La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Puntos - Alianza - Paz A Los Muertos

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Telimektar

Sombrío como un mal pensamiento, fuerte como el hierro, se eleva a las orillas del mar la fortaleza de Baradan. Nadie lo habita; cerrado por el tiempo, reina en él un silencio más aterrador que el de la mismísima muerte. El gran blasón de una antigua y real familia de Edain emparentados con el pueblo de los Eldar, ahora roto, sustenta una poderosa águila con las alas extendidas, la cual había perdido todo rastro de su antiguo poder y el de sus Señores.

Su último morador, el señor Umaethôr, llamado el Tirano, desapareció en una de sus múltiples y fastuosas cacerías en un bosque que delimitaba sus tierras con la de los Eldar. Tiempo antes de eso, su único hijo, Faelind, llamado el Justo, había desaparecido también, y entre aquellos que moraban la fortaleza temieron por su destino

Grandes historias se cuentan de su Señor, pero también muchas oscuras y que harían caer la cara de vergüenza a cualquier señor.

Una fría mañana de otoño Umaethôr había salido a cazar como hacía habitualmente, mas las presas que perseguía no eran sino otras que indefensos campesinos cuyo único delito había sido cruzarse en su camino, y algún que otro extranjero que por mala suerte se cruzo con él. Este volvía al frente de sus hombres de armas de saquear un territorio vecino, con cuyo señor mantenía antiguas disputas. Al frente de la comitiva iba él con su porte orgulloso y arrogante, arrastrando al cautivo. Cautivo éste de su enemigo, esperaba con gran coraje ser colgado del águila que coronaba la fortaleza Baradan, como era costumbre por el señor de estas tierras.

Su mujer Alphamdir, princesa elfa, intentaba educar a su hijo bajo los principios de los Eldar, y un día mientras los dos caminaban por los bellos jardines le dijo:

- Tu padre no fue así, al menos cuando yo lo conocí. Era un caballero digno de esta fortaleza, sus hazañas en el campo de batalla eran grandes, mas siempre demostró un gran afecto para sus súbditos y en especial a los indefensos. Pero eso todo cambió el día en que el mal llego a estas tierras; él lo sedujo y su ansia de poder y riquezas pronto corrompieron su alma.

- ¿Pero no intentaste cambiarlo?- le respondió el hijo

- En vano alcé mis suplicas pero su corazón se volvió frió como el hielo, y al nacer tú mi esperanza renació contigo. Más parecido a mi linaje que al suyo, pronto demostraste compasión y gran humildad- le dijo mientras le acariciaba sus rubios cabellos- una única cosa me da esperanzas y es saber que jamás serás como él, prométemelo.

- Halagado estoy y no defraudaré tus esperanzas- le dijo, pero pronto las trompetas de su padre se alzaron en el camino a la fortaleza.

Los dos salieron hasta el patio de armas y allí vieron como el Señor traía al hermano de ella arrastrado como si fuera un simple ladrón. La Elda bajó corriendo las escaleras y se lanzó a los pies de su Señor y marido pidiendo clemencia, pero este la miró, la levanto por los brazos y cuando estuvo a su altura le dijo:

- Aquí se hará lo que yo diga, y no importa que seas una princesa elfa ya que ahora me perteneces y con tu parentesco me adueñare de las tierras de tu hermano cuando este haya muerto- le dijo mirando al elfo

- ¿Pero qué es lo que te ha hecho?, Yo me ofrecí para sellar la paz entre los dos reinos. Nunca antes una princesa elfa se había desposado con un Edain que no tuviera sangre real y él desde entonces te ayudó en tantas batallas para defender tus tierras, ¿Por qué, mi señor?- le dijo entre sollozos

- ¡Cómo osas contradecir a tu señor!- le gritó mientras le daba una tremenda bofetada, con la cual la mujer cayo de rodillas al suelo- llevadla a la torre y que no salga hasta que yo dé mi permiso

- Pero padre, mostrad clemencia: es vuestra esposa y él su hermano, ¡cómo podéis ser tan detestable! ¿dónde está ese caballero del que se hablaba, dónde está? ¡yo os lo diré: muerto!

La madre fue llevada ante los ojos de su hijo a la inhóspita torre desde donde vería la muerte de su hermano, y ahora temía más que nunca el destino de su hijo.

En vano pidió clemencia su hijo, recordándole entre lágrimas que el verdadero valor se gana con la clemencia. Para vencedores como Umaethôr no hay más ley que dar muerte a los vencidos; por mucho que le pidiera y le rogara su hijo entre lágrimas; desoídos sus ruegos fue cumplida tal bárbara sentencia.

El joven señor fue llevado a la cúspide de la torre y ante los ojos de Faelind fue lanzado, su cuerpo rebotó y sus últimos suspiros pronto fueron acallados. Pendiente el cadáver del águila, allí permanecería hasta que fuese pasto de los buitres, por orden del Señor.

Un grito se alzó desde la torre, la madre se había lanzado desde la cúspide de esta y sus últimas palabras fueron para su Señor:

-¡No conocerás la paz en vida y la muerte no te liberará, sólo cuando alguien se apiade de ti podrás descansar!- le gritó mientras la joven mujer se lanzaba y su cuerpo bello caía en las profundas aguas del mar, el cual nunca devolvió el cuerpo de tan bella mujer.

Faelind se retiró horrorizado, y al mismo tiempo que los insultos de su padre, ascendían al cielo los ruegos del hijo. A la medianoche, el joven salió sigiloso de su cámara; con el menor ruido posible ascendió las oscuras y largas escaleras de la torre del homenaje. Allí desenvaino una pequeña daga, y cargando con el cuerpo de su tío, recorrió como alma que persigue el diablo las tierras de su padre y en una pequeña cala enterró al caballero entre lágrimas del dolor mas profundo.

Grande fue la cólera del Señor al notar que el cadáver de su víctima había desaparecido. Todo el castillo temió la cólera hacia el pobre Faelind, el Justo; pero él con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta se presentó ante su padre, que para él era delito.

-¡Desgraciado!- exclamó.- ¿Qué razones tuviste para desacatar mis órdenes?

- Dar paz a los muertos, ya que vos dais muerte a los vivos, y aún a los de vuestra casa- respondió Faelind.

-¡Paz a los muertos!- grito Umaethôr. lleno de rabia y desprecio-. ¡¡Pero no lograrás tu intento!! ¡Tú mismo vas a traer el cadáver de ese traidor al sitio que ocupaba!

Faelind se negó rotundamente a cumplir tal orden, mas sabía que la autoridad de su padre terminaba allí donde lo bueno y justo termina. Resistió firmemente las amenazas de su padre, y entonces aquel padre arrojó fuera de la fortaleza a su propio e único hijo.

En vano intento Umaethôr distraer en la guerra y la caza la negra melancolía que le consumía el alma desde la partida de su hijo, su único hijo, al cual amaba y odiaba profundamente. Hijo el cual había demostrado ser más clemente que él, y eso le enfurecía, ya que decía que un Señor debía ser duro como el hielo e inflexible como el acero. Una mañana, más triste y malhumorado que nunca, salió a cazar al bosque que delimitaba sus tierras, bosque antaño verde y vivo, y el cual ahora se había vuelto oscuro; en vano sus hombres le esperaron un día y otro, hasta que las nieves cubrieron la tierra y toda búsqueda fue abandonada.

Al tiempo, un rumor se alzó entre los aldeanos; un rumor del cual se decía que del silencio del bosque salía una voz melancolía que decía:

-¡Paz a los muertos!… ¡Paz a los muertos!

Los años cambiaron el aspecto de la fortaleza. Fortaleza ahora solitaria y cubierta de hierbas, parecía oprimida más por el peso de una maldición que por el peso de los siglos. Sólo aquella voz melancólica seguía resonando a media noche, con la angustia de un dolor inmenso.

Faelind volvió al señorío de su padre después de haber luchado durante años contra las hordas de orcos que asolaban las tierras de sus parientes los Eldar. Este llegó en una noche de luna llena, la cual coronaba su antigua morada, y al pasar por el bosque le llegó trasportado por el aire el misterioso lamento. Este, sintiendo curiosidad y encomendándose a los Valar, entró en la espesura del bosque.

En medio del bosque se abría un gran círculo de tierra seca, que contrastaba con el verde del resto del bosque. Árboles que como si temieran el círculo no osaban entrar en él; en su centro vio brillar a la luz de la luna, un cuerpo corrupto pero con bellas y caras armaduras. Cosa rara era que este tenía los ojos abiertos como pidiendo algo a la vida. Faelind se aproximó y dio un grito desgarrador al reconocer a su propio padre convertido en esa masa inerte.

Pasado el primer impacto, intentó abrir con su hacha un agujero para enterrar el cadáver de su padre; pero la tierra, dura como en su día fue el corazón de Umaethôr, rechazó el acero negándose a dar sepultura al Señor, intentó desesperadamente escarbar con sus propias manos pero sólo la sangre broto de ellas y la tierra ni se estremeció.

El hijo vio la mano de Ilúvatar que castigaba al pecador.

Pero era su padre el que estaba allí tendido, y este oró, rogó, puso su frente sobre aquel suelo, instrumento de la justicia de los Valar; y las lágrimas, que todo lo alcanzan, brotaron para humedecer la tierra y ablandar sus entrañas. Este vio que se abría lentamente por sí sola, dejando aparecer una fosa, donde el hijo depositó el cuerpo de su padre.

Mas a partir de ese día no se volvió a escuchar más el lamento, y Faelind se alzó como uno de los grandes Señores de los Edain, y su valor fue el más grande de todos los que habitaran esas tierras.

Gaur

Los valar otorgan a esta historia 290 monedas.