompuesta totalmente, y el sudor resbalaba por su cara a grandes cantidades. < Los orcos vienen>, decía, así que raudos como el viento nos dispusimos para repeler aquel ataque. Que os voy a contar de la batalla que no sepáis, mas luchasteis de nuevo a mi lado.
- Sí mi señor, y siempre lo haré- Confirmó Belanel.
- Al acabar con aquellos pocos enemigos, subí al palacio para buscar a mi hermano, pero nadie lo vio. Había desaparecido, y también había desaparecido la corona de mi padre, la corona de los reyes de Sûl-Lae.
Entonces me temí lo peor, la maquinación del plan del ataque de los orcos era una excelente oportunidad para hacerse con lo que de siempre ha querido poseer más que nada: el poder de dominar.
Yo mismo mandé a mis gentes de confianza para que buscaran cualquier señal de Amtrêh, pero llegó la noche y nada se descubrió.
A partir de aquí sucedió lo peor, la muerte de mi....- no pudo continuar.
- ...Vuestra amada- Continuó Belanel en voz baja, y pensó para él mismo- aún recuerdo su rostro pálido y sin vida cuando fue traída de vuelta con veneno corriendo por sus venas.
- ¡Malditos traidores!- Gritó el príncipe dando un puñetazo a la pared. – Mientras me servían a mí daban todo lo necesario a mi hermano, y ellos fueron los que se llevaron a mi amor...
- Y todo eso ha sido lo que ha llevado lo sucedido en estos momentos, el día en el que vuestro hermano quiere ocupar vuestro trono.
- Sí Belanel, sí- dijo sin levantar la mirada del suelo.
Tras acabar de vendar la herida y como si de un acto reflejo se tratara, Fáwenim se incorporó de un salto, desenfundó su espada y salió de aquella pequeña vivienda con paso firme y decidido, matando a todos los traidores, vestidos de azul y rojo, y gritando el nombre de Amtrêh. Detrás de él, Belanel imitaba sus estocadas con la espada, y a decir verdad estaba un poco asustado, pues veía la furia que irradiaba su señor, y no sabía lo que pretendía en aquellos momentos.
Por fin, a unos pocos pies de ellos, se alzaba la corona de Sûl-Lae. Su portador, Amtrêh, acribillaba sin piedad los cuerpos de aquellos que defendían su ciudad, entonces pareció de tenerse el tiempo. Los dos hermanos se miraron a los ojos, se analizaron, meditaron los golpes a seguir, y solo un segundo pasó para que ambos se lanzaran entre ellos como dos fieras luchando entre sí. Se lanzaban golpes que la vista no lograba seguir, descargando su fuerza sobre la espada del oponente con tal genio que los golpes se levantaban por encima de cualquier sonido que estuviera alrededor. Hicieron una pausa.
- Tú...tú mataste a lo que más quería- dijo Fáwenim con fuego en los ojos.
- Y tú me robaste lo que más anhelaba. Siempre fuiste el favorito de papá, cuando yo era muy superior a ti en todo.
Sin más, una sombra se deslizó tras el supuestamente desprevenido Amtrêh, y una espada se descargó contra él, pero sorprendentemente, con unos reflejos inimaginables, se dio la vuelta y desvió el golpe. Se trabaron un momento en combate, y confuso, el príncipe no alcanzaba ver claramente quien luchaba con su hermano. Al poco, y cubierto por la oscuridad, un golpe sordo se escuchó, seguido de un último aliento convertido en suspiro. Su hermano ya no estaba, había desaparecido, allí donde se produjo el combate había un cuerpo inerte, sin vida, y se acercó a verlo. Era Belanel. Fáwenim se arrodilló junto a él, y las lágrimas comenzaron a brotarle.
- Primero lo que más quería en el mundo, y ahora mi mejor amigo. ¡Te mataré aunque sea lo último que haga!
Se levantó y corrió gritando el nombre de su hermano. Allí, subido en una gran roca, y con una macabra sonrisa en su cara, esperaba el traidor elfo. Ambos se involucraron de nuevo en una lucha sin cuartel, en la que cada golpe lanzado era repelido por otro que lo desviaba.
A su alrededor, los pocos soldados que quedaban luchando hicieron una tregua y observaron aquella tremenda lucha entre sus capitanes.
Todo aconteció muy rápido. Una estocada mal calculada del príncipe, que fue a parar al suelo, entonces, su hermano, intentó aprovechar esa oportunidad e intentó golpear el cuerpo desprevenido de su hermano, pero este tuvo más reflejos y se apartó, dando una patada a la mano de Amtrêh, que dejó caer su espada.
- ¿¡Pero qué hacéis ahí parados?! ¡Disparadle!. Gritó este mientras veía como el príncipe se acercaba con la espada en alto, sin ver ni escuchar nada, solo a su traidor hermano.
Entonces, y sin poder remediarlo, cuatro flechas envenenadas cruzaron el aire clavándose en el cuerpo de Fáwenim, que cayó de rodillas.
Entonces Amtrêh se levantó y tendió su mano para recoger la espada, y se colocó enfrente del príncipe, que estaba postrado de rodillas y con la mirada perdida.
- Ya era hora- dijo el traidor- de que lo que debería haber pertenecido a mí desde el primer momento, me sea entregado.
Levantó la espada para decapitar a su hermano, y fue entonces cuando el príncipe sacó una pequeña daga escondida entre sus ropajes y la clavó en el abdomen de Amtrêh, el cual cayó sin vida al suelo.
No ocurrió más. Fáwenim tendió una sonrisa al cielo, y miró a su alrededor, ya eran pocos los que quedaban en pie, y lo observaban a él. Vio su ciudad toda derruida. Se quedó pensativo, su cara, ya pálida a efectos del veneno, se dejó caer hacia el suelo, seguida de su cuerpo. Así se desplomó sin vida aquel que sería el nuevo rey de Sûl-Lae. Así se desplomó sin vida aquel elfo que no murió hasta acabar lo que deseaba. Así se desplomó sin vida aquel que sería el último ostentador del trono de aquel reino, pues después de él, nadie erigió de nuevo la ciudad, y así quedó, como un recuerdo del gran reino que un día fue...
