Nülk
Ponte en mi lugar, cierra por por un momento los ojos e imagina un par de alas en lugar de brazos, te sientes minúsculo y ligero pero lleno de energía. Una brisa tenue ahueca en un cosquilleo tu plumaje y de repente no sabes porque, pero notas que te atan algo a la patita que ahora tienes. No te ha dado tiempo a asimilar que estas otra vez fuera de la jaula y ya ves de nuevo la luz, que te ciega en un destello. No acabas de pensar en esto y ya notas que unas manos te aprietan y te llevan y… ya no lo hacen. ¿Que pasa ahora? Que… y te lanzan con brío hacía el vacío.
Confundido sientes un cosquilleo en el estómago y la nada te rodea, pero recuperas el sentido y te mantienes de improvisto, flotando gracias a tus nerviosos aleteos. Ahora vuelas confundido sobre un campamento lleno de heridos, las hogueras salpican la arboleda y notas de nuevo en tus ojos, los reflejos del sol en las armaduras, pero, aun así, aciertas a ver quien te ha empujado. Está ahí, pidiéndote que vayas al este, a tu otro hogar. Sí, no cabe duda, ese debe ser Nülk, coronado de acero y granates, ha sobrevivido una vez más a la guerra al frente de los suyos. Parece envejecido por las desgracias pero su voz retumba en la piedra como siempre y hasta el final. Te exhorta de nuevo a cruzar el mar, ir a casa, al este, y lo haces. Vuelas más allá del campamento sin pensarlo.
Todavía suenan en tus oídos los sonidos del campamento, cuando por tus ojos ves los sombríos túmulos levantados para enterrar a los enemigos, llorados por figuras solitarias que se retuercen en su angustia. Allá ves familias que serpentean caminos lentamente hacia un lugar desconocido, ves brillos de armas esparcidas por la espesura, carroñeros que destripan a los moribundos sin apenas darles tiempo a que los reclame la muerte…. Ya no te acompañan en tu viaje las canciones de los elfos de antaño, sino los gritos ahogados y los lloros con rabia contenida de los que entierran a sus más allegados. Avanzas más y ves el mar, monótono, él borrará los recuerdos tan espantosos de aquellos campos en guerra.
Ya queda poco,-te dices- un esfuerzo, no mires abajo, pero lo haces y las plumas del cuello se erizan bajo un escalofrío. Allí, sobre postes se exponen los corpanchones putrefactos de los que un día te alabaron cuando les llevabas noticias. Sí, cuantos de los que ahora están rodeados de alimañas, no te confiaron antaño sus intimidades, alguna de aquellas manos que ahora asomaban por las armaduras incorruptas, no hace mucho te habrían acariciado, mientras desprendían el sello de cera del pergamino que transportabas.
Inevitablemente dejas atrás a los tuyos, empalados, en tu recuerdo seguirán siendo aquellos hombres que portaban penachos plateados en sus altos yelmos y espadas curvadas tras sus escudos de vida, en pos de sus ideales.
Ahora viajas por el mar, y las corrientes de aire caliente te arrastran al horizonte, ya no bates las alas, solo flotas y sientes como te arrulla el sonido del mar, te dejas llevar en sus manos abajo y arriba y sin darte cuenta la noche se te echa encima y la luz que salpicó en el firmamento Varda aparece ante ti. Por primera vez te das cuenta de lo apreciado que es vivir, de tu suerte por ser insignificante, de poder apreciar esos momentos.
La noche pasa y cuando cobras la noción del tiempo, ves amanecer sobre el mástil de un blanco velero que se cruzó ayer en tu camino. Poco a poco sacas tu cabeza de entre las plumas ahuecadas y el calor mañanero te hace desentumecerte. Te deleitas con el rocío que ha dejado la noche.
Piensas que según tus cálculos ya debe de quedar poco, la travesia se ha hecho corta y el barco es rápido y va en tu misma dirección. Observas a tu alrededor y nadie parece recabar en ti…son soldados, miran al vacío apoyados pesadamente en sus lanzas, y decides no concederles tu mirada, sientes pena por ellos y te cambias a un sitio mas recogido donde acurrucarte y descansar más todavía. Olvidar malos recuerdos pensando en el océano que te rodea.
Por segunda vez ves la luz del atardecer que se derrama en tus ojos como una despedida, es el momento de ir allá, a la ciudad que se ve a lo lejos, dejando atrás las desgracias de la guerra y gastar las energías acumuladas
Saltas del mástil, rápidamente bates tus alas en pos de tu acometido y tu destino se acerca a ti mas rápido de lo que crees. Desciendes del cielo, y sorteas las velas de los barcos, pasas por los mercados del muelle y te recibe el olor de las especias y de la salmuera de los pescados. Los aromas suculentos te tientan y tus patitas sienten el suave tacto del mimbre. Disimuladamente picas entre las cestas, nadie repara en ti tampoco y continuas tu viaje tras reponer fuerzas, saciado con la dulce pulpa de las frutas en tu pico, y ya sí, decides retornar a tu casa.
Pasas calles concurridas de gente, sorteas caballos en movimiento, de nuevo a soldados que te traen amargos recuerdos. Ya queda poco, te deslizas a un tejado y de ahí te dejas caer a un jardín porticado. Pasas rápido por debajo del chorro de una fuente, dejas atrás árboles y arbustos y por fin, entras por un balcón en el que se trenzan rosales en flor, tu hogar.
Gorjeas alegre y llenas de alegría la sala en la que resuena tu trino como un eco, olvidas tu cansancio porque la alegría es más fuerte, por fin estas en casa. Una mujer que leía junto a un niño en una mullida alfombra se acerca hacia ti y recoge el mensaje. Ves entrar más gente en la sala, pero algunos se quedan en el quicio de la puerta. Por fin esta suelto el mensaje, justo cuando temías por tu patita. Ves que la joven se retrae del resto y ansiosa lee la carta que tiembla en sus manos, se acaricia el pelo y se pasa el dedo por el mentón. Sus labios parecen hablar, pero tiemblan en verdad, en silencio, para sí. Los pómulos se contraen y aprieta los labios. Se encharcan sus preciosos ojos mar, lee inmóvil, pensativa, su mirada parece traspasar el papel para horadar la roca de la balaustrada.
Su hijo se la acerca, pero una mujer lo toma por el hombro, lo aupa y lo aprieta contra su pecho, besándole el pelo. Otras recogen el libro o atizan el fuego fingiéndose atareadas, pero caen de rodillas con la cara entra las manos... La mujer sigue leyendo, inmóvil, rodeado de un hálito de sorprendente fuerza, sola. pero no lee, ¡no!, mira el mar y llora, ahora llora con mas ganas, se desata, chilla y grita, pide que la dejen sola mientras se mueve nerviosa sobre si misma, clava las uñas en sus mejillas, firmes como cuchillos que bajan al cuello resbalando ensangrentados en sus surcos de dolor. La hoja de pergamino se despego roja de sus manos cortantes y ella sigue llorando para arrancar con furia el follaje de la balconada, presa de la mas absoluta locura.
Grita un nombre, -¡Lior! ¡Vuelve, no me dejes!-, y súbitamente se queda inmóvil, como si hubiese obtenido respuesta, intenta reprimir sus lloros pero solo un hipo desmesurado sale de su boca y con el pelo pegado ocupando su cara, se da la vuelta para mirar a su hijo, empañada de angustia, se lo aparta, sonríe horriblemente y lanza un beso a su chico, mientras camina hacia atrás, lo mira y llora todavía mas fuerte -¡perdóname!-, y súbitamente da la vuelta, corre y un aire le da de frente, pero no la frena en su intención y se precipita por la balconada, al descanso eterno, sumida en un amargo y estridente grito.
Solo tu aleteo irrumpe el sepulcral silencio que se adueña de la sala, te posas en el hombro del niño y acaricias tu cabeza contra su frío cuello. El te acoge con delicadeza entre sus manos, y distraídamente te acaricia debajo del pico bañándote en sus lagrimas, que resbalan por tu cuerpo Delicadamente te pone enfrente de sus ojos llorosos, profundos como abismos de calma y ruegas que su alma ocupe tu cuerpo para siempre y vuele insignificante, en pos de mares de calma que le hagan olvidar.
