Fin Guerra: Alianza de Eithel-Glîn se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 15
Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 31

C4 Nurn Vs C5 Alianza
TerminadaAbrí los ojos sobresaltada, con un grito ahogado. Las cortinas que tapaban la entrada a mi tienda se agitaban frenéticamente contra el viento huracanado que soplaba esta noche. El incesante replicar de la lluvia me había despertado de mi sueño y me percaté de que mis sábanas se hallaban empapadas. Todavía, temblando de la impresión, aflojé la mano con la que empuñaba mi daga; había clavado mis uñas en la piel a causa de la fuerza con la que la apretaba.
Miré a mi alrededor, cautelosa, buscando la causa de mi inquietud. En una de los extremos de la tienda estaba una humana, esbelta y no demasiado alta, de ojos claros hundidos en el rostro. Aún pese a la oscuridad del lugar, noté como su rostro pálido y orgulloso me observaba hoscamente.
- ¿Quieres algo..? – dije incorporándome ligeramente. No me gustó aquella mujer desde el momento en que Shulak, Rey de nuestro Clan, la asignó capitana de la compañía. A simple vista, parecía una humana normal y corriente; no poseía un físico muy propicio para la lucha, ni tampoco unos brazos fuertes. Sus maneras y modales eran hoscos y no era muy propensa al habla: observaba a todas las personas como si fueran seres inferiores...incluida a mi. Supongo que eso era lo que más hería mi orgullo y, pese a todo, debía responder ante ella como su subordinada. Tampoco estaba segura de que Ilesse resultara del agrado de Seron.
- Sí, Aranel...la tormenta ha arrancado varias tiendas. Ocúpate de arreglarlo. Y... nuestros espías han atisbado miembros de la Alianza de Eithel-Glîn. En breves horas, al amanecer, iniciaremos la ofensiva. Así que prepárate; avisa a Seron y encargaos de planear la estrategia a seguir.
- Pero - comencé, dispuesta a contrariarla- ..esta tormenta puede dificultar mucho las cosas. ¿No sería mejor esperar a que amainara...?
Cuando volví a mirar al frente, ella ya había desaparecida. Asombrada por su rapidez y su carácter imperativo, lancé un cojín, rabiosa, contra una de las paredes.
Salí de la tienda con un ánimo funesto; algunos soldados, ya en pie y ataviándose para la batalla, miraron con cierto temor mi rostro violento; odiaba que me menospreciaran y me infravaloraran, odiaba que me observaran con recelo, odiaba que me impartieran órdenes...pero lo que más odiaba de todo, era tener que cumplirlas. Por aquel entonces, yo era una Señora Noldo bajo el mandato de una vulgar humana.
Me reuní con los miembros de mi compañía y nos dispusimos para la batalla. Me cubrí con una sencilla túnica negra, recogí las flechas en el carcaj después de bañarlas en un dulce veneno y ensillé mi caballo. Después de eso partimos, la mayor parte del ejército a pie para evitar ser descubiertos por los vigías enemigos.
Sin lugar a dudas, pensé mientras caminaba, no eran esas las condiciones más propicias para librar una batalla. A nuestra derecha se alzaban las laderas de las Ered Skalnâ y el suelo que pisábamos se había convertido en un inmenso barrizal resbaladizo. Confiábamos ciegamente que el alboroto de la tempestad y el viento huracanado que soplaba del norte ayudara a ocultarnos. El cielo, pese a estar amaneciendo, seguía oscuro y gris, sin ningún atisbo de luz.
Cuando habíamos avanzado durante media hora hacia el lugar donde se encontraba la hueste enemiga y los caballos comenzaban a mostrar los primeros signos de fatiga, mis ojos vieron una neblina gris al frente que se iba aclarando a medida que pasaba el tiempo. Me di cuenta de que la suerte no nos favorecería por el momento; la Alianza de Eithel-Glîn nos esperaba prestos para la batalla. Comprendía la dificultad que entrañaba aquella escaramuza. Si no obteníamos la victoria, seguramente el enemigo avanzaría hacia Ainamar sin encontrar ninguna resistencia y saquearía la ciudad.
Ilesse ordenó que cesara el avance y que los soldados tomaran posiciones. A la vanguardia se apostaron los arqueros montados en caballos: todos ellos eran jinetes expertos y habían sido entrenados por mi misma con dianas humanas. Me sentía orgullosa de mi propio logro y de comandar aquella fracción del ejército. Monté en mi propio caballo y tensé una flecha en el arco, fabricado a partir de madera de tejo negro, mientras me mantenía a pie gracias a la fuerza ejercida por mis piernas en los flancos del caballo. Todos los arqueros me imitaron y se prepararon para el ataque. Lucíamos túnicas oscuras bordadas en hilo plateado y con el emblema de los Señores de Nurn, en rojo fuego y negro azabache, grabado en el hombro derecho.
A nuestras espaldas se hallaban la caballería y los espadachines de nuestro clan, guiados por Ilesse y Seron Lumnelda. La primera, dirigía el cuerpo montado a caballo. Todos ellos iban ataviados con las mismas insignias que los arqueros, a excepción de que el emblema de Nurn estaba grabado sobre el pecho. Aparte, lucían altos yelmos y una armadura pesada de un color tan negro como las plumas de los cuervos que presagian la muerte.
Seron Lumnelda, por su parte, capitaneaba la mayor hueste de orcos y impartía órdenes entre los trolls. Todos ellos estaban protegidos con gruesas piezas de cuero y metal, la mayoría de ellas deformadas y robadas de los cadáveres de sus víctimas, acabadas en punta e imitando formas grotescas.
A la orden de ambos capitanes, los ejércitos se lanzaron al ataque. Mandé a los arqueros soltar las flechas, pero comprobé horrorizada como las saetas eran desviadas de su objetivo a causa del viento huracanado.
- ¡Las espadas! ¡Desenvainad las espadas! –grité, pero mi voz quedó ahogada a causa del ruido del temporal. Sin embargo, no fue necesario repetirlo: los arqueros, todos ellos Elfos Oscuros dotados de una vista excelente, se habían dado cuenta de la in efectividad de sus arcos y desenvainaron las espadas que colgaban de su cintura, hojas ligeras y cortas. Mis subordinados estaban entrenados en la lucha cuerpo a cuerpo, como resulta lógico, pero sus armas no eran iguales que las que poseían los expertos espadachines, al igual que las finas túnicas que portaban. Temí durante un momento que se cometiera una masacre entre mis hombres.
Nos apartamos de la primera línea del frente, al igual que hicieron los arqueros del clan enemigo. A la vanguardia avanzaron los Trolls y los miembros de la Alianza de Eithel-Glîn retrocedieron, con la sombra del miedo grabada en sus rostros; no era de extrañar, aquellas bestias engendradas por el mal blandían mazas de púas con las que atacaban a todo aquel que se hallaba a menos de un metro. La hilera de púas prendían la carne de sus cuerpos, los cuáles eran lanzados varios metros hacia atrás.
Cuando la hueste enemiga se concentró en aplacar y derribar a los trolls, los jinetes espadachines, armados con poderosas espadas, avanzaron se lanzaron al ataque con el viento huracanado soplando contra sus rostros, raudos sobre el campo de batalla. Los soldados de la Alianza de Eithel-Glîn respondieron a la ofensiva, pese a que nuestro clan, para alegría mía, tomaba ventaja en la batalla. A la carnicería se unieron la compañía de orcos que, bajo las ordenes de Seron, corrieron implacables a cumplir su cometido: no dejar rastro de vida.
La lluvia seguía cayendo impertérrita sobre los cadáveres enemigos que comenzaban a amontonarse en el otro lado de la batalla. Debajo de ellos, manaban grandes flujos de sangre que teñían el barrizal de rojo oscuro. Mantuve a mi compañía apartada del campo de batalla hasta aquel momento, pues fue lo que juzgué correcto: mi infancia había transcurrido a la intemperie, criada entre lobos salvajes, por lo que estaba acostumbrada a pelear sin aquellas pesadas piezas de metal que considero tan molestas, valiéndome de armas rudimentarias y de la fuerza de mis brazos. Desafortunadamente, no pasaba lo mismo con mis arqueros y no pensaba llevarles a una muerte sin gloria mientras Nurn siguiera ventajoso en la batalla.
Fue entonces cuando le vi: Seron, antiguo capitán de mi compañía, había sido herido. Una estocada de un espadachín enemigo le había alcanzado y abierto la cabeza; su cuerpo, inconsciente, había caído al suelo.
Presa de una furia que hacia tiempo que no sentía correr por mis venas, espoleé mi caballo y me lancé a la batalla. Si ahora me preguntaran que me empujó a actuar de aquella manera, no sabría que responder. El resultado fue que los arqueros, creyéndose obligados a proteger a su Señora, corrieron en pos mía, con las espadas en alto y demostrando que, en la mayoría de ocasiones, el valor y la furia asesina sustituyen a la calidad de la armadura.
Corría montada sobre mi caballo con la mirada fija en el humano que había herido a Lumnelda, sin percatarme de lo que sucedía a mi alrededor. De repente, la intensidad de las ráfagas de viento aumentaron y fui lanzada de mi corcel cuando éste tropezó con una montonera de cadáveres. Me levanté asustada en medio del barro, desorientada y torpe; al intentar coger mi daga me percaté de que había sido lanzada a causa de la fuerza del impacto. Mientras tanteaba el terreno en busca de mi arma, oí un crujido de madera astillada a mi espalda y unos hombres gritaron con un terror capaz de estremecer al más valiente.
Giré la cabeza, justo para ver como uno de los abedules del terreno se derrumbaba doblegándose a la fuerte voluntad del viento y aplastando a su paso decenas de hombres agonizantes. La lluvia seguía cayendo sobre nuestras cabezas, entorpeciendo mi vista. Seguí buscando a mi alrededor, pero resbalé contra una de las rocas y caí de nuevo al suelo. La lluvia golpeaba implacable mi cabeza y, cuando quise incorporarme, oí un segundo crujido y, en el mismo momento que un relámpago atravesaba e iluminaba aquel cielo odioso, alcancé a ver una sombra verde pasando a mi lado.
Lo que sentí en los siguientes momentos supera cualquier sensación de sufrimiento o dolor que hubiera experimentado anteriormente. Mis piernas quedaron inmovilizadas bajo el peso del enorme abedul y reprimí un grito en mi garganta. Sentí como mi sangre cesaba de circular en la parte inferior de mis piernas y un hormigueo se apoderaba de ellas. Poco rato después intenté escapar de debajo el árbol, pero mis miembros no respondieron.
Presa de la desesperación, alcé la cabeza, mas lo que encontré me heló el corazón. El hombre que había golpeado a Seron alzó su espada que, en aquella espeluznante oscuridad, goteaba sangre oscura, sin brillo alguno. Me preparé para el golpe que me arrebataría la vida y mi único consuelo fue pensar que prefería la muerte a quedar inválida, postrada en una cama. Cerré los ojos y pensé en mi interior con toda la rabia contenida: ¡bastardo!
Abrí los ojos, extrañada porque la muerte se demorara tanto en llegar pero, ¿quién dijo que la muerte no hace esperar a sus víctimas? Delante mío vi como Ilesse, con la sangre fluyendo sobre su ojo derecho a causa de una herida, cercenaba la cabeza de quién iba a ser mi verdugo. El cuerpo se desmoronó sin vida sobre el barrizal y yo, sorprendida por el gesto de la humana y a sabiendas de que se merecía una palabra de agradecimiento, murmuré con la cabeza tan alta como me permitía la situación:
- Hantalë... I ninkwisse firima...
Ella se limitó a contemplarme en silencio. Sólo alcancé a ver como la victoria volvía a estar de nuestra parte cuando, asustados frente la acometida de los arqueros, la Alianza tocaba retirada; mas de pronto, el mundo se tornó nebuloso para mi y poco a poco, la cabeza comenzaba a darme vueltas y mis ojos se cerraban lentamente...
Con un grito ahogado, desperté de mi sueño. Tan sólo soñé con la batalla pasada, me dije. Mas algo me decía que el recuerdo de aquella batalla y el miedo a la invalidez no me abandonaría con facilidad; aquel horror lo reviviría cada noche.
Me incorporé y comprobé con satisfacción que había recuperado la movilidad de mis pies. Cogí la copa de vino que había sobre la mesa de las Casas de Curación y brindé por mi misma: ya tendría tiempo de saborear la dulce victoria.
Pese que el día había amanecido despejado, a medida que pasaban las horas el cielo fue cubriéndose de nubarrones negros.
- Mi señor, ¿montamos las tiendas aquí y esperamos al amanecer?- Dijo un soldado dirigiéndose al capitán de aquella compañía de la Alianza de Eithel-Glîn.
- Va haber tormenta- Respondió este mientras clavaba sus verdes ojos en aquel oscurecido cielo que descansaba sobre sus cabezas. -, buscad algún sitio en el que nos podamos refugiar de los rayos.
El soldado asintió y marchó a cumplir su cometido, mientras tanto, Árchaon acarició el lomo de su tigre blanco, Silvaron, mientras seguía observando aquel cielo encapotado.
Al poco, ya habían encontrado un lugar en el que resguardarse de la tormenta: un pequeño valle más hundido sobre el terreno, rodeado completamente por altas cumbres cubiertas de blanco.
Allí montaron el improvisado campamento consistente en varias decenas de tiendas en las que descansaban los soldados.
Cayó el primer rayo, y consigo se escuchó a lo lejos el trueno que acompaña a aquella luz que se desprende de las nubes, un sonido estremecedor como el rugido de un león, un estruendo que azota los oídos de todos los que los escuchan. La tormenta comenzó a descargarse con todas sus fuerzas, un rayo, dos, tres,...caían sobre la superficie de aquellas hostiles tierras, y a continuación, un fuerte viento huracanado comenzó a soplar llevándose consigo muchas cosas.
Sin tener miedo a la tormenta, el Maia salió de su tienda y entró justo en la de al lado. Un medio elfo estaba postrado en un rincón, tendido en el suelo y mirando a ningún sitio, era Fereveldir, otro dirigente de la compañía.
- La tormenta no cesará. – Fueron las palabras cautas del medio elfo.
- Exacto, además si combatimos en un campo despejado la tormenta nos puede jugar muy malas pasadas.
- No temo a la tormenta- Volvió a decir Fereveldir.
- De todas formas la batalla se les concederá.
Sin decir más, Árchaon salió de la tienda y oteó de nuevo aquel cielo que cada vez era más oscuro. El fuerte viento, pese que en aquel valle estaban más resguardados, golpeaba violentamente su rostro y despeinaba su fina melena negra.
No sabía qué, pero algo le preocupaba y no lo dejaba dormir. Sentía algo extraño en el ambiente, pero no le dio importancia.
Llegó el nuevo día, había amanecido, pero el lugar seguía siendo oscuro y siniestro, pues el cielo seguía negro y ni la tormenta ni aquel viento huracanado habían amainado.
Rápidamente se recogió aquel campamento y el ejército se dispuso a partir, valientemente, a la batalla.
A una orden del Maia, los soldados se detuvieron, ante ellos, se alargaba un prado cuya oscuridad bañaba el lugar como el mar baña la costa en el vaivén de las olas. En él se erguían hacia el cielo grandes troncos de abedules cuyas puntas parecía que quisieran tocar las nubes que, como a lo largo del día anterior, eran de un color negruzco.
El viento soplaba con fuerza, y el silencio, capaz de arremeter arrebatos de temor hasta al más valiente de los corazones, solo era sofocado por ese aire que azotaba todos los rostros de manera bestial.
A lo lejos, tambores de guerra, rugidos de aquellas inmundas criaturas que se hacían llamar orcos...Una vez más, el ejército de Nurn había salido de sus madrigueras.
Árchaon observaba como, cada vez, se hacían más grandes las figuras que venían hacia ellos allá a lo lejos, y de repente, los sonidos cesaron y el enemigo quedó parado a muchos metros de distancia.
Sonó un grito, un grito al cual millones de flechas silbaron en el aire, pero ese silbido fue corto e insignificante, el fuerte viento las empujó hacia donde habían salido, ya que este soplaba en dirección al ejército de Nurn.
El Maia volvió su cabeza hacia los arqueros:
- El viento está a nuestro favor. Tensad y soltad los arcos, pero que sea poca la fuerza con la que los impulsáis, mas el viento hará el resto.
Y así fue, una descarga de saetas quedó libre a merced viento que las guió hacia sus objetivos. A lo lejos se escucharon los temibles gritos de aquellos que fueron alcanzados con aquellas flechas ayudadas por el viento.
Fue entonces cuando sendos ejércitos se lanzaron al ataque desenvainando sus espadas. Los metros que se interponían entre ellos parecían interminables para Árchaon, que iba montado sobre su tigre albino junto a la caballería. Fereveldir dirigía las filas de los espaderos.
Sin previo aviso, el ejército enemigo aminoró la marcha para dejar paso a aquellas horrendas criaturas: los trolls.
- ¡Seguid corriendo, seguid!- Gritaba Árchaon cuando observó la cara de desesperación de los soldados al ver como corrían hacia ellos aquellos seres.- ¡Por la Alianza!- Volvió a rugir mientras levantaba su espada hacia el cielo.
Llegó el momento del cuerpo a cuerpo, cuando tan solo estaban a unos pies de distancia, el silencio se apoderó de todos los corazones, para, al cabo de un segundo, dar paso a un estruendo enorme apoyado por los cuerpos que caían sin vida al suelo, los chirridos de las espadas que chocaban entre sí...
En la primera arremetida los trolls causaron estragos entre las filas de Eithel-Glîn. Viendo como su gente sufría, Árchaon se lanzó sin pensarlo hacia uno de los trolls, el cual no pudo percatarse el golpe mortal que le asestó el Maia a nivel del cuello.
Uno a uno, los trolls fueron cayendo, y los que sobrevivieron huyeron a la retaguardia de su ejército.
Pero todos los intentos de contener a los trolls habían hecho que los soldados se olvidaran de los demás enemigos. Sin aviso previo, un séquito de soldados portadores de grandes espadas, irrumpieron entre aquellos soldados descuidados.
Silvaron repartía desdentadas por doquier, y Árchaon, sobre su lomo, esquivaba y contrarrestaba golpes a todo aquel que lo desafiaba en el campo de batalla.
Al poco, mientras aún intentaban rezagar aquello que los elfos y hombres oscuros habían provocado, una gran marea de orcos se volcó contra ellos.
La batalla caía a favor de la numerosidad de Nurn, y Árchaon intentó establecer un plan a la par que repartía estocadas en el centro del campo de batalla, pero un grito de ayuda llamó su atención.
Fereveldir y cinco hombres de su guardia estaban acorralados por un grupo de orcos sedientos de sangre. Los elfos se defendían como podían, pero la fatiga y la falta de fuerzas ya se estaba notando a gran escala.
Árchaon cerró los ojos, y apuntó con su dedo índice en esa misma dirección, y un haz de calor, un rayo de fuego brotado de la punta de un dedo, achicharró a aquellos orcos que intentaban acabar con la vida de los guerreros de la alianza.
Fue entonces cuando un gran estruendo estremeció a todos los allí presentes, varios rayos habían caído sobre aquella zona provocando las caídas de varios árboles que se abalanzaron sobre todos los que estaban debajo.
Viendo la muerte en sus filas, Árchaon llamó a los ents, ordenando que capturaran a todos aquellos hombres y elfos posibles, y una vez hecho, tocó retirada para evitar más muerte entre sus hombres.
Se alejaron del campo de batalla, y ahora el barro surgido de la mezcla entre la tierra y el agua caída del cielo, manchaba los ropajes y las capas de los soldados supervivientes.
Los ents habían arrancado de las filas del ejército de Nurn a 11 soldados, los cuales esperaban, tendidos en el suelo y atados de pies y manos, su destino, es decir, su muerte, pero de la manera más horrenda que jamás imaginarían. El Maia les habló:
- Vosotros, siervos del mal, gente repugnante que no merece ni el menos signo de piedad, vosotros, servidores de Morgoth...merecéis la muerte, y por supuesto la vais a tener, además la encontraréis sin orgullo alguno...
Sin más, ordenó a los verdugos llevar a cabo su cometido. Los prisioneros fueron mutilados vivos, y además se conservaron con vida.
Con una soga se les ató a un árbol a cada uno. Por supuesto la cara se les tapó, pues a nadie le apetecía contemplar la cara de dolor que marcaría aquellas torturas.
Al grito de Árchaon, y entre la asfixia y el dolor irresistible, una docena de espadas se clavaron en el abdomen de aquellos desgraciados como señal de castigo...Algunos habían corrido la suerte de morir asfixiados antes de sentir como sus vísceras salían de su cuerpo, otros no habían podido aguantar el dolor de aquellas torturas y murieron desmayados...otros no corrieron tanta suerte y sintieron como un tremendo dolor recorría su estómago y su pecho y como una parte de su cuerpo se desprendía de ellos...
Árchaon había dado a algunos miembros de Nurn de su propia medicina, y desde entonces, juró castigar a todos los prisioneros que sirvieran al mal de la misma manera, y desde ese día, Árchaon llamó a su compañía la Alianza Inquisitorial contra el Mal...
Resumen de la batalla:
Nurn ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 350
Valoraciones: 8+8+8+9+8+9= 8,33
Recupera: 292 puntos. Los dirigentes han perdido un 80% en acciones heroicas, por este concepto recuperan 280 puntos adicionales. Total recuperacion: 292+280= 572... Recuperan los 525 puntos que habian perdido.
No pierden puntos.
Alianza ha perdido 31 armadas x35= 1085 puntos.
Recuperables: 362 puntos.
Valoraciones: 8+7+7+8+7+7= 7,33
Recupera: 265 puntos. Los dirigentes han perdido un 40% en acciones heroicas, por este concepto recuperan 140 puntos adicionales. Total recuperacion: 265+140= 405 puntos.
Pierde: 680 puntos.
Nurn recibe 300 monedas por batalla ganada.
Alianza entrega 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.
Compañias actualizadas y listas.
Historia finalizada.