La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

C1 Concilio Vs C4 Valle

2005:07:28:22:08:56

Gaur

Fin Guerra: Concilio de Nan-Tasarion deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 30

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 20

Grey Arkhane

Las cenizas de la pira aún estaban calientes, dispersando un débil humo a la atmósfera de la mañana. Arkhane permanecía de pie junto a ella, enfundado en su armadura ceremonial, contemplando los restos del caído Mhord Alomeg. A su espalda, dos hombres vestidos con ropas oscuras esperaban.

Los valar habían retirado su favor al Valle del Ingenio. Por aquello que los extenuados mensajeros que habían llegado apenas unas horas antes le habían contado, las tropas del Valle habían sido atacadas por toda Haldanori, e incluso la Ciudad del Dragón estaba ahora bajo asedio...La negra garra de Nurn se había clavado profunda en toda Haldanori, y los eruditos del Valle no habían sabido verlo a tiempo.

Grey pensaba en sus compañeros caídos...El Maestro de Asesinos no había sido el único. Los mensajeros le habían narrado la muerte de otros de los Veinte a lo largo de todas las tierras holladas por las compañías del Valle: El sanador Alier-Mim, la temperamental Elorah...e incluso el maia Dalu Herusul habían dado sus vidas por el Valle...y ahora debía hacer frente a otras dos pérdidas: Las de los hombres que tenía a sus espaldas.

-¿Vuestra resolución es firme?-preguntó Arkhane, sin volverse.

-Inquebrantable.-Respondió uno de los dos, un joven de pelo negro revuelto y andares desgarbados llamado Kairn-El Maestro Alomeg fue nuestro mentor, y su muerte ha de ser vengada.

-Maestro Arkhane...Os pedimos vuestro favor en nuestro cometido a vos, que sois de nuestro gremio-Añadió el otro, de pelo blanco, corto, y con la cara cubierta por el borde de su túnica-Conocéis nuestra situación. Es una vendetta personal contra los asesinos de Mhord Alomeg.

-Nuestras vidas nos fueron dadas por él, Maestro Arkhane, rescatadas de entre la miseria y elevadas a una utilidad mayor...Se lo debemos.

Grey contempló a los dos jóvenes asesinos desde las profundidades de su máscara dorada, viendo sus vidas a través del reflejo en los vivos ojos de uno, en los sosegados espejos del otro, hábilmente ocultos tras ellos por el adiestramiento los recuerdos que les asaltaban al recordar a su mentor caído...

-Id. Vengad a vuestro maestro.Y que vuestro sacrificio no sea en vano.

Como dos sombras barridas por el viento, los dos asesinos desaparecieron, dejando a Arkhane sólo ante la pira, mientras el resto del campamento despertaba.

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Kairn y Antere observaban el asentamiento de las fuerzas del Concilio, evaluando puntos débiles, entradas, número de hombres y hábitos de los mismos, buscando en la entretejida red puntos por donde tirar hasta deshacerla en un montón de hilos dispersos a los que después prender fuego...

Durante horas estudiaron el movimiento del campamento, apuntando esquemas, deliberando planes, hasta que hallaron la solución. La sombra de duda que apareció en los ojos de ambos al mirarse tras llegar a su plan fue barrida en un instante por su determinación. La noche llegó de nuevo, y entonces pasaron a la acción.

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Arkhane se dirigió de vuelta a su tienda tras despedir a los aprendices de Mhord, contemplando a sus hombres comenzar la rutina diaria durante otra jornada, como si los hechos del día anterior fuesen solo la sombra de un mal sueño.

Al abrir la entrada de la tienda se encontró a Nülk y Ântleïntzar, discutiendo con Sheredd y Quavvin acerca de las próximas estrategias a seguir, señalando puntos y tropas sobre los mapas extendidos en la mesa de operaciones.

-Creo que si iniciamos una maniobra envolvente con nuestros tiradores, les pillaremos desprevenidos, no esperarán un ataque tan pronto-

-Con el debido respeto, Maese Nülk, nuestras tropas están cansadas y desmoralizadas tras la desastrosa confrontación de ayer. Una maniobra de tales características será imposible de llevar a cabo-

-Quavvin tiene razón, Nülk-intervino Arkhane-No iniciaremos un ataque de tal magnitud-

-Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados, alquimista, las tropas enemigas están a unas horas de distancia, preparándose para rematarnos...No les daré la victoria sin pelear-

-Nadie ha dicho que no vayamos a hacerlo. Es más...ya se ha iniciado el ataque. Y ninguna tropa más se acercará en dos días al enemigo. Quavvin, Sheredd, transmitid esta orden.-Los dos elfos se cuadraron y partieron rápidamente a informar a las tropas del Valle. Los otros dos comandantes miraron con estupefacción a Grey.

-¡Pero qué...!-

-Al menos nos debes una explicación, Arkhane-

-Sed pacientes. Mandad exploradores al campamento enemigo mañana. Entonces tendréis vuestra explicación.-El Maestro alquimista dio media vuelta, y dirigiéndose a su parte de la tienda, comenzó a despojarse de su armadura.

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La noche era oscura, y apenas media docena de guardias permanecían despiertos en torno a los fuegos del campamento del Concilio, confiados en su pronta victoria. Kairn merodeaba los alrededores, preparando su próxima actuación, dando forma a los pequeños detalles de su venganza, tendiendo los hilos de la destrucción de los asesinos de su maestro, mientras Antere hacía su parte dentro del campamento.

Siempre habían trabajado mejor en equipo, Kairn preparando la muerte, y Antere conduciendo a su presa hacia ella. Pero lo que se proponían hacer en aquella ocasión...El joven sonrió: Si al menos Mhord estuviese allí para verlo...

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Los gallos cantaron una nueva mañana, y el comandante de las tropas del Concilio amaneció con ellos. Tras la reciente victoria sobre el Valle, sólo quedaba perseguir a los restos de sus fuerzas. Si nada salía mal, los exterminarían antes de que acabase la semana. Si nada salía mal...Sería irónico que algo sucediese, ¿verdad?

-Señor, nuestras tropas aguardan sus órdenes.-

-Que logística se prepare para trasladar el campamento. Da órdenes de despliegue a todas las tropas. Hoy acabaremos con esos perros del Valle.-

-Sí, mi señor. Los destacamentos de...-El alférez fue interrumpido por unos gritos que provenían de afuera, y la entrada de un joven oficial en la tienda...-

-¡Señor, rápido! ¡Nos atacan!-

El comandante y el alférez salieron a toda prisa de la tienda, para contemplar su campamento envuelto en un caos absoluto. Varias columnas de humo ascendían por toda la zona, y los soldados trataban de apagarlos, o bien tomaban las armas buscando a los invasores...

-Pero quién ha podido...-De repente, una figura oscura surgió de entre las filas de soldados coloreados con el blasón del Concilio, saltando y brincando mientras sus dagas cercenaban gargantas, segando vidas en su alegre baile...

-¡Un asesino del Valle! ¡Que todos los hombres se preparen! ¡Quiero su cabeza ya!-El comandante volvió a entrar en su tienda, y tomando su espada se dirigió él mismo a por el intruso- ¡Vamos!

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Kairn tomaba vidas, empapándose en la sangre de sus enemigos, mientras gritaba y reía con puro júbilo, y cantaba una canción de batalla de su tierra natal. Entre los golpes que llovían a su alrededor, logró ver al comandante del Concilio reunir a más hombres y cargar contra él, y supo que el pez había picado el anzuelo.

Con una finta dejó que la alabarda de uno de sus atacantes empalase a otro, y aprovechando el hueco se deslizó junto a la empalizada, saliendo afuera y echando a correr hacia el bosque, mientras el comandante llegaba junto al resto de sus tropas...

-¡Está huyendo!-

-¡Vamos!¡No hay que dejar que escape!-

-Pero, mi comandante...-

-¡No hay otra opción, nuestras tropas ya estaban preparadas! Si llega a su campamento, perderemos el efecto sorpresa...¡Vamos!-Y salió en persecución del asesino, seguido por el grueso de sus hombres.

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Los soldados del Concilio se movían por la foresta, apartando ramas y follaje a su paso, como la carga de un animal salvaje, siguiendo la fugaz y casi imperceptible pista que Kairn dejaba a su paso.

El grupo principal se había dividido al entrar en el bosque, y los soldados que seguían a su comandante escuchaban gritos de dolor que venían de lugares a sus lados, como si sus compañeros se hubiesen encontrado con desagradables sorpresas entre la maleza. Atemorizados y nerviosos, continuaban la persecución de aquella sombra que se movía unos metros por delante de ellos...

De repente, el grupo se detuvo en seco. Habían llegado a un claro, y no había rastro del asesino.

-¿A quién buscáis, esclavos de Nurn?-La voz parecía surgir de todas partes a la vez, de entre las sombras del bosque...-Sólo soy una sombra, un recuerdo que creíais muerto...-Los soldados formaron en el centro del claro, atentos a cualquier movimiento en los lindes del mismo...-Soy el espíritu de Mhord Alomeg...y voy a llevaros a la muerte conmigo...-

-¡Allí!- Bajo un árbol, confundido con el entorno, se alzaba una figura de oscuridad pura, armado con dos dagas, y los ojos ardientes bajo el negro cabello, con una sonrisa cruzándole el rostro.

-Venid a vuestra muerte...-susurró para si mismo, mientras, alentados por su comandante, los soldados cargaban contra él. Kairn le dirigió una última mirada al líder de sus enemigos, mientras daba un tirón con una mano.

Los hilos de metal fabricados por los alquimistas del valle se tensaron a su alrededor, cortantes como cuchillas, cercenando miembros, descuartizando la carne de los del Concilio, así como la suya propia, haciendo saltar la sangre a su alrededor, mientras los supervivientes se echaban atrás con gestos de asco y horror en el rostro.

La mitad del claro estaba teñida por el rojo, salpicada por las vísceras y los restos del asesino y sus víctimas. En la otra parte, el comandante del Concilio sonreía.

-¿Por qué sonreís, señor?-preguntó el alférez que le había acompañado hasta allí- La victoria nos ha costado casi todos nuestros hombres.

-No, alférez, te equivocas...La victoria os ha costado a todos vuestros hombres- El comandante sonrió, con un aire lobuno que ninguno de sus hombres había visto nunca antes en él, mientras sus ojos brillaban al accionar en el suelo el mecanismo que había instalado allí horas antes.

Y todo el claro estalló en llamas, calcinando a las últimas tropas del Concilio, mientras Antere aún sonreía.

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Esa misma tarde, dos elfos exploradores, bajo las órdenes de la Comandante Altariel, encontraron el lugar completamente arrasado, lleno de restos humanos inidentificables, y una nota algo más allá, junto a algunas pertenencias de los dos asesinos, que rezaba tan sólo:

“What can the harvest hope for, if not for the care of the Reaper Man?”

[Editado por Arkhos el 22-07-2005 23:51]

[Editado por Arkhos el 22-07-2005 23:52]

Hecil

Thorjil reposaba tumbado en la improvisada cama de su tienda, el sueño le tentaba y cada cierto tiempo daba cabezadas. En los últimos días había dormido poco; la intensa marcha, sumada a las reuniones nocturnas de los capitanes, comenzaban a hacer mella en el guerrero. Thorjil era un hombre de acción; leer y estudiar todos aquellos mapas y papeles hacían que conciliar el sueño fuera mucho más sencillo. Aquello le recordó los viejos tiempos, cuando solo era un simple soldado y tenía que soportar las largas noches de guardia durante su instrucción, y las palabras de su antiguo instructor Tarcil le volvieron a la mente:

-En una noche de guardia, jamás se te ocurra mirar al fuego fijamente, si lo haces te quedaras dormido, y jamás volverás a despertar.

Así eran aquellos papeles y documentos, el fuego que lo hipnotizaba y le hacía dormir. Mientras terminaba de repasar unos documentos, fue a parar con una carta que hasta el día de hoy no había reparado. Provenía del servicio de inteligencia del Concilio. Con sumo cuidado rompió el sello y leyó su contenido:

“Informe preliminar sobre el Gremio de Asesinos.

Durante los últimos asedios a nuestras ciudades, se han notificado la aparición de los temidos asesinos del Valle. Aunque les envuelve un halo de misterio y misticismo, y muchos de los informes eran desconcertantes, las fuentes se encontraban bajo estado de shock o habían enloquecido. Estas sombras de la noche son muy reales, con diferencia son los mejores asesinos que han pisado estas tierras. No solo son capaces de actuar como asesinos selectivos tras las líneas enemigas, sino que se lanzan sin miedo alguno al corazón de la batalla, sin armadura alguna, confiando en su agilidad. Son capaces de llegar hasta sus victimas y despedazarlas con sus cuchillos sin que estas se den cuenta.

Aun así gracias a los esfuerzos y las vidas de nuestros agentes hemos sido capaces de capturar a alguno de estos fanáticos asesinos y se ha procedido al interrogatorio. Con los primeros análisis hemos descubierto lo siguiente:

siempre actúan en grupos pequeños; se recomienda extremar las precauciones y nunca seguirlos, pues disponen de armas y utensilios desconocidos, creados por los artesanos del Valle.”

Thorjil no puedo reprimir un estremecimiento. ¿En qué extraña época vivía? Ya no se respetaba siquiera los sagrados métodos de las batallas; ahora se recurría a métodos sanguinarios, crueles y completamente salvajes. ¿Qué cultura era aquella de la que tanto alardeaba el Valle, utilizando tales artimañas? Si aquello era el mundo civilizado, no quería ni pensar qué ocurriría en lugares menos avanzados.

No obstante, tenía que avisar a Eärondur sobre la carta. Era muy posible que, en lugares tan próximos a sus dominios, esos asesinos fueran más numerosos. Así pues se levantó, bostezando, y salió al campamento. Había considerable ajetreo en el lugar, aunque dentro de poco casi todos los hombres se irían a dormir.

La batalla no iba mal. Habían luchado ya una vez contra la compañía enemiga, y la victoria había sido bastante considerable. No obstante los supervivientes eran muy numerosos, y planeaban un nuevo ataque al día siguiente, en el que pensaban exterminar a los enemigos que quedaran.

Entró en la tienda de Eärondur. El Medio Elfo estaba sentado frente a una mesa, junto a Hecil, comentando estrategias y hablando animadamente.

—Íbamos a llamarte—dijo Eärondur a modo de saludo. El elfo tenía los ojos apagados, como si estuviera triste, o presintiera alguna desgracia—. ¿Alguna novedad?

—El lugar está tranquilo—respondió Thorjil—. No obstante, acabo de leer esta carta, que quizá te parezca interesante.

Eärondur tomó la gastada carta y la leyó con rapidez. Después de leerla, suspiró.

—Hecil, avisa a los hombres. Queda terminantemente prohibido seguir a soldados enemigos si no es por orden expresa mía, ya sean diez o diez mil. Quien lo haga se enfrentará a un consejo militar y, muy probablemente, a una larga estancia en el calabozo.

—Si no es que muere antes—dijo Hecil cuando leyó la carta. Asintió y salió de la tienda. Pronto oyeron al hombre gritando las órdenes de Eärondur, y ambos compañeros quedaron algo más tranquilos.

Therna bostezó. Aquella larga noche parecía que no tenía fin. Era un hombre ya veterano en las artes de la guerra, sabio y algo entrado en años; pretendía jubilarse al año próximo. No era especialmente lanzado o imprudente, ni hacía nada de lo que pudiera arrepentirse. Tenía el cabello ocre y largo, con algunas canas pálidas; en su juventud había sido bello, aunque las heridas de la guerra y las arrugas habían hecho mella en el rostro del soldado. Era bastante alto, y su mirada siempre era seria y calculadora.

Nadie había visto, por suerte para él, que se había quedado dormido. Intentando despejarse, se levantó con un suspiro y caminó un poco, canturreando. Llevaba ya media hora dando vueltas por el lugar que tenía asignado, cuando un grito le sobresaltó. Desenvainó la espada y fue corriendo en dirección por donde había venido el grito. Lo que vio le dejó sin habla.

Dos sombras oscuras saltaban de aquí por allá, matando a diestro y siniestro, y quemando varias tiendas. Corrió lo más rápido que le permitieron sus piernas y tocó la campana de alerta. No hacía mucha falta, pero despertó a los dormilones.

Después de causar numerosos estragos, los dos asesinos se retiraron hacia el bosque, perseguidos por una incesante cortina de flechas. Los soldados del Concilio, dirigidos por un comandante de ardiente mirada, corrieron hacia los dos desconocidos.

— ¡Vamos, compañeros! ¡Acabemos con esos dos rastreros!

— ¡Lo prohíbo!—dijo Eärondur, con los ojos brillando de furia, espada en mano, a lo lejos. No obstante el comandante pareció no haberlo oído y siguió animando a los hombres. Una gran multitud, unos ciento cincuenta soldados, siguieron al oficial.

El pobre Therna, aterrado, puesto que uno de los asesinos le había perseguido un trecho, se había internado en el bosque. Tenía los ojos llorosos del terror y los nervios iban a acabar con él.

Al poco logró tranquilizarse, respirando hondo. Recordó a su bella mujer de mirada sonriente, a su pequeña niñita, a la que tanto quería, y un renovado vigor rejuveneció su sangre cansada.

Anduvo un rato sin rumbo fijo, intentando orientarse por las fugaces y juguetonas estrellas, que se escondían de continuo entre las hojas y las ramas, divirtiéndose cruelmente de la desesperación que el pobre soldado sentía.

Mientras seguía avanzando sin rumbo fijo por la espesura del bosque, algo le sobresaltó y heló su corazón. No muy lejos de su posición se escuchaban unos terribles aullidos y gritos desgarradores que le pusieron los pelos de punta. Titubeó; quería salir corriendo de aquel bosque, pero sabía que si hacía algún ruido, lo que fuera que rondaba le daría caza de inmediato y ya nunca más podría volver a ver a su familia. Bajo el hueco de un árbol cercano Therna se acurrucó y se escondió, esperando despertar de aquella horrible pesadilla. Nunca supo con certeza el tiempo que paso escondido allí, hasta que escucho las voces sus camaradas.

— ¡Rápido, se han ido por esta dirección!—gritaba una de las voces.

-No, hacia el este; he visto cómo desaparecía por allí—gritaba otro de los hombres.

Therna reunió el valor suficiente para dejar su escondite y unirse a ellos buscando la seguridad del grupo, sin saber que aquello le conduciría a ver una de las más terribles visiones de toda su vida. Los hombres se movían veloces, corriendo de un sitio a otro, intentando cazar a los escurridizos espías; tan solo el reguero de muertos los guiaba hacia lo que sería su perdición.

— ¡Allí, en aquel claro!—gritó un hombre, mientras señalaba hacia el norte.

— ¡El bosque se acaba, pronto serán nuestros!—gritó otro hombre.

— ¡Allí!—bajo un árbol, confundido con el entorno, se alzaba una figura de oscuridad pura, armado con dos dagas, y los ojos ardientes bajo el negro cabello, con una sonrisa cruzándole el rostro.

Therna llegó de los últimos al claro del bosque; la prudencia le había hecho quedarse al final, y aquello le salvó la vida de morir bajo los hilos de metal. Cuando aquella trampa mortal fue activada, fueron innumerables los miembros que fueron amputados. La escena no pudo ser más terrible, mientras los hombres desmembrados se arrastraban por el suelo, los gritos de agonía y dolor se alzaban como una dulce melodía para los asesinos del valle.

Mientras Therna, paralizado por el miedo, contemplaba atónito aquella situación: vísceras, miembros amputados, ríos de sangre, el hedor de la muerte se podía sentir con tanta fuerza que no pudo resistirlo más y vomito. Tras recuperarse, Therna dio media vuelta y salió de allí corriendo sin importarle lo que le pasaran al resto de sus compañeros; poco podría hacer él, se decía a sí mismo para tranquilizarse. En su precipitada huida, tropezó varias veces, pero el miedo era más fuerte que el dolor y no cesó en su huida.

Hasta que una enorme explosión resonó por todo el bosque, y el cielo se iluminó por unos instantes, tan solo en ese momento Therna supo que todo había acabado; respiró tranquilo, aliviado y a la vez dolido por la pérdida de tantas vidas. La pesadilla había llegado a su trágico final.

Therna se derrumbó en el suelo, agotado, sin fuerza alguna de continuar. Todo le daba vueltas, y se sentía muy extraño; paralizado, con aquella única y terrible visión en los ojos, sin poder pensar claramente, sin saber siquiera si estaba respirando, anonadado y completamente fuera de razón.

Y así le encontraron los exploradores de la compañía, tumbado en medio del bosque, sin habla, con la boca abierta en una aterradora mueca de terror, la vista perdida, los miembros rígidos y tensos.

Fue llevado como único superviviente ante la presencia de los tres miembros del Concilio; Eärondur, Thorjil y Hecil, que hablaban animadamente entre ellos, acaloradamente a veces, entristecidos en otra ocasión.

Gracias a las facultades de Eärondur, Therna pudo finalmente despertar. Aún paralizado, comenzó a hablar entrecortadamente:

—Asesinos… el bosque… huida… fantasmas… soldados… trampa… muerte… fantasmas… sangre… mucha sangre… dolor… fantasmas… destrucción… maldad… crueldad… todos muertos… muertos… todos… ¡Fantasmas!

Y de nuevo cayó en un profundo sopor. Eärondur meditó largo rato en su tienda, acompañado únicamente por los ocasionales delirios del pobre soldado. Eärondur le conocía bien; un hombre prudente y sabio, aunque muy fuerte cuando debía. Sabía que curaría de aquella terrible experiencia, que volvería con su familia, y que podría descansar finalmente en paz. No parecía que fuera a ocurrir lo mismo con la aún orgullosa bandera del Concilio.

Eärondur llamó a sus dos compañeros.

—Bien, hemos perdido casi trescientos hombres con esa maldita celada—dijo, una vez que Hecil y Thorjil hubieron llegado—. Hecil, lleva a este hombre a que le curen; diles que le traten como un héroe, y que le cuiden como mejor puedan. Thorjil… ordena a los hombres que preparen las cosas. Nos retiramos.

—Señor, aún podemos…—intentó protestar Thorjil.

—Me temo que no, amigo—dijo el Medio Elfo—. No me arriesgaré a una nueva matanza. Son muchos los espíritus de este bosque, y no presentaré batalla a Valle mientras uno solo de ellos les siga apoyando. Esos dos asesinos eran sólo dos títeres controlados por algo más poderoso y maligno… No nos arriesguemos. La batalla está perdida.

Gaur

Resumen de la batalla.

Concilio ha perdido 30 armadas x35= 1050 puntos.

Recuperables: 350 puntos.

Valoraciones: 10+9+9+8+8= 8,80

Recupera: 308 puntos.

Pierde: 742 puntos.

Valle ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.

Recuperables: 467 puntos.

Valoraciones: 9+9+9+8+8= 8,60

Recupera: 401 puntos.

Pierde: 299 puntos.

Valle gana 300 monedas por batalla ganada.

Concilio entrega 100 monedas a Valle por abandono de la batalla.

Compañias actualizadas y listas.