La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos - Concilio - Contemplando El Fin

Terminada
Escrito el 01-08-2005 14:46 #1

La silueta encogida de Anarel recibía junto con las plantas y los postes del patio porticado los rayos del sol poniente. A pesar de tenerla a su lado todos los días, o quizás por eso, Eärondûr no le había visto ningún cambio a su aspecto, y ahora se fijaba en todos. El cabello oscuro de sus trenzas era blanco desde hacía tiempo y las marcas de los años surcaban su rostro, eso era evidente, pero lo de ahora era algo distinto. Se veía frágil y diminuta bajo la manta, nada que ver con el aplomo y la firmeza que siempre había desprendido. Por su mente pasaron varias imágenes: su hermano mayor Elros, el rostro de ella misma, ya hacía muchos años, el día de sus esponsales, mientras escuchaba que el medio-elfo compartiría su destino. Desde entonces no había pensado más en aquel asunto con profundidad.

El rostro de Anarel al girarse hacia él se fundió con aquél reflejado en sus pensamientos.

-¿Qué tal el día?- frunció el ceño. – Viejo loco, baja de las nubes, no me estás escuchando.

-Anarel, escúchame tú, aún es pronto: no te dejes morir.

Ella se quedó mirándole con los ojos muy abiertos. Después de un silencio, de su garganta salió una risa que parecía amenazar con romperle el pecho, y que acabó en un ataque de tos.

-Es lo que me quedaba por oír, elfo insensato. Porque a pesar de todo, sigues pensando como un elfo - dijo cuando se logró recuperar. – Yo no sé de dónde habéis sacado esas ideas tan raras aquí en Vanwendor, supongo que de allí del oeste. Pero de donde yo vengo, todo el mundo sabe desde pequeño que la gente se muere cuando le toca. Yo no me dejo morir, me muero, y me alegro de que te des cuenta: uno no decide morir, como no decide nacer – la risa se había convertido en una sonrisa triste.- No sé como dejé que eligieras esta vida, ojalá no tuvieras que enfrentarte a lo que te llegará. Me siento responsable.

[…]

Los días a partir de entonces pasaron, extrañamente, de una manera lenta y reposada, como el final de un dorado verano. Anarel no disimulaba su estado, que progresivamente se deterioraba y la condujo a no poder moverse del lecho, pero su personalidad seguía como siempre y hacía que cualquiera que pasara un tiempo hablando con ella se olvidara de su gravedad: esto era posible sin duda porque a ella no le importaba aquello, como nunca le había importado la opinión de la gente, y su aceptación de sí misma hacía que los demás lo aceptaran.

Rodeada de toda su familia y sus amigos, al final llegó el día. No fue un día importante, no se oscurecieron los cielos ni quebraron las piedras, ni se dieron esos signos que sirven a los poetas serviles para erigir sus elegías fúnebres. Una mujer común tuvo su muerte común, y no deseaba más.

La luz que pasaba por los ventanales incidió en el lecho, en el cual la figura de Anarel parecía más pequeña que nunca. Miró alrededor y le dijo a su hija, que se encontraba con su marido al pie de su lecho.

-Ancalimë, ¿pero dónde está tu padre? No deberíais dejarle solo, a saber lo que está haciendo.

Finalmente, Eärondûr apareció por la puerta y se colocó en una esquina de la estancia, pero su mujer no le dejó esconderse allí.

-Por favor, ven aquí, necesito hablar contigo.

El se acercó al lecho. Ella lo hizo sentarse a su lado y le tomó de la mano.

-Como me gustaría que no me vieras así - él abrió la boca para hablar, pero ella no se lo permitió. – Déjame terminar de hablar, ahora que tengo fuerzas. Me queda poco tiempo y tengo que hablar contigo - tomó aire y siguió. – No tengo más que hacer aquí. Mi vida está completa. Sólo hay algo que me mantiene aquí: tú. Te voy a decir algo: no sé lo que habrá después. Yo creo lo que mi gente: que al morir, igual que el cuerpo va a alimentar la tierra, el espíritu va a alimentar al aire que sostiene a los vivos. Si es así, cuando me vaya piensa que en el aire a tu alrededor, estaré yo. Siempre estaré contigo – paró. Todos los allí reunidos, todos, parecían haberse detenido en el instante.

Pero si ocurre lo que está escrito para los de tu pueblo, si los humanos partimos más allá del Oeste, más allá de donde naciste tú, te esperaré antes de irme. Convenceré a quien sea, compareceré ante quien sea, pero ten por seguro que, el último viaje, más allá de lo conocido, lo haremos juntos. Tú no tengas prisa por irte. Cuida de todos por mí.- él no sabía que, en todos aquellos días, había encargado a todos sus amigos y familiares que cuidaran de él.

Eärondûr se dispuso a levantarse, pero ella no le soltó la mano.

-Mi señor… no puedo pedir otra cosa que me miréis a los ojos. Tengo que despedirme de los ojos más hermosos de Arda. Si esta anciana ha tenido alguna vez vuestro corazón, hacedle el favor de concederle la visión de lo que más ama en el mundo.

Y así, con una sonrisa en los labios y los ojos clavados en los ojos grises de él, expiró. Y sus ojos, quizás por la visión de lo que amaba, parecían aún vivos cuando su corazón dejó de latir. E igual de jóvenes que aquella tarde en la que por primera vez lo había contemplado.

Eärondûr continuó con su vida durante varios años más, pero no estuvo del todo solo.

[...]

Eärondûr yacía en su cama en la primera planta de Sinya Gûlninquë rodeado por su familia. El sol de mediodía comenzaba a dorar los prados circundantes en una hermosa tarde de Agosto cuando Iorethil irrumpió en la habitación.

-Ya me he despedido de vosotros, por favor dejadnos solos –pidió Eärondûr a su familia.

-Siempre tan melodramático... ¿Cuántas veces has dicho que te ibas ya? Perdí la cuenta cuado llegaste a la docena, y eso fue en vida de la pobre Anarel.

-Esta vez es diferente, ya no siento que ninguna fuerza recorre mi cuerpo. Este es mi último adiós Iorethil, después de cerca de siete milenios por fin has conseguido librarte de mí. Hemos vivido mucho juntos, te echaré mucho en falta.

-Ay Tary, creo que esta vez tienes razón, por primera vez en siete mil años he de dártela... y lo que menos me gusta de hacerlo es... que también será la última. Pero antes de irte has de saber una cosa, este secreto me lleva pesando desde hace tanto tiempo que ya me había acostumbrado a su carga. Eärondûr... Earel, mi hija, no era sobrina tuya, era tu propia hija.

El viejo medio-elfo rió levemente:

-Ya lo sabía, mi querida Iorethil, yo nunca he sido capaz de ocultar nada a tus ojos... pero tú tampoco a los míos. En un principio creí tu historia, pero cuando nos reencontramos en el Pelargir supe que era falsa. En tu mirada pude ver la verdad... nunca comprenderé por qué no me dijiste la verdad, nunca comprenderé a las mujeres...

-Ni a los hombres, ni a los elfos y mucho menos a los enanos –rió ahora Iorethil-. Dudo mucho que incluso llegues a comprenderte a ti mismo... este mundo no estaba hecho para ti, nunca fue tu lugar.

-Me advirtieron que no viniera, pero ya me conoces... nunca hago caso a los consejos prudentes. Aunque no me arrepiento de haber venido, pues en caso contrario no os habría conocido a todos vosotros. En toda mi vida me he equivocado infinidad de veces y he hecho muchas tonterías, pero sólo me arrepiento de una cosa, que además no es culpa mía, me arrepiento de ser un Medio-Elfo...

-Alégrate, pues al final, después de toda la vida juntos, has conseguido dejarme sin palabras... ¿a qué viene ahora esa queja?

-La gente piensa que es un don el poder elegir entre una vida mortal y otra inmortal... pero se equivocan.

¿Cómo puede ser algo bueno el tener que elegir entre la belleza élfica imperecedera y la intensa pero a la vez efímera alegría de vivir de los hombres?

Iorethil... siempre he sentido por ti algo especial, pero como elfo creí que siempre estarías ahí y dejé pasar el tiempo mientras vivía otras emociones para finalmente unirme a ti y viajar al Oeste. Pero por mis venas también corre sangre de los Segundos Nacidos y siempre he sido muy impredecible, abracé con fuerza las emociones que me ofrecía el mundo y olvidé las tuyas... tanto que por un momento llegaron a enfriarse, pero pensé “aún tengo tiempo de sobra...”

Necio de mí... si vives como los Hombres al final acabas amando la vida de los Hombres y los Eldar te parecen fríos y distantes. Entonces se cruzó por mi vida una hermosa mujer con gran energía y ganas de vivir y le entregué mi corazón pues sabía que si no lo hacía pronto ella se marchitaría y moriría.

Anarel no era como tú Iorethil, que siempre estás ahí, con ella era un ahora o nunca... ganó el ahora y tú te viste relegada al nunca.

Pero no quería partir sin decirte lo que había sentido siempre y que ocupas un lugar especial en mi memoria y mi corazón.

-Yo también dejé enfriar nuestro fuego pues al igual que tú creía que ya habría tiempo para volverlo a encender... pero mírate ahora, te me vas... cruzas el umbral para reunirte con Anarel y pasar juntos toda la eternidad... y yo no puedo abandonar las cadenas de este mundo.

Frías lágrimas recorrieron el rostro de Iorethil mientras se agachaba para besar al viejo Eärondûr. Cogido de la mano de Iorethil mientras el sol se ponía tras las Montañas Blancas, la vida de Eärondûr abandonó su cuerpo y partió a reunirse con Anarel.

-¿Y qué será ahora de mí?¿Qué queda en este mundo para no hacerme perder las ganas de vivir? Mi hija hace tiempo que murió y ahora él... se va y me deja para reunirse con ella y vivir siempre juntos rodeados de la familia que felizmente crearon aquí. Pero no puedo culparle pues tanta culpa tengo yo como él. No obstante, él fue siempre feliz, pues aún cuando murió Anarel pudo seguir recordando los momentos felices que tuvo con ella y sabía que tarde o temprano volverían a reunirse, pero ¿y yo? no tengo recuerdos de momentos felices pasados con él y sé que no lo volveré a ver...

Ay, qué cortas me parecen ahora las dos Edades que pasé junto a él. Y ya no hay remedio, no para esto...

Sólo me queda imaginar lo que pudo ser y no fue, pero es demasiado doloroso.

Iorethil se sentó junto al lecho de Eärondûr, cerró los ojos y partió al Oeste.

Así los encontraron los hijos de Eärondûr al poco tiempo, uno junto al otro, pero mientras en el rostro del hombre se reflejaba cierta felicidad, en el de la elfa aún quedaban dos húmedos recuerdos de amargas lágrimas.

Escrito el 05-08-2005 19:30 #2

Los valar otorgan 285 monedas a esta historia.

Historia finalizada.