Las montañas coronadas de nieve nunca le habían parecido más grandes y majestuosas, nunca les había tenido tanto temor, nunca las había añorado tanto, nunca se pregunto que había pasado aquel día en que su vida cambio por completo.
Inglin se alejaba de la ciudad, gritaba un nombre, un nombre muy lejano para recordarlo, un nombre que alguna vez había amado pero al que no le debía nada, solo un presente oscuro y una herida que nunca sanaría. Luego se escucho un grito y un golpe sordo contra la roca de la montaña, y allí quedo nunca descubierto, ni por su mismísima hermana que en ese momento se retorcía en sueños.
La elfa se despertó sobresaltada intentando recordar que era lo que la había atormentado en sueños, pero pronto descubrió que había cosas más importantes por las cuales preocuparse, como por el dolor agudo que le estremecía cada rincón del cuerpo. Hizo un esfuerzo por levantarse pero sus piernas no le respondían. Herod permanecía a su lado, pero no encontraba la forma de montarlo, sin experimentar dolor, la herida en la pierna le latía constantemente y no sentía la parte inferior del brazo. Enderezándose lo máximo que le permitía su cuerpo en aquel momento se encontró con abundante sangre en la franja de tierra donde estaba su extremidad inferior.
Recostada en aquel endemoniado sitio pensó en sus compañeros, donde estaría ahora Dellise, se habría dado cuenta de su ausencia o estaría aun peor que ella misma. ¿Habría corrido Helerauko su misma suerte?. Pero su cabeza no le permitió mas preguntas, el brazo izquierdo le latía fuertemente, ya era hora de abandonar ese lugar. Intento incorporarse y cayo sobre su brazo arriba del cadáver de un orco, dando vuelta intento correrse del lugar sin mucho éxito. Su estrella preferida brillaba en el cielo, permaneció mirándola un buen rato, hasta que los ojos empezaron a cerrárseles, escucho el aullido de un lobo en la lejanía, -Nadie me alejara de esta tierra- pensó y acuñando la espada lanzo una estocada al orco que la miraba y gritando ¡Por Gondolin!- y no recordó nada más.
Herod tomaba agua en el hilo de agua que corría hacia el mar, Inglin miraba hacia el horizonte, allá a lo lejos Ulmo descargaba su furia en forma de agua, una cortina negra tenia el cielo, de pronto la cortina negra se deslizaba y perseguía a la elfa que corría, pero sus pies resbalaban en la arena y no llegaba a ningún lado, la sombra la estaba alcanzando, de pronto sintió que dos garras le apretujaban los brazos, causándole un gran dolor, cuando pudo abrir los ojos vio que un orco la sujetaba impidiéndole que saltara de la cama. Abrió los ojos lentamente, la herida de la pierna había dejado de latir, pero aun no sentía el brazo, se lo habían puesto en cabestrillo impidiéndole que hiciera movimiento alguno. Levanto la vista, el orco la miraba como encantado –Vete de aquí ya mismo, trae a alguna doncella que sea capaz de mantener los dos ojos abiertos- como respuesta el orco bajo la vista y salió de la habitación, cuando abrió la puerta pudo ver a Nimbar sentada en la puerta de la sala enfrentando al orco, sin animo de gritar Inglin ignoro la escena deseando que la loba no le prestara atención esa vez así le podían cumplir su deseo. Se recostó en la cama, la cabeza le daba vueltas. No se sentía bien físicamente, pero lo que más le atormentaba eran los sueños que sabia que había tenido pero no sabia cuales eran ni que había pasado en ellos.
La doncella elfa entro en la habitación, llevaba su vestido rajado, seguramente producto de su fiel compañera. Le poso la mano en la frente diciendo –Aun tienes fiebre, debes mantenerte en la cama. Has perdido mucha sangre gracias a la herida de tu pierna aunque ya lo hemos controlado, en cambio tu brazo tardara mas en sanar, pues te lo has quebrado. Duerme y descansa tu cabeza de las penas que te atormentan. Solo te diré que la historia de esta batalla, no será contada hasta que te encuentres bien, pero puedo decirte que tus amigos están vivos- Ante esta noticia Inglin cerro los ojos y se aventuro en aquel mar de sueños al que le tenia mas miedo que a la realidad.
Los días pasaban lentamente, desde la ventana se podía observar que la cantidad de cuervos en el campo de batalla disminuía gradualmente, pero a la elfa eso no le preocupaba, se mantenía en la cama ajena a aquel mundo de sombras que se extendía mas allá del muro. Una noche un pájaro blanco se poso en su ventana, rara vez se había visto tanta belleza en un ser, pero no parecía encajar en aquel universo de sombras, luego de clavar los ojos en la elfa lanzo un grito y remonto las sombras para nunca mas volver, ese grito le recordó a Inglin tiempos lejanos, cuando aun era una joven con ansias de aventuras. El mar se le pinto en la mente, un mar que en el que ella había estado, había vivido tiempo atrás. Esa visión le reconforto cada músculo de su cuerpo y sintió la sangre correr en sus venas, como no la había sentido hacia tiempo. No sabia que era lo que había roto el encanto que atormentaba su corazón desde que había llegado a Nurn. Deslizo las sabanas y se incorporo, la doncella había dejado a su disposición uno de sus vestidos preferidos, de color azul marino, decorado con franjas blancas y plateadas. Con ayuda de la criada se hizo las trenzas que decoran siempre su cabellera negra.
Lentamente se dirigió a la puerta y la abrió, del otro lado Nimbar la esperaba como un perro educado que presiente que a su amo le había pasado algo malo y no debía dejar su lecho. Le acaricio la cabeza y bajo las escaleras lentamente. El aire fresco le soplo en la cara y le provoco una extraña sensación de libertad.
Los días pasaban e Inglin mejoraba gradualmente, hasta que un día el líder de un grupo de soldados humanos se presento a su encuentro una tarde. Las heridas aun permanecían latentes, pero el peligro había disminuido. Hasta ese día la elfa solo sabia que su atacante era un elfo y que había salido corriendo nadie sabia hacia donde luego de cumplir su cometido.
El general tenia la mirada grave, no se atrevía a mirar a la elfa, quizás temía por su vida luego de decirle lo que debía decir. Levanto la vista y se decidió por las palabras que más temía pronunciar –Señora, vengo a hablarle de lo acontecido en la ultima batalla – Inglin tratando de tomarse el tema de charla como un tema cotidiano acoto –Soy consiente de que una batalla es una gran ocasión, pero durante su transcurso suceden muchas cosas, ¿Podría usted ser mas explicito?- estaba de muy buen humor como para que un simple jefe de mortales le arruinara el día. De un momento a otro el hombre empezó a hablar, como si el peso de las palabras le oprimiera el corazón impidiéndole respirar –Lo encontré luego de finalizada la batalla, había caído a su lado, usted estaba inconsciente, pero su loba no me permitió que me acercase. Él me pidió que lo matase, pero como comprenderá pertenezco a Nurn y no esta en mi naturaleza acortar sufrimientos. Lo lleve a la ciudad con migo y lo encerré en uno de los calabozos, le quite toda la información posible, aunque lamento decirle que no sea tanta como la deseaba- el hombre suspiro aliviado, pero su cara se contorsiono en una mueca de temor cuando Inglin volvió a hablar -¿Y por que no ha venido el con usted? Seria de mi agrado verlo- el bulto que llevaba en las manos se le cayo al suelo, lo levanto con manos temblorosas y prosiguió – Hoy a la mañana lo encontré muerto, se ahogo con sus sabanas. Espero que sepa comprender – la elfa lo interrumpió bruscamente –Eso luego sé vera. Dígame de una vez que le dijo ese hombre o márchese, aunque no le aseguro que vaya muy lejos-. Como respuesta a esa ultima frase Nimbar se coloco en la puerta de la habitación.
La noche caía lentamente mientras aquel cruel señor se decidía a decir lo que tanto miedo le daba – Por supuesto señora, no debe esperar mas para saberlo. No era un hombre, sino un elfo, un Noldo proveniente de Gondolin. Que la conocía a usted muy bien, aunque no me dijo de donde – a esto la noldo no le dio mayor importancia pues suponía que podría tener muchos enemigos, y mentirosos también, el hombre prosiguió – Me dijo aparte que le dijera que su nombre era Laeglin, espero que le sea de ayuda esa información- fueron sus ultimas palabras ya que cuando se disponía a irse Nimbar se le tiro encima y le mordió el cuello hábilmente, desangrándolo en el piso.
Inglin aun no había reaccionado, oía el gritar de una gaviota en su cabeza. Salió de la habitación esquivando el cuerpo del caído, y grito a quien pudiera escucharla en ese momento –Díganle a Helerakulo que le busque reemplazo- pero antes de partir de allí tomo el bulto que se le había caído al muerto instantes antes. Corrió hacia las caballerizas y monto a Herod, sin hacer caso del dolor de la pierna, pero el caballo se negó a salir de allí. Maldiciendo se bajo del animal y sin poseer el control de su cuerpo cayo a su lado. Así la encontró su doncella cuando fue a revisar los establos, volando de fiebre y susurrando cosas intengibles en sueños.
Despertó al tercer día de ser encontrada en las caballerizas, no recordaba nada de los días que había pasado en letargo, solo recordaba el gritar de la gaviota una y otra vez. Vio que las doncellas habían puesto el bulto de Laeglin a su lado, las preguntas que rondaban su cabeza no la dejaban descansar y recuperarse, la fiebre aun no había cesado - ¿Era verdad que su atacante había sido su hermano supuestamente muerto?, ¿Era todo un invento de aquel jefe de hombres muerto?, Fuera cual fuera la respuesta se preguntaba porque lo habría hecho, pero lo que más le preocupaba era el pensar si valía la pena preocuparse por lo ocurrido-.
Diez días pasaron hasta que Inglin respiro aire fresco nuevamente. Lo primero que hizo al bajar fue preguntar dónde se encontraba Dellise, y si Helerauko ya había encontrado un buen remplazante. El brazo tardaría unos días en curar, pero las heridas mas criticas habían sanado, las dudas del corazón, las mas criticas para los elfos al menos.
[Editado por Carlita el 20-05-2005 20:21]
