Lómine
Lluvia... pesada, insistente, tediosa... durante dos semanas solo hubo lluvia. La iterativa melodía de las gotas al golpear los cristales de la habitación le irritaba; pero allí estaba, en su deslumbrante habitación, envuelta en sábanas de roja y blanca seda, recostada en aquella confortable cama creada solo para ella, bajo la plateada cúpula de Karnairë, en el extremo oriental de Narmelost. La ciudad nunca le había gustado, su río de lava, su Fortaleza Negra con sus tres torres como agujas, sus callejuelas estrechas y oscuras, el caos controlado que en ella reinaba y que tiempo atrás fuera impuesto por los Señores de Nurn. Se levantó con cuidado hasta alcanzar la ventana y pudo contemplar con claridad la Torre de la Llama Roja, que se alzaba imponente sobre sus dos hermanas y dominaba el ceniciento paisaje, semioculto por estelas de vapor que el viento arrastrara desde la corriente de lava, en donde agua y fuego cambiaban sus formas. Una semana pasara desde la llegada de su compañía a la Ciudad del Poder de Fuego, y desde entonces, a pesar de sus enérgicas protestas e innumerables justificaciones, se hallaba recluida en las casas de curación.
Se alejó de la ventana y se dejó caer con suavidad sobre el blando colchón de su enorme camastro, cerró los ojos y dejó que su mente vagara a través de los oscuros laberintos de su memoria.
“La sangre lo cubría todo, su rostro, su vestido, la hoja de su espada... aquel pequeño lago escarlata se extendía poco a poco sobre el verde prado manchando todo a su paso para luego desaparecer en las entrañas de la tierra. No podía moverse, la sensación que causaba el tibio líquido al resbalar sobre sus mejillas y a través de sus dedos la embriagaba cual licor prohibido. Cayó sobre sus rodillas y su piel rozó el gélido cuerpo que yacía en el suelo, los ojos grises habían perdido su brillo y la tez de hermosa blancura se tornaba ahora mustia y marchita, la serenidad de la muerte no acompañaría jamás a este Elda. La dorada luz de Anar asomaba sus primeros rayos tras las cimas heladas de las montañas, el tiempo de marchar había llegado.
-Namárië Indómion –murmuró mientras se alejaba a través del espeso bosque -Nan alassëa omentie-lva-nen.”
Una corriente de aire helado sacudió las cortinas que cubrían el enorme ventanal de la habitación y arrojó al suelo una copa de plata que descansaba sobre la mesita de noche. La elfa abrió los ojos y se incorporó, aquel absurdo recuerdo no dejaba de rondar su mente desde que resultara herida en la batalla contra la Alianza de Eithel-Glîn, la imagen de Indómion bañado en su propia sangre le erizaba la piel, y un deseo abrumador se apoderaba de su espíritu.
>>Le conoció en tiempos de guerra, en los días en que la ingenuidad de su raza y su amor a la orfebrería casi los lleva al exterminio; pocos sobrevivieron y entre ellos se hallaba Indómion, amado por muchos y temido por otros, un elda de inmensa sabiduría y hermosos ojos grises capaces de penetrar en el alma de cualquier ser y develar hasta el más profundo de sus misterios; unos ojos profundos, serenos, irresistibles. Y entonces le amó, no solo como compañero sino también como maestro, como hermano, como amigo. Fue Indómion quien le instruyó en el manejo de las armas y el arte de la guerra; fue él quien le obsequió el conocimiento de las otras lenguas, algunas de ellas ya olvidadas; fue él quien le enseñó la verdadera historia de su pueblo y le reveló la belleza de la Música de los Ainur y la gloria de Iluvatar. Y en sus ojos pudo ver la luz de las estrellas tal como la vieron los primeros nacidos, y amó a Tintallë más de lo que la amaba porque su obra iluminaba la mirada de Indómion.
>>Pero llegó nuevamente la guerra y con ella el dolor; su gente marchó en defensa de Lindon y entre ellos guerreros se hallaba Indómion. Intentó convencerle de permanecer a su lado en la momentánea seguridad que el reino les ofrecía, pero el elfo no escuchó sus palabras. Afligida y desesperada se unió también al ejército y partió al campo de batalla empuñando con resolución su arco su espada y llevando a la espalda su carcaj cargado de flechas.
El intenso dolor en su costado interrumpió sus remembranzas, con dificultad se incorporó de la cama y avanzó lentamente hasta uno de los mullidos sillones que se hallaban en la habitación, si permanecía tendida en aquel camastro un segundo más, terminaría por enloquecer. Tomó una de las manzanas que se encontraban en la mesita y se dejó llevar una vez más por sus remotos recuerdos.
>>Aguardó en medio del cenagal más nadie regresó, a su lado yacían los cadáveres mutilados de ambos bandos enfrentados, la sangre manaba sin detenerse de sus profundas heridas; gritó, gimió y maldijo a su propia raza y entonces se perdió en el dulce sueño de la inconsciencia que antecede a la muerte. Pero ocurrió que aun no era tiempo de partir a las estancias de Mandos, y su cuerpo y espíritu se aferraron a la idea de la venganza y así sobrevivió. “Lómine” la llamó el anciano “porque de la oscuridad has brotado y oscuro es tu corazón” y desde ese entonces olvidó su antiguo nombre y se apodó a sí misma Anamoriel, Doncella de la Muerte.
>>Muchos días se sucedieron y su vagar se hizo rutinario pero su venganza se cumpliría a cualquier costo; y fue aquella noche sin luna en la que le volvió a encontrar. Avanzó silenciosamente hasta hallarse de pie frente a él; la sorpresa se apoderó del Noldo y luego una sonrisa de inesperada felicidad se dibujó en su rostro, más al fijar sus ojos en las oscuras pupilas de Lómine descubrió la verdad de aquel encuentro. La batalla fue magistral, maestro y discípula enfrentados en un duelo a muerte, más la elfa fue superior a su mentor y poco antes del amanecer un corte de singular limpieza trozó el cuello de cisne de Indómion, quien cayó inerte sobre el verde prado. Y fue así que su venganza cobró la primera y más valiosa víctima.
La elfa terminó su merienda con una segunda manzana, recordar su vida de antaño le causaba un extraño vacío en su interior y un deseo incontenible de rebanar cabezas, su venganza aun no se había cumplido pero por el momento tendría que esperar... Ahora Nurn ocupaba sus pensamientos...
Y volviendo a la cama aguardó paciente la llegada de sus criados y enfermeros mientras afuera la lluvia persistía... pesada, insistente, tediosa...
