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Fin Guerra: Valle del Ingenio se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 8
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 20

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Finalizada · 08-09-2004
2005:07:25:16:54:17
Fin Guerra: Valle del Ingenio se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 8
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 20
Lahia se despertó sobresaltada. Hacía frío aquella mañana y aún los rayos del sol no se habían asomado desde el horizonte para acariciar la tierra con una tibia caricia matinal.
La Elfa se levantó y un escalofrío recorrió su cuerpo. Había llegado el momento de partir, cada salida a la guerra era como una historia incierta, cuyas páginas en blanco se escribían solas, por azar, por destino... quizá por decisión de Eru.
Sin embargo, cada partida por diferente que fuera la invadía con una sensación de desconcierto y de vacío interior. ¿Quién podría contenerla ahora que ella era quién dirigía a los cientos de hombres al campo de batalla?... Cerró los ojos, suspiró y salió de la tienda. Un campamento improvisado en tierras de los Tasarionianos, un refugio donde los Telpenianos preparaban sus ataques.
Lahia salió y encontró al Gran Dragón que miraba con esos ojos amarillos, tan impactantes y a la vez intensos, dotados de una fuerza que impedía que aquellos que miraran allí pudieran apartar la mirada. Lahia le tenía mucho aprecio, en tiempos buenos y malos la Elfa acudía a los sabios consejos de Ouroborus.
—Buenos días mi querida Elfa —susurró él—. Ella evadió por un momento esa mirada fría y a la vez tan cálida, esos ojos inmensos que la llenaban de una calma indescriptible.
—La mañana precede al alba... debemos marchar ya. ¿Sabes? Presiento que se aproxima nuestra victoria, aunque en estos momentos me siento como una niña indefensa sometida a la suerte, impotente de poder cambiar el rumbo de las cosas en caso de que no vayan bien —calló y lo miró con una sonrisa tímida.
—Sabes Lahia, hay más fortaleza en tu interior de lo que crees. A nada temas, pues si la muerte viene por nosotros mientras defendemos lo que somos podrás irte en paz, sabiendo que luchaste con honor y valentía hasta que diste el último respiro.
Lahia sonrió.
—Tus palabras me dan la fuerza que siempre me hace falta en estos momentos. Siempre he sabido la debilidad que me producen estas cosas, y sin embargo tu me haces sentir que nada será vano, cualquiera sea el camino que la vida nos aguarde —se volvió y escrutó la lejanía mientras hablaba—, daré la llamada ahora, veo la bruma que se levanta dejando paso al rocío. Es el momento.
Al horizonte el escarlata destrozaba la oscuridad en el agresivo ascenso de Anar que se iba asomando curiosamente, presagio quizá del sino de los combatientes; mucho habían viajado ya y esto era un presagio que todos sintieron: el corazón abatido por la desesperanza de la guerra... desesperanza que a los ojos del enemigo se transformaba en el fulgor de una violencia casi irracional.
Siniestro... —pensó en voz alta Lahia. Ouroborus había escuchado la expresión de la elfa, y no pudo evitar asentir.
Los rayos comenzaron a danzar sobre el paisaje llano y montañoso, sobre ríos y campos de verdes praderas. La Elfa tomó a Moiorlindë de un lado de su cintura y sopló a través de el con fuerza, convocando a sus hombres. El cuerno resonó y los corazones de todos se reconfortaron, se llenaron de vitalidad y perdieron el miedo que haría temblar sus espadas.
Pocas horas después ya estaban en marcha. El joven Erestor marchaba junto a la capitana, atento a cada paso, a cada sonido, incluso al susurro del viento en las ramas más altas de los árboles.
La escarcha caía tenue e indiferente, hacía tiempo que como un fantasma envolvía opresivo a aquel oscuro contingente. El tintineo de las armaduras formaba ya un acompasado y lúgubre coro que parecía acompañar a las columnas de hombres que marchaban a paso firme, y encabezando la columna, los capitanes.
En esta ocasión, estratégicos y secretos movimientos en Haldánori habían tenido repercusión en la Orden. Se decía que la Reina se había reunido con el enemigo, pero a aquellas alturas en que la guerra y la destrucción se podían palpar en cualquier rincón, la distinción entre amigo y enemigo era muy ambigua. Lo único que importaba era que Telpe saliera triunfante, y por ello Mornaew había dado órdenes muy precisas; y sus objetivos eran claros. El movimiento de capitanes no se debía sólo a razones logísticas... y destacamentos y líderes de otros puntos habían viajado grandes distancias, para engrosar las filas de la gloriosa Compañía Primera de Telpe. Era ahora sólo uno de sus originales miembros el único que marchaba a la guerra, Elänessil, cuyo aguerrido espíritu se negó a rendirse y pese a las heridas sufridas en anteriores enfrentamientos marchaba ahora con fuerte convicción como si acaso supiera el destino que le aguardaba...
Ouroborus cubría la retaguardia, dando pasos lentos y firmes, haciendo temblar el suelo. Elänessil observaba con atención los alrededores. Ya habían sido emboscados con anterioridad y ahora cada vez desconfiaban más de sus pasos, de los caminos a seguir... Pero Lahia sabía que no era eso lo que les esperaba, sino que confiaba en sus sentidos y se dejaba guiar por éstos.
Al fin el camino que venían siguiendo se perdió en un matorral de arbustos bajos, de ramas espinadas y hojas secas.
—¿Qué ruta hemos de seguir? —preguntó Elänessil—. Si entramos en el bosquecillo es posible que nos retracemos, o aún peor, que perdamos la orientación y acabemos extraviados.
—Lo sé —respondió Lahia con voz cansada—, si mal no recuerdo en el mapa de las Haldanóri vi un camino que seguía por la derecha, serpeando entre el bosquecillo, y que nos llevará directo a donde nos espera la batalla.
Erestor se afirmó bien la espada al costado y dirigió la mirada a un jinete elfo que regresaba a galope desde el frente. Agitado apenas pudo hablar.
Mi señor —replicó—, están esperándonos ya. Tienen una fuerte formación frontal, y creo que hay mas de una guarnición aguardando a los costados.
El elfo por último de un costado desenrolló un maltratado pergamino y lo extendió en una improvisada mesa. Los demás se acercaron; el pergamino revelaba las posiciones visibles de la compañía de Valle. En un acuerdo al parecer mutuo los capitanes se miraron, sopesando el riesgo de la maniobra de ataque.
—Hemos tardado demasiado —exclamó Lahia, rompiendo el incómodo silencio que reinaba—. No podemos ya dividirnos como lo habíamos pensado... lo mejor será entrar directamente, Ouroborus puede cerrar la retaguardia... así no podrán acorralarnos...
—Supongo que sí —exclamó Erestor más resuelto—, de todas formas ahora hay un solo camino y como más rápido entremos será mejor.
Elänessil, que durante ese tiempo se limitó a escuchar, se incorporó al grupo y habló con voz tajante:
—Yo entraré primero dirigiendo al grupo de arqueros. Abriremos el camino para Erestor y Lahia. Ellos esperan que el dragón inicie el ataque; verme a mi al frente los desconcertará, esos momentos serán los decisivos...
La mirada de Lahia parecía cuestionarla sobre su actitud, pero la recia postura de la elfa no dejaba lugar a dudas, nadie objeto nada, y los cuernos de pronto sonaron con estrépito, despertando como de un ensueño a aquel poderoso ejército que cumpliría por fin la meta que habían perseguido tras las ya innumerables leguas de viaje.
Retomaron así la marcha, que comenzó a hacerse fatigosa, pues la escarcha que ahora estaba siendo derretida por los suaves rayos del Barco Dorado, el camino daba vueltas y se hacía difícil de seguir, bajo el peso agobiantes de las armas y los instrumentos que llevaban a la batalla.
Sin embargo las cosas cambiaron repentinamente cuando Ouroborus se detuvo sin aviso. Todos los demás se quedaron en silencio, las miradas de temor y angustia se difundieron rápidamente entre los miembros de la compañía y todos aguardaron las palabras del Dragón.
Éste tardo un poco en volver su atención a los que estaban allí, y luego se dirigió a Lahia y le dijo:
—¿Sientes la tensión en el aire?, puedo captarla, latente, como aguardando... cortando el aire inmóvil.
La Elfa asintió con un movimiento de cabeza y luego se dirigió a los demás en voz apenas audible:
—Están aquí, prepárense para la batalla.
Fue entonces un segundo, tan fugaz que sólo dio tiempo a que reaccionaran de modo instintivo, sacando las espadas, tensando cuerdas en los arcos y dispersándose de modo estratégico para abarcar las olas de Ingeniosos que comenzaron a golpear y a luchar con ferocidad y habilidad.
Pero aunque los Telpenianos no llevaban buena parte aún, habían respondido de buena manera, con los arqueros de Elänessil en primera línea, siguiendo siempre las indicaciones que Lahia les había dado. Incesantemente se escuchaba el choque de las espadas, que se iban cubriendo con la sangre de los guerreros de ambos Clanes que caían derrotados, los gritos de guerra, el palpitar de los corazones y las caras irradiadas por el matiz rojo del sol. Erestor corría entre las filas aún armadas de los Ingeniosos, dando golpes con su espada, y evadiendo con agilidad las estocadas que venían de sus enemigos. A su vez muchos de los dirigentes de la Compañía enemiga se sorprendieron ante el poder y la majestuosidad del Gran Dragón de Telpe. Éste marchaba por el campo a grandes zancadas, aplastando a aquellos que caían desprevenidamente ante él, cubriendo con su cuerpo gran parte del campo e intimidando con sus grandes ojos a todos los enemigos que intentaban hacerle frente.
Así fue transcurriendo aquella mañana fría, mientras el suelo se cubrió de agua y de cuerpos... las pérdidas del Valle eran muchas. La estrategias que los dirigentes del Rimbe-a-Angolie habían planificado estaban teniendo buenos resultados, y aunque los Telpenianos habían sufrido muchas bajas era aquello un resultado que no podía tener quejas de parte de ninguno de ellos.
Lahia se había perdido entre los soldados. Aquellas últimas batallas en las que había estado presente le habían dejado además de amargos y buenos recuerdos, las enseñanzas de Täreisha, quién había sido su maestra en la guerra. Nuruquessë hacía zumbar cientos de flechas, que se dirigían a los Ingeniosos, y algunas que se perdían mientras la Elfa intentaba defenderse de la ira de los hombres del Valle. Y aunque parecía que las huestes no disminuían casi su número la esperanza de los Telpenianos se materializó cuando los dirigentes del Valle convocaron a la retirada.
Ouroborus parecía infatigable, había recibido algunas cortadas y flechazos, pero nada que se pudiera lamentar.
Como si de un túnel oscuro se tratase, Elänessil luchaba desesperadamente por levantarse y alcanzar esa luz que cada vez más débil difuminaba el paisaje a su alrededor. Una flecha la había alcanzado a un costado justamente donde hacía poco tiempo una cruel daga le había desgarrado esa vez. Ahora incontenible la sangre manaba y la sentía alrededor suyo como un tibio manto que poco a poco la cubría a la vez que le arrebataba irremediablemente el aliento. Trataba de recordar como había sucedido, un instante perdido y una fría saeta que recibió por la espalda, la caída y el intenso dolor la carne desgarrada al tiempo en que la flecha se apresaba aun mas profundo en su ser. Aún a su caída otros la acompañaron, los enemigos que bajo su daga perecieron, y en el instante pudo sonreír... con un frío sarcasmo.
Cuando Lahia volvió con los suyos con una sonrisa triunfante en los labios se encontró con que no todos los miembros de la Compañía habían salido victoriosos de la batalla. La joven Elänessil había sido herida de gravedad a manos de sus enemigos. Lahia se arrodilló junto a la Elfa, sabía que dado su estado sería imposible traerla de vuelta, y mirando con ojos húmedos a sus compañeros les dijo:
—Su sangre derramada por Telpe no ha sido vana. Hemos alcanzado la victoria. Elänessil, puedes irte en paz.
Los otros la miraron y sintieron el peso que recaía sobre ella en ese momento, la responsabilidad por una vida más que se le iba de las manos...
Al fin llegaron al campamento, exhaustos, perturbados aún por la caída de Elänessil, pero sus conciencias estaban tranquilas y sus corazones llenos, pues habían demostrado una vez más que Telpe no sería fácil de vencer.
Historia escrita por Cardenal e Isilmeriele
[Editado por Yureawen el 19-07-2005 23:18]
El hacha que sostenía era de hoja ancha y afilada, a simple vista parecía lisa y perfecta pero él la observaba con detenimiento, fijándose en cada pequeño desperfecto producto de las innumerables batallas libradas. Pronto sintió la necesidad de limar sus imperfecciones, el reflejo plateado lo atraía y mostraba las hendiduras e impurezas. Con la mirada fija en el arma cogió una barra de hierro situada a su derecha, encima de un taburete de madera. El resto de la habitación lo desconocía, ignoraba siquiera si estaba sentado en hierba o madera, o si había un techo que le cubriese. Comenzó a pulir el hacha, ensimismado. Pero algo llamó su atención, no eran las ralladuras ni el reflejo plateado, parecía provenir de otro lugar, pero su mirada seguía clavada en el hacha y no podía ver lo que había tras ella.
Pronto reaccionó, pareció convencerse de que no era una visión producida por sus ojos fijos, ya llorosos de mirar casi sin pestañear.
La luz salía por el reborde del arma, cada vez más fuerte y cegadora. El enano tuvo que apartar la vista. Al final tomó conciencia de donde se situaba. Pero no veía prácticamente nada ya que sus pupilas se habían encogido. Se hallaba dentro de una tienda del campamento, no era muy espaciosa pero si una de las mas grandes. No contenía muchos objetos, tan solo una cama de paja, un par de taburetes y una caja de madera pequeña que utilizaba como mesa.
Cuando la luz pareció desaparecer apartó el hacha y la alzó con los ojos desorbitados contra lo que venía contra él.
-¡Thralor! Soy yo-Dijo una hermosa voz que procedía de la alta silueta que se hallaba a su frente.
-¡Elfo!, ¡casi te cerceno la cabeza!-dijo apartando el arma con un carraspeo de su voz.-¿que haces aquí, y por qué entras de esta manera?-de repente se dio cuenta de donde procedía la luz, Erekan portaba una antorcha-¡Maldita antorcha! ¡Qué intentabas estúpido elfo!
-Venía a informarte de que a unas millas de aquí hemos encontrado a unos hombres armados, ignoro si se trata de la compañía de La Orden de Telpe.-concluyó el elfo
-Estoy seguro de ello, ¿quienes serían entonces? Nadie vaga por estas tierras de buenas maneras y armados.-dijo con un gruñido, como si fuese evidente.
-Tienes razón, entonces debemos partir cuanto antes
-Sí, da la orden
-Está bien-se giró, pero recordó algo, volvió la cabeza-y escucha enano, no faltes nunca el respeto a un elfo pues puede hacerte mucho daño-dijo este amenazante y a la vez divertido.
Thralor rió y de inmediato cambió el gesto-¡vete a Aman!
Los soldados miraban expectantes el horizonte, atentos a cualquier señal enemiga, pero aún no divisaban nada y eso hacía que se impacientasen cada vez más.
Según bajaban por la loma hasta la explanada iban aminorando la marcha. Los caballos relinchaban inquietos, parecían presentir el peligro que acechaba.
A Morna le dio un vuelco el corazón cuando una sombra gris pareció verse frente a ellos, lejana y borrosa. El viento agitaba el cabello de la elfa cubriendo su rostro. Sentía un intenso dolor de cabeza, quizás por haber estado toda la noche en vela.
Abrió los ojos, la bruma había tomado forma, se podían ver los colores difusos de los guerreros. Reaccionó, con un esfuerzo despertó del duermevela en que se veía sumergida, espoleó su caballo y se dirigió junto a los soldados que comandaba.
Un temor comenzó a sobrecoger a los hombres, el rumor de la batalla se acercaba, los gritos de guerra se oían desde el bando opuesto acrecentando sus ansias por combatir.
-¡todos a sus puestos!-gritó Gil Edhel a la compañía con un gesto de furia alzando su espada. Llevaba una túnica grisácea que cubría su armadura, un yelmo oxidado tapaba el cabello castaño que se asomaba tímidamente por el borde. Su tez normalmente blanca había adquirido un tono rojizo que le hacía parecer más dulce. No era especialmente bello pero si atractivo. Sus ojos negros casi cerrados por la luz del sol brillaban aquella mañana, era la única parte de su cara que no engañaba a sus sentimientos y esta vez mostraban arrojo.
Los soldados comenzaron a enfilarse según como había sido previsto. Cuando el ejército enemigo estuvo a unas yardas, los elfos de retaguardia lanzaron la primera lluvia de flechas y así también hizo el enemigo. Uno de los enanos portaba una tea con la que prendía las saetas e iba recorriendo rápidamente toda la fila de elfos.
Morna miraba inquieta a los hombres que habían caído a su lado, “demasiado pronto para morir” se decía, era toda una pérdida y no fueron pocos los que se derribaron en el Valle ese día. Nada podía hacer por ellos, lo sabía. Pero no es lo que parecían creer otros muchos guerreros que se agolpaban frente a los heridos agonizantes, intentando salvar en vano su vida, “los hombres... débiles esclavos de la muerte”, pensaba mientras los miraba indiferente. Hace mucho tiempo no era tan fría ¿por qué no lloraba?, ¿por qué no sentía piedad?, ¿tanto había cambiado?...Morna se sobresaltó de pronto, sintió caer algo húmedo en su mano, una gota...pero no llovía, era ella, estaba llorando.
Las saetas terminaron su último viaje, y ahora cedían su turno al acero. Erekan contemplaba a Aranruth, su espada, la que le daría la victoria que deseaba o bien podría no volverla a ver...Pero sentía un gran entusiasmo, deseaba vencer, aplastar al enemigo. Transmitió sus deseos y el furor a los hombres con gritos de guerra y estos le siguieron con mayor convencimiento.
Ambas compañías se lanzaron al ataque, los soldados como cegados por una ira inconsciente acudieron en busca del estómago y la garganta enemiga. Los équites a la cabeza derribaron a muchos en el primer encontronazo y la seguridad entre los guerreros de Valle aumentó considerablemente al comprobar el gran número de sus bajas. Pero pronto muchos perdieron toda esperanza pues el siguiente ataque no fue muy afortunado y a pesar de ello siguieron luchando.
Era el turno de los enanos, hasta ahora el centro había estado más protegido, pero la primera línea del ejército había sido prácticamente eliminada y muchos cuerpos yacían en el suelo sin vida.
Thralor se lanzó al ataque empuñando su hacha de doble filo seguido del resto de enanos. En el encuentro los soldados de ambas compañías se mezclaron frenando la carrera al encontrar a un combatiente enemigo. Thralor alzó a Grugnír con el fin de asestar un golpe mortal en la cabeza a un enano que se encontraba de espaldas. Pero fue truncado, un hombre enorme paró el golpe, su gesto de cólera se veía intensificado por las duras expresiones de su rostro. La ancha nariz parecía inflarse y desinflarse al ritmo se su respiración. Thralor empuñaba el hacha fuertemente intentando vencer a la fuerza que oponía su contrincante. Pero no podría durar mucho tiempo así, su enemigo superaba la fuerza de un enano con creces, pero no su ingenio y resistencia. Debía pensar algo rápido, sería vergonzoso morir a manos de un individuo de tan escasa inteligencia. De pronto se fijó. El hombre poseía una corta destreza que se veía disminuida por la pesada armadura que cargaba. Empuñaba la espada con ambas manos, era larga y de hoja ancha y el yelmo estaba partido por el lado superior, probablemente de un golpe anterior.
El enano se dio cuenta de lo evidente, la victoria del contrincante estaba asegurada si seguía enfrentándose cuerpo a cuerpo. Thralor salió corriendo, dio la vuelta colocándose detrás del enemigo. Éste perdido, giraba de un lado a otro pero no le veía. Paró de buscar comprendiendo la situación. Una mueca se dibujó en su rostro, reía fervientemente.
Un hilo se sangre bajaba por su frente, tras el yelmo. Se limpió con la muñeca, seguramente no sería suya así que comenzó a buscar a otra víctima. Pero un dolor pareció penetrarle en la cabeza. Ahora un chorro rojizo bajaba por la mejilla hasta el mentón. Se limpió de nuevo, esta vez extrañado. El pánico comenzó a invadirle, el dolor se hizo más intenso, nunca se había sentido así y fue ello lo que acrecentó su miedo. Miraba su mano llena de sangre, trataba de tapar la hendidura por la que brotaba a borbotones con la otra mano. Pero comenzó a ver la escena de la batalla borrosa, los colores cada vez más difusos. Los sonidos se oían como ecos, lejanos. Ya no alcanzaba a ver nada, todo era negro. Escuchaba los latidos de su corazón en primer plano cuyo ritmo se rezagaba cada vez más, el resto eran murmullos que le rodeaban.
Thralor se asomó, el hombre postrado en el suelo había muerto. Aliviado miró a su alrededor, y la sensación desapareció en cuanto comprobó la situación. Solo comandaba a unas decenas de enanos, los demás eran cadáveres.
Morna enarbolaba la espada asestando un golpe a un elfo enemigo en el vientre. Éste cayó de inmediato. El resto de hombres seguían luchando esparcidos entre los muertos.
-¡Thralor! Todas nuestras esperanzas y probabilidades de vencer se han desvanecido, la mayoría de nuestros hombres yacen heridos en el suelo y los demás están muertos. El resto sigue luchando hasta nueva orden.-dijo Morna impacientada esperando la respuesta.
El polvo y restos de sangre enmarcaban su rostro. El cabello alborotado tapaba algún gesto de su cara con cada movimiento. La ropa estaba rota y sucia de sangre, y la escasa armadura tenía hendiduras, algunas partes se hallaban oxidadas.
Thralor comprendió con un gesto de aquiescencia y dio la orden a Gil Edhel, que en ese momento lanzaba flechas con su arco, que diera la orden de retirada.
Los guerreros de Valle salieron corriendo del campo de batalla. Algunos se llevaron a heridos consigo. Pero casi todos se quedaron en la explanada, pronto morirían.
Al alejarse unas millas se establecieron en un altiplano próximo al río ya que no aguantarían mucho tiempo más con los heridos. Algunos murieron por el camino y allí se dejaron, cubiertos por un montón de tierra y algunas piedras que indicasen que era una tumba. Se montaron las tiendas y se encendieron hogueras. Se estableció una casa de curación provisional en la cual los elfos se encargaban de los heridos. Algunos morían por falta de medicamentos, las plantas del lugar no eran muy apropiadas para la curación.
Tras unos días llegó un refuerzo de víveres y sanadores. Después los heridos fueron trasladados y los demás prosiguieron el viaje hasta el próximo asentamiento.
-Espero que lleguen refuerzos pronto a esta compañía de lo contrario, perderemos el resto de batallas.
-Me temo que sí querido enano, me temo que sí...-Dijo la elfa de cabellos rojizos que miraba las nubes orientales de la noche, apática.
-Se avecina tormenta, vamos dentro.
Resumen de la batalla:
Telpe ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.
Recuperables: 187 puntos.
Valoraciones: 7+8+8+7+8= 7,6
Recupera: 142 puntos. Los dirigentes pierden un 60% de vida, por este concepto recupera 210 puntos. Total recuperacion: 280 puntos.
No pierde ningun punto.
Valle ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.
Recuperables: 233 puntos.
Valoraciones: 7+8+10+8+9= 8,4
Recupera: 196 puntos.
Pierde: 504 puntos.
Telpe ha ganado 150 monedas por batalla ganada.
Valle entrega 100 monedas a Telpe por retirada de la batalla.
Compañias actualizadas y listas.