Orden de Telpe Señores de Nurn Fin Guerra: Orden de Telpe deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 48
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 78
Condiciones climaticas: mañana con una espesa niebla

Orden de Telpe Señores de Nurn Fin Guerra: Orden de Telpe deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 48
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 78
Condiciones climaticas: mañana con una espesa niebla
Loth-Loss se despertó y sintió un frío repentino. La mañana se presentaba neblinosa, jirones de bruma aún se podían ver entre los troncos de los árboles rodeándolos como serpientes.
Habían acontecido muchas cosas en los últimos días. Telpe tenía una nueva Reina, Mornaew, quién la había nombrado capitana de su Compañía.
Ahora que tenía un nuevo cargo afrontaba una nueva responsabilidad. Se levantó cubriéndose y protegiéndose del frío de una mañana gris. La lucha contra Tercano semanas atrás había terminado en victoria, y Loth se había ganado aún más la confianza de su Reina. Combatiendo valientemente se había abierto paso entre las filas enemigas, había devastado a los Tercos y había conseguido lo que cualquier Comandante hubiese deseado. Su corazón se regocijaba en silencio, y se sentía lista para cualquier cosa. Se alistó para salir en busca de la Ciudad Nurnita. Hacía días su Compañía venía planeando ese ataque. Por dentro podía sentir el sabor de la victoria. Sabía que el territorio de Nurn estaba desprotegido. Era el mejor momento para sorprenderlos y acabar con ellos. Sonrió.
La Elfa avanzó entre las tiendas del campamento en busca de Undumeron. Debían pulir los últimos detalles antes de lanzarse al descampado, sigilosos. Undumeron le salió al encuentro. Era poderoso, temible. Un enemigo que cualquiera dudaría en enfrentar, en mirar sus ojos de fuego que ardían como carbones.
Sin embargo la Elfa no le temía, por el contrario ella lo admiraba. Camino con los ojos clavados en el lejano horizonte que se extendía lejano, como una línea grisácea, casi invisible.
—Ven Undumeron, quiero mostrarte algo—. Le dijo mientras apuraba el paso.
El Balrog no respondió, pero marchó a paso vivo delante de ella. Entraron. Había una mesa en el medio. Y Sobre esta, cientos de papeles y mapas desordenados. Loth tomó uno y lo extendió con habilidad encima de la madera oscura. Era un enorme mapa de las Haldanóri. Con rojo, limitada por un gran círculo estaba la Ciudad Nurnita. El trecho que los separaba de allí no era gran cosa, lo recorrerían en un corto lapso de tiempo, supuso ella, y no perderían tantas energías en conducir las tropas, ni tanto tiempo.
—Narmelost, la Capital Nurnita, es allí a donde nos dirigimos— resopló.
—Atacaremos de inmediato— replicó el Balrog con dureza y Loth advirtió una chispa de ansiedad en sus ojos.
—Si, nos pondremos en marcha de inmediato, los asaltaremos por sorpresa, terminaremos con ellos y saquearemos la Ciudad.
—La niebla es nuestra aliada en estos momentos, salgamos ya, antes de que el sol la evapore por completo.
No tardaron en alistarse. Bajo el pálido cielo y la húmeda hierba gris del rocío matutino se sintieron relinchos y ruidos metálicos. La Compañía estuvo lista y Loth, radiante, al mando convocó a la salida de sus tropas. Avanzaron despacio en los primeros trechos, pisando de tanto en tanto trechos pantanosos, cuidándose de hacer el menor ruido posible.
El cielo se oscureció de pronto, amenazante, como queriendo indicar que descargaría su ira sobre ellos. Loth no se inmutó. Continuaría, hasta donde fuera, era decidida. Continuaron marchando, a buen paso y con buen ánimo, cosa que era importante para mantener la calma en situaciones como esta. Undumeron caminaba dando grandes zancadas, aplastando la hierba que cedía a su paso firme y orgulloso.
La marcha fue larga. Muchos fueron los días que transitaron por tierras Nurnitas tras sobrepasar las fronteras con Harna Dîn. Las jornadas se contaban en docenas y, aunque avanzaban lo más al norte que les era posible, ocultándose en las brumas, cobijándose en la noche, el recelo de ser interceptados por alguna guarnición de los Señores de Nurn siempre estaba presente. Pero cuando alcanzaron el extremo septentrional de la cordillera de Ered Skalnâ, los ojos más perspicaces pudieron avistar varias decenas de millas al sur la terrible fortaleza, la capital de las tierras Nurnitas, Narmelost.
El viento sopló, y se sintieron voces lejanas, el juego de su paso entre los árboles...parecían hablar y reír. Algunos soldados se miraron inquietos, temiendo alguna trampa de parte de sus enemigos. Loth volteó la cabeza...¿sabrán que estamos aquí?, las dudas comenzaron a asediarla, le impedían pensar con claridad.
No muy lejos de allí, Delisse Yestariel, una de las dirigentes de las tropas enemigas sentía el paso de los Telpenianos en el suelo. Se habían percatado de la llegada de sus enemigos, pues tenían espías que les informaban a cada paso del camino. Casi nadie marchaba por las tierras de Nurn sin ser visto, y mucho menos una Compañía tan numerosa de Telpenianos.
En lugar de disiparse, la bruma se hizo más espesa. Los jirones se unían, y mojaban las caras de los soldados. Loth habló con dureza para animarlos a continuar...
—Ya estamos llegando. Os pido un máximo de esfuerzo ahora más que nunca, es necesario que den todo de vosotros para poder conquistar la victoria. Grandes tesoros esperan vuestra llegada. Ahora marchad en silencio, y estad atentos, pues los enemigos se esconden en cualquier lugar.
Undumeron los incitó a seguir a paso más vivo, pues sentía un temor latente en el aire que crecía a medida que avanzaban. Continuaron hasta un recodo donde el camino que los estaba conduciendo giraba, describiendo una leve curva hacia la derecha. De pronto un ruido extraño cortó el silencio tajantemente, como un silbido profundo, cercano. Loth levantó una mano y dirigió una mirada significativa al Balrog.
—Prepárense para el ataque —dijo con frialdad y con una voz que a ella misma le pareció haber salido de un infierno de hielo.
De pronto y sin ningún aviso los Nurnitas le salieron al encuentro. Parecía que sabían o intuían su llegada y no los tomó por sorpresa.
Comenzaron a salir de entre la espesura, las matas y las zarzas del camino les servían de camuflaje. Los Telpenianos reaccionaron con firmeza y claridad, pero el enemigo era más listo de lo que pensaban y había terminado por completo con todos los pasos que pensaban seguir. Al principio las filas se mantuvieron compactas, evitando la entrada de los Nurnitas, sin embargo, dando gritos y mostrándose fieros lograron quebrar las filas de los Hermanos de Plata y se adentraron, mezclándose entre los soldados. Loth sintió rabia de ese ataque repentino, pues no esperaba ese encuentro con el enemigo.
El brutal asalto no la tomó de todo desprevenida pues se había visto envuelta en este tipo de situaciones varias veces. Aunque algo desesperada sintió como sus fuerzas se reunían y atacó a sus enemigos sintiendo el rechazo de las tropas de Nurn.
El Balrog hacía temblar el suelo. Aunque los Nurnitas tenían noticias del fiero guerrero que acompañaba la hueste de la Orden pocas veces se habían enfrentado a tan temible adversario. A su paso la sangre se derramaba, manchando la tierra y mezclándose con el rocío. Con su cuerpo llameante prendía fuego a las masas irregularmente esféricas dispuestas en las catapultas que Telpe había traído consigo en aquel largo viaje desde Harna Dîn. Y de pronto aquellas bolas incendiarias surcaron el cielo con furia, para impactar con fuerza en los negros muros de Narmelost. Pero tras aquellas gruesas paredes rodeadas por un profundo foso de lava candente y mortal, el resto del ejército nurnita contraatacaba con una incesante lluvia de flechas.
El caos reinaba entre cuerpos caídos y fieles guerreros que aún se mantenían en pie, intentando dar todo de si, exhaustos, la sangre de las heridas abiertas por sus enemigos se mezclaba con el sudor y la tierra que se levantaba en el campo, donde cada brizna de hierba había sido pulverizada, donde solo quedaría un campo muerto para las aves carroñeras.
Cuando por fin las puertas se abrieron, pues no podían resistirse al poder de la Llama, el ataque frontal fue letal para las tropas de la Orden. Cientos de orcos salieron al encuentro de la compañía Telpeniana, y la batalla se tornó más cruenta, si cabe.
Viendo la desesperación de sus hombres Loth supo que tenía que hacer algo o todos morirían, pues se estaban quedando sin fuerzas y cuando ya no podían mantenerse en pie, porque el cansancio se adueñaba de sus cuerpos, se dejaban caer, y morían.
—Dartho!, darto, tengado haid! (Aguantad!, aguantad, manteneos firmes) —Gritó desesperadamente la Elfa entre la furia y la confusión de los ruidos de la batalla.
Sabía que muchas veces las palabras de su lengua madre inspiraban mayor efecto en sus guerreros...un valor que venía más allá de sus raíces. Sin embargo y con renovado entusiasmo, los Guerreros de Telpe comenzaron a golpear a sus enemigos con más firmeza, aunque con dolor en el corazón por sus grandes pérdidas. Y grande fue el dolor que sufrió la capitana al recibir una estocada en su pierna derecha. La sangre fluía por sus ropas y apenas podía tenerse en pie. Usó su espada a modo de bastón para no caer al suelo teñido de rojo. Loth comprendió que ambos ejércitos debían retirarse.
Pero antes cielo y tierra vieron el terrible enfrentamiento del fuego en su forma más mortal. Pues el poder de Delisse, la Dama del Odio se mostró en todo su esplendor y, aún retenido en su cuerpo mortal, fue suficiente para plantar cara al balrog que había permanecido inalterable durante el transcurso de la batalla. Las llamas salían despedidas contra los oscuros muros de las construcciones de la capital de Nurn, y el cielo ardía como su estuviese a punto de iniciarse una tormenta de sangre. El látigo de Undumeron golpeaba todo cuanto encontraba en su vuelo letal, y consiguió dañar a la Maia aunque no sin antes recibir él mismo varios espadazos del arma de ella que dañaron la integridad de su cuerpo de sombra y llama.
La Ciudad de Narmelost estaba devastada, todo alrededor yacían los cuerpos sin vida de soldados de ambos Clanes. Loth convocó la retirada de las tropas Telpenianas, mientras que los dirigentes de Nurn lo hacían con sus huestes.
No habría saqueo. No quedaba nada más que hacer allí. El viento volvió a soplar, y pese a estar empapados se sintieron reconfortados con el aire frío que les quitaba el cansancio. Ambos Clanes habían perdido mucho en esa Batalla, habían perdido muchos soldados, no así su valor, y habían demostrado ser fuertes y valientes.
Loth entendía que si exponía por más tiempo a sus guerreros se iría de allí sin nada, ni soldados, ni joyas. Aunque se sintió un poco frustrada supo que era mejor así pues ni ella misma sería capaz de seguir luchando en su estado. Los sobrevivientes se replegaron, ordenadamente, agrupándose como cuando habían marchado a la batalla. Undumeron se acercó a la Elfa y vio el sentimiento de culpa en sus ojos.
—Descuida Loth, ya tendremos la oportunidad —y se alejó despacio, para conducir la hueste de vuelta a su territorio.
Marcharon lento, pues no tenían apuro, ni fuerzas. Aquella batalla había consumido tanto así sus ánimos como su energía, pero se contentaban con haber podido volver a casa. Anduvieron hasta que el sol, que se había mostrado poco en aquel día gris y neblinoso se ocultó detrás de las montañas en un horizonte gris, pálido. Cuando la tarde agonizó llegaron al campamento y allí depositaron a sus heridos. Sin embargo Loth se sentó sola en su tienda, con la pierna vendada, meditando los próximos pasos que la conducirían lejos de allí, a un destino que solo Eru conocía.
=Por Isilmeriele&Glaurung=
[Editado por Yureawen el 14-05-2005 17:48]
Hacía ya casi tres días que la tierra había temblado bajo sus pies. Cerrando los ojos, se dejó llevar por el sopor en el que sentía sumido su cuerpo debido a las fuertes medicinas contra el dolor. Pero su mente estaba despierta, a pesar de que en aquél momento solamente deseara olvidar.
Recordaba el campo de batalla. Una imagen de sí misma, en medio de un campo plagado de muerte. De pie entre miles de cadáveres, mientras su sangre regaba la tierra, apoyada levemente en su espada clavada en un cuerpo inerte. El viento del anochecer agitaba suavemente su cabello, apelmazado debido a la suciedad de sangre y barro. Su rostro, teñido de un rojo oscuro, reflejaba un profundo cansancio. Una herida en la sien contrastaba como un río de un rojo vivo, frente al rojo apagado de la sangre seca, la propia y la ajena.
Pero el fuego de sus ojos, aquél que persistía a pesar de todos los embates de su cuerpo, aún no se había apagado. Su alma inmortal de Maia, caída en el abismo del mal que la alumbraba, sólo sentía una furia incontenible. Y un odio indecible hacia ese cuerpo que apresaba su poder, y que limitaba su ser y su capacidad de destrucción.
La luz de la luna iluminó su cuerpo cuando logró asomarse apartando las nubes nocturnas. Sus ropas, destrozadas, apenas cubrían sus piernas. Descalza sobre la muerte, totalmente cubierta de sangre, recordaba la batalla que había llevado su ejército a la destrucción.
Su mente viajó en el tiempo, dejando atrás su cuerpo dolorido. Y vio nuevamente aquella batalla, que pasaría como una de las más grandes y dolorosas de toda Haldánori, pues tan grande había sido la furia y la entrega de ambos ejércitos, tan fuerte había sido la furia y la entrega de sus capitanes, que habían llevado casi a la destrucción de todos ellos.
Sobrevoló aquella mañana cubierta de una espesa niebla. Apenas podía atisbar entre ella el ejército de la Orden del Telpe, que había aprovechado las condiciones climáticas para acercar su ejército hasta las mismas murallas de Narmelost. Las negras torres, parecían en cambio elevarse hasta el cielo infinito, asomando entre la niebla, vigilantes y al mismo tiempo, ciegas a todo lo que se hallaba bajo ellas.
Ciegas como todos ellos, llevados por su orgullo a pensar que barrerían aquél ejército enemigo como barrerían cientos de hojas caídas en el campo. Reunidos en Runya Mindon, habían celebrado una reunión de urgencia para decidir cuál sería la estrategia a llevar. Pero ninguno había visto el peligro. Creyeron encontrarse a salvo. Creyeron que jamás aquél enemigo osaría cruzar los muros de una ciudad que les parecía inquebrantable. Creyeron, ciegamente, que al amanecer del siguiente día, el enemigo perecería engullido por su ambición, aquella que le había llevado a creer que los Señores de Nurn rendirían Narmelost al asedio.
Pero todos se equivocaron. Delissë se maldijo a sí misma por su propia ineptitud, por su ceguera y por su orgullo, ahora tan resquebrajado como su cuerpo.
La ciudad no había caído. Narmelost se erguía, como siempre, negra y solemne sobre aquél foso de lava ardiente. Y allá donde alcanzaba su vista ciega, todo era muerte y podredumbre.
Delissë levantó su espada, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para separarla del cuerpo en el que estaba incrustada. Llevaba tantas horas allí, que la sangre de la herida se había secado en torno a la espada, y ahora parecía un estrafalario adorno en el cuerpo inerte que la había alojado. Cuando finalmente logró sacarla, el cuerpo se movió como si alguien hubiera tirado del hilo invisible de una marioneta.
Se dio la vuelta y se encaminó a la ciudad tropezando con un cadáver tras otro, y se le hizo difícil mantener el equilibrio. A mitad de camino se sintió desfallecer, y cayó de rodillas sobre un cuerpo desfigurado, irreconocible… Ni siquiera podía percibir a cual de las numerosas razas de la Tierra Media pertenecía. Se quedó observándolo fijamente, y luego bajó la mirada hacia sus manos, enterradas en las mismas entrañas de aquél ser. Una masa gelatinosa y sangrienta bañaba sus manos, y cuando las retiró, observó asqueada que las vísceras del ser se mantenían adheridas a ellas. Se zafó como pudo, e intentó levantarse sólo para comprobar que no le era posible. La herida de la pierna latía como si estuviera hecha de lava ardiente, y el dolor se hacía ya insoportable.
Recordaba vagamente haber dado órdenes precisas para la emboscada. Los Hombres Negros de Nurn habían salido ocultos por la niebla de la noche, y habían preparado el camino del ejército del Telpe. No sabían hasta que punto podrían aprovechar el factor sorpresa, pero los cuervos habían enviado noticias, y sabían que el enemigo se acercaba con cautela, aprovechando que la niebla velaba su paso.
Y mientras la explanada que se abría frente a las puertas de la ciudad permanecía desierta, también se habían preparado las defensas de la misma. Helerauko se mantenía al frente de lo que sería la primera fase de la defensa. Enormes catapultas situadas en aquellos lugares que habían considerado estratégicos, cargadas con enormes vasijas de brea hirviente. El hombre, de porte altivo, de mirada helada, se mantenía firme, mientras a su alrededor cientos de orcos nerviosos blandían sus cimitarras y golpeaban con ellas el aire, esperando con ansia la batalla.
Sobre una de las torres vigía de la muralla, Inglin se alzaba totalmente vestida de blanco, con su pálido y hermoso rostro atisbando en el viento, y sus trenzas negras elevadas en el aire. Una imagen fantasmagórica, hermosa y terrible. Bajó de la torre y paseó entre las filas de arqueros élficos que se mantenían con la mirada fija en el horizonte, intuyendo ya las primeras líneas de aquél ejército de silencio.
Tras las puertas, miles de orcos aguardaban, creando con sus voces un zumbido ensordecedor, apenas apagado por los tambores que surgían de las entrañas mismas de la ciudad, creando un clima de expectación, donde los segundos parecían alargarse en el tiempo, como si de horas se trataran.
La batalla había comenzado a la luz de un rojo amanecer cubierto de una espesa niebla. A lo lejos, el sonido de las trompetas había anunciado el inminente ataque, y Delissë simplemente había observado al enemigo, desde lo alto de los muros, mientras eran atacados por cientos de soldados camuflados, ocultos entre la espesura. Habían esperado a que la mayor parte de la comitiva pasara ante ellos, y los soldados del Telpe, con la atención puesta en las puertas de Narmelost, no habían esperado este ataque. Sorprendidos, se volvieron para defender la retaguardia, al principio confusos y desorientados.
Pero la confusión no duró mucho tiempo. Las órdenes de Loth-Loss fueron precisas, y mientras la retaguardia era obligada a contener la primera embestida, prepararon las catapultas para el ataque a la ciudad. Enormes vasijas ardientes volaron hacia ella, estallando estrepitosamente y llenando el aire de fuego y destrucción. Cientos de hombres y orcos corrieron de un lado a otro, envueltos en llamas, y sus gritos quedaron apagados en el estruendo.
Helerauko a su vez dio por fin la orden de contraatacar. Soltaron las cuerdas que retenían el letal contenido, y el cielo volvió a arder para estallar después entre las filas del ejército atacante. Inglin puso fin al dolor de muchos de ellos, que convertidos en teas ardientes, eran abatidos por las certeras flechas de sus elfos. Pero no eran aquellos condenados al dolor del fuego hirviente su objetivo principal, sino aquellos que todavía serían capaces de blandir un arma.
El caos tras la ciudad, el caos en el ejército del Telpe. Ruina y dolor, y un inmenso sentimiento de ira que prendió en el corazón de todos ellos. Las puertas de Narmelost emitieron un sonido resquebrajado, y se abrieron lentamente, y de ellas salieron cientos de orcos ansiosos de sangre. Los primeros fueron abatidos por flechas, pero la riada parecía incontenible. Por cada uno de ellos que caía, parecía que salían decenas en su lugar.
Pero el ejército de Telpe no era fácil de rendir, ni aún en aquellas condiciones adversas. Aún cuando ahora se hallaba en la situación de la defensa, atacó con furia y el ejército de orcos se vio obligado a ceder terreno, replegándose poco a poco hacia la ciudad. Y todavía guardaba entre sus filas una sorpresa escondida que no parecían haber tenido en cuenta.
Inglin y Helerauko salieron de la ciudad, y trataron con firmeza de contener el ataque. Helerauko cercenaba miembros mientras blandía su hacha teñida ya de sangre. Su armadura de plata relucía con tonos rojizos, mientras la sangre descendía por ella. Y sólo la furia de sus ojos negros detenía a aquellos que se arriesgaban a enfrentarlo.
Mientras tanto, Inglin deslizaba su espada en el vientre de un hombre, que observaba cómo la espada negra brillaba regocijada ante la sangre que le servía de alimento. A su lado, aquella que defendía a su ama por sobre todas las cosas, tiraba del intestino de un elfo que parecía detenido en el tiempo, con su espada aún en el aire, los ojos abiertos observando como su cuerpo se deshacía entre las fauces de la bestia, y tras el velo de dolor e incredulidad, la conciencia de que ya estaba muerto.
Pero pronto todo ello carecería de sentido. El suelo tembló, y todos volvieron la vista al frente. Por un momento el ejército del Telpe pareció callar, mientras abría paso al enorme ser que avanzaba hacia las puertas de la ciudad.
- Un Balrog… - musitó Helerauko, mientras Inglin a su lado parecía considerar que la situación volvía a cambiar en su contra.
Y mientras observaban cómo la llama de Udûn se acercaba hasta ellos, los soldados de Telpe reaccionaron, tomándolos por sorpresa. No tuvieron tiempo apenas de defenderse, pues fueron atacados por varios enemigos a la vez. El costado de Inglin quedó teñido de su propia sangre, mientras la espada que la había herido quedaba incrustada en su vientre. Helerauko fue acuchillado varias veces por la espalda, y cayó de bruces, intentando en vano levantarse y defender su vida. Fue Nimbar quien, llevada por su furia animal, consiguió salvar la vida ambos. Y montó guardia sobre sus cuerpos hasta el final de la batalla, destrozando a cualquiera que osara siquiera intentar acercarse.
Delissë cruzó las puertas. El rumor había llegado hasta ella, y ahora sabía qué era exactamente lo que tanto había temido de este ataque. Pues de todas las criaturas que habitaban Haldanóri, aquél que se hallaba al servicio del fuego de Udûn era de los pocos que se le podrían igualar en la batalla.
Vestida de blanco y plata, su cuerpo parecía brillar mientras caminaba descalza entre los cientos de cadáveres que custodiaban con su muerte las puertas, y salió al encuentro de aquél que parecía esperarla. Pocos se atrevieron a intentar detener su avance. Y ninguno de ellos pudo volver a levantarse.
Y entonces sucedió. Y de entre todas las batallas de Haldanóri, pocos podrían llegar a narrar aquella que enfrentó a dos de los más formidables seres jamás creados por Ilúvatar. El cielo se cubrió de nubes negras, y el fuego de Yagnaré amenazó con desbordarse sobre ellos, arrasándolo todo a su paso.
Pues sucedió que el látigo de Undumeron restalló con fuerza, envolviendo el cuerpo de Delissë entre llamas y sangre, y ella asió con fuerza el látigo, y lo cortó desde la base con su espada. Pero su cuerpo no se consumía, pues su propio fuego era el mismo fuego de Udûn. Y Undumeron, confuso, atacó nuevamente con la espada de fuego que portaba. Y ella alzó a Airacil frente a ella, y la espada de Valinor brilló entre ellos, consagrada a esta batalla desde el principio de los tiempos.
Y así continuaron, mientras el mundo parecía haberse detenido a su alrededor. El ejército del Telpe dudó, pues si bien habían confiado en la presencia de su capitán Undumeron para destruir Narmelost, ahora tomaban conciencia de que también tras las murallas se escondían seres poderosos capaces de contener su embestida.
Loth-Loss, herida también en la batalla, ordenó que las trompetas anunciaran la retirada. El ejército de Narmelost comenzó también a replegarse, mientras los últimos combates se libraban en la llanura.
Y Delissë y Undumeron, ajenos a todo, heridos el uno por el otro una y otra vez, median sus fuerzas, mientras sus ojos alumbraban la retirada. Airacil parecía hundirse cada vez más en la carne oculta tras el fuego de él, y a su vez, la espada de Undumeron se clavó en ella haciendo arder su cuerpo desde dentro.
Finalmente, ambos, heridos, se miraron el uno al otro conscientes de que sólo con la muerte de ambos concluiría aquella batalla. Undumeron, profundamente herido, se alejó renqueando siguiendo a los suyos. Delissë en cambio, permaneció en pie apenas, y clavó su espada en un cuerpo que yacía a sus pies, para que le sirviera de apoyo.
Y mientras observaba alejarse a su enemigo, los minutos volvieron a convertirse en horas. Y las horas, simplemente, llevaron hasta un anochecer lleno de dolor.
Resumen de la batalla:
Telpe ha perdido 48 armadas x35= 1680 puntos.
Recuperables: 1120
Valoraciones: 9+9+8+8+8= 8,40
Recupera: 941 puntos. Los dirigentes han sufrido heridas por el 80%, por este concepto recuperan 280 puntos. Telpe publicó su historia con retraso respecto del plazo establecido, por este concepto se le penaliza con 2 armadas, 70 puntos. Total recuperacion: 941+280-70= 1151 puntos.
Pierde: 529 puntos.
Nurn ha perdido 78 armadas x35= 2730 puntos.
Recuperables: 910
Valoraciones: 9+9+9+9+9= 9
Recupera: 819 puntos. Los dirigentes han sufrido heridas por el 210%, por este concepto recuperan 735 puntos. Total recuperacion: 819+735= 1554 puntos.
Pierde: 1176 puntos.
Telpe recibe 300 monedas por batalla ganada.
Telpe cede 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.
Compañias listas y actualizadas.
Historia finalizada.
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