La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Alianza. Morînd, Negro Corazón

Terminada
Escrito el 25-07-2005 13:02 #1

Quizás cuando sean leídas estas palabras, ya no esté aquí. Quizás mi cuerpo esté descansando en las profundidades del Mar, y mi alma vague junto a las criaturas de Ulmo. Quizás sea así si Mandos decidió no aceptarme en sus Moradas.

Huí de mi hogar siendo muy joven, según los años de los Eldar. Buscaba mi lugar, o simplemente buscaba el por qué de mi existencia. Así crecí en la soledad, sin más compañía que la de este ciervo, portador de mis últimas palabras; hasta que llegué a una pequeña ciudad humana, en la cual me refugié. Viví épocas de felicidad. Amé y creí ser amada. Pero, debido tal vez a mí pronta huída, sin haber adquirido toda la sabiduría de mis mayores, sentí una profunda decepción al darme cuenta del gran egoísmo, amor propio, que desprendían los corazones de los hombres.

Les di mi escaso saber, les enseñé las artes élficas, e incluso luché con ellos, guiándolos en batallas y saqueos, que ahora he descubierto que fueron injustos. No podía distinguir el bien del mal, aunque el mal se destinara para conseguir un bien (o un mal disfrazado).

Y pasé de verter la sangre negra de los emisarios de la oscuridad a verter sangre de mis hermanos los Segundos Nacidos. Además, debido a mi condición inmortal, perdía a muchos seres queridos.

Pero ocurrió algo que me hizo abrir los ojos al mundo. Durante una de mis múltiples batallas en las que nos vimos sumidos, atacados por un pueblo enemigo, nuestra suerte inicial comenzó a torcerse. Éramos muy pocos en número, y el ejército que nos atacaba era más fuerte. Las gentes de nuestro pueblo comenzaron a huir, hasta que sólo quedaban una treintena de hombres a mi mando y al de aquel capitán, Narphanthor, que en ese tiempo era mi amante. Luchamos con ira y desesperación, mas finalmente caímos presos.

Encadenados nos dirigieron por un camino pedregoso, y pude distinguir cómo miradas de odio de nuestros propios soldados se clavaban sobre nosotros dos.

- Es una locura. – Recordé haberle dicho al recibir la noticia del ataque.-Es demasiado arriesgado, deberíamos proteger la ciudad hasta que lleguen los refuerzos.

- Lo sé, pero debes confiar en mí, creo en la victoria, luchemos a campo abierto, sé que esta vez no caeremos, confiad en mí.- me contestó. Y creímos en él. Creímos en él y ahora estábamos prisioneros.

Levanté la cabeza, y mis ojos se toparon con una pequeña ciudad fortificada. Entramos en ella, y un gran hombre de aspecto musculado, envuelto en una capa de piel, se acercó a nosotros. Levantó su gran espada, alzando mi rostro con ella.

- Vaya preciosidad me traéis aquí…habéis hecho un buen trabajo, Narphanthor. – Estas palabras nos helaron la sangre.- ¿Tenéis ya los tesoros? ¿El pueblo ha sido saqueado?

Me abalancé sobre ese hombre al que llegué a amar. “¡Traidor!”, le grité mas las cadenas que me ataban me impidieron siquiera rozarle. El señor de la ciudad se giró, y me dio una bofetada, tirándome al suelo.

- Me quedaré con esta loba, llevadla dentro. Al resto, matadlos. - Nos desataron a Narphanthor y a mí, y nos condujeron al interior del palacio. Volví la vista atrás, mis compañeros estaban siendo degollados.

Una vez dentro, cuatro soldados me escoltaron hasta una pequeña habitación sin ventana. Me desataron las cadenas de las manos, y aproveché esta ocasión para intentar escapar, pero rápidamente me sujetaron. Forcejeé, mas uno de los soldados me golpeó fuertemente en la cabeza. Recuerdo que desperté en el suelo, y que me levanté corriendo hacia la puerta. Estaba cerrada. La golpeé con rabia, y me volví buscando mis armas. Me las habían quitado. Pero de repente, recordé que solía llevar dagas atadas a las piernas, bajo mis faldas. Me toqué, y sentí alivio al ver que ahí estaban, dos hermosas y afiladas dagas.

Esperé durante un largo tiempo, hasta que oí el sonido de unos pasos, seguido del de unas llaves abriendo la puerta. Era el amo de la ciudad, creo que respondía al nombre de Morchant. Se acercó hasta mí, tumbándome en la cama, y esperé fríamente a que estuviera lo suficientemente distraído. Cuando fue así, saqué cuidadosamente una de las dagas, que ahora las había escondido bajo los almohadones, y se la clavé en la espalda. Dio un grito de dolor, y, antes de que pudiera pedir ayuda, hundí el acero en su garganta. Rápidamente, me despojé de mis ropas de guerra y me puse un hermoso vestido negro que había sobre la mesa, cogí el juego de llaves de Morchant y escondí su cadáver bajo la cama. Me paseé por los oscuros pasillos del palacio como una cortesana más, hasta que me crucé a un criado.

- Perdone, buen señor, me han ordenado pasar la noche con un hombre que responde al nombre de Narphanthor, un invitado, ¡mas no encuentro su habitación! – coqueteé algo con él, que no tardó en indicarme, e incluso en acompañarme, hasta su habitación.

Le di las gracias, y esperé a que se fuera. No necesité usar el juego de llaves, pues la puerta estaba abierta. En el interior, Narphanthor dormía plácidamente sobre un mullido lecho. Me acerqué con una vela, y la coloqué en una mesilla cercana. Estuve un tiempo observándole, no podía entender cómo nos había hecho esto. Lo amaba, pero no sólo había traicionado a su gente, me había traicionado a mí. Y tenía que pagar por ello. Acerqué mis labios a los suyos y le besé. Él se despertó. Seguramente creyó que estaba soñando, pues me volvió a besar, y me acarició. Aún tenía su mano sobre mi rostro, cuando su mirada reflejó de repente miedo. Se incorporó rápidamente, pero yo ya había clavado la daga que él mismo fabricó, y que luego me regaló, sobre su pecho. No dejó de mirarme, hasta que su aliento se quebró, y sus párpados se cerraron.

Fue entonces cuando lloré. Recuperé la daga de su pecho, y con ella le saqué el corazón. Arranqué parte de sus ropas y lo envolví. Conseguí huir de aquella ciudad, y me refugié en las lindes de un bosque que moría en un acantilado. Y decidí dejar escrita mi historia. Aún tengo lágrimas en los ojos. Con el corazón de Narphanthor en mis manos me arrojaré al Mar en cuanto acabe estas líneas, pues su sal cicatrizará nuestras heridas. Porque ya he sufrido bastante. No pude confiar en nadie, todos traicionaron a mi buena voluntad. Hasta yo misma lo hice.

[Editado por Laitaine_Numeniel el 25-07-2005 13:10]

Escrito el 30-07-2005 08:35 #2

Los valar otorgan 270 monedas a esta historia.

Historia finalizada.