Fin Guerra: Valle del Ingenio se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 34
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 32

C4 Concilio Vs C1 Valle
TerminadaPuerto de Ostaire. 1:30 pm
Earin se derrumbó en uno de los bancos tallados del Puerto. El olor a sal y la brisa del mar soplando en su rostro bello aunque algo preocupado.
Señora Earin:
Este mensaje es para deciros que Concilio de Nan Tasarion se dispone a atacaros en Ostaire. He confiado este pergamino a mi halcón mas rápido, y de verdad le pido a Iluvatar que llegue a destino pronto. Preparaos, pues son bastantes los guerreros de Concilio. Llegarán en unos días.
Roned, mensajero del Valle.
-“¡En unos días!”-pensó Earin.-Deben de llegar esta tarde.-“Es una lastima que Roned apenas sepa escribir y que sea tan lacónico, de verdad sería un muy buen mensajero”
Una golondrina voló bajo, y su canto se confundió con el bramido del mar chocando contra el muro de piedra. Ahora lo sabía. Aquel canto le indicó que debía darse prisa si quería que Ostaire siguiera en pie. Se levantó del banco, sintiendo con indiferencia las pequeñas ráfagas de viento en el rostro.
-Vaya, parece que va a llover.-comentó Atanvarde a una de las empleadas. La posada de Hyelleraloke se encontraba semivacía en ese momento, y la silueta de la mujer elfa se recortaba contra la ventana. Los cabellos castaños le ondearon, movidos por una repentina corriente de aire. Se volvió. Allí, en la entrada abierta de par en par, estaba Earin, que parecía muy agitada. Sin decir una palabra, Aratarya se aproximó a Atanvarde y le puso en las manos un pequeño pedazo de pergamino, y ésta última lo leyó dos o tres veces antes de estar completamente segura de que lo leído era verdad. Levantó la mirada.
-¡Cierren la Posada!¡Ahora! Vayan a casa y escóndanse lo mejor que puedan, díganle a la gente que debe ir al Refugio.-ordenó a las empleadas, que se habían quedado mudas. Salieron corriendo por la puerta. Las dos elfas subieron a la segunda planta. La encargada de Hyelleralóke se vistió con su ropa de guerra, las dos salieron de la posada en diferentes direcciones. Atanvarde, vestida con su armadura ligera y su cota de malla, portando su espada al cinto y su arco al hombro, montada sobre su caballo, partió al norte de la ciudad, donde se habían acantonado las fuerzas de Surenande. Earin, por otro lado, fue a alertar a los ciudadanos, para que fueran al Refugio más cercano y que no intentaran salir bajo ninguna circunstancia. En dos horas casi toda la población de Ostaire estaba bajo tierra, albergada en grutas construidas con el propósito de guardar alimentos y agua para los tiempos de escasez, pero el vulgo los llamaba “Refugios”. Atanvarde apareció unas horas después, seguida por decenas de elfos, enfundados en brillantes armaduras. La luz crepuscular del sol jugueteaba con las sombras, rebotando en el metal bruñido que vestían los soldados, cuyos hermosos rostros permanecían impasibles. Atravesaron la ciudad y fueron al sur. La mitad de ellos se desvió al puerto principal y se alinearon allí. Eran las legiones comandadas por Aratarya.
-¡Bien, hermanos míos, sólo os pido valor y puntería¡.-arengó Earin.-¡Hay que hundir los barcos del Concilio cueste lo que cueste! ¡De verdad, hermanos, sangremos por Ostaire!, ¡moriremos por Ostaire si es necesario, y por el Valle del Ingenio!
Los elfos permanecieron en silencio, reflexionando. El silencio pareció extenderse por toda la ciudad portuaria, sólo roto por el sonido del mar. Poco a poco, la luz decayó, y con ella unas pequeñas gotas de lluvia sobre los rostros de los guerreros que portaban arcos largos y carcajs repletos de flechas. Desarmaron filas y se escondieron en sus lugares. Pronto la tormenta arreció, y los rayos dibujaron su forma ahorquillada en el cielo.
-“Que el mar se los trague a todos”.-pensaba aterrada Earin, observando la turbia superficie del agua.
El fogonazo azul de un rayo y el retumbar de un trueno anunciaron la aparición de un barco en el horizonte…seguido de muchos de ellos. La oscuridad que siguió fue casi completa…minutos eternos pasaron antes que sintieran el golpear sordo del ancla en los bajíos…una tabla tendida hacia los muros.
-¡Largaos, tasarianos!-exclamó una voz de mujer muy dulce y bien timbrada. Los tasarianos no le hicieron caso. Bajó uno de sus capitanes. No había señales de ser viviente por allí. Otro rayo iluminó el paisaje, y los tasarianos vieron la figura vestida con una cota de malla , un casco y el resto de una armadura muy ligera, los largos cabellos al viento, el rostro terrible. Un arco les apuntaba. La visión se esfumó.
-¡Lárguense! ¡Se los advierto! ¡Si se atreven a poner un pie en este puerto los mataré a todos uno por uno!
Los tasarianos soltaron una carcajada. ¿Acaso una sola elfa debilucha iba poder amedrentarles? Si sus gritos apenas se oían por entre la tormenta.
-¡Nos nos iremos! ¡Destruiremos esta ciudad hasta sus cimientos!-gritó el heraldo de los tasarianos, que iba en el primer barco. Un arco cantó, y el heraldo cayó con una flecha clavada en la mitad de la frente. La batalla había empezado, los tasarianos desembarcaban con una celeridad endiablada. A una señal de Earin, los elfos que se habían resguardado, salieron de sus escondites, portando antorchas encendidas a pesar de la furiosa caída de agua…a continuación, cuando ya la mayoría de los tasarianos se le echaban encima a su querida comandante, untaron las flechas en aceite…y les prendieron fuego.
Una inspiración…una exhalación…reconcentrando el pánico y el odio en el objetivo…deslizando la flecha en el arco…otra inhalación…tensar la cuerda…retener el aire en los pulmones, sin sentir los dedos entumecidos por el frío y el calor intenso de la llama en la punta de la flecha, sin oír el constante tintineo de la lluvia en el yelmo y sin hacerle caso a la poca movilidad que le brindaba la armadura mojada…verse a si mismo reflejado en el blanco…exhalar y disparar…
Muralla Sur, Ostaire. 6:46 pm
-¡Arqueros, cargad!-gritó Atanvarde. Los elfos instantáneamente pusieron flechas en los arcos. Se encontraban en lo alto de la muralla que defendía Ostaire por el flanco Sur. La oscuridad era casi completa, pero los aguzados sentidos de los arqueros élficos lograron captar las legiones del Concilio que los atacaban por la retaguardia. El suelo retumbaba, y los redobles de tambores producían un escalofrío siniestro. La lluvia torrencial agravaba las cosas para los dos bandos. Los tasarianos luchaban por salir del barrizal en que se había convertido el fértil suelo de Ostaire, y los Ingenios rogaban a los dioses que pudieran vivir para contarla.
El bramido de las bestias del Concilio resonó entre las gotas de lluvia. Habían traído Olifantes y Ents.
-¡Astid!¡Calienten las calderas!-le gritó Atanvarde a uno de los soldados. El muchacho, nervioso, salió corriendo, bajó las escaleras de la muralla y se metió dentro de los muros. Hizo una seña al hombre que estaba más cerca, y de inmediato empezaron a poner madera bajo unas enormes calderas de hierro con aceite en su interior, bajo un complejo mecanismo que, al estar la grasa hirviendo, la derrama en canaletas de piedra cuyo desagüe da al frente de la muralla, “friendo” al que le cayese. En la Muralla Sur las cosas se iban a calentar mucho. Los tasarianos se acercaban. Al fin pararon frente a la muralla, y profirieron gritos de batalla estremecedores, acompañados por el rugido de los Pastores de los Árboles y de los Mumakil.
-¡Entreguen la muralla y vivirán!-gritaban los heraldos.
-¡Ni muertos la entregamos!-respondían los soldados del Valle.
Puerto de Ostaire, 7:00 pm
Disparar…
Esta acción fue repetida cientos de veces al mismo tiempo… por los elfos del Valle…que pretendían incendiar los barcos vacíos del Concilio…y lo estaban logrando. Las embarcaciones ardían en llamas, con las velas hechas jirones. Los soldados tasarianos, horrorizados, miraron atrás para comprobar lo que mas temían, y quedaron paralizados de miedo.Pronto empezaron a caer a merced de las espadas y las flechas de Surenande, (parte de los soldados se habían reunido en las primeras plantas de los edificios listos para atacar cuando se presentara la oportunidad, y desde luego, la distracción producida por los barcos lo era.) y a pesar del ruido, parecía que esa batalla se producía en el más profundo de los silencios. Los gritos de dolor, las exclamaciones de rabia y de angustia…todo parecía ser tragado por el aullar del viento y el retumbar de los truenos. Pero reaccionaron, y de repente el volumen subió. Los guerreros del Ingenio se defendían con un valor casi suicida, sin ver ni siquiera a quien mataban, porque las únicas fuentes de luz eran los barcos tasarianos en llamas y los ocasionales fuegos azules del cielo, que iluminaban terribles escenas de degollamientos, decapitaciones, cuerpos atravesados, uno que otro que se sostenía el abdomen para evitar que sus entrañas quedaran expuestas, y mientras tanto, los tasarianos, que se suponía estaban atacando, se veían disminuidos en numero.
Muralla Sur de Ostaire, 9:22 pm
-“Esta noche teñiremos la luna de rojo
Con la sangre de nuestros enemigos
¡Fuego, Aire!¡Espada y Arco!
La torre brilla en la lejanía
El corazón de Fuego
En el Valle del Ingenio”-
Atanvarde Celeblasse murmuraba la canción que había escuchado hacía tanto tiempo y de la que sólo aprendió unos versos ¿O se la estaba inventando? Un brusco espasmo de ira le cruzó por el rostro, pero fue rápidamente dominado para dar paso a una sonrisa.
Se le hacía conocida aquella agradable sensación de pánico. La eternidad en un segundo, antes de que decidiese comenzar a atacar. Lentamente, alzó su mano enguantada en metal, y casi al compás con un rayo, dio la orden de soltar las cuerdas de los arcos. Muchos tasarianos lograron resistir a ese primer embate, los más distraídos cayeron a merced de las saetas. Pronto empezaron a lanzar grandes piedras catapultadas, y la piedra de la muralla resistía, pero se resquebrajaba poco a poco. Los ents también hacían lo suyo golpeando el muro, los Mumakil arrastraban un enorme ariete, y los elfos arqueros caían de lo alto muertos por los dardos y las flechas, otros cortaban las cuerdas de las escaleras y las lanzaban al vacío con todos sus pasajeros. Atanvarde derribó al jinete de uno de los olifantes, y el monstruoso animal enloqueció, alzándose sobre sus patas traseras. Se desplomó, aplastando soldados, lo que no impidió que el ariete siguiera golpeando las puertas de hierro. Vaciaron las calderas, quemando a los tasarianos más próximos a los muros dentro de sus armaduras.
Puerto de Ostaire, 1:50 am
Earin perdía el miedo, impulsada por una emoción superior a su razón; La euforia. Con un bélico brillo en los ojos arremetía, y se podría decir que estaba complacida, bañada en sangre tasariana. Las olas enfurecidas los estaban barriendo. El que no se sostenía fuerte de algo, era llevado por la corriente. Así muchos cadáveres fueron arrastrados al mar, y la lucha interrumpida constantemente. En varias ocasiones los rayos habían alcanzado a los guerreros, que suponían un blanco muy fácil. El olor a sal, sangre, humedad y carne quemada era casi insoportable. Los Tasarianos disminuían lentamente, al igual que los Ingenios, aunque los últimos prevalecían en número. Después de tensas horas en las que la piedra en que estaba tapizado el puerto se tiñó de rojo, los guerreros casi se exterminaron lo unos a los otros. Muy pocos quedaron de cada bando. Reunidos por los capitanes o los de más alto rango que aún vivían, emprendieron una loca carrera hacia la muralla sur.
Muralla Sur, 4:00 am
Ya los dos olifantes habían muerto. Los ents corrían despavoridos tratando de apagar las llamas que se apoderaban de sus cuerpos, revolcándose en el barro sanguinolento. Los continentales, al no disponer de más piedras para catapultar al muro, tomaron los cadáveres de los arqueros del Valle, prendiéndoles fuego, y lanzándolos hacia el bastión de piedra resquebrajada como medio para inducir pánico. La puerta al fin había sido derrumbada, y una multitud se apiñaba adentro y afuera. Ya los unos arremetían con las espadas en alto, los otros se defendían con las largas lanzas y los escudos ricamente adornados. Por lo menos debajo de la arcada del grueso muro estaban libres de la lluvia. La batalla había sido tan cruel que no quedaban más de cincuenta soldados de uno y otro bando, y peleaban cansados, pero con el mismo ardor febril en el rostro. Las armaduras se les habían contraído por el frío y no se movían muy rápidamente, pero cualquier persona que no tuviera el ojo entrenado en seguir una pelea, sólo habría visto manchones plateados en lugar de espadas. Al borde del desmayo, Atanvarde seguía reagrupando a sus hombres una y otra vez.
Oyó el tañido de un cuerno en la lejanía. El sonido le llenó el alma. Era el cuerno de Astirel, uno de sus mejores amigos, aunque sonaba diferente, como soplado por otra persona. Decidió confiar en sus instintos y esperar. Volvió la cabeza y observó con alegría el estandarte del Valle brillando a la pálida luz de una hoguera causada por el cuerpo de un arquero incinerado. Era Earin quien soplaba en cuerno, ahora la distinguía, corriendo a toda velocidad seguida por una pequeña horda de guerreros, unos del Valle y otros del Concilio. El sol empezó a filtrarse por entre las nubes. De un momento a otro el cielo se despejó, brillando en toda su inmensidad, opalino, danzando entre la niebla que cubría el cementerio que antes era un campo verde adornado por una imponente muralla de piedra. La ágil Earin y sus fieles soldados ya casi llegaban para ayudar. Los corredores se unieron a los combatientes y se encarnizó la lucha aún más, sin embargo, Valle predominaba por unos cuantos soldados y por el hecho de que estaban realmente dispuestos a morir para impedir que entraran los Tasarianos.
-¡Señora Earin, no vale la pena seguir luchando!-gritó uno de los soldados.
-¡Claro que si!¡No podemos rendirnos!
Los soldados de ambos bandos, uno por uno, empezaron a caer al suelo rendidos de cansancio, negándose a luchar. Los comandantes los instaban a ponerse en pie, aunque ellos mismos no estaban convencidos de seguir peleando. También ellos se desplomaron.
-Vámonos, Earin.-suplicó Atanvarde con la voz algo quebrada de tanto gritar.-Retirémonos.
Earin la miró como si estuviera loca, pero pareció pensárselo. Al fin asintió con la cabeza, y en un último uso de sus fuerzas, Atanvarde se puso en pie y levantó el estandarte del Valle, diciendo con acento orgulloso:
-Nosotros nos retiramos del combate. No seguiremos luchando. Vosotros haced lo que os plazca, pero os recomiendo que os vayáis a vuestra tierra. Que quede bien claro que nos retiramos, no huimos, porque somos caballeros y damas de honor y no pensamos prolongar esta batalla en la que tantas vidas se han perdido y probablemente no quede nadie para defender esta ciudad ni para asediarla.
Los soldados de Valle se levantaron lentamente y con orgullo entraron a su ciudad, cerrando las puertas de hierro tras ellos.
Son muchas las leyendas que narran triunfales victorias sobre ejércitos bárbaros o soldados de reinos infames que, incapaces de presentar batalla caen aplastados como moscas ante las fuerzas del vencedor. Pero la historia siempre contó la versión del vencedor y nunca jamás la del vencido, que exhausto y abatido abandonaba la batalla salvando el escaso orgullo y la vida que le quedaban. Esta es una de esas historias...una de tantas.
Anar surgió de entre las olas e iluminó con su luz dorada las velas y cascos de los barcos que se arremolinaban aquella madrugada del 4 de Anthelithe de 3261 junto al puerto de Tilondë.
Las tranquilas aguas del puerto acariciaban los armazones de los más de un millar de barcos. Las más de seiscientas galeras, trescientos galeones y doscientos buques de guerra (entre los cuales más de la mitad eran veleros, y el resto se componía de fragatas y acorazados) cubrían casi cada metro cuadrado de agua que se encontraba en un radio de cuatro millas de la costa.
Las almenaras ardieron y el clamor de un cuerno resonó en el puerto. La travesía daba comienzo.
[...]
Tras tres semanas de viaje consiguieron divisar en el horizonte las costas de Valle. Estaban llegando al golfo situado a un par de millas del asentamiento militar de Valle. Ostauriath, pues así se llamaba el fortín, habría de ser arrasado por las fuerzas de Telpe, como estaba acordado; de otra forma Concilio tendría una dificultad añadida en su viaje hacia Ostaire.
Una masa informe surcaba como una sombra las aguas cercanas a Valle, barcos de cascos y velas negras abandonaban las costas del golfo y se precipitaban mar arriba. Ian desató el Cuerno del Árbol Férreo del cinto y, alzándolo, éste brilló como el bronce ante la luz del mediodía. El cuerno resonó, y el sonido del quejido armonioso de un millar de árboles y de sus ramas contra el viento se alzó aún entre el quebrar de las olas. La respuesta en forma de clamor de cuerno llegó desde los barcos negros de Telpe, a la vez que una figura surcó los cielos desde uno de sus barcos y describió círculos sobre a la A´Tuin hasta posarse finalmente en el brazo extendido del hobbit.
Los ojos del cuervo eran de una total negrura siendo imposible conocer que observaba con exactitud, a pesar de ello, Ian sintió como la mirada del animal le contemplaba con curiosidad comenzándose a sentir extrañamente incómodo. Apresurándose en desatar la carta de las oscuras zarpas, Ian se zafó al fin de la compañía de aquella criatura y de su escrutadora mirada.
Al señor comandante de las tropas del Concilio de Nan-Tasarion.
Nuestro ejército regresa del asentamiento Ingenioso conocido como Ostauriath y las cosas no han sido como las preveíamos; el lugar estaba abandonado cuando llegamos. Parece ser que hace ya varios días que las tropas allí instaladas partieron.
Así pues, dirigimos la flota al noreste de la Isla con el fin de saquear el puerto de Azdakadar. Esperamos que el Concilio cumpla con su cometido y alcance la victoria en las costas del Valle.
Un cordial saludo,
Mornaew, Reina de la Orden de Telpe, comandante del ejército de los Cuervos.
Ian volvió enrollar la carta, anudándola con las enhebras negras fijadas al dorso, contemplando por un instante las cuatro plumas negras desperdigas abandonadas por el animal que aún en aquellos momentos seguía surcando los cielos.
-¿Qué nuevas traen? -preguntó una voz a espaldas del mediano.
-Todo va según lo planeado. Que nuestros hombres se preparen para tomar las costas de Valle -respondió el hobbit sin tan siquiera molestarse en mirar a los ojos de Morquarë; su mirada estaba clavada ahora en las costas de Valle.
Un coro de cuernos plateado resonó a lo largo y ancho de la flota, el ejército tasariano estaba preparado. Sin embargo, absorto en sus pensamientos, el hobbit permanecía ajeno a tal revuelo sin poder apartar la mirada del horizonte. “¿Qué demonios se proponían aquellos ingeniosos?”.
[...]
Tras que el millar de barcos desembarcaran a tres cuartas partes de las tropas, quedaron en ellos sólo los necesarios para el desembarque y para las maniobras, así como para el accionamiento del armamento de asedio (lanza piedras, catapultas y balarderos que serían usados llegado el momento). La mayoría de las provisiones que trasportaban iban en los acorazados, mientras que la caballería (compuesta adicionalmente por la escasa veintena de mûmaks) estaba embarcada en las galeras que servirían como nave de desembarco, dado su elevado número y su escaso valor militar. Embarcados en éstas, Galandul y Pell’kan coordinarían el desembarco en la orilla norte de Ostaire mientras que Morquarë los cubría desde el mar con el resto de la flota.
Silme cabalgaba ya a través del bosque. Junto a ella, los arqueros elfos montados en caballos salvajes trasportaban en su grupa a un guerrero enano (disgustado por lo humillante que era ser cargado como un vulgar fardo) y al lado de éstos la plaga hobbit avanzaba montada en osos, jabalíes, perros, lobos y demás bestias cuadrúpedas (tan solo Nöghiri, primo de la reina hobbit Shivalä, cabalgaba en una montura normal, un bello pony salvaje).
Otro camino distinto tomaron los ents, encargados de despertar a todo hermano suyo que hubiera en los bosques para llevarlos a la batalla junto con el batallón de la elfa.
El avance más lento iba a ser protagonizado por el grueso de la compañía. Eran escasos los huorin que iban montados a caballo (poco más de una treintena) y a parte de éstos y su rey Kelmeldur, los únicos provistos de monturas eran Manveru, montado en un corcel negro, y Thrym e Ian, ambos montados en ponis. El resto iba a pie junto a la mayor parte del regimiento enano y, mientras que éstos últimos blandían sendas hachas de uso a dos manos e iban revestidos de metal desde la cabeza a los pies, los huorin cargaban casi en su totalidad arcos y carcajs, pues se tenía previsto un asalto nocturno y escasos seres tenían una vista tan aguda en la oscuridad como ellos, salvo los elfos.
Y sobre sus cabezas una maraña de nubes se aglutinaba amenazando los cielos con tormenta.
[...]
Los nubarrones se habían convertido en una lúgubre bóveda oscureciendo aún más la noche, siendo el único aporte de luz el otorgado por los rayos.
Los barcos se acercaban a Ostaire ocultos en la negrura. Los cuernos resonaron sobre las aguas informando de posibles obstáculos en el camino, yendo el clamor a romperse nada más llegar a la orilla.
-¡Ahora! -exclamó el elfo; y un cuerno distinto de los de antes resonó en el estruendoso viento. Morquarë pudo ver entonces, como había visto con sus penetrantes ojos los pedruscos entre las olas, como en la lejanía las galeras comenzaban su desembarco y cientos de caballeros y hombres orientales montados en los olifantes comenzaban su avance por tierra. El elfo sonrió- ¡Disparad!
Desde las alturas, comenzó una lluvia de piedras. La tormenta parecía experimentar con una nueva variedad de granizo.
[...]
La caballería había desembarcado casi por completo y ya se aproximaban organizados en filas al reguero de casas que se alzaban fuera de los muros de la ciudad. De entre la oscuridad una voz los retó a través del rugir del viento.
-Ha llegado la hora -clamó Galandul- ¡Soldados de Nan-Tasarion, CARGAD!
Los caballeros se precipitaron bajo un lluvia de flechas, mientras que otra de piedras hacía retumbar Ostaire cual tambor.
[...]
Cientos de antorchas se movían con frenesí a escasos metros de distancia. El ruido de cascos y pisadas parecía inundar las casas que se situaban tras los muros. Cientos de soldados de Valle estaban escoltando a su pueblo hacia la protección de las murallas. Un cuerno sonó. Los soldados de Valle se giraron. Otro clamor. Y entonces cientos de flechas surcaron el cielo y abatieron a soldados, mujeres y niños.
Los soldados reaccionaron y posicionándose en los tejados comenzaron a disparar contra las siluetas que se recortaban en la oscuridad. Pero, allí donde los soldados trepaban para disparar, una lluvia de piedras abatía el lugar, convirtiendo los edificios en sepulturas. El resto de soldados que iban montados a caballo cargaron sobre el ejército del Concilio que lo esperaba resguardado en un muro de largas lanzas.
Los caballos relincharon de dolor y los jinetes cayeron bajo una nube de hachas, mientras que los soldados que habían reaccionado se enfrentaban a las flechas de los huorin. El ejército de Nan-Tasarion estaba en desventaja ofensiva al carecer de casi toda montura; en cambio el de Valle se encontraba en inferioridad numérica. La lucha parecía presentarse cruenta…
Pero entonces un cuerno bramó en el este y con él la tierra comenzó a temblar. La mirada de pavor de uno de los capitanes de Valle se topó con el rostro sonriente de Manveru, que le dio muerte mientras que por el este llegaban enanos, elfos, hobbits y ents.
[...]
La lluvia de flechas se precipitaba desde los muros de Ostaire intentando impedir el avance del Concilio.
Los ucornos se arremolinaban ahora en el río, reconstruyendo con sus cuerpos el puente de madera que había unido ambas orillas hacía tan sólo unos minutos, y era por ello que flechas encendidas se dirigían hacia ellos, provocando el sacrificio del resto de ents encargados de protegerlos.
Mientras que las torres vegetales se interponían entre los muros pobladas de hobbits armados con arcos y cerbatanas, el resto del ejército se apiñaba contra los muros (derruido en ciertos puntos) desplegando escalas.
Una lluvia de cuerpos se aglutinaba en las cercanías de las murallas. Cuerpos sin vida de uno y otro bando se amontonaban bajo una nube de creciente hedor. Los ents incendiados continuaban la lucha mientras que de sus ramas los hobbits se precipitaban al vacío, como lo hacían los soldados cuyas escalas eran arrojadas o los caídos sobre la muralla.
Ian, situado junto al puente vegetal, supervisaba la batalla a la vez que hacía uso de la lancera celestial para abatir a los arqueros que amenazaban el puente.
Un rayo surcó los cielos desde la lanza de Ian y un trueno bramó en las alturas.
Otro rayo. Otro bramido.
Los ojos de Ian se toparon con los de Atanvardê, erguida sobre la muralla. Una sonrisa cruzó su rostro. Su mano se alzó de nuevo, a la vez que un dedo comenzó a apretar el interruptor.
-¡MUERE! -clamó el hobbit mientras que de la lanza comenzaban a brotar las primeras chispas. Y un rayo.
Un rayo cabalgó por los cielos pero esta vez llegó desde arriba. Llamado por la nube eléctrica que producía la lanza, el rayo cayó sobre el mediano lanzándolo al río inconsciente. El cuerpo comenzaba a hundirse en el agua cuando unos brazos lo sujetaron en su descenso. Manveru, que había contemplado la caída del hobbit, lo remolcaba hacia la orilla, iluminada ahora por las llamas que cubrían el puente.
Desprovistos de la oscuridad que los rodeaba, aquellos cercanos al puente fueron abatidos por las flechas. Manveru ya estaba llegando a la orilla cuando cuatro flechas, una tras otra, lo abatieron sobre las aguas.
-¡Remolcadlos! -gritó un capitán junto a la orilla. Varios soldados protegiéndose con sus escudos de las flechas se acercaron y arrastraron a Manveru e Ian a un lugar seguro.
El ejército de Galandul, rechazado en el puerto, cabalgaba ahora sobre la puerta sur caída bajo la lluvia de piedras. Pocos eran los soldados que resistían en aquel lugar cuando llegó el elfo, y poco pudo hacer para que las puertas de Ostaire no se volvieran a cerrar. Acompañado entonces por los supervivientes, Galandul abandonó por fin las murallas antes de que los arqueros de Valle recuperaran sus posiciones y pudieran abatirlos.
Al otro lado de la costa los soldados se reagrupaban cargando a soldados de Valle y colocandolos sobre las catapultas y lanza piedras para arrojarlos incendiados sobre Ostaire. Las piedras se les habían acabado, pero los cadáveres de los enemigos se contaban por centenares.
[...]
Anar se alzó en el horizonte anunciando un nuevo día.
Bajo los nuevos rayos la imagen de una ciudad parcialmente derruida se alzaba coronada en ciertos puntos por las llamas. Los cadáveres seguían siendo lanzados y la masa de carne en llamas se precipitaba contra los edificios y muros dejando un reguero de sangre oscurecida al chocar con ellos.
Bajo esta imagen los barcos de Nurn comenzaron su ascenso por el río hasta la Ciudad del Dragón. Divertidos por la escena, el clamor de los cuernos negros se propagó por toda la flota.
-La guerra prosigue, pero es hora de que informemos de todo lo sucedido -comentó Silme mientras contemplaba el avance nurnita-. Galandul y yo regresaremos a Tilondë, y nos llevaremos con nosotros a Manveru e Ian. Te dejo al cargo hasta que llegue el próximo relevo.
Morquarë asintió y vio como el Dragón Blanco partía y desaparecía en el horizonte.
-Preparad los botes, con la llegada del crepúsculo recogeremos a todo tasariano caído y le daremos un glorioso entierro -le ordenó Morquarë al comandante situado a su lado-. Mientras tanto recoged toda la madera que podáis encontrar; hará falta para las piras... para la multitud de piras.
[...]
Los llantos de las mujeres al encontrarse con sus maridos muertos se repetían a lo largo de toda la orilla sur. Bajo la orden de Morquarë todos habían sido colocados en piras decoradas con las armas de sus enemigos, y uno tras otro Morquarë les fue colocando monedas en los ojos, pues todos ellos eran merecedores de ser llevados ante Mandos por La Barquera. Habían luchado por sus familias y por su pueblo y tenían el derecho del descanso ganado.
Con una orden las antorchas prendieron las piras y bajo el manto de estrellas miles de hogueras se encendieron crepitando.
Junto a la pira sobre la que descansaba Pell’kan la voz de elfo se alzó en la noche.
Sobre lechos de ramas
descansan el corazón de un bosque dormido
sueño entre hiedras
de un fruto de paz florecido.
Fue idea de paz quien con sus raíces
abrazó con fuerza la tierra
haciendo brotar al Concilio de ella.
Sauce quebrado y herido
ve hoy muertos aquellos que fueron hijos
cediendo ahora a Mandos
lo que un día les fue tan querido.
Se marchitaron sus ramas
pero en él quedaran otras
que batiremos contra lanzas, escudos y llamas.
Largo es nuestro crecido
para mellar toda tala
largo es sin duda
para que el Sauce jamás caiga.
Resumen de la batalla:
Concilio ha perdido 34 armadas x35= 1190 puntos.
Recuperables: 397 puntos.
Valoraciones: 9+8+9+8=8,50
Recupera: 337 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 270%, con lo que recuperan todos los puntos que habian perdido.
NO pierden puntos.
Valle ha perdido 32 armadas x35= 1120 puntos.
Recuperables: 747 puntos.
Valoraciones: 9+7+8+9= 8,25
Recupera: 616 puntos.
Pierde: 504 puntos.
VAlle ha ganado 300 monedas por batalla ganada.
Valle entrega 100 monedas a Concilio por abandono de la batalla.
Compañias actualizadas y listas!
Historia finalizada.