Edicion 2
Haldanóri, Las Tierras Ocultas
Finalizada · 08-09-2004
Sueños Perdidos
2005:06:02:18:38:58
Seregruin
La noche se cernía nuevamente sobre las torres facetadas y violentas de Narmelost. En medio de la sempiterna bruma y la insondable oscuridad, el terror orpime los corazones de los súbditos del Señorío, hoy como siempre.
Pero una pequeña figura parece escapar del conjuro que atenaza las voluntades de los de esclavos de Nurn. Parece una niña, pero su espíritu se ha templado en las más fieras adversidades. Es Maestra Espía, a pesar de su corta edad, y responsable de una compañía militar de un país extranjero.
Su misón es obtener información, de su propia mano, en el mismo centro del poder de Nurn. Una misión arriesgada, sin duda, y suicida para la mayoría. Pero Elorah no es una improvisada, y el Rey del Valle del Ingenio lo sabe.
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Sin embargo, y pese a haberse colado hasta el centro mismo de la Ciudad, la presencia de la espía fue pronto advertida por el enorme poder de Arattalion, el Maia Oscuro.
Descubierta, la niña pudo escapar por las oscuras callejuelas y dar cuenta de los orcos enviados en su búsqueda. Pero no pudo finalmente resistir el poder de Arattalion. Y cayó prisionera de Nurn durante más de un mes.
Horroroso mes de indescriptibles torturas y tortuosas negociaciones para su liberación: Elorah nunca pudo recordar con claridad qué sucedio en aquel tiempo y en aquel lugar.
Sólo ahora, de regreso en la Torre de Cristal, las pesadillas y los delirios de la fiebre le brindan los primeros indicios de su estadía en la ominosa Ciudad del Poder del Fuego. Sus sueños perdidos.
Elorah de Arda
Gris. Nublado. Aura oscura y densa. Veo a mi alrededor nubes de polvo que no me permiten percibir más allá. ¿Qué hay al otro lado? ¿Más penumbra? ¿Salvación? ¿Qué?
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>”Isda Najae bremerum cás ío” - los druidas pronunciaban sus hechizos sin descanso, intentando una y otra vez miles de fórmulas y conjuros para sacarla de aquellas tinieblas en las que se hundía estrepitosamente.
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Camino despacio, insegura, por un suelo embarrado tanteando con las manos a mi alrededor, pero no hay nada. Nada. Nada invadiéndolo todo a mi paso. ¿Dónde estoy? ¿A dónde voy? … ¿o de qué me estoy alejando?
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>”Ner bemin o daá lis ugíe” – Todos ellos sabían que luchaban contrarreloj. El sudor empapaba sus frentes al igual que el cuerpo de la muchacha casi inerte.
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Sin embargo, no hay temor, sino quietud. Mas aún la pesadumbre de una carga pesa sobre mí. Algo ha cambiado. Algo hay distinto en mi interior. Lo noto. ¿Mas cuál es esa carga que desconsuela a mi corazón?
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>”Peq frúa yil daá i nise” – Si permanecía demasiado tiempo en ese estado su pérdida se convertiría en algo inevitable. Su mente quedaría encerrada para siempre. Prisionera de recuerdos olvidados… de Sueños Perdidos.
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La pequeña corría presa del pánico por las calles de la capital Nurnita. Escondiéndose. Dándose cobijo en las sombras. Sin embargo, no era la única que percibía mejor en la negrura del ambiente, pues orcos acechaban. Buscaban, rastreaban y, desdichadamente para ella, encontraban. Sus armas melladas no tenían el mismo efecto. Sin dardos ni hojas efectivas era un blanco fácil para aquella horda que la perseguía.
Además, la desventaja era mayor aún, pues era desconocedora del terreno que pisaba. Se perdía. Volvía atrás. Recorría incesante los mismos caminos sin siquiera saberlo.
Huía descontrolada, angustiada. Su único pensamiento era salir de allí. Desaparecer. Creía poder conseguirlo. Creía poder encontrar un lugar en el que refugiarse hasta el amanecer cuando la ciudad se llenará y el ajetreo se iniciase y así poder perderse entre la multitud y la confusión. Creía… pero cuan lejos estaba de aquel destino feliz.
Su mente fue hallada. El maia oscuro sabía de ella. La presentía. La percibía. Y utilizó todo su poder para debilitarla. Pero no era presa fácil. Sus pensamientos eran confusos, mezcla de recuerdos desordenados. Había sufrido en el pasado pérdida de memoria y sumado esto al hecho de haber olvidado su infancia, quizás por algún trauma, implicaba una gran dificultad a la hora de establecer conexión con su mente.
Mientras, ajena a ello, la muchacha corría de un lado a otro. Su propia sangre roja se mezclaba con la negra de los orcos contra los que se enfrentaba. Cierto era que no había matado hasta aquel día, pero parecía innato en ella. Aprovechaba su agilidad, su velocidad, su pequeña estatura para esquivar, despistar y en definitiva matar.
Pero repentinamente un dolor agudo la hizo caer. Sintió un pinchazo tan fuerte en su cabeza que cayó desplomada al suelo. Duró tan solo breves instantes, pero los suficientes para haberla desorientado por completo. Suficientes para que sus ojos se nublaran y las imágenes nítidas antes, se transformaran ahora en borrosas y con movimiento no uniforme.
Intentó levantarse. Le costó, pero lo consiguió. Sin embargo, sus piernas le temblaban y sus brazos no respondían con la misma presteza. Siguió avanzando, sin rendirse. Oscuras sombras salían a su paso. Reflejos de armas, de filos… de muerte. Sentía dolor. Las heridas en su cuerpo se multiplicaban. Todo comenzó a girar a su alrededor. Risas, gritos, caras horrendas entremezclándose. En segundos se vio rodeada. Percibió su fin…
Y de nuevo aquel dolor atravesándola. Palpitaciones, intensa falta de aire… hasta que la negrura lo invadió todo…
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>Despierta… - una voz me susurra al oído – despierta…
Abro los ojos. No se cuando exactamente los había cerrado mientras caminaba por entre aquella Nada. Pero ahora todo ha cambiado. Veo una mujer. Me sonríe. Es hermosa, muy hermosa. Sus cabellos dorados lucen brillantes como si fueran reflejos mismos del Sol.
>Buenos días – dice con dulzura – tu padre nos espera para ir al mercado.
¿Mi padre? ¿Dónde estoy? ¿Es este mi hogar? ¿Mi antiguo hogar?
>¿Madre? – pregunto dubitativa.
>¿Aún no te despertaste del todo? – dice con la risa más bonita que jamás había escuchado en toda mi vida.
Y me ofrece su mano y yo le doy la mía. Es pequeñita comparada con la de ella, pero puedo sentir su suavidad, su tacto delicado…
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>Despierta… - pero la voz había cambiado. Ya no susurraba, ya no era dulce, sino todo lo contrario…
[Editado por nurbil el 26-05-2005 14:13]
Shulak
La noche era densa, parecía pegarse a los muros negros.
Shulak paseaba sobre la muralla Este, vestido con sus viejas ropas y armado con su viejo sable. Jamás había dormido más de dos horas al día pero últimamente nisiquiera era capaz de conciliar el sueño, se pasaba las noches en vela, observando el sueño plácido de Deanna, perdiendo su alma en los trasparentes reflejos de sus joyas preferidas o dando largos paseos. Un deseo velado anidaba en sus entrañas. No era la primera vez que le ocurría. Él era Shulak, criatura de Melkor. Indiferente a todo, monstruo terrible. Y era su camino sinuoso; y sus pasos unas veces sutiles y otras brutales.
Y ahora, instalado ya entre los señores de Nurn, sutilmente sentado a la diestra de la señora Nulkaiel, consejero respetado, general temido... ahora,... crecía en su corazón, como otras veces en su larga vida, un oscuro deseo de destrucción salvaje, un deseo, aun no identificado por él mismo, terrible como Angband, deseo homicida y sanguinario.
Un día llegaría en que dejaría el camino de las intrigas por el camino de la espada, que cambiaría los fingimientos por la más salvaje destrucción. No faltaba mucho para ese día, pero de momento era Shulak, capitán de Nurn, y estaba paseando sobre la muralla Este, contemplando desde la inhumana altura de la muralla exterior de Narmelost la bruma que se deshacía en jirones procedente del rió.
Dos soldados se acercaron al hombre dragón, se cuadraron ante él y le hablaron con voz alta, demasiado alta para una noche como esa - Señor, ha sido descubierto un espía- Shulak los miró fingiendo que le habían molestado, fingiendo que algo podía molestarlo, y no dijo nada, sólo los atravesó con su mirada amarilla. - Está en los calabozos, ya ha empezado el interrogatorio... - dijo el más grande de los dos: un hombre joven que sin duda tenía pretensiones de ascender en el escalafón. Esperaba nervioso alguna reacción, alguna respuesta, alguna pregunta.
-¡Bien, llevadme allí! Veamos a ese espía.
Seregruin
-¡¡Despierta y besa el suelo, escoria!! ¡¡El Señor Shulak ha llegado!! -grita el Nurnita mientras sacude y golpea a la niña.
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Un regalo inesperado. Maravilloso e inesperado.
El ex-Capitán Seredhel, degradado luego de la Revuelta de Túrelondë a Sargento encargado de la Puerta Norte de Nármelost, casi llora de alegría por lo que ha caído en sus manos: un maravilloso regalo que podría devolverle algo de su viejo prestigio
A pocos metros de su control la patrulla acababa de hallar, desvanecida por alguna magia nurnita y rodeada por los cadáveres de tres orcos que habían intentado cogerla viva, a una joven espía que portaba, además de unos papeles y otras cosas seguramente muy valiosas entre las ropas, un colgante de precioso fulgor.
Con el corazón palpitante, observando embelesado el rubí, el númenóreano nurnita no cabe en sí del gozo. Ha enviado con rapidez a dos de sus hombres para dar aviso de la captura al Capitán de Narmelost, Shulak el hombre-dragón, y ha mandado arrojar a la espía en uno de los calabozos de la Puerta Norte.
“Con esto me liberaré de la tutela del viejo Kalemba” pensaba Seredhel. “Con este hallazgo volveré a ser considerado por el Señor Shulak” seguía... y, prendiendo su pequeña pipa en el ventanuco de su control (Seredhel había vuelto al vicio del tabaco occidental luego de su reciente desgracia), consideraba las posibilidades de venganza contra el mestizo Seregruin.
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Unos golpes en la puerta.
-¡Atención! ¡El Señor Shulak se presenta en el control de la Puerta Norte!
Seredhel arroja el contenido de la pipa por el ventanuco y disipa los restos de humo con la palma de su mano.
-Salve, Shulak, Señor de Narmelost. El Sargento Seredhel se arrodilla ante Vd.
Elorah de Arda
Corre… Huye…¡Escapa! No puedes. No hay salida. Atrapada en un laberinto de paredes rojo intenso bermellón. Todo gira a tu alrededor. Se vuelve confuso. Lo que antes era el suelo ahora es el techo. Vuelve a girar. Te mareas. No sabes dónde estás ni por qué. El color y textura de las paredes es tan uniforme e igualado que no sabes que está arriba ni que abajo. Has perdido el rumbo y el equilibro. Sientes miedo. Sientes angustia. Sólo quieres salir de allí. Corre… Huye… ¡Escapa! Pero no puedes. No hay salida.
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Y mientras su mente se perdía en la Torre de Cristal, el pasado parecía renacer atrayéndola a un mundo de tinieblas sin fin.
Ni siquiera le había dado tiempo a abrir los ojos cuando se encontró con una gruesa mano que la agarraba de la ropa y la zarandeaba de un lado a otro. Desorientada, intentaba defenderse de su agresor, pero apenas sentía fuerzas en su interior. Fuera lo que fuese aquel poder que la había atacado en la ciudad, la había dejado muy debilitada.
Se agarró al brazo de aquel hombre queriendo apartarle. Le clavó sus uñas todo lo que pudo. Le arañó. Le golpeó. Pero todo aquello fue inútil. Ni siquiera lo vio venir.
La cara le ardía. La mandíbula le dolía. El labio le sangraba. Su respiración se agitaba.
Y allí desde el suelo le vio. Posó su mano sobre la reciente marca intentando paliar el dolor y a través de los mechones, que alborotados caían sobre su rostro, le miró fijamente. Una mirada cruda. De odio puro. A lo cual él respondió con una sonrisa haciendo que se remarcara de forma siniestra la cicatriz de su mejilla.
Con total desprecio la volvió a sujetar por la ropa para izarla mientras ella se revolvía sin obtener logro alguno.
>¡Suéltame! – gritaba la muchacha. – Vamos, ¡Suéltame!
Pero únicamente fue respondida con un tortazo contundente y un expeditivo “¡Cállate!” mientras era sacada a rastras de la celda. Sin embargo, no se iba a rendir. Siguió pataleando, gritando y en definitiva luchando por su vida. Incluso llegó a morderle el brazo, clavando con gran intensidad sus dientes en él y arrancándole un sonido gutural de su garganta. Pero lo más importante en esos momentos para ella es que había conseguido soltarse.
Corrió, pero aún seguía desorientada y se iba chocando contra todo aquello que se encontraba a su paso. Así pues, pronto fue alcanzada por aquel hombre, que furioso la propinó un empujón con gran ímpetu contra una de las paredes laterales del húmedo pasillo haciéndola caer al suelo provocándola una brecha en la frente.
Sollozaba presa del dolor mientras intentaba huir arrastrándose a gatas por aquel sombrío lugar. Pero el hombre se fue acercando hasta ella con paso tranquilo y sin ningún miramiento, la agarró con fuerza de los cabellos y la levantó del suelo para retroceder unos pasos y encaminarla hacia el camino correcto que no era otro que una sala oscura iluminada levemente por unas velas mal situadas y que proporcionaban a la estancia sombras maléficas y encantadas.
Sin embargo, una sombra prevalecía sobre el resto. Alguien más había en esa habitación pero Elorah no alcanzaba a verle. Oculto en la oscuridad, únicamente pudo observar unos ojos brillantes e inexpresivos como queriendo ocultar su estado de ánimo para que ella no pudiera leerlo.
El hombre se plantó en medio de la habitación soltando por fin los cabellos de la joven, la cual se apartó de él con enfado y rabia contenida.
>¿Es ella quien ha osado interrumpir en nuestra ciudad para robar nuestros secretos? – la sombra habló.
>Sí – afirmó el hombre mientras volvía la mirada a la muchacha – ¡Arrodíllate en presencia de un señor de Nurn!
Pero la única respuesta que obtuvo fue una mirada desafiante y una sonrisa vanidosa.
>Descarada – susurró acercándose a ella alzando la mano.
Pero no se apartó. Orgullosa se mantenía firme esperándole, enfrentándole, retándole. Y un nuevo tortazo recayó sobre su ya adolorido y ensangrentado rostro.
>¡He dicho arrodíllate! – gritó furioso como si su eficiencia estuviera siendo probada ante Shulak.
Ella volvió el rostro denotando odio y resentimiento. Pero no se arrodilló. Nunca había cumplido una orden y no iba a empezar a hacerlo ahora, menos aún si ésta provenía de un enemigo.
>Jamás - murmuró entre dientes intentando mantenerse en templaza y mostrarse superior.
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Y de nuevo regresas a aquel laberinto sin fin. Perdida y abrumada. Intentando mantener el control de la situación pero viendo como se escapa lentamente. Paz efímera. Orgullo desvaneciéndose. Pronto tan sólo te quedarán fuerzas para arrastrarte suplicante y pedir piedad. Pero no la hallarás. No podrás correr. No podrás huir. No podrás escapar. No podrás. Pues no hay salida.
[Editado por nuRBiL el 28-05-2005 19:55]
Shulak
Como una pesadilla que se hace palpable lentamente, como un terror que no se puede evitar, Shulak salió de la sombra y se dirigió con paso decidido hasta el centro de la habitación, donde la niña se mantenía arrogante. Las sombras y las luces jugaban en el rostro hermoso del Señor de Nurn.
Con un rápido movimiento que sorprendió incluso al soldado que pretendía someter a la joven espía, agarró con su fuerte mano, la cara dulce de la niña y, con una fuerza sobrehumana arrastró el cuerpo de la desdichada hasta el muro de la oscura y húmeda habitación. Fue un movimiento salvaje y el cuerpo de la muchacha golpeó con violencia contra la dura piedra de Narmelost, la cabeza, aun agarrada por la zarpa de Shulak, estuvo a punto de quebrarse al chocar contra el muro.
La niña perdió por unos instantes la consciencia pero la recuperó enseguida. Shulak seguía apretando su cabecita. Se acercó a ella con mirada terrible. Le habló al oido.
-Te has equivocado al venir aquí, muchachita… y te estás equivocando si crees que permitiremos tu estúpida arrogancia. Ésto es Nurn, esto es Narmelost.- La muchacha intentaba deshacerse de la presa del hombre dragón: con todas sus fuerzas tiraba del brazo de Shulak para que le soltara la cara. Pero era en vano, Shulak no era un simple humano, sus fuerzas eran muy superiores a las del más fuerte de los hombres, pero Elorah, que así se supo luego que se llamaba la niña, no lo sabía y, de saberlo, probablemente no le hubiera importado, porque ella no se rendiría jamás… o eso creía en esos momentos.
Shulak apretó más su mano y el cráneo de Elorah crujió. La niña se asustó y dejó de luchar. Shulak continuó hablando, muy quedo, sus labios tocaban la oreja de la niña. -Podría aplastar tu cabeza con mi mano, niña, pero no es eso lo que deseo, de momento. Tienes que contarnos muchas cosas… y nos las contarás, tarde o temprano. Tienes valor, pero eso de nada te servirá, hombres mucho más fuertes que tú han sido reducidos a una masa de carne en las entrañas de Narmelost.- Shulak aflojó su presa, dejó la cara de la niña libre y la agarró con firmeza por el cuello. Así se fijó por primera vez en los ojos claros y hermosos de la muchacha, y le miraban desafiantes, escondiendo el miedo.
-No tienes ni idea de donde estás, y ello justifica tu comportamiento… pero ya lo aprenderás. Ni en tus más horribles pesadillas has alcanzado a vislumbrar lo qué te espera aquí. Dolor, niña, y terror, más allá de lo imaginable. Tu comportamiento arrogante te ha ganado enemigos aquí- miró divertido al soldado que intentó rendir a la muchacha- y de ello habrás de arrepentirte.
La muchacha se apoyaba contra el muro y un ligero temblor dominaba sus miembros. Shulak, en silencio acarició el rostro hermoso de Elorah, y deslizó el dedo medio desde la frente hasta la barbilla de la prisionera, recorriendo su perfil noble. Luego la contempló y deseó que las circunstancias fueran otras, deseó poder llevarse a la muchacha, pero no, las circunstancias no eran otras, se separó de ella y, cuando parecía que nada más sucedería, bajo la luz mortecina de las pocas velas que iluminaban la lúgubre habitación, el hombre dragón se revolvió, sus ojos amarillos brillaron con animalidad, y golpeó con fuerza a la niña. Un puñetazo que hubiera derribado al más fuerte de los hombres, directo al estómago.
Un gemido, un grito apagado… y la niña se quedó plegada en el suelo, su rostro desencajado cubierto por su hermoso cabello negro.
-Soldados, quiero un informe. Quiero saber qué hacía esta estúpida fisgoneando en Narmelost. Lo quiero saber todo y pronto. Que se encargue de todo alguien experto, no quiero que a nadie se le vaya la mano y la mate antes de que hayamos obtenido toda la información.-
Una pálida mañana estaba naciendo cuando Shulak salió de las apestosas mazmorras.
Elorah de Arda
Historia pausada por motivos personales hasta nuevo aviso.