Un fuerte viento golpeaba las contraventanas de la habitación real. Entre las grietas de las puertas, el aire transportaba alaridos con la firma de la muerte y el frío calaba hasta lo más hondo del alma, congelándola y sepultándola bajo un manto de tristeza y melancolía.
La habitación permanecía prácticamente en una oscuridad total, apenas evitada por la débil luz de dos grandes candelabros situados al lado de la cama. En esta, bajo un charco de sudor y agitando su cuerpo con violentos espasmos, se encontraba tumbado Yandros. A su alrededor permanecían con miradas estupefactas y de preocupación un pequeño grupo de súbditos, entre los que se encontraban médicos, magos, chamanes y algún que otro nigromante, así como un escriba traído de la Biblioteca, preparado para sentenciar bajo su pluma, la peor de las noticias.
Pero el rey se encontraba muy lejos de aquel lugar. Su mente y su alma residían en algún otro plano inconscientes de todo aquello que le rodeaba, mientras que su cuerpo desnudo y blanquecino no hacia más que mostrar delirios y dolor.
Bien pasada la media noche, Yandros dejo de dar sacudidas y cuando un médico se acercó para tomarle el pulso el cuerpo del monarca se dobló bruscamente por el tórax como si una bocanada de aire le hubiera entrado hasta lo más hondo de su ser, luego cayó suavemente y sus ojos se tornaron negros como el betún pero, curiosamente, con un pequeño destello turquesa en la zona del iris.
El chaman se acercó a la cama y rozando la palma de su mano con la frente del rey dijo con la voz rota:
- No lo toquéis ahora, su alma y su mente están viajando a otro lugar, muy lejos de la comprensión mortal, su vida dependerá de cómo realice su camino...
Millares de columnas de mármol, sujetaban un techo infinitamente alto que se perdía en un cielo negro y las baldosas, de un tono gris, se perdían en el horizonte donde un resplandor verde y dorado mostraba una pequeña montaña.
Entre dos de esos gigantescos pilares se encontraban cuatro tronos de plata perfectamente tallada con inscripciones que la comprensión de Yandros no entendía; sobre ellos permanecían sentados con la mirada inmóvil y petrificante cuatro seres casi etéreos, pues su cuerpo no pertenecía a materia alguna conocida, tal era la fuerza que irradiaban, dando una sensación de fuego que hacia a sus figuras danzar lenta y armoniosamente, sin embargo, Yandros sabía que no se movían.
Cada uno de ellos tenía un rasgo característico que lo diferenciaba de los otros.
A la izquierda del todo, sentado y en silencio se divisaba al primero de esos seres. Lo rodeaba un halo de color azul que interpretaba una débil melodía, cuyo sonido recordaba a las olas del mar.
A su derecha, envuelta en una bruma, una mujer, cuyas pálidas facciones contrastaban con sus rojizo cabellos, casi ígneo, que ondulaba en un viento inexistente, seguía con su mirada los ojos de Yandros.
El siguiente permanecía sentado bajo un intenso resplandor carmesí, y al escudriñarle Yandros se fijó en su rostro, sereno pero denotaba una gran concentración, como si estuviera inmerso en profundos pensamientos, ajenos a este momento.
El ultimo de todos era un ser diferente al resto. Su aureola era mucho más oscura, tan oscura que rozaba el negro. Su cuerpo ardía incandescentemente y bajo su firme puño sujetaba una gran espada de fuego.
Yandros permanecía desconcertado no sabiendo que hacer, ni siquiera sabía donde estaba y quienes eran aquellos asombrosos seres que con gesto severo lo observaban. El silencio se propagó durante lo que pareció una eternidad hasta que la mujer de ígneo cabello, que permanecía sentada se levantó y con una voz dulce pero que tronó con fuerza en la inmensidad del espacio dijo:
-Yandros, rey del Valle del ingenio, te encuentras ante el Anillo del Juicio de los Valar, que se predispone a dictaminar cual será tu castigo por tus faltas.
Yandros se sentía confuso, no entendía nada de lo que estaba pasando y en un mar de dudas se armó de valor y con algún que otro tartamudeo dijo:
- ¿Castigo? ¿Castigo por qué? ¿Qué es lo que sucede?- Yandros enmudeció y prosiguió - Claro, debo estar muerto y este será el tribunal del juicio de mi alma.
Una risa hizo temblar los pilares de aquel lugar, pues el Vala con la espada de fuego, que había permanecido en silencio, se levantó bruscamente y sentenció en voz alta:
- No creas, simple mortal, que tu camino ha acabado tan pronto, y menos sin haber pagado tu insolencia.
Después se levanto el silencioso vala, sentado en el último trono, cuyas palabras surgieron de lo más hondo del océano y prosiguió:
- Tu arrogancia y tu soberbia te han perdido, como persona y como rey. Temo que tu ambición te ha llevado demasiado lejos y ahora debes pagar por ello.
El último vala, saliendo de su ensimismamiento aclaró por fin la condena de Yandros:
- Volverás al Valle, pero estarás condenado, condenado a padecer lamento y en tus sueños no encontraras consuelo alguno. Tu vida perderá su rumbo y solo hasta que lo recuperes vagarás entre nieblas y oscuridad. El sendero que te descubrirá la verdadera identidad de tu ser solo se abrirá ante ti cuando sepas verlo y aprendas a comprenderlo.
Yandros sentía ira, quería su espada, pero para su asombro observó que no tenia cuerpo, permanecía flotando en la nada como un ente sin vida y sintió miedo.
Tras esto, la oscuridad retornó y unas débiles voces, esta vez humanas empezaron a sonar en la lejanía...
[…]
La ceremonia de coronación fue una fiesta como no se recordaba otra igual en el Valle. Las calles habían sido adornadas y por doquier se escuchaba música y se veían bailarinas danzar entre el gentío. La Torre de Cristal brillaba intensamente bajo un radiante sol y cuatro grandes pendones colgaban ahora desde lo más alto de esta, mostrando el símbolo del Valle del Ingenio, el blasón de los señores de Farbala, el escudo del rey y los emblemas de la Cofradía.
En todas partes se hablaba de una sola cosa, y un nombre era aclamado con frecuencia y un grito se oía por encima de los demás: “¡Viva el Rey Elboron!”
Tras el banquete oficial, al que todos los altos cargo acudieron para festejar y felicitar al nuevo soberano, la fiesta dio a su fin.
Elboron estrenaba los aposentos reales, los cuales habían sido decorados con la mayor sutileza y era claro que por la grácil mano de algún elfo, pues tal esmero en la madera y en las vidrieras solo podía salir de los delicados dedos de algún primer nacido.
Cuando el rey caminaba hacia su alcoba, agotado por el largo día, una sensación alerto sus sentidos, se detuvo de golpe y pronunció:
- Yandros, por muy depuradas que estén tus dotes para camuflarte entre las sombras, jamás podrás engañar los sentidos de un elfo.
El numenoreano apareció de la nada y se colocó a la espalda de Elboron:
-No creas que los sentidos de un elfo pueden llegar a ser tan buenos, tu solo déjame que me recupere, pero....cambiando de tema...onita coronación, sin duda, como de costumbre llena de perros falderos y demasiado fantoche. Pero bueno, felicidades por el rango.
El elfo rió levemente por el sarcasmo del edain y contestó:
- Cierto, cierto. La pantomima de la corte me temo que es inevitable. Ya lo sabes… demasiada burocracia, advenedizos dispuestos a aprovechar cualquier resquicio para sacar alguna tajada. Y tu… ¿Cómo estás? He oído que tu recuperación va a mejor.
- Psss, no creas todo lo que escuchas. Todavía sigo demasiado débil, pero no te lamentes, en poco tiempo me recuperaré. Además, ahora ya no tengo tantas obligaciones, es buen momento para descansar.
Elboron se quedó mirando al numenoreano un momento y le contestó:
- Espero que no haya ningún rencor Yandros. Tú… sabes que yo no quería este cargo. Era feliz en mi Biblioteca cuidando de mis libros y mis asuntos con la Cofradía pero la situación lo exigía así y ahora debemos colaborar todos para salir de este atolladero, incluido tú, viejo amigo.
- Por supuesto, petulante elfo, ¿Quién te crees que soy? Mi corazón no guarda ningún rencor hacia ti - el numenoreano sonrió pícaramente y prosiguió- Pero no bajes la guardia, uno se acostumbra pronto a dormir en sábanas de seda.
Los dos rieron levemente y Elboron continuó:
- ¿Y qué piensas hacer ahora? En la ciudad se rumorea que vas a marcharte a una mansión en el norte.
Yandros sorprendido exclamo:
- Ni muchísimo menos, jajaja, no os libraréis de mí tan fácilmente. Seguramente seguiré comandando mi compañía y ejerciendo mis prerrogativas en el Senado del a Ciudad. Aunque esperaré a estar recuperado y por supuesto mantendré mí puesto de maestro estratega del ejército. Creo… que debemos hacer una serie de cambios tácticos y logísticos, sabes que la guerra es mi pasión. Ya te los comentaré más adelante.
Elboron se alegró al oír al viejo coronel decir esto.
- Me entusiasma que digas eso. Siempre e contado contigo como un buen amigo y ahora lo haré además como un magnífico estratega, pero de momento descansa y recupera fuerzas. El día ha sido largo y estoy cansado. Me retiro por hoy. Buenas noches, Yandros.
- Está bien, buenas noches - Y con una ironía puntiaguda concluyó – Mí Rey...
Y se dio media vuelta con la intención de marcarse, pero el sagaz elfo no le iba a dejar escabullirse tan fácilmente con la última palabra y le contestó con tono amistoso pero mordaz:
- Buenas noches príncipe... de los desheredados.
Yandros se detuvo en seco y dijo para si:
- Príncipe… de los desheredados ¿Eh? Me gusta...
Luego sonrió y desapareció por donde había llegado, entre la más profunda oscuridad....
