La Guerra de los Clanes

C5 Telpe Vs C5 Valle

Terminada
Escrito el 10-08-2005 20:09 #1

Fin Guerra: Valle del Ingenio se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 15

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 11

Compañias al 50%, por lo que la victoria es para Valle.

Escrito el 13-08-2005 23:04 #2

Hace ya dos días que partimos hacia nuestro querido Valle. Siguiendo mis órdenes, en pos de una retirada, nuestra flota había estado bordeando las tierras de Nurn a la espera de que la necesitásemos para abandonar estas tierras. Después de la batalla a las puertas de Narmelost, nos dirigimos a la costa más cercana, donde conseguimos embarcar y poner rumbo a casa. La batalla a hecho mella en las tropas: cuantiosos heridos aquí y allá dispuestos de proa a popa. Estamos haciendo todo lo posible para que se recuperen de sus heridas, pero temo que halla algo que ni todos los bálsamos del mundo podrán curar, nuestro orgullo. Heme aquí, intentando escribir estas líneas mientras mantengo el equilibrio en la cubierta. Al escribir, veo como mis dos capitanes hacen todo lo posible por mantener alta la moral de nuestros soldados. Vilmanion, pese a su herida, va de un lado a otro, no se mantiene quieto ni un instante. Y siempre a su lado, mi querida Arawen. Veo como los dos se lanzan miradas furtivas, y como desearían estar el uno con el otro, pero la mala fortuna ha querido que mis dos amigos se conocieran en guerra, y no en una época de paz y prosperidad. Me alegro de que estén conmigo. Debo anunciarles que partiré hacia la capital, pues tengo que informar al Consejo de nuestra situación. Iré sola, las tropas deben quedarse ya que las órdenes de nuestro rey fueron precisas: la Quinta Compañía ha de proteger las costas. Si las cosas se pusieran feas, mis queridos capitanes llevarían el mando…pero no se lo diré ahora…no quiero preocuparlos… Se lo comunicaré en cuanto hayamos desembarcado.

Aredhel Telemnar, General de la Quinta Compañía del Valle del Ingenio

De Nardaza, el devastado ejército se trasladó a la ciudad de Ostaire donde, a pesar de la derrota, fueron recibidos con grandes honores. La general Aredhel se encargó personalmente de que sus tropas fueran acomodadas y atendidas debidamente y una vez asegurado todo fue en busca de sus capitanes.

Vilmanion y Arawen estaban en la posada de la ciudad, o eso le había dicho un joven oficial de arqueros, y allí los encontró, sentados en una mesa al fondo del local. Por los gestos, la elfa, pudo deducir que discutían sobre algo. Le divertía verlos así, y con una sonrisa se acercó a ellos.

—¿Interrumpo?

—¡Oh! No, no siéntate por favor—dijo el druedain— íbamos a ir a buscarte ahora mismo.

—¿Sí? Pues aquí me tenéis. A ver ¿qué es lo que os ocurre?—preguntó la elfa alegremente, acostumbrada ya a estas situaciones.

—Verás—comenzó Arawen- sé que los oficiales tenemos que ir a Ciudad del Dragón para dar cuenta al Consejo de lo ocurrido en la batalla…

—Sí, por eso he venido.

—Pero Vilmanion—continuó la sanadora —aún se está recuperando de la herida y el clima de Ostaire es mucho mejor que el de la capital…

—Arawen, tenemos que cumplir con nuestras obligaciones—le interrumpió el joven.

—Lo sé, pero dentro de ellas hay prioridades y como sanador que eres deberías saberlo—le respondió ella.

—¡Si ya estoy bien!

—No. Estás mejor, no bien.

—Ejem—intervino Aredhel, pues sabía que si no los interrumpía podían continuar con la discusión todo el día -He venido a deciros que os quedaréis en Ostairë, sólo marcharé yo a Ciudad del Dragón.

Arawen miró a Vilmanion con una sonrisa burlona.

—Perfecto—exclamó la elfa.

—Aun así—prosiguió la general- no os dejaré ociosos. Las tropas estarán a vuestro cuidado.

Vilmanion al oír esto le devolvió el gesto a la elfa.

—Bueno capitanes…

— ¿Cuándo te marcharás?—preguntó el joven.

—Esta misma tarde—contestó Aredhel levantándose del asiento -cuando los caballos estén preparados.

— ¿Y cuándo regresarás?

— En cuanto me den las nuevas órdenes. Supongo que no serán más de ocho días… y ya sabéis, si ocurre algo, mandadme un mensaje.

Dicho esto Aredhel abandonó la taberna y encaminó sus pasos a las caballerizas de la ciudad.

Tras la partida de la general, y pese a las insistentes recomendaciones de Arawen de que Vilmanion guardase reposo, ambos capitanes se dedicaron ha mantener en forma a sus hombres, después de una jornada de descanso, estableciendo horarios de entrenamiento y de ejercicio. Dado que, a pesar de haber sido mermados, la Quinta Compañía del Valle del Ingenio seguía siendo numerosa y las posadas de las ciudades, tanto de Nardaza como de Ostaire, no les daban cabida, se levantó un campamento fuera de las murallas de ésta última, en el verde altiplano, pese a las protestas de algunos campesinos que veían impotentes como una gran porción de sus pastos quedaban ocupados por los militares. La estancia allí parecía que se prolongaría mucho tiempo; por eso, Arawen y Vilmanion mandaron construir una empalizada resistente y levantar establos y letrinas de madera, así como una palestra. Ellos mismos se trasladaron al campamento dejando la posada donde habían dormido un par de noches, aunque el druedáin pasó mucho tiempo fuera del recinto, junto a los ents, que se habían trasladado a un bosque cercano y se afanaban en curarse de las secuelas de la última batalla vivida. Su moral estaba cayendo, y si ya antes al joven le había costado que los grandes seres, tan testarudos e independientes, le hiciesen caso, ahora, con la moral por los suelos, le resultaba casi imposible que tan solo le escuchasen. En más de una ocasión, temió que se negasen a luchar en el próximo enfrentamiento.

Y no sólo los ents estaban al borde de la deserción; a algunos kilómetros de el pequeño bosque, Arawen se afanaba en recuperar la escasa moral de los elfos, que tras una derrota tan marcada entrenaban a duras penas y a desganas, y en muchas ocasiones se negaban a hacer las guardias, hasta el punto que la elfa se vio obligada a llevar acabo castigos ejemplares, para frenar así la insubordinación.

Una noche en la que Vilmanion se dio por vencido de razonar con los ents y regresó temprano al campamento, su esposa le contó los problemas que se daban entre las tropas élficas.

-Necesitan ganar un combate—Dijo el druedain.

-No, necesitan volver a sus hogares y ver a sus familias. No sólo la pérdida de la última batalla es lo que los ha puesto de este humor, sino el hecho de estar tan cerca de sus casas y a la vez tan lejos. Cuando avistamos las costas, muchos de ellos tuvieron la esperanza y la convicción de que por fin, después de tan larga campaña, verían a sus esposas e hijos, pero, ahora se ven frustrados.

-En ese caso, nada podemos hacer. Las órdenes del rey fueron claras. Debemos defender las costas. Los ataques de la nueva alianza no se harán esperar.

-Pues yo espero que nuestros soldados no deserten justo antes de una batalla. La verdad es que nunca los había visto así.

-No lo harán—Aseguró Vilmanion, intentando convencerse a sí mismo—Lucharán por lo que has dicho antes: sus familias y sus hogares.

-Ojalá tengas razón...—asintió la elfa, dándole un beso — De todas formas, necesitamos la ayuda de Aredhel, espero que venga pronto.

A la mañana siguiente, se avistó un barco desde la atalaya de de la fortaleza de Ostaire. En el pabellón, ondeaba una bandera negra y roja, símbolo marítimo de auxilio. Dos barcazas del puerto de Nardaza zarparon de inmediato y abordaron la nave cuando estaba a una milla escasa de las costas. Al subir a bordo, encontraron un panorama desolado, a penas una decena de tripulantes había sobrevivido, y el navío, un mercante de tres mástiles, presentaba daños considerables, entre los cuales destacaba una enorme brecha en el casco que había anegado la sentina y parte de los compartimentos de carga. El capitán, gravemente herido, fue interrogado por las autoridades de puerto nada más arribar al muelle, y declaró que su buque había sido atacado por una gran flota de barcos enemigos, que enarbolaban en su pabellón el estandarte de la Orden del Telpe, a pocas millas de distancia. Rápidamente, Arawen y Vilmanion fueron avisados, así como el senescal de Ostaire, y se enviaron mensajes a Ciudad del Dragón, donde el rey Elboron organizaba la defensa de la capital, y también al Consejo, para alertar a Aredhel. Esa misma tarde, los centinelas de la atalaya de la fortaleza avistaron una gran flota de navíos de guerra, que se acercaban rápidamente, a menos de dos millas de la costa. Caída la noche alcanzarían las costas del Valle del Ingenio.

Los capitanes de la quinta compañía se reunieron con el senescal en la alcaldía de la ciudad, para trazar un plan de defensa, y pronto, distribuyeron las guarniciones de la fortaleza de Ostaire y del puerto de Nardaza sobre las murallas de la línea marítima, tanto en las baterías del propio puerto como en la sección de la muralla de Ostaire que daba hacia el mar. Además, la propia guardia urbana se movilizó para cubrir la desembocadura del río Ringluine, con barios trabucos y catapultas a su servicio. La quinta compañía se desplegó para cubrir las puertas de la ciudad de Ostarie que daban hacia el continente, en caso de que las tropas telpitas decidieran desembarcar al sur de Nardaza y emprender un ataque por tierra. Pocas horas después, la maquinaria de guerra de tierra comenzó a lanzar proyectiles incendiarios hacia los primeros barcos. Los arqueros dispararon andanadas que llovieron sobre las cubiertas, y fueron correspondidos desde el mar con más proyectiles. Una fuerte corriente empujó a los barcos peligrosamente hacia los acantilados que sustentaban la ciudad de Ostaire, y dos de las naves fueron lanzadas y destrozadas contra las afiladas rocas. Además, esta misma corriente imposibilitó que las barcas lanzadas al agua por los marinos telpitas con el objetivo de alcanzar el puerto para tomar sus mortíferas armas y posibilitar el desembarco, llegasen a su destino.

El combate naval a penas duró tres horas, y poco después la flota de la Orden se retiraba a fuerza de remos para ponerse a salvo de la maquinaria del Valle.

Con alborozo se vivió aquella victoria entre los soldados y los ciudadanos de ambas poblaciones, pero Vilmanion y Arawen sabían que aquella retirada no había sido definitiva: sin duda, habiendo comprobado que un ataque directo contra las defensas marítimas era inviable, desembarcarían en una costa despejada para emprender un ataque terrestre. Por ello, se envió un destacamento de lanceros de la ciudad al sur de Nardaza.

En la madrugada, uno de ellos llegó, desfallecido, confirmando los temores de un desembarco y contó con estupor que todos sus compañeros habían sido aniquilados.

Por ello, se dispusieron la fuerzas para una batalla extramuros de la ciudad de Ostaire: Vilmanion arrancó casi literalmente a los entes del pequeño bosque en el que se habían instalado y los obligó a acercarse al campamento; Arawen dio ordenes para distribuir los batallones de infantería élfica sobre el terreno, y dispuso a los arqueros de Aredhel y a su caballería tras las filas de infantería.

No era todavía mediodía cuando la vanguardia telpita arribó al altiplano y marchó hacia la formación del Valle. Los cuernos y las trompetas reverberaron en el aire, y los pesados y rápidos pasos de la infantería enemiga retumbaron en la tierra.

-Ni siquiera han descansado de la marcha — Dijo Vilmanion, sorprendido -Atacanrán directamente.

-Y Aredhel aún no ha llegado; ni tenemos noticias suyas. ¿Crees qué habrá recibido nuestro mensaje?

-No lo sé, pero, ahora debemos preocuparnos del enemigo que se nos echa encima.

El druedain rodeó con sus brazos a Arawen y la besó, y luego, volviéndose hacia los inquietos ents, dijo:\"Hasta ahora”.

Arawen ordenó que los trompetas tocasen para el ataque, y pronto las dos vanguardias chocaron con estrépito. Comenzó así el combate, que se prolongó varias horas con cuantiosas bajas en ambos bandos.

Cuando los muertos se amontonaban en el campo y las mermadas y debilitadas tropas del Valle parecían estar a punto de desfallecer, otro golpe de suerte sonrió a los ingeniosos: el sol del atardecer dio de lleno en las tropas enemigas, y sus arqueros, que habían masacrado desde la retaguardia a los soldados del Valle, se vieron cegados por algunos segundos. Arawen se apresuró a ordenar a los arqueros de la quinta compañía que barriesen la retaguardia telpita. Al mismo tiempo, Vilmanion llevó a los ents al flanco izquierdo para desagrupar una poderosa falange enemiga que estaba haciendo estragos en la formación del Valle, y como si se abriesen paso a través de un campo de maíz, aplastaron a cuanto enemigo se cruzó en su camino.

Las cosas parecían igualarse para ambos bandos, y, finalmente, un tercer golpe de suerte inclinó la balanza del lado de los Ingeniosos. Desde la orilla del Ringluine se alzaron las notas de unas trompetas élficas, y poco después irrumpían en la batalla como una marea de azul y dorado unas tropas recién reclutadas enviadas desde la capital a la quinta compañía, y a su frente Aredhel. Los soldados marcharon con energías renovadas e hicieron retroceder las tropas de Telpe, pero, el fuerte calor y la prolongada batalla causaban mella entre ambas filas. El cansancio se apoderaba de sus miembros y la deshidratación hacia estragos en su cuerpo. Muchos soldados de ambos bandos cayeron no por heridas de guerra, sino desfallecidos, e incluidos los oficiales de la quinta compañía, comenzaron a ser más lentos en sus movimientos. También los elfos recién llegados, cansados tras la larga caminata, parecían moverse con extremada lentitud.

Vilmanion, que además tenía el movimiento de su diestra limitado por la herida aún abierta de la batalla anterior, recibió un tajo en el pecho cuando marchaba al frente de los ents, y cansado como estaba, a pesar de que la herida no era de excesiva gravedad, se retiró hacia la retaguardia.

Arawen, marchando con la caballería, fue descabalgada repentinamente fracturándose un brazo al caer al suelo. Por fortuna, unos elfos de la infantería, la vieron y la retiraron del campo de batalla, salvando así su vida.

Por último, Aredhel, mientras disparaba su arco élfico contra las tropas enemigas, recibió, tal vez por un capricho del destino, un flechazo en el hombro izquierdo, que le atravesó la coraza de parte a parte, haciéndola caer en el verde prado.

Parecía de este modo que la suerte que había acompañado a la Quinta Compañía del Valle del Ingenio los abandonó de improviso y fue a ponerse del lado de sus enemigos.

Con sus oficiales heridos, los soldados titubearon, y finalmente, viendo que la mayoría de tropas enemigas habían sido masacradas por los nuevos refuerzos, un lugarteniente ordenó que se replegasen tras la muralla de la ciudad.

De este modo, acabó la batalla por la ciudad de Ostaire, y se permitió que los telpitas, mermados y exhaustos, se retirasen con los cadáveres de sus compañeros hacia sus naves, demostrándose así el honor de los militares del Valle del ingenio, y su devoción hacia las leyes de la guerra.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 13-08-2005 23:09]

Escrito el 16-08-2005 23:28 #3

Era casi medianoche cuando un cuervo se posó sobre el mástil mayor del negro buque de guerra. El pájaro oteó desde las alturas en busca de su objetivo y, cuando lo tuvo en el punto de mira, se lanzó en picado hacia la cubierta de proa y se posó sobre el hombro del hombre.

Pero no era un hombre. Aquella envoltura mortal no era más que un engaño; una artimaña de los Poderes para poder habitar entre las gentes de Arda. El Maia Oscuro de la Orden de Plata se erguía como un temible y poderoso guerrero. Tan poderoso que muchos de los que se atrevían a enfrentarlo huían antes de que ni siquiera les hubiera rozado con el acero de sus espadas negras.

—¿Qué tenemos aquí? —se preguntó Ariul mientras desataba la nota, lacrada con la insignia del Rimbe-a-Quákolie, de la pata del animal.

El Maia llevaba un vendaje en la cintura, pues se había accidentado en la recientemente finalizada batalla en las costas de los Ingeniosos. Habían pasado tres días y, a pesar de la rapidez con la que cicatrizaban sus heridas, aquel rasguño del costado izquierdo aún le dolía según como se movía.

—He oído un pájaro. ¿Sucede algo? —se oyó la voz de Exelder, aunque la figura del elfo permanecía oculta por la oscuridad de la noche carente de luna.

—Acabamos de recibir una misiva de la Reina. Creo que la estamos haciendo esperar demasiado —Ariul se mordió el labio—. Deberíamos haber redactado ya el informe.

—¡Lo que sucede aquí es que nos falta personal para llevar a cabo estas tareas! Servimos a la Orden y luchamos incansablemente; y por si no fuera suficiente, ¿Ahora tenemos que dedicarnos a narrar los hechos? —que venga ese tal Halnaur que tantos honores recibe, pero ningún mísero rasguño, y lo escriba.

—¿Qué es este griterío? ¡Una no puede descansar ni de día ni de noche! —la capitana Jeîsilark, que había estado tomando el aire en la popa del navío, se acercaba lentamente cojeando de la pierna izquierda, apoyándose en unas improvisadas y desiguales muletas de madera de algún árbol de la zona.

—Oh, mi querida capitana —se dirigió a ella Exelder, saliendo de entre las sombras y dejando ver su rostro magullado a la tenue luz de las estrellas. Ya se había recuperado de la contusión sufrida durante la contienda, pero los cardenales eran ahora más visibles—, disculpa el alboroto. Me temo que me sulfuré por unos instantes. Por lo visto Mornaew está impaciente por recibir noticias nuestras.

—Comprendo —dijo la mujer, arrebatando la carta de las manos del Maia—. En ese caso —leía por encima las palabras de su comandante—, no creo que debamos hacerla esperar.

—¿Tu redactarás el informe, entonces? —quiso librarse de la tarea, Ariul.

—Pues… yo tomaré la pluma si así lo preferís. Pero vamos a recopilar entre todos la información relevante —aclaró Jeîsilark.

—¿Loth sigue aún acostada? —preguntó Exelder.

—Creo que sí. No estoy muy convencida de que pueda tenerse en pie aún. Vamos a su camarote y aprovechemos para redactar el maldito informe —sugirió la mujer.

El cuervo voló de nuevo hacia el extremo del mástil, aguardando la contestación que llevaría de vuelta a su dueña.

Los dos capitanes siguieron a Jeîsilark hacia el compartimiento de la elfa, que yacía en cama debido a una preocupante herida de flecha en el hombro. Al abrir la puerta del camarote, hallaron a Loth-loss tratando de incorporarse sobre la cama. Las sábanas blancas estaban manchadas de sangre en el lugar donde hubiera reposado su espalda. Exelder se apresuró a ayudar a su compañera, los otros dos entraron tras él en el cuarto y cerraron la puerta.

—¿Me permites que vea esa herida? —consultó el elfo antes de poner su mano sobre el lugar donde estaba atado el vendaje de la pelirroja elfa. Sus cabellos refulgían contrastando con la palidez de su rostro y, cuando Exelder retiró las vendas que cubrían la profunda herida, su expresión se tornó en una mueca de dolor.

—¿Cómo está? —preguntó Loth-loss, ahogando su sufrimiento.

—Al menos parece que ya empieza a cicatrizar —la alentó Exelder—. Pero la herida fue grave, mi querida Hermana. Me temo que tendrás que guardar reposo algunos días más.

Jeîsilark acercó unos vendajes limpios, y los sustituyeron por los viejos. Ariul había tomado asiento en una rudimentaria silla del mobiliario de la habitación. Y, una vez la elfa estuvo acomodada de nuevo, Exelder tomó asiento a los pies de la cama y la corsaria se aposentó frente al pequeño escritorio, en otra silla de madera. Sobre la mesa, una lámpara de aceite alumbraba débilmente la estancia.

—¿Por qué os acomodáis todos? —preguntó Loth-loss extrañada.

—Mornaew nos ha mandado un mensaje, reclamando el envío de un informe sobre la pasada batalla en Ostaire —le aclaró Ariul.

—Creo que podemos empezar por explicar lo del barco mercante —siguió Jeîsilark—. Aún recuerdo las caras de terror de esos comerciantes cuando se vieron acechados por nuestra flota —la mujer rió, y los otros la acompañaron en su regocijo.

—Pero bien sabes que no fuimos lo bastante hábiles. Alguien no comandó bien la operación, me temo —el Maia cortó las risas que le causaban dolor en el costado; y condenaba a Jeîsilark con la mirada—. ¡No te olvides de describir esos detalles!

—¿Acaso quieres decirme algo? —rebatió la mujer, retornando la mirada furiosa con el ojo que no tenía cubierto—. Esta no es mi tripulación, y no están acostumbrados a estar bajo mi mando, ni yo a comandarlos.

—Esa no es justificación, me temo, amiga mía —se unió Exelder—. Pero no nos encallemos ahora. Lo que está claro es que, aunque ese barco comercial estuvo apunto de ser hundido por los pesados proyectiles de nuestros escorpiones, lo dejamos huir y alertó a los militares del Valle.

—Estás en lo cierto. Quizás hubiéramos pasado más tiempo desapercibidos, si no se nos hubiesen escapado —siguió Loth-loss—. Y les dimos ventaja para preparar todo el potencial de su flota. Nuestros negros barcos no fueron suficientes.

Jeîsilark iba tomando nota de lo que hablaban, remojando continuamente la pluma en el tintero. —Las pérdidas en el enfrentamiento naval fueron excesivas. Yo creo que tendríamos que haber atracado nuestros barcos y haber ido directamente por tierra, para sorprenderlos desprevenidos mientras estaban pendientes de la costa. ¡Pero no! Tuvimos que acabar acatando sus preferencias —se dirigía al Maia.

Ariul estuvo a punto de levantarse e iniciar una pelea, pero Loth-loss le profirió un gesto negativo y él se dio cuenta de que no era el momento. —Bien, escríbelo. Llegamos cerca la costa y por poco nos hundimos de forma vergonzosa en aguas enemigas —relató el Maia, malhumorado.

—Por eso, es complicado y arriesgado atacar una ciudad marítima si ya han sido alertados —tomó la palabra Exelder—. Era de esperar que nos hubiesen preparado todo su armamento para darnos la bienvenida. Todas esas catapultas y demás maquinaria militar. Mucha más de la que nosotros podríamos cargar en los buques.

—Pero nuestros proyectiles fulguraron como incandescentes estrellas en la oscuridad de la noche mientras se llevaban por delante a decenas de soldados apostados en los embarcaderos y por toda la línea de la costa —prosiguió Loth-loss.

—Y menuda noche. El clima de esta inmensa isla es bien distinto del que tenemos en el continente. Apenas han transcurrido dos semanas desde que acudiéramos todos al llamado de la Reina en Narmelost, y allí el tiempo era lluvioso. Aquí el calor es insoportable —comentó Jeîsilark, dejando de escribir por unos instantes.

—Pues claro que fue una noche calurosa. Tenemos varias naves que se hubieran tornado cenizas si no fuera porque estaban sobre el agua —agregó Ariul—. Y esa maldita corriente marina. No entiendo aún como aquellas naves pudieron perder el control y chocar contra los acantilados.

—Apenas una veintena de hombres, entre milicia y remeros, salieron vivos de esos desgraciados accidentes —se lamentó la elfa—. Pareciera que todo se tornaba en nuestra contra, como en el peor de los hados, cuando me di cuenta de que los timoneles no podían hacer virar las embarcaciones.

—Yo desconocía por completo que se dieran por esta zona estas traicioneras corrientes —continuó Jeîsilark—. No fue tan desgraciado nuestro sino, pues pudimos superar la crisis y escapar del que hubiera podido ser el más desafortunado de los finales para la siempre renombrada Compañía Quinta de la Orden.

—Tienes razón. ¿Cómo se llama ese puerto cercano a la ciudad de Ostaire? —preguntó Exelder.

—Nardazda. Ahí la suerte también nos fue propicia —le respondió Jeîsilark—. Fue una triste bienvenida la que recibimos al sur del puerto. Cayeron como moscas esos pobres lanceros.

—¿Crees que alguno escapó a nuestra arremetida? —preguntó Ariul.

—Tal vez. Pero yo conté muchos cuerpos tendidos sobre el piso húmedo por la sangre derramada —aseguró la mujer, que miraba como se había manchado la mando con la tinta—. Voy a poner todo perdido —. Y se sacó un pañuelo del bolsillo para limpiarse; pero con tan mala fortuna que dio un codazo al tintero y por poco estuvo a tiempo de retirar las hojas en las que estaba escribiendo el informe.

—Ahora sí que lo has puesto perdido… —rió Ariul.

—Remoja el pañuelo en esa tina de agua —señaló Exelder hacia un rincón. Jeîsilark hizo lo que le sugirió el elfo y limpió la mesa.

—En el primer cajón habrá más frascos de tinta, Jeîsilark —informó la elfa.

Efectivamente, la mujer colocó otro bote sobre la mesa, abriéndolo con cuidado. —Perdonad mi torpeza —se disculpó—. ¿Por dónde íbamos?.

—La ridícula guarnición de bienvenida que masacramos antes de avanzar hacia la ciudad —recapituló el Maia—. No sufrimos ninguna baja en ese enfrentamiento.

—Y no dejamos descansar a las tropas —recordó Exelder—. Creo que nos guardan algo de rencor.

—No teníamos tiempo. El enemigo sabía que no nos íbamos a rendir tan fácilmente después del ataque marítimo —señaló Jeîsilark—.

—Y parecía que la distancia hasta Ostaire se incrementaba —declaró la elfa—, pero supongo que tuvimos esa sensación debido al cansancio que ya íbamos acumulando.

—Y ese calor… Lo que hubiese dado por una brisa gélida —manifestó la mujer, rememorando aquellos días de calma en Osto Telemna en los que podía pasar todo el día en la playa escuchando el rugir de las olas.

—Cuando alcanzamos la ciudad Anar brillaba en lo más alto del cielo. —apuntó Ariul, recordando el momento—. Creo que los primeros soldados que nos avistaron se quedaron petrificados.

—Creo que estaban preocupados. Luego quedó claro que esperaban una ayuda que no llegaba —clarificó Loth-loss, y sintió una punzada en el hombro—. Recuerdo el resonar de nuestros cuernos de plata, que producía ecos en los muros de la ciudad Ingeniosa, y como pude percibir el miedo de esos jóvenes soldados que apenas hubieran abandonado la casa de sus padres.

—Sus trompetas produjeron un sonido entrecortado —rememoró el elfo—. Seguro que esos trompetistas temblaban mientras soplaban por sus instrumentos.

Todos rieron durante un breve lapso de tiempo. Luego retomaron la narración, pues ya no iban a reír tanto con algunos de los recuerdos.

—El choque frontal con las filas de infantería que vinieron en nuestra búsqueda fue terrible. Recuerdo haber atravesado a más de tres soldados casi sin darme tiempo a pestañear —dijo Jeîsilark—, pero detrás la caballería… Fue difícil esquivar a esos jinetes que pretendían pisotearnos.

—Y así fue, querida Jeîsilark —añadió Loth-loss.

—¡Ay! Eso sí que fue una completa torpeza por mi parte —se lamentaba la mujer, pensando en lo sucedido—. Escuché el crujido de mi pierna al partirse el hueso. Y el profundo corte al caer abatida.

—¿Te has quedado con esa punta de lanza? —quiso saber Exelder.

—Sí. A lo mejor mando que le añadan el palo cuando volvamos a casa. Tal vez en otra ocasión pueda arrancar las vidas de los Ingeniosos con un arma de sus propias herrerías —maquinaba la mujer mientras se miraba la pierna entablillada casi hasta la cadera.

—Igual tuviste suerte. Podría haber sido peor —concluyó la elfa.

—Lo tuyo fue peor Loth. Pudiste haber muerto, si esos arqueros ingeniosos no hubiesen errado por poca distancia —dijo el elfo.

—Es cierto. Me sentí desfallecer; tendida entre la multitud de cuerpos sin vida, sintiendo como el fluido vital emanaba de la brecha —Loth-loss parecía sentir de nuevo aquel dolor en el cuerpo y en el alma—. Cuando por fin me extrajeron la flecha, aunque creo que estuve a punto de perder la conciencia, sentí que iba a recuperarme.

—Llegó un momento en el que pensé que era yo el único capitán que seguía con vida, y la furia me llenó de pies a cabeza. Me hervía la sangre, y es incontable el número de vidas que arrebaté en muy poco tiempo —volvió a hablar Ariul—. A pesar de haber perdido a su oficial al mando, los arqueros lanzaron tantas flechas contra el enemigo que a punto estuve de ser atravesado por uno de nuestros propios proyectiles.

—Pero al final fuiste tu mismo, que te hiciste ese profundo corte. Aunque ahora ya parece que no es nada, ¿Verdad? —observó Exelder.

—Creo que el bochorno insoportable que invadía el campo de batalla acabó por desorientarme —decidió el Maia—. Lo cierto es que de repente las flechas dejaron de parecerme amenazantes.

—Esos ents se venían encima como enormes moles dotadas de inteligencia —siguió el elfo—. Pero cuando nuestras tropas les prendieron fuego con esas flechas encendidas, el caos fue total.

—Y que lo digas —asintió Ariul—. Estuve a punto de quedarme desarmado cuando uno de esos seres me embistió y caí al suelo, clavándome parte de uno de sus semejantes en el costado.

—Yo tengo una laguna en mi memoria. Sé que una rama me asestó un fuerte golpe antes de que pudiera esquivarla. Pero luego me desmayé y desperté entre un montón de madera —Exelder se palpaba la frente, algo hinchada aún.

—A esos Ingeniosos les brillaban los ojos cuando, en el momento en que estuve segura que iban a replegarse tras los muros de la ciudad, aparecieron esos refuerzos como por gracia de los Valar —tomó la palabra Loth-loss—. Por entonces me estaban alejando del lugar donde había caído.

—Yo no llegué a ver el final. Ni siquiera fui muy consciente de la embestida de esos árboles vivientes —añadió Jeîsilark.

—A pesar de los refuerzos, poco más pudieron hacer para evitar su retirada. Si no hubiésemos perdido a tantos altos cargos, tal vez hubiésemos podido intentar asediar Ostaire —afirmó Ariul.

—Es probable. Pero tendremos más oportunidades —habló el elfo, seguro de lo que decía—. La Reina tendrá que reconocer que, aunque sufrimos muchas pérdidas, el enemigo no salió indemne. Para nada.

—Veremos lo que nos dice la Reina. Aquí aguardaremos las instrucciones que nos traigan los cuervos —acabó Loth-loss— ¿Ya lo has apuntado todo?

—Creo que sí —mostró la mujer un par de hojas escritas de arriba a bajo.

Ariul se puso en pie dispuesto a salir de la estancia. —No hagamos esperar más al pájaro.

Escrito el 20-08-2005 11:03 #4

Resumen de la batalla:

Telpe ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.

Recuperables: 175 puntos.

Valoraciones: 8+10+9+9+9= 9

Recupera: 158 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 110%, por este concepto recupera 385 puntos. Total recuperacion: 158+385= 543 puntos.

No pierde puntos.

Valle ha perdido 11 armadas x35= 385 puntos.

Recuperables: 257 puntos.

Valoraciones: 7+9+8+8+8= 8

Recupera: 206 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 60%, por este concepto recupera 210 puntos. Total recuperacion: 206+210= 416 puntos.

No pierde puntos.

Valle percibe 150 monedas por batalla ganada.

Valle entrega 100 monedas a Telpe por abandono de la batalla.

Compañias actualizadas y listas.

Historia finalizada.