Ouroborus
Vacío… Vacío… Esa era la única palabra capaz de describir lo que sentía Ouroborus en ese momento. Ese sueño había sido tan real. No podía ser cierto; aunque en su interior él supiera que lo era, no podía aceptarlo. Hacía ya veinte años desde su último encuentro, sobre Amon Ereb, cuatro meses antes de cruzar las Ered Luin. Desde su entrada en Eriador su vida había sido mucho más pasiva, su coraza resplandecía como el fuego de un bosque incendiado en una noche sin luna por el tiempo pasado sobre su lecho de gemas y cualquier deseo de volver a Beleriand se había extinguido en su corazón, por lo que hacía tiempo ya que no tenía noticias de lo que allí ocurría. Pero de todas formas no podía aceptarlo, su padre no podía haber muerto.
Todo había sido muy rápido, pero a la vez tan claro como el reflejo de las montañas sobre un lago; el hombre, la mujer, Cabed-en-Aras, su padre… y esa inscripción. Toda la escena había sido muy real, pero el más grande de todos los dragones no podía haber caído. “Túrin Túrambar Dagnir Glaurunga”, jamás podría olvidar esas palabras, esa lápida había sido la última imagen del extraño sueño que aun lo abrumaba. Todavía podía sentir el eco de aquellas aguas, y el brillo de la luna sobre las letras de la fría piedra que se alzaba triste entre la brisa nocturna.
Los grises y los negros de ese oscuro salón se mezclaban ante los ojos de Ouroborus, pero él no miraba nada en especial, su pensamiento aun estaba perdido en esa macabra escena, además, conocía esa espaciosa sala de memoria, había pasado allí la mayor parte de los últimos quince años; siete armaduras de oro y plata colgaban de la pared izquierda y tres de la derecha, cuatro invaluables escudos engarzados con joyas del color del sol adornaban la pared detrás suyo y dos espada forjadas por los grandes herreros enanos que antes habitaban en ese lugar colgaban una a cada lado de la enorme puerta que se abría frente al gran primogénito de Glaurung, pero nada de esto importaba para Ouroborus en ese momento, ni siquiera el incalculable tesoro que yacía bajo su vientre en el centro de ese gigantesco salón. De a poco, a medida que aceptaba que su sueño había sido en realidad el último enfrentamiento de su padre, un sentimiento comenzaba a llenar el vacío anterior, abarcándolo todo con esa sed de venganza insaciable. El odio lo consumía.
El mensaje había sido demasiado claro como para no creerlo: “Túrin amo del destino exterminador de Glaurung” decía la lápida, el hijo de Húrin había matado a su padre y todos los hombres debían pagar por ello.
La barca del sol descendía en el oeste cuando Ouroborus dejó su morada; no deseaba volver a Beleriand, no había necesidad de ello, allí dominaban los elfos y él no deseaba luchar con elfos, en ese momento, el único deseo de Ouroborus era que los hombres pagaran por la muerte de su padre, y había muchos de ellos todavía en las tierras al oeste de las Ered Luin. Se dirigió hacia el sur, sabía que en toda la ladera oeste de esas montañas había pequeñas aldeas de hombres, y para el fin del siguiente día cuatro de ellas habían sido completamente destruidas. Nadie podía detenerlo, golpeaba los poblados como un gran ariete de fuego impulsado por las mismísimas manos de Melkor y nada se interponía en su camino, en cuestión de minutos los poblados quedaban destruidos y la mayoría de sus habitantes huía en cuanto lo veía, porque su mirada imponía el miedo en los corazones de otros y sus palabras quitaban cualquier esperanza de los que se le oponían, aunque muy pocos eran los que quedaban con vida por más lejos que huyeran, ya que él los perseguía hasta darles muerte o hasta que el miedo los volvía locos y morían en la soledad de los bosques tratando de escapar. El poder del Dragón se había extendido y las personas hablaban de unas sombra con ojos de fuego que llevaban a la locura y arrastraban hacia la muerte, bañaba los campos con la sangre de sus víctimas impulsado siempre a seguir adelante por la venganza a quienes le habían robado la vida de su viejo padre.
Así fue su vida durante varios años, no tuvo morada, siempre caminaba sin ningún rumbo hasta encontrar un poblado y lo aniquilaba. De a poco fue yendo cada vez más al sur y al este, y, luego de muchos años de marcha, el cansancio comenzó a hacerse presente, y el deseo de una nueva morada se encendió en él, pero la sed de venganza nunca desapareció y su odio hacia los hombres tampoco. Así fue como el gran dragón criado en Thangorodim encontró, sobre la ladera sur de las Ephel Dúath, una gran morada de orcos y la tomó para él. Ni los orcos más poderos pudieron oponérsele y todos perecieron bajo el peso de la venganza y el miedo a la muerte.
En esas bastas galerías subterráneas Ouroborus pasó innumerables años, y muy pocas veces salio de su morada, ya que por los pasadizos excavados por los orcos podía llegar a cualquier parte de las Ephel Dúath, incluso a todas las otras moradas de orcos, las cuales atacaba a menudo en busca de alimento.
El mundo cambió durante su estancia en éste recóndito lugar de la Tierra Media y Beleriand se hundió bajo el mar y la primera edad del mundo dio lugar a la segunda, pero Ouroborus siguió en su largo reposo; hasta que, al fin, mucho tiempo después, dejó su gran morada para continuar su viaje hacia el sur. Y aunque había muerto para muchas de las historias que se contaban en esta nueva Edad del mundo en Eriador, algunos aún recordaban con tristeza y miedo que el primer gran Dragón de Eriador había entrado en Haldanóri, de donde no se sabía si alguna vez regresaría.
