La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Nurn. Los Balchoth

Terminada
Escrito el 11-07-2005 22:26 #1

-No siempre hemos vivido aquí, ¿verdad Tío?

-No, hace unos pocos años nos dirigimos al Oeste y nos instalamos en estas tierras.

-Nunca me cuentan que pasó con...ellos... apenas me dejan nombrarlos.

-Tú no llegaste a conocerlos, por eso no entiendes, pero quizá es hora que sepas. Ayúdame a labrar la tierra mientras te relato la historia de los Balchoth.

Dicen que le arroyaron con el carro como si fuese una pequeña piedra del camino. Su inerte cuerpecito quedó tendido en la hierba sin poder oír el grito de desesperación de su padre. Un grito que oyeron los campesinos e hizo saltar la alarma en el poblado.

No tenía que haber estado ahí, pero nuevamente se había escapado para contemplar las rojas aguas del Carnen, unas aguas que jamás volvería a ver.

No tuvimos apenas tiempo, no estábamos preparados, ese fue el primer error que cometimos, descuidar la vigilancia. La bruma que se levantó aquel atardecer tampoco nos ayudó. El pequeño embarcadero estaba en calma, el silencio reinaba, y las últimas barcas ya habían amarrado trayendo el pescado fresco que se vendería a la mañana siguiente. Nada hacía presagiar lo que ocurrió, pero de repente oímos el grito.

Hacía muchos meses que no nos molestaban y creímos que nos habrían olvidado de una vez, pero no fue así… no quedaron satisfechos y regresaron. Pero esta vez eran mucho más numerosos y no venían solo a por sus tributos a cambio de poder vivir en paz, venían a por nuestras mujeres e hijos, venían a saquear y arrasar. No fuimos los únicos que padecimos su violencia pero sí los que más resistencia pusimos, y eso nos costó caro. Algunos perdimos lo más preciado para nuestras vidas.

Desde que se dio la señal de alarma y las campanas empezaron a repicar, solo tuvimos unos valiosos minutos, demasiado escasos para recoger los objetos de valor, armar a los hombres, y agruparlos en formación. Escondimos a las mujeres, ancianos y niños en el lugar de siempre. Era el que consideramos más adecuado, pero no sirvió para detener el empuje de esos salvajes del Este, y nosotros nunca fuimos un pueblo guerrero, apenas sabíamos manejar las espadas y arcos. Nuestras armas eran las herramientas del campo. Nada pudimos hacer frente a sus grandes carros.

Nosotros desde fuera hacíamos lo que podíamos. Yo estaba con tu padre en la parte norte. Todavía recuerdo como animaba a los muchachos, él sabía como todos que no seríamos capaces de resistir más que un par de horas, pero su corazón era indomable, y el recuerdo de nuestras mujeres y críos nos infundía valor.

Nos reagrupamos en la entrada del pueblo para evitar que los balchoth penetrasen, pero nos triplicaban en número. Y no solo entraron por la cara Norte. Desde el Sur, cruzaron sigilosos el río Rojo por su parte menos caudalosa y nos sorprendieron por detrás, aprovechando la bruma.

En el Norte, la pequeña muralla recibía las primeras embestidas. Un hombre controlaba el carro tirado por dos caballos mientras que el otro, provisto de un arco, nos disparaba desde su posición privilegiada. Nuestra respuesta era mínima, les tirábamos unas pocas piedras que con algo de suerte daban en el blanco.

Por la zona más débil y baja de lo que hacía de muralla comenzaron a penetrar, y empezó así la lucha cuerpo a cuerpo. Estos hombres del Este no solían ir muy bien armados, pero su fiereza y su aspecto salvaje causaban pavor entre los habitantes del pueblo. De nada servía huir corriendo pues entonces, dos o tres balchoth perseguían al desgraciado hasta darle caza como si de una bestia se tratara, para después divertirse un poco con él hasta acabar con su vida. Así que la mayoría decidimos aguantar hasta el final, no podíamos permitir que llegaran a adentrarse en el pueblo y descubriros.

Y llegó el momento en que tu padre y yo tuvimos que enfrentarnos cara a cara con ellos. Nos abordaron varios de los salvajes por detrás, y espalda con espalda tu padre y yo nos defendimos.

Mientras eso sucedía fuera, algo más estaba pasando. Los balchoth que habían llegado desde el río no habían encontrado tantos impedimentos, y pronto alcanzaron el cobertizo.

Las mujeres intentaron impedirles el paso pero no tenían muchos medios. Entre varias pusieron todo aquello de peso que encontraron allí para dificultarles la entrada. Mi mujer quiso ayudar levantando una gran mesa de roble para bloquear la puerta, pero tu madre no la dejó. En su estado no debía hacer esfuerzos ni coger peso. Sin embargo, ella no quería estar quieta mientras oía como aquellas bestias humanas gritaban desde fuera.

Estaban acorraladas, si los balchoth tiraban la puerta abajo no podrían hacer nada, no tenían ningún otro lugar por el que escapar, y no tenían más que unas pocas espadas y dagas que ninguna sabía manejar con soltura. Aquel lugar al que se accedía bajando por unas escaleras de madera, no era excesivamente grande. Sabían que sus esposos e hijos mayores desconocían el ataque por el Sur y aun no irían a socorrerlas. Se suponía que el saqueo vendría únicamente por el otro lado, como otras veces. Pero la realidad era otra, la realidad era que la puerta crujía con cada embestida de los salvajes, e iba cediendo poco a poco. La desesperación se apoderó entonces de algunas de ellas, y después de los primeros momentos de tensión y nervios, el llanto que ya no podían reprimir afloró. Los más pequeños, contagiados por sus madres, y sin entender qué sucedía, lloriqueaban reclamando un poco de atención.

Sin embargo, otras intentaban guardar la calma, a pesar de que en sus bellos rostros, oscurecidos por las largas horas de trabajo bajo el sol, se veían sentimientos enfrentados. Por una parte, la desolación y el miedo a lo que les esperaba detrás de las puertas, pero también la negativa a aceptar que su única salida fuera el sometimiento. Nadie en la aldea era ajeno a los rumores que hacía años se escuchaban en los pueblos colindantes. Mujeres sacadas de sus casas por la fuerza, violadas, y otras simplemente asesinadas. Algunas tenían la suerte, si a eso se le podía llamar suerte, de conservar la vida a cambio de su sometimiento y esclavitud. Eran dadas en matrimonio a alguno de los balchoth y allí permanecían hasta el fin de sus días, sin poder volver a ver a sus hijos ni maridos, consumidas por la pena y tratadas como animales. Jamás se supo de alguna que hubiese logrado regresar.

La puerta iba a caer de un momento a otro. Algunas habían retrocedido con los más pequeños en brazos, como si apretar la espalda contra la pared fuera la salvación.

Tu madre cogió una daga y se colocó delante de tu tía Dâira para protegerla.

No tuvieron ninguna piedad, sacaron a las primeras mujeres afuera arrastrándolas del pelo y abofeteando a las que se resistían. Las cargaban en los carros y desaparecían. Cuando uno de estos salvajes fue a por tu madre y a por mi mujer, Inzilbêth le clavó el puñal en la mano. La golpearon en el rostro con tal fuerza que cayó al suelo quedando semi inconsciente. Dâira creyó que había muerto y se lanzó, olvidando toda prudencia, arrastrada por la furia y por el valor de nuestro pueblo, contra ese oriental desalmado: le clavó las uñas en la cara mientras gritaba desesperada. El balchoth reculó y trastabillando cayó al suelo, arrastrando con él a mi esposa. Una carcajada estalló en la horda humillando al bastardo.

Fue aproximadamente en ese momento cuando el hijo pequeño del carpintero, que venía con los ojos anegados en lágrimas, respiración entrecortada por la carrera y mirada perdida, nos contó que el refugio de las mujeres y los niños estaba siendo asaltado y que ya habían cargado a muchos en los carros.

Corrimos, corrimos todo lo que pudimos, pero no fue suficiente.

Cuando llegamos los balchoth ya se habían hecho con el botín y se marchaban. Bramaban ya los cuernos y un estruendo de carros y caballería lo inundaba todo, y había polvo, mucho polvo. Y el pueblo ardía en llamas… las llamas más rojas y más altas que jamás he visto y jamás veré devoraban nuestra vida.

Pero hubo supervivientes, y entre ellos estaba tu madre, ella me contó, con gran pesar, lo ocurrido allí. Fue ella quien me contó cómo habían matado a mi esposa, cómo contempló impotente al cruel y salvaje oriental atravesarla, vengativo y cobarde, con su espada.

Muchacho, todas las historias y relatos son contadas por los valientes que ganaron, los heridos supervivientes, o los que consiguieron escapar de sus captores. Parece que las batallas son cosas de hombres, y las mujeres quedan relegadas a un segundo plano. Pero ellas también sufren, sólo que sus historias no son contadas, quedan en el olvido y nadie recuerda su dolor y desesperación, ni tampoco su valor.

Después de aquel día no volvieron más. El pueblo no tenía ya nada que ofrecerles pues nos dejaron en ruinas y desolados. Nosotros decidimos alejarnos y buscar unas tierras más tranquilas.

Y nos fuimos, sí, nos fuimos… pero mi querida Dâira no tomó nuestro camino.

Una historia de Neume.

Escrito el 16-07-2005 09:55 #2

Los valar otorgan 270 monedas al clan que ha escrito esta historia.

Saludos!

Historia finalizada.