La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Puntos. Telpe. El Puente

2005:05:29:10:34:39

Lahia Morániël

El ruido era ensordecedor. Todo alrededor a El se agrupaban las primeras filas. Aquellas que decididamente iban a chocar con las del enemigo, para derramar la primera sangre en el suelo húmedo, aquella sangre que luego se mezclaría con el barro y los cuerpos que caerían vencidos.

Las puntas afiladas de las lanzas resplandecían contra el frío brillo de la luna que aparecía rasgada detrás de las ramas de los árboles marchitos, sin hojas, casi sin vida.

Los cuernos no dejaban de dar la llamada a la batalla y las filas comenzaban a moverse. Al final sus compañeros corrieron, gritando, esgrimiendo sus lanzas con orgullo, aunque El notaba la desesperación y la angustia en sus ojos cansados.

El ruido de los cuernos cesó, solo para ser sustituido por el sonido metálico de las espadas y las armas, cientos de hojas que se entrechocaban, muchas botas que aplastaban la hierba del que un día había sido un bello prado, y que sería luego un el lugar de alimentación de las aves de rapiña.

No se veía otra cosa que el frío acero de armaduras y espadas. Comenzó a sentir que el sudor le caía en gruesas gotas por la frente, le resbalaba por las mejillas, le nublaba la vista.

En sus años de experiencia todas las batallas le habían parecido una fuente de satisfacción personal, le daban orgullo, honor. Pero esta era diferente. Aún continuaba abstraído en sus pensamientos cuando el primer enemigo se le presentó frente a frente. Llevaba una armadura sucia y vieja, ennegrecida por la sangre de años de lucha, por la sangre de cientos de personas.

El había aprendido hacía tiempo a ver más allá del cuerpo. Veía dentro de los ojos de sus enemigos y podía percibir el miedo que éstos sentían, y así se sentía más seguro de si mismo.

Esgrimió la espada con gran destreza y mató a ese hombre, y lo vio caer y se sintió bien. Y así fueron cayendo muchos. La batalla estaba finalizando y las primeras luces de un alba pálida y triste se elevaban por desde el horizonte, anunciando la llegada de un nuevo día.

Entonces sintió aquel calor subirle por la espalda y no alcanzó a voltear la cabeza. Cayó al suelo y la cara se le empapó en sangre e intentó articular las palabras pero no podía hablar. Lo habían herido por la espalda. Cerró los ojos y descubrió que le dolí al respirar. Y pasaron dos largos minutos hasta que sus compañeros lo hallaron tendido e inmóvil.

¿Sería aquella su última batalla?. No lo sabía, sentía como alguien lo transportaba pero era incapaz de ver de quién se trataba, estaba totalmente desorientado. La garganta le ardía, y el dolor que subía desde la cintura se hacía insoportable. Sabía que no volvería a caminar, no volvería a apoyar sus pies sobre la tierra. El camino de vuelta al campamento fué agobiente. Se sentía pesado,y aquel dolor que parecía emerger desde sus entrañas lo abarcaba todo, aferrándose con ira a su cuerpo que yacía mientras lo llevaban hacia su hogar.

Lo depositaron en una cama y lo curaron. Le quitaron la armadura y las ropas embebidas en sangre y suciedad y lo dejaron reposando. Un profunda cuchillada le había atravesado la espalda, y según las curadoras no habría esperanzas de vida, pues la herida se había infectado y ya era muy tarde para remediar el daño causado por la hoja envenenada. Moriría sin remedio, aunque el no lo sabía.

Su mujer vino a verlo. La batalla había tenido lugar no muy lejos de la aldea en que su familia habitaba y su amada Erulissë había acudido en cuanto se había enterado de la tragedia.

Con los ojos llenos de lágrimas acudió a la llamada de su marido moribundo, que entre los delirios de fiebre ardiente pedía por ella. Lo observó en silencio, acariciando su rostro mojado, susurrándole cosas al oído como una madre cuyo niño se despierta a medianoche llorando y gimiendo por sus pesadillas. Lo vió de pronto tan frágil, allí tendido, debatiéndose en una lucha final...

Había perdido ya el conocimiento. Se veía ahora a si mismo parado en el borde de un acantilado. Un puente se alzaba entre el y la otra orilla, abajo el sonido de un río de tumultuosas aguas que corrían frenéticamente entre los vapores y la niebla matutina.

Debía cruzar aquel puente, aunque aquello no fuese su deseo, era algo más poderoso lo que lo arrastraba a hacerlo. Puso ambos pies en las tablas desgastadas que formaban el suelo y se apoyó en los pasamanos. Comenzó a caminar, lento, le dolía cada paso más que el anterior.

Su mujer lo observaba sentada a un lado del lecho. En su rostro agonizante se dibujaban las marcas del sufrimiento, las manos heladas reposaban sobre las de ella.

Pero El seguía avanzando, y ahora cada vez más rápido. Sentía que lo llamaban en la otra orilla y que solo necesitaba estar allí para que su tormento acabase. Se apresuró durante los últimos tramos, viendo enfrente de el la otra orilla del río, el lugar donde estaría a salvo.

Erulissë que lo miraba sintió su primera convulsión. El se debatió unos momentos y lucho contra si mismo, para caer de nuevo en la cama. Pero esta vez su cara se tornó inexpresiva.

El, ya llegando al otro lado del puente sintió desvanecerse todo el dolor. Se agarró más fuerte del pasamanos y saltó a la otra orilla, esbozando una última sonrisa.

Erulissë sintió de pronto como las grandes manos de El apretaban las suyas con fuerza. Notó como sonreía y comprendió que se estaban yendo. Al fin El la soltó, y ella con pena dejó caer su dolor en forma de gruesas lágrimas suspirando un último adiós al hombre que amaba. Sus manos se flexibilizaron y murió tranquilo.

[Editado por Isilmeriele el 22-05-2005 22:18]

Gaur

Los valar otorgan 250 monedas a esta historia.

Saludos!