La Guerra de los Clanes

C5 Valle Vs C5 Telpe

Terminada
Escrito el 31-07-2005 11:47 #1

Fin Guerra: Orden de Telpe se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 24

Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 22

Escrito el 02-08-2005 20:06 #2

Aún recuerdo esos días –y esas noches- hará varias lunas llenas. Tiempos de incertidumbre, de complejas conspiraciones y alianzas; momentos clave en que la recién advenida Reina de nuestra insigne Orden de Plata –un acontecimiento no exento de habladurías e invenciones de todos los colores, como ya suele ser habitual entre las gentes de Harna Dîn- tuvo que hacer frente a las situaciones más dispares en las que yo también me vi implicado.

Escribo hoy estas líneas en las últimas páginas de este cuaderno amarillento, sin más pretensión que plasmar, a ser posible con total veracidad, la realidad de esos sucesos que marcarían inevitable e indudablemente el devenir de la Orden de Telpe.

Tras más de un año alojándome en la ciudad portuaria de Kemina Anka, trabajando como asesor de la Señora Täreisha –los Valar la protejan dondequiera que esté- en el desarrollo de las estrategias del Rimbe-a-Rakálie, y más tarde bajo las órdenes de Lúmenel, fui trasladado a la ciudad-fortaleza de Minas Gwaeren, donde la nueva Reina tenía su morada y comandaba las tropas del renombrado y victorioso ejército de los Cuervos.

Fui citado por Mornaew en uno de los salones de aquella negra torre en el mismo centro del recinto circular que delimitaban las murallas -Torre de Enkwanta, la llamaban- y allí me fueron encomendadas mis obligaciones.

—Tu reputación te precede. Es por tus cualidades que estás aquí —dijo ella—. Y no solamente serás más reconocido a lo largo y ancho de estas tierras, sino que si realizas bien tu trabajo tendrás privilegios que sólo la Reina puede otorgarte. Aunque deberás ganarte mi confianza, y no creas que se trata de una tarea fácil —añadió en tono punzante.

Así pasé de ser un simple consejero a convertirme en el principal estratega de la Orden, además de la principal personalidad en asuntos de espionaje. Y tantos fueron mis aportes beneficiosos para el trabajo de la Reina, que pude costearme una lujosa casa en la más ostentosa zona de Minas Gwaeren; junto con un par de sirvientes. Mi esposa y mis dos hijos se trasladaron desde la costa, y empecé a gozar de una vida plenamente satisfactoria.

*****

Como solía hacer cada domingo, aquel día, en que la terrible Arien parecía deslumbrar más que nunca guiando como siempre el Dorado Barco por las regiones inferiores de Ilmen, me dirigí a inspeccionar los barracones de los soldados al noroeste de la ciudad.

A aquellas horas los hombres acostumbraban a estar ejercitándose con sus armas, y yo podía permitirme hurgar entre sus pertenencias sin ser interrumpido.

Algunos guardaban cartas que habían recibido de sus mujeres o madres. Otros atesoraban reliquias familiares en las que tal vez habían volcado su fe y confianza; algunas monedas entre sus ropas, o restos de comida de la noche anterior. Las veces que hallaba algo sospechoso solía tratarse de cubiertos o copas que alguno había robado en alguna recepción de gala en la que se había infiltrado. Y en esas ocasiones acostumbraba a pasarlo por alto –o me lo apropiaba, para qué negarlo-. Pero ese día encontré un bulto envuelto en una tela roída y maloliente, atado con un cordel medio deshilachado. Retiré todo aquello y resultó tratarse de una especie de diario. —Alguien que escribe sus intimidades —me dije. Pero entonces hojeé unas cuantas páginas y me di cuenta de que aquello no era un simple diario. Supe enseguida lo que debía hacer pero la curiosidad no me faltaba –serían sólo unos minutos- así que empecé a pasar páginas.

“Hoy he logrado llamar la atención de la Reina Mornaew. Todos han oído hablar de sus preferencias; de los jóvenes soldados que de vez en cuando visitan las más altas salas de la Torre Hexagonal.

La he visto asomarse desde uno de los ventanales, siguiéndome con la mirada. No era preciso ser ningún elfo para percatarse; y mejor no serlo, de hecho, pues tengo entendido que no se encuentran entre sus predilecciones.

Tengo la esperanza que una de estas noches reciba algún mensaje. Sé que el soldado que duerme en la parte de abajo de la litera ha pasado una o dos noches en los aposentos de Mornaew, pero no hay forma de sonsacarle nada; parece que su recuerdo es difuso, o finge tenerlo borroso.

[…]

Sigo aguardando. Hoy he vuelto a deambular por las cercanías de la Torre con mis mejores galas. Las cosas eran distintas esta mañana, pues la Reina no estaba en la ventana como de costumbre. Al parecer ha recibido una visita importante, y eso me preocupa.

Al atardecer he podido ver como un encapuchado seguido por su escolta abandonaba el recinto enmurallado. Mi instinto me lleva a pensar que se está planeando algún tipo de pacto. Tal vez con los Señores de Nurn. La Orden tiene demasiadas batallas abiertas contra ellos, y se encuentran en cierta desventaja. Ahora que hemos roto nuestros lazos con esa gente de Nurn, me temo que se nos estén adelantando en buscar apoyo. Conozco bien su astucia y las dotes estratégicas que poseen.

[…]

Se comentaba que una compañía tercana avanzaba hacia Minas Gwaeren; pero uno de los vigilantes de los alrededores me acaba de comunicar que esas tropas se están retirando. Vuelven a casa sin ni siquiera haber alcanzado las puertas de la ciudad. Y ha llegado a mis oídos que tal vez se vayan a movilizar tropas hacia las tierras de los sauces. No he sido informado de los avances en los tratados con el Concilio, pero las posibilidades son claras: o Telpe pretende colaborar en su extinción o, por el contrario, pretende hacer frente a nuestros ejércitos allí instalados.

[…]

Llegan a mis oídos más rumores sobre retiradas. Dicen que se va a dar la orden de abandonar el sitio de Narmelost, y que las tropas nurnitas desplegadas por Harna Dîn se están replegando. Hoy mismo dispondré mi equipaje para partir en cuanto me sea posible; Valle debe tomar medidas para contrarrestar esta compleja situación.

Ha surgido un imprevisto, puesto que justo después de mis averiguaciones un mensajero me ha hecho llegar una nota de la Reina invitándome a visitarla en la Torre. No puedo negarme a tal petición sin levantar sospechas, de modo que tendré que posponer mis planes.

*****

Tengo recuerdos difusos, como imágenes fugaces que recorren mi mente. Recuerdo haber pasado la noche entre sábanas de seda; haber deslizado mis manos por la piel de esa fría y a la vez ardiente mujer. Recuerdo haber bebido un licor oscuro, con un toque de canela. No sabría describir las estancias en las que he estado ni palabras reveladoras que ella haya podido pronunciar mientras estaba a mi lado. Recuerdo que en mitad de la noche me desperté y la escuché gritar en sueños un nombre que no recuerdo, una y otra vez, hasta que ella también despertó.

No me ha permitido desayunar antes de irme. Y no sé si pretende usarme de nuevo para su distracción; pero sé que tengo que hallar la forma de huir de este lugar, y pronto. Ahora me iré a practicar con la espada y trataré de unirme a algún grupo que vaya a explorar los alrededores. Y si Mornaew vuelve a requerir mi presencia trataré de no perder la cabeza, aunque me temo que hubiera alguna sustancia en ese licor. Sería arriesgado negarme a tomar un trago si ella me lo ofrece...”

El Ingenioso había realizado un buen trabajo, pero no lo suficiente. Dejar descuidado aquel documento demostraba muy poca prudencia por su parte. Sin más demora yo me dirigí a la Torre.

—¿Has leído todo lo que aquí está escrito? —inquirió Mornaew tras leer detenidamente el cuaderno.

—No señora. No fue necesario, pues me di cuenta enseguida de la naturaleza del escrito —mentí.

—Bien… —dijo con semblante algo desconfiado—, ¡Guardias! —dos soldados acudieron a la llamada en unos pocos pestañeos—. Hay que efectuar una detención. Tu los acompañarás para indicarles de quien se trata —se dirigió a mí—. Y Traédmelo enseguida.

El hombre había regresado ya a los barracones y estaba hurgando entre sus ropas cuando aparecí con la comitiva.

—¿Has perdido algo? —dije en voz baja— Acompáñanos, y no armes escándalo.

—¿Es esto tuyo? —habló enérgicamente Mornaew, lanzando el cuaderno sobre una mesa— Lamento comunicarte que no vas a poder alertar a tus jefes sobre tus averiguaciones. ¡Dejadnos asolas! —ordenó— y cerrad la puerta al salir.

Desconozco qué sucedió allí dentro durante mi ausencia, pero cuando volví a entrar no se había derramado ni una gota de sangre; aunque el espía parecía no tener aspecto de haber pasado un buen rato.

—Tal vez posea información valiosa, así que encerradlo. Puedes interrogarlo si lo crees preciso —me sugirió; y así lo hice puesto que sabía que pronto el Rimbe-a-Quákolie partiría hacia las tierras de ese espía y cualquier dato podía ser de ayuda.

*****

Y cuando llegó la hora de poner rumbo a los destinos donde el ejército de Minas Gwaeren trataría de hallar de nuevo la victoria, la Reina Mornaew me sorprendió pidiéndome que yo les acompañara en el viaje. Mi cometido no podía ser otro que aconsejar frente a cualquier imprevisto que se interpusiera en nuestro camino. Pero no estaba dotado de grandes habilidades en el campo de batalla –¡un hombre no puede ser bueno en todo!- y prefería mantenerme al margen.

—No se pide más de ti que sigas cumpliendo las obligaciones por las que te requerí a mi lado. Y así seguirá hasta que yo diga lo contrario —me tranquilizó ella.

El viaje se hizo eterno para mí. Día tras día navegando por los Mares Interiores después de abandonar las Tierras de Aquende; bordeando la costa de las Tierras Oscuras, morada de Ingeniosos. A pesar de haber vivido mucho tiempo cerca del Londëalkar, en contadas ocasiones me había embarcado en un navío durante tanto tiempo; y tal vez fuera a causa del vaivén producido por toda la flota Telpeniana sobre el mar pero, descubrí las infortunadas sensaciones del mareo que uno puede padecer navegando en alta mar y anhelé huir como fuera para tocar tierra firme de nuevo.

Cuando por fin vi tierra bajo mis pies, menuda fue nuestra sorpresa al descubrir que el asentamiento donde esperábamos hallar un gran ejército al que aniquilar se levantaba abandonado ante nuestros ojos. Poco de valor pudimos usurpar de allí, y no permanecimos más de lo necesario. Yo transmití mi preocupación a la Reina, ya que aquello podía haber dañado nuestros planes estratégicos y los de nuestros aliados.

Gracias a la información que había obtenido del espía Ingenioso, pude sugerir a Mornaew que nos desplazáramos al puerto al este de aquella enorme isla donde posiblemente encontraríamos abundantes riquezas. Y, aunque muy a mi pesar tuve que volver a pasearme por la cubierta del barco, en verdad no estaba equivocado y pudimos saquear fácilmente el Azdakadar. Las pocas gentes que allí quedaban no opusieron demasiada resistencia a nuestras tropas y salimos con las bodegas cargadas, y hacia Túrelondë.

En el puerto Nurnita nos recibieron como aliviados y se nos comunicó con urgencia lo que yo ya me había temido. Aún sin disponer del espía al que habíamos cazado, los del Valle se habían adelantado y se dirigían hacia Narmelost. La capital de Nurn que antes Telpe hubiera asediado, ahora requería nuestra ayuda. Y no pudimos negarnos a ello, puesto que ese ejército Ingenioso era nuestra responsabilidad.

*****

La pequeña guarnición que trataba de proteger los muros de la Ciudad del Fuego no iba a ser suficiente; y la cruenta batalla librada entre Telpe y Nurn frente a esos mismos muros, no había dejado a la ciudad en su mejor estado. Algunas torrecillas ya se habían reconstruido, pero otras paredes de piedra permanecían derruidas y vulnerables.

Durante el viaje ayudé a Mornaew a distribuir los escuadrones. Aquel elfo llamado Nuruhuinë con el que yo poco había tratado pero en el que la Reina ya había confiado en las más renombradas batallas –un Elda afortunado, sin duda-, fue asignado a comandar a los arqueros de su misma raza; claro que, aunque no le agradaran, Mornaew sabía que le eran más útiles para desempeñar ciertas tareas. Y un enano pelirrojo de larga barba conducía con fiereza a los suyos –que brusquedad, pero mucha valentía- alzando una gran hacha, igual que la cicatriz que lucía en su curtido rostro. La Reina dirigía a los hombres y sus armas siguieron envainadas hasta que no fueron precisas.

Yo no permanecería en el campo de batalla –no era recomendable que el estratega muriera supongo- de modo que en cuanto pude corrí a buscar refugio en Narmelost, y me permitieron divisar la contienda desde lo alto de una torre de vigilancia.

Debo decir que jamás estuve tan cerca del acero y el hierro entrechocando y hendiendo las carnes de ambos bandos. Pero ahora pienso que, una vez vista una batalla, todas son iguales. Por muy distintas que lleguen a ser las armas del adversario y sea cual sea el lugar del enfrentamiento, la sangre se derrama y los gritos de dolor y de gloria se funden con el aire y se sienten en lo más hondo del alma. Que triste la vida de un soldado que lucha porque se lo ordenan, para defender su honor y el de la tierra que representa; y que al fin, tal vez, acaba derribado por una puñalada letal sin apenas haber vivido ni conocido nada.

Todas estas reflexiones me asaltaron desde que vi la primera flecha surcar el aire incoloro y clavarse en el pecho de uno de nuestros oponentes. El elfo de larga y negra cabellera corría y daba indicaciones, arco en mano, a la vez que la Reina desenvainaba su refulgente espada –una belleza letal- y sesgaba torsos y cuellos sin dudarlo un momento. Los robustos enanos derribaban con potentes hachazos a los Ingeniosos, aunque muchos cayeron al descuidar los proyectiles que les cogían por sorpresa y se clavaban en su carne, atravesando las corazas. Vi como el que los comandaba, Gorin lo llamaban, sufría una grave herida por la espalda que lo hizo caer de rodillas; algunos fueron en su ayuda y lo pusieron a salvo. Y contrariamente a lo que se pueda esperar, una vida inmortal fue arrebatada mientras una pequeña hoja jugueteaba con el aire delante de mis ojos. Nuruhuinë había sacado su espada para defenderse de un ataque cuerpo a cuerpo pero su oponente fue más veloz y el brillante acero le atravesó el corazón.

Tras innumerables pérdidas, y viendo que el ejército enemigo estaba en peores condiciones, la Reina dio órdenes de retirada. Los Ingeniosos no prosiguieron con su intento de sitiar Narmelost, y el ejército Telpeniano se replegó victorioso tras los muros de la capital Nurnita. Grandes fueron los honores que recibió el, una vez más, invencible Rimbe-a-Quákolie con la Reina a la cabeza; y a mi me asaltó la preocupación de si debería volver a la mar en los próximos días… ¿Tal vez me prestarían una montura para volver por tierra?

Halnaur Rodhraw Elugalad.

[Editado por Yureawen el 03-08-2005 02:43]

Escrito el 05-08-2005 23:25 #3

Aredhel observaba desde una pequeña loma el lugar en el que transcurriría la batalla. La impresionante ciudad de Narmelost se alzaba en mitad del llano. Aún se podían apreciar, en sus muros y torreones, los efectos de la terrible “batalla” librada entre Telpe y Nurn. Aquella situación beneficiaba claramente a Valle, con toda seguridad el devastado ejército nurnita no sería capaz de resistir el ataque de los Ingeniosos a su capital.

Árawen se acercó a su general.

-El terreno está demasiado encharcado para los caballos. Si salen a ese campo pondremos en peligro tanto la vida del jinete como la del animal.

Aredhel asintió.

- Utilizaremos los necesarios. Cuando regresemos al campamento informa a caballería de que solamente se prepare un tercio de ellos, el resto de los jinetes se unirán a infantería.

-De acuerdo.

-Vilmanion – continuó la elfa – esta vez los Ents irán los primeros, tendrán que abrirnos un acceso a la ciudad…

El druedain estaba distraído mirando como los hombres culminaban el levantamiento del campamento, haciendo zanjas para canalizar de alguna manera al agua que se acumulaba en la tierra, cuando vio como un jinete llegaba a la tienda principal, desmontaba y entraba en el interior.

-Vilmanion- preguntó Aredhel- ¿me escuchas?

-Tenemos visita – respondió el joven, sin hacer caso de la pregunta de la elfa – He visto llegar a un jinete que además ha entrado en tu tienda.

-Regresemos entonces – dijo la general, movida por la curiosidad.

Los tres compañeros descendieron por la ladera de la colina, cruzaron la pequeña empalizada, atravesaron las largas hileras que formaban las tiendas de los soldados y por fin llegaron a la tienda de Aredhel. Árawen miró al caballo y reconoció al instante el escudo que había grabado en el lateral de la silla.

-Es un mensajero de nuestra segunda compañía.

Entraron el la tienda, junto a la mesa estaba Bieler, uno de los tenientes y a su lado había un joven, de no más de 20 años, ataviado con el traje de la Guardia de Valle.

-Traigo un mensaje Para Arawen Tindomë.—Anunció, sacando una nota de una bolsa de cuero que llevaba en vandolera.

-Soy yo.—Dijo la elfa adelantandose.

-Esta carta os la manda un amigo. No me confió su identidad, aunque insistió que era muy urgente.

Arawen lo miró extrañada, y cogió la carta para leerla. Decía así:

Estimada Arawen:

Corren malos tiempos para el Valle, tal y como era de prever. Actualmente, el enorme número de traiciones que hemos sufrido nos dejan en una posición lamentable. Muchos han muerto ya en redadas que se han producido durante supuestas negociaciones. Según los informes oficiales, yo soy uno de ellos.

Cuando recibas esta carta, yo ya habré abandonado las tierras del Concilio, pero no en dirección a la Ciudad del Dragón, como mi compañía, sino en otra completamente distinta.

Los poderes que recibí en su día me fueron otorgados con un fin, el cual ha quedado lejos de cumplirse, y con ello he desafiado a poderes que quedan muy lejos de estar a mi alcance. Por esto, y por mis pecados, habré de pagar una alta deuda.

Parto ahora hacia Érrame, y de allí abandonaré Haldanóri, tal vez para no regresar, o tal vez para hacerlo demasiado tarde, pero no me queda alternativa.

Dejo en tus manos la regencia del Gremio de Sanadores por tiempo indefinido. Tengo gran confianza en ti, y estoy seguro de que serás capaz de sobrellevar esta crisis de la mejor forma posible.

No contestes a esta nota, quémala en cuanto la leas, pues nuestros enemigos tienen agentes por todas partes. No me menciones. Asume el cargo con dignidad y no flaquees. Estaré peor que muerto dentro de muy poco, así que considérame como pérdida.

Mucha suerte.

Tu antiguo superior, y amigo.

La sanadora alzó la cabeza, y tendió la nota a Aredhel, quien sin perder tiempo se dispuso a leerla. Vilmanion observó que Arawen se llevaba las manos a la cara, él no sabía qué decía la nota pero conocía demasiado bien a la elfa como para saber que aquella carta traía malas noticias. Instintivamente se acercó a la sanadora y la envolvió con sus brazos.

-Alier-Min, ¿no?

La elfa asintió.

La Aredhel ofreció la nota al druedain, quien la cogió con una mano, mientras con la otra estrechaba a Arawen, y la leyó rápidamente.

-Bien-dijo, tras recapacitar unos segundos--Nada podemos hacer respecto a esto. Debemos preocuparnos por la batalla que se avecina.

Luego, arrugó la hoja y la arrojó al fuego que ardía en el centro del pabellón.

-Es cierto—Aredhel dio las gracias al mensajero y lo despidió, después volvió a dirigirse a sus compañeros—Id y preparad a vuestros hombres para el combate. Nos reuniremos en media hora en la colina.

Arawen y Vilmanion asintieron, y salieron juntos de la tienda de su superiora.

-¡Es increíble!—protestó Arawen mientras avanzaban entre tiendas y hogueras en torno a las cuales se reunían los soldados para charlar, con rostros sombríos y susurros apesadumbrados-¡Traiciones! ¡Redadas! ¿Cómo es posible?

-No lo sé, pero está claro que ahora mismo no podemos confiar en aliados o en neutrales. De todas formas, deberíamos dejar la diplomacia al consejo y centrarnos en la guerra que es nuestro cometido. Piensa que al menos él está a salvo. Cuando regresemos a casa, ya tendremos tiempo de preocuparnos por eso.

Arawen asintió en silencio, pero su rostro seguía sombría y entristecido por la suerte del que había sido su superior en el gremio y gran amigo allá, en el Valle, además de todos los demás—quién sabía cuantos—que habían corrido peor suerte que él.

-Debo ir a organizar a los ents—anunció Vilmanion, al llegar a cierto punto en el campamento. Un poco más allá, separados de los soldados por varias decenas de metros, los ents se entretenían cerca de un pequeño bosque de abetos. Razonar con ellos es como hablar con las paredes... pero, creo que ya me he ganado su confianza. ¿Estarás bien?

-No te preocupes—lo tranquilizó ella, forzando una sonrisa—Estaré bien.

No muy convencido, Vilmanion la besó, y luego se encaminó a paso veloz hacia los ents, dejando a una Arwen triste y en cuyo interior ardía la llama de la ira, amenazando con salir a la menor oportunidad.

Realizados los preparativos, media hora después los tres capitanes de la quinta compañía del Valle del Ingenio esperaban, tensos y en silencio, al frente de sus tropas. Delante de ellos, entre las filas enemigas, el revuelo de las formaciones era patente. Pronto comenzaría una gran batalla, y los feroces soldados de Telpe, que por extrañas razones ayudaban a los nurnitas a defender la ciudad, embestirían sin compasión.

-¿Cuáles son las ordenes, mi general?—Inquirió un teniente, nervioso ante la inminencia del combate.

-Esperaremos a que ellos ataquen—Dijo Aredhel, con la vista fija en las filas telpitas.—Seguro que no tardarán mucho.

Como si los mismísimos Valar hubiesen oído sus palabras, un grito rompió el tenso silencio que se apoderaba de la atmósfera, muy cerca de ellos. Todos miraron hacia las izquierda, hacia la primera fila de infantería, y allí, un soldado yacía muerto, con una flecha telpita clavada en el peto metálico.

-Ya ha empezado…-susurró Aredhel, más para sí misma que para los demás, para luego desenfundar su espada y gritar:-¡Que los trompetas toquen para el ataque! ¡Al ataque! ¡Al ataque!

Las tropas del Valle se pusieron enseguida en marcha, y rápidamente, los tres oficiales al mando de la compañía corrieron a sus puestos, aunque no sin antes despedirse. Vilmanion estrechó contra si a Arawen y le dio un cálido beso en los labios.

-Hasta ahora.—Dijo el druedain, y sin más partió hacia el nutrido grupo de ents.

-Arawen se dirigió a la vanguardia de sus elfos, y con ellos marcharon con paso firme sobre el suelo encharcado.

Por su parte, los soldados enemigos desplegaron rápidamente sus filas por el campo anegado, y a pesar de que los pasos se hacían lentos por el peso del barro que se adhería a las botas, el brutal choque entre las dos compañías no se hizo esperar. Los primeros muertos cayeron al suelo, y los heridos gritaron de dolor. Brazos, cabezas, dedos y piernas cayeron amputados al suelo, y sus dueños comenzaron a desangrarse sobre el barro. Los aceros chocaron y relampaguearon en el húmedo ambiente, que poco a poco se llenaba de gritos, golpes, chapoteos, gorjeos y otros estertores de muerte.

Los ents, liderados por Vilmanion, intentaban romper por el centro las filas telpitas, pero las rectas líneas de escudos erizadas de lanzas parecían ser fuertes murallas, y los gigantes arbóreos a penas avanzaban algunos metros para quedar nuevamente atascados. Muchos fueron quemados por las flechas incendiarias y huyeron en desbandada para ponerse a salvo. A la vista de esto, el druedain decidió replegarlos para intentar atacar por uno de los flancos y poder llegar así a la ciudad.

En el otro extremo del campo de batalla, los elfos de Arawen sucumbían ante las filas enemigas, y aunque causaban bajas considerables a sus adversarios, pronto quedó patente la inferioridad de las tropas del Valle del Ingenio. En cuestión de minutos las falanges de Arawen se desintegraron, y a la capitana no le quedó más remedio que hacer que se replegasen para volver a la formación. Con esto, los telpitas avanzaron rápidamente por el flanco izquierdo de la compañía, hasta las filas de elfos que habían dejado al descubierto las filas centrales. Esto supuso la destrucción de la formación del Valle, y la matanza se extendió por el caos de hombres, que luchaban ya cuerpo a cuerpo, y no codo con codo con sus compañero, como hubiese sido más efectivo.

Las saetas de los elfos de Aredhel, situados en la retaguardia, volaban ordenadamente hacia las últimas filas de Telpe, pero cuando el caos se extendió, temiendo herir a sus propios soldados, la general ordenó a sus hombres desenfundar las espadas y unirse a la infantería. Pero ya era tarde.

Los ents, que habían reanudado su envestida desde el flanco izquierdo fueron atacados con antorchas y aceite, y tuvieron que replegarse de forma instintiva para no sucumbir, a pesar de que muchos de ellos cayeron presas de las llamas. Vilmanion, dándose por vencido al intentar reagrupar a los enormes seres, decidió unirse a la infantería por ese mismo flanco, y fue allí donde recibió una estocada que se hundió en su hombro derecho. Con un grito, de furia, más que de dolor, retrocedió para ponerse a salvo de todos los ataques que llovían sobre las desperdigadas tropas del Valle. Al comprobar que no podía manejar la espada, no tuvo más remedio que resignarse a refugiarse en la retaguardia, y esperar allí el desenlace de la batalla.

Entonces, cuando ya las esperanzas parecían perdidas para la quinta compañía del Valle del Ingenio, las tropas telpitas tocaron retirada con sus trompetas y cuernos.

La infantería se replegó ordenadamente tras las líneas de arqueros que cubrieron la retirada de sus compañeros lanzando saetas a discreción. Pronto, la cuarta compañía de Telpe se guareció tras los muros de la maltratada ciudad de Narmelost, que poco antes ellos mismos habían atacado.

Descompuestas, y mermadas, las fuerzas del Valle se replegaron también hacia el campamento, sin posibilidad de atacar la ciudad, pues, a parte de las cuantiosas bajas, no poseían armamento de asedio.

Así, los soldados que quedaban retrocedieron, para dejar a su paso, sobre el fango mezclado con sangre, la infinidad de cuerpos del Valle y de Telpe, que yacieron allí, presa de los cuervos, hasta la mañana siguiente, en la que sus compañeros acudieron a retirar los cadáveres, para darles sepultura.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 05-08-2005 23:27]

[Editado por Eldin_de_Lorien el 05-08-2005 23:28]

Escrito el 07-08-2005 23:54 #4

Resumen de la batalla.

Valle ha perdido 24 armadas x35= 840 puntos.

Recuperables: 280 puntos.

Valoraciones: 8+7+7+7+7+9= 7,50

Recupera: 210 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recuperan 70 puntos. Total recuperacion: 280 puntos.

Pierde: 560 puntos.

Telpe ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos.

Recuperables: 513 puntos.

Valoraciones: 7+8+7+9+9+8= 8

Recupera: 410 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 145%. Con estos datos recuperan la totalidad de los puntos.

No pierden puntos.

Telpe gana 300 monedas por la batalla ganada.

Telpe entrega 100 monedas a Valle por abandono de la batalla.

Compañias actualizadas y listas.

Historia finalizada.