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Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 3
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 7

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Finalizada · 08-09-2004
2005:05:21:09:03:17
Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 3
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 7
El ejército del Valle marchaba con prudencia sobre territorio enemigo. Una fina niebla cubría todas las zonas que les permitían ver, incluso más allá. El sol había hecho acto de presencia, era como si se escondiera. Los búhos ululaban todavía. Los árboles daban una tétrica impresión, muy diferente a la imagen que darían en plena primavera, con diversas especies de pajarillos cantando al unísono. Las corrientes fluviales que invadían ese espacio atrasaban la marcha. Su ruido no era molesto, y su paso a través de ellos reconfortaban a los guerreros cansados.
Aredhel observó como los primeros rayos de sol comenzaban a bañar la yerma tierra que se extendía delante de su hueste. Al escuchar el simple sonido del entrechocar de las brillantes cotas de maya y las espadas sentía que su espíritu se alzaba; y era la capitana, todo un honor y una responsabilidad. A unos pasos por detrás de ella, centenares de elfos cruzaban la campiña siguiendo sus pasos y un poco más atrás, con un paso más lento pero firme, un grupo de ents se afanaban en avanzar. Aredhel recordó lo difícil que había sido el viaje para conseguir trasladarlos hasta aquel lugar. Desde lo más profundo de Taur-nu-Nolwe, habían emprendido un largo viaje, cruzando los mares interiores hasta las Tierras de Aquende. Una vez en esas tierras, lograron internarse en territorio enemigo sin derramar una sola gota de sangre. Sin embargo, todos los presentes sabían que en aquella jornada el destino jugaba un papel fundamental.
Arawen y Vilmanion espolearon los caballos para situarse a ambos lados de su general. Hermosos sementales de crin dorada, reservados para los nobles, gente de poder y dotes de liderazgo. La elfa recibió a los dos capitanes con un gesto cordial. Avanzaron juntos unos segundos hasta que, finalmente, Arawen rompió el silencio:
— Se acerca el momento — dijo con aparente serenidad. — Nuestros exploradores me informan que han visto a una compañía no muy numerosa cerca de las Puertas del Fin.
— Ese lugar no está demasiado lejos, podríamos alcanzarlos incluso antes de que el sol termine de alzarse — dijo Vilmanion.
Aredhel miró con detenimiento a sus dos queridos compañeros. La larga cabellera de Arawen había sido recogida en una larga trenza que formaba un extraño peinado. Vestía una armadura de cuero, en apariencia frágil, pero resistente. Miró entonces hacia Vilmanion. Aquel corpulento druedáin, vestido con una cota de escamas de Mithril y yelmo de hierro, tenía la misma mirada que su compañera. Ambos ansiaban entrar en combate, mostrar su valía y que sus nombres fueran recordados en años venideros.
— De acuerdo — asintió finalmente el general —. Las Puertas del Fin están un poco más al oeste, justo allí los ríos Sirtaen y Aewenlorin se unen. Continuaremos avanzando hasta encontrar el enemigo.
Hizo una pausa para mirar a su alrededor. La niebla era ahora muy densa, apenas si se podía distinguir unos pasos más adelante.
— Usaremos la niebla para cubrir el ataque, no nos verán hasta tenernos encima. Arawen — exclamó la elfa — ordena a la caballería que se prepare para atacar en cualquier momento, vamos a acelerar la marcha. Vilmanion — continuó — ,informa a los ents de nuestra situación, cuento contigo. Los arqueros y la caballería se adelantarán, no podemos permitir que nos descubran. Dejemos a los ents a la retaguardia.
Los capitanes asintieron y se dispusieron a cumplir las órdenes dadas. Tensaron las riendas de sus respectivos caballos pero Aredhel los retuvo un segundo más.
—¿Qué hay de “él”? ¿Habéis tenido noticias suyas?
Ambos capitanes hicieron un gesto de negación con la cabeza y los tres cruzaron una mirada de preocupación.
— No bajéis la guardia — les aconsejó.
Al cabo de una hora, la caballería y los arqueros alcanzaron el lugar indicado. Los tres dirigentes, al frente de sus tropas, escudriñaban el lugar en busca del enemigo. Apenas se podía ver nada, y la aventajada vista de las dos elfas no servía de mucho en aquellas circunstancias. La humedad del ambiente empezaba a hacerse presente y pequeñas gotas de agua comenzaban a aparecer sobre la ropa los soldados empapándola y produciendo una sensación de incomodidad. El extraño silencio sólo había sido roto por el rítmico paso de los caballos y a medida que avanzaban, las monturas se mostraban más rebeldes. Los guerreros al ver la extraña reacción de los equinos comenzaron a agitarse nerviosos.
De repente, a lo lejos, se escuchó un clamor; el sonido del acero comenzaba a oírse y el sonido de un cuerno de guerra tronó en la lejanía.
— ¡Maldición!— gritó Vilmanion, — ¡nos estaban esperando! .
Los tres se volvieron hacia sus tropas:
— ¡A llegado el momento que todos estábamos esperando! ¡Es el momento de luchar por todo cuanto creéis, luchad con honor y vuestro nombre será recordado! — fue ahora Arawen quién arengó a las tropas.
— ¡Arqueros! ¡Colocaos en posición!
Acto seguido, los arqueros, el general incluido, avanzaron hacia la primera línea y tensaron sus arcos. El clamor de la batalla se acercaba con rapidez, la niebla se había disipado un poco y dejaba ver más o menos donde estaba situado el enemigo. Los compañeros se quedaron sorprendidos cuando vieron que no constituían tal amenaza como creían en un principio, pero el coraje que manaba de ellos habría podido acabar con cualquier obstáculo que se les cruzara por delante. Los guerreros, espada en mano, comenzaron a correr hacia las huestes de elfos.
— ¡Disparad!
Una lluvia de flechas surcó el cielo, dejando tras de si un reguero de muerte, pero no se detenían, continuaron avanzando. Fue entonces cuando la caballería dirigida por Arawen les salió al paso, cabalgando elegantemente.
Mientras tanto, Vilmanion se apresuró a dirigirse al flanco de la vanguardia enemiga, precedido por la hueste de ents, que bajo sus pesados pasos hicieron retumbar el suelo, y que embistieron como si de un gigantesco puño de madera y hojas se tratase.
Pero, pese al impacto de su regimiento de ents; el enemigo no se amilanó frente a estos seres y atacó con todas sus fuerzas, incluso siendo inferiores en efectivos.
Poco se recuerda de lo que sucedió después. Los gritos de dolor se mezclaban con el ruido del entrechocar de las espadas y con el chapoteo de los combatientes que habían caído al río mientras luchaban. Ninguna palabra resume mejor que esos compases de batalla que la de confusión. La niebla, pese a influir menos en las escaramuzas, aún continuaba molestando. Todo era borroso. Pese a esa condición sumada a la proximidad de los ríos nadie se dio por vencido. Los arqueros ya luchaban cuerpo a cuerpo con unos cuantos enemigos cercanos y los ents aún no habían acabado con todos sus enemigos. Sus poderosos brazos lanzaban enormes y pesadas rocas contra un enemigo difícil de ver, eso condicionó bastante el resultado. Ellos eran un blanco más sencillo. Pero los ataques enemigos no consiguieron hacer mella en los robustos ents, los más resistentes sin duda. La caballería tampoco fue del todo efectiva, el terreno no era el propicio y las monturas se sentían incómodas. Por eso muchos caballeros desmontaron y lucharon cuerpo a cuerpo.
No podría decirse por cuanto más se prolongó la batalla, pero lo cierto es que el sol ya estaba casi en lo alto, y pese a que la compañía enemiga no tenía esperanzas de vencer, no dejó el combate. Vilmanion, Arawen y Aredhel lucharon con valentía, dándolo todo en la lucha.
De súbito, una fuerte ráfaga de viento provocó que la niebla se disipara por completo. Lo que vieron a continuación fue poco grato. Una tierra hermosa, bañada en sangre, con algunos cadáveres repartidos uniformemente por el suelo, mancillando la hierba verde y húmeda que abundaba en la zona. Los ríos ayudaban a limpiar lo que la guerra había causado. Árboles partidos, rocas, armas, monturas, estandartes; la imagen era dura de ver. Eso amilanó un poco la moral de los defensores de ese territorio. Tardaría tiempo hasta que volviera a ser lo que fue. Los rayos solares comenzaron a revivir a los guerreros. Todos se sintieron alegres y llenos de energía para retomar la lucha. Tenían que acabar lo que habían empezado.
Una figura apareció justo de donde venía aquella poderosa magia, la que ahuyentó a la niebla. Con su báculo en alto y finas corrientes de aire surcando a su alrededor, era un enemigo temible. Montado sobre un oscuro equino, Dalu, el Maiar del viento, hizo acto de presencia. Vestía una túnica color esmeralda y un yelmo de grandes alas cubría su cabeza. Ajeno a todo lo que ocurría alrededor, Dalu se acercó con lentitud donde se encontraban sus compañeros.
—Llegas tarde—fue el seco recibimiento que obtuvo
Dalu los miró con aquella faz carente de emociones.
—Tenía asuntos pendientes— fue su contestación — pero veo que os las habéis arreglado muy bien sin mi.
El Maiar observó con detenimiento el campo de batalla.
—Deberíamos retirarnos— fue todo lo que dijo
— ¿Retirarnos? ¿Porqué?, si aguantamos un poco más ganaremos la batalla.— respondió Aredhel
— ¿De qué te va a servir si ganamos? Habrás gastado vidas inútilmente, como elfa que eres y como general, deberías valorar la vida de tus soldados.
La pasividad con que Dalu dijo aquellas palabras hizo que se enfureciese
—¿Desde cuándo te preocupas tú por esos valores?— le contestó— ¿Acaso no deseas la victoria? ¡Hemos pasado mucho para irnos de aquí ahora!.— dijo subiendo el tono de voz.
Vilmanion empezó a titubear, la influencia de Dalu era patente, pero por otra parte Arawen mantenía la postura de Aredhel.
—Existen otros lugares en los que el apoyo de esta compañía seria mucho más eficiente, no nos conviene desgastarnos de esta manera.
Las elfas mantenían la misma postura y no pronunciaron palabra.
—Obtendréis el reconocimiento que merecéis, lo prometo— fue la escueta respuesta de Dalu. — .Pero no ahora, ¡mirad a vuestro alrededor!
Las palabras del Maiar comenzaron a hacer mella. Ahora con la niebla prácticamente despejada, comprendieron que Dalu estaba en lo cierto.
— Creo que lo que dice el Maiar es lo más prudente — intervino al fin Vilmanion.— no conviene que perdamos nuestras tropas en esta batalla. Tenemos un territorio por conquistar.
Lanzando un gruñido y viendo que, al fin, Vilmanion cedía y la propia Arawen comenzaba a dudar, ordenó a las tropas retirarse. Por suerte los enemigos no los atacaron ni los persiguieron, sabían que ese día el destino estaba de su parte, salvándoles de una posible derrota.
— Espero que sepas lo que haces — le dijo la general
—Tranquila, sé lo que digo. Os cubro en la retirada — dijo el Maiar
Alzando las manos hacia el cielo, Dalu conjuró parte de su poder latente. Apoyándose en el agua de los ríos cercanos y su poder sobre el aire, provocó que la niebla que se había disipado volviera a asentarse sobre la campiña. Elfos y ents comenzaron a abandonar el campo de batalla y finalmente los capitanes junto con su general. El valor que había demostrado el enemigo, lo recordarían durante mucho tiempo.
En lo alto, la luz brillaba. Una yerma campiña se extendía frente a la compañía y ésta avanzaba con paso lento pero seguro hacia su próximo destino, oculto incluso para el Maiar...
— ¡Largo!—gritó Manveru, fuera de sí. Desde hacía ya algunos días estaba furioso e irritante, desde aquel día en que los exploradores avistaran una compañía enemiga. Manveru había sido firme partidario de sustituir su compañía por otra en Losselen Tirion. Así, la ciudad quedaría mejor defendida, y su reducido ejército encontraría reposo finalmente. Parecía ser que la suerte se había ensañado con él. Salir de la sartén para caer en el fuego.
De pronto, una figura oscura entró en las estancias del númenoréano. Era Arioch. Ambos ya eran buenos amigos, y Manveru, después de mirarle brevemente, se saltó las formalidades del saludo.
—Me han comentado que desde algunos días estás… molesto—comentó Arioch, una vez enfrente de él. Manveru murmuró algo por lo bajo, pero siguió mirando el mapa de la región.
—No deberías estar tan enfadado por esto. Sirves a una buena bandera; quizá no la más afortunada, pero sí la más valiosa. Cumplir con tu obligación debería enorgullecerte, no enojarte.
Manveru miró visiblemente enfadado el rostro del Maia. Por una vez, el brillo de sus ojos era comparable al del Duque.
— ¿Obligación? ¿Llamas obligación al hecho de matar gentes inocentes, buenos hombres con mujeres a las que amar e hijos a los que cuidar? ¡Son como nosotros, diablos! Matar orcos y seres endiablados es una cosa, pero… ¿luchar contra gentes tan honradas como nosotras?
—Ellos atacaron primero. No debes culparte por tus actos. Son ellos los que deben hacerlo. Defiende tu patria, o lo que quede de ella, mientras algo quede.
— ¡Oh, sí!—gritó Manveru—. Entonces debería estar en Númenor, no aquí. ¿Y debería defender a la tierra que adora al diablo, a la tierra maldita que tiene como rey a un tirano? ¿A una patria que destierra a su hombres y obliga a buenas gentes a partir en exilio por el mero capricho de un noble? ¡Muy por atrás queda la gloria de una región cuando se cometen tales actos, incluido el de luchar con hermanos y vecinos! Gustoso sacrificaría todas las gotas de mi sangre por una causa noble. No, no pondré en riesgo las vidas de mis hombres, más caras para mí que la mía propia, en peligro por los caprichos de locos que se declaran reyes.
—Bien, entonces. Nada he de decir, salvo una cosa: tu mujer tiene paz y tranquilidad, por ahora. No obstante, poco quizá dure esa paz, si nuestra resistencia cede. ¡Piénsalo!
Manveru apretó los dientes, loco de furia, y clavó con fuerza un cuchillo en el mapa. La mesa se tambaleó con violencia, pero resistió el golpe. A continuación abandonó la sala, sin dirigir una sola palabra más. Al contemplar con más atención el mapa, Arioch se fijó en que el cuchillo estaba clavado en el centro mismo de la compañía enemiga.
La niebla, espesa y sombría, dificultaba y casi anulaba la visión de los soldados. Un frío mortal se había adueñado de la región, acostumbrada a los días soleados y la fresca hierba, y no se oía un solo murmullo. Parecía ser que la tierra misma contenía el aliento a esperas de lo que sucediera.
Al frente cabalgaban tres figuras: el Duque Arioch, alto y poderoso, con mirada pétrea y vista fulgurante. La elfa de pelo rojo, Silme, y un recién incorporado al clan, el elfo Dardenin, de mente alegre, pero fiero en la batalla.
La compañía, menos numerosa aún que de costumbre, con apenas una docena de hombres entre sus filas y un cuerpo principal de enanos, avanzaba lentamente. La compañía se detuvo en medio de un claro, silenciosa, rodeada de árboles y en espera.
Puesto que el ataque de Valle estaba previsto para el día siguiente, la compañía acampó y se prepararon algunas medidas defensivas, especialmente contra la caballería, clavando estacas en un semicírculo frente a los invasores, aunque poco cuidadas, puesto que pensaban avanzar algunas millas el día siguiente.
Cuando la oscuridad ya estaba completándose, un jinete solitario gritó el santo y seña. Los centinelas le dejaron pasar y éste, sin dirigir una sola palabra a los demás, fue directo a la tienda de campaña del Duque.
Dentro de la misma, el Duque bebía en silencio, revisando posiciones y recordando viejas historias de su larga existencia. La figura se quitó la capucha y miró a los ojos a Arioch. Era Manveru. El Duque sonrió.
—Me preguntaba cuándo aparecerías.
El númenoréano suspiró.
—No sé cómo saldré bien parado de esta. He abandonado el campamento hace poco, sin que mis hombres se dieran cuenta. Se oponían rotundamente a quedarse quietos mientras yo luchaba, así que tuve que huir. Me pregunto cómo se lo tomarán.
Manveru sonrió amargamente, pero continuó hablando.
—Lo que voy a cometer va a ser casi un asesinato, y me temo que me arrepentiré toda mi vida de este día. No obstante, así ha de ser. Si ésta es la voluntad de los Valar, la aceptaré, al menos de momento.
Arioch asintió, y cada uno se fue por su camino. Manveru no hizo tienda de campaña, sino que se acomodó en un árbol alto y se dedicó aquella noche a vigilar el terreno, cantar antiguas melodías y fumar en su larga pipa. Al día siguiente, la niebla aumentó de densidad, se hizo más pesada y dura con los hombres, fría y húmeda, calaba hasta los huesos. Parecía incluso algo “sustancial”, de tan espesa que era.
Aparte de eso, la visibilidad era nula. Así, con este ambiente tétrico, la mermada compañía avanzó durante algunas horas sin parar, despacio, en total silencio. Varios exploradores a caballo se adelantaban continuamente, aunque volvían enseguida, alegando que no podían ver nada. Ante esto, la solución más típica era pegar la cara al suelo para detectar las vibraciones del ejército enemigo en movimiento. No obstante, pocos querían ponerse la cara llena de barro, y sólo lo hicieron dos hombres en dos ocasiones distintas bajo estricta orden del Duque. La primera, el sonido era apenas imperceptible, puesto que seguramente el ejército enemigo estaba tomando precauciones. La segunda vez, sonó mucho más cercano.
Así pues, Arioch calculó la distancia y, ya seguro de que el enemigo estaba cerca, preparó a los hombres. En el frente se clavaron multitud de picas y estacas, rodeando a la compañía en un círculo defensivo. Entre cada fila de hombres se cavaron trincheras y algunos artefactos defensivos, de modo que entre cada fila de infantería se localizaba una de arquería.
Al final de toda la columna se establecieron los pocos ents supervivientes, que se dedicaron a recoger algunas piedras en el tiempo que pudieron.
Así pues, ya colocados, con los cuatro miembros del Concilio al frente, el ejército de la trágica compañía esperó. El enemigo estaba ya muy cerca, por lo que Arioch se dispuso a animar a sus hombres.
— ¡Hombres del Concilio! ¡Amigos! Mucha sangre he derramado ya con y por vosotros, ¡así que se podría decir que somos parientes! Os conozco a todos vosotros mejor que a mí mismo. Hoy, el destino nos ha llevado a luchar contra otras gentes. ¡Bueno, ya estaba cansado de sangre de orco! ¡Al menos sus cadáveres huelen mejor!
Manveru gruñó y tuvo que refrenarse para no saltar contra el Duque. No obstante, las palabras tenían su efecto sobre los hombres, que comenzaban a olvidar el frío de la niebla y sus pocas esperanzas.
— ¡Muy pocos somos ya!—continuó Arioch— No obstante, dicen que tras grandes hazañas y muchos infortunios, cuantos menos queden vivos de tales hazañas, mayor será el honor. ¡Somos dioses, entonces! ¡Bien! Os llamo a vosotros, majestades, a luchar para el Concilio. ¡Qué digo! ¡Luchad por el honor! ¡Luchad por la venganza! ¡Luchad por vuestras vidas! Y sobre todo, ¡luchad para la patria!
¡A ellos, a ellos!
Por la bondad, por el amor,
¡a ellos, a ellos!
Sin maldad, sin rencor,
¡a ellos, a ellos!
Por la patria querida,
¡a ellos, a ellos!
Por la bandera erguida,
¡a ellos, a ellos!
Por la tierra, por el mar,
¡a ellos, a ellos!
A correr, o a remar,
¡a ellos, a ellos!
¡Conmigo, hermanos,
por el Concilio de Nan-Tasarion!
Así cantaban los hombres, enardecidos y desesperados. No había victoria posible en aquella batalla.
El ejército del Valle estaba ya sobre ellos. Se repitieron las andanadas de flechas por ambos bandos. No obstante, los hombres formaban muy apretados entre ellos, y con sus escudos se cubrían mutuamente, a modo de falange. Pocos cayeron en esa primera parte del combate.
La caballería llegó al círculo, pero fue duramente rechazada por los lanceros enanos, defendidos por las estacas y armados con sendas alabardas. Así pues, demostrada la eficacia de aquella defensa, los caballeros de Valle desmontaron y se lanzaron al combate a pie.
El ejército enemigo era mucho más que grande. Largas hileras de hombres, bellos elfos con sus armaduras brillantes, aguerridos enanos en interminables filas de pequeñas figuras barbudas, ents por todas partes. Por suerte, los hombres del Concilio se desempeñaron bien en su labor, pues aquel ejército fácilmente podía exterminarlos a todos.
Mucha sangre se derramó en aquellos campos. Las primeras filas del Concilio, formadas por los hombres peor armados, retrocedieron, y dejaron paso a la infantería pesada de Nan-Tasarion. Eran todos fuertes enanos armados con duras cotas de escamas, grandes yelmos y toda clase de equipo.
No obstante, la victoria era una imposibilidad. No obstante, los hombres, no se rindieron, y he aquí que sufrieron un golpe de suerte. Se oyó un cuerno Tasariano, empuñado por Manveru dirían después, y de entre las sombras de los árboles aparecieron figuras encapuchadas portando arcos y largas espadas afiladas.
Arioch miró al númenoréano, paralizado por el asombro. Manveru sonreía, y miraba con orgullo las figuras de sus hombres.
Los soldados de Valle, algo acobardados, retrocedieron, pero al ver el escaso número de refuerzos, rieron, y volvieron al combate.
No obstante, un destello, quizá un aura divina de los Valar, dirían después en el Concilio, marcó el toque de retirada para los hombres de Valle. Arioch, prudente por aquella vez, ordenó a sus hombres que permanecieran en su posición. La batalla había terminado.
Por suerte, las bajas no fueron demasiado numerosas. Hubo muchos heridos, y muchos de ellos curaron. Manveru tenía una flecha clavada en el hombro, que arrancó sin demasiadas contemplaciones, Arioch un corte en la frente, Dardenin el brazo vendado y Silme algunos cortes más. La compañía permaneció dos días más en aquel lugar, y todos los caídos, de uno u otro bando, fueron honrados y recibieron sepultura, y por mucho tiempo se mantuvo aquel extraño monumento, con soldados de dos clanes enemigos enterrados como iguales, pues realmente lo eran, y al cabo de algún tiempo aquella tierra verde brilló de nuevo bella.
Resumen de la batalla.
Valle ha perdido 3 armadas x35= 105 puntos.
Recuperables: 70
Valoraciones: 8+8+7+8+8= 7,80
Recupera: 55 puntos.
Pierde: 50 puntos.
Concilio ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.
Recuperables: 82
Valoraciones: 8+9+9+9+8= 8,60
Recupera: 70 puntos.
Pierde: 175 puntos.
Valle percibe 75 monedas por batalla ganada.
Valle cede 100 monedas a Concilio por abandonar la batalla.
Compañías actualizadas y listas.