La Guerra de los Clanes

C3 Nurn Vs C2 VAlle

Terminada
Escrito el 10-08-2005 22:51 #1

Fin Guerra: Valle del Ingenio se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 15

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 11

Las dos compañías partían al 50%. Victoria para Valle.

Escrito el 13-08-2005 10:58 #2

Una tarde cualquiera, como venía haciendo frecuentemente, Hériowyn, se dirigió hacia las afueras de la ciudad. Desde que su madre había muerto, debido a unas altísimas fiebres, y había pasado al cuidado de sus abuelos, se había convertido en una niña triste y melancólica.

Sus largos paseos por el bosque le permitían reflexionar. Su padre era miembro del ejército, lo que provocaba en ella mucha ansiedad, ya había perdido a su madre y temía por su él. El bosque se había convertido en su refugio personal, lejos de las miradas de los vecinos, las cuales pasaban de ser piadosas a otras más bien tristes.

Esa tarde, Hériowyn, recogía flores, ensimismada en sus pensamientos.

- Hériowyn… - le pareció oír.

La muchacha se agitó buscando a la persona que la llamaba. No había nadie alrededor. Tan solo el leve agitar de las hojas mecidas por la cálida brisa. Continuó con su labor.

- Hériowyn… - se oyó nuevamente, esta vez de una forma más clara.

Las flores se le cayeron de las manos, presa del pánico. El bosque que siempre le había parecido amistoso de pronto se había tornado amenazador. Salió corriendo en dirección a la ciudad.

- Tu refugio…tu refugio… ¿recuerdas?... – la voz que cada vez le era más familiar dijo algo que era muy importante para ella.

Un recuerdo de años pasados y más felices acudió presto a su mente. El refugio…el refugio… ¿Cómo era posible? Cambió súbitamente de dirección, dirigiéndose al norte. Una milla corriendo tan rápido como sus piernas le permitían la hizo respirar agitadamente. Al final llegó a su objetivo, un árbol centenario, en cuyas ramas había construido un refugio, junto con su madre, cuando ella era una niña feliz. Su madre le explicó que, lejos de aquellas tierras, vivían unos elfos en las copas de los árboles, en refugios como el suyo, y le solía contar historias maravillosas que la hacían soñar y viajar con la única compañía de su imaginación.

Subió apresuradamente, y encontró algunos de los objetos que abandonó la última vez que había estado allí con su madre, antes que enfermara.

Desde el refugio, vio a un ejército que se dirigía hacia su ciudad. Los estandartes, de colores vivos y en gran número, no le eran conocidos.

Las trompetas sonaron en la ciudad de Azdakadar y por la puerta salió en tromba el grueso de las tropas.

A pesar de su corta edad, Hériowyn, entendía perfectamente lo que iba a pasar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pues entre los soldados de la ciudad debía estar su padre.

El sonido de unos torpes pies hizo que se asustara, y se volvió lentamente hacia la procedencia del mismo. Miró hacia abajo y vio lo que parecían unos seres grotescos. ¿Serían acaso los tan temidos “orcos”? Jamás había visto ninguno antes. Aguzó el oído para oír lo que decían, pero no pudo entender palabra alguna, pues la lengua que hablaban le era desconocida.

- Annar nashraj, úrvâs besajh! Dojhier tiénbe.

El sonido de ese idioma le resultaba tosco y desagradable. La niña se fijó en que parecían simples enviados a supervisar que no se les tendiera una emboscada desde el bosque. Con la misma torpeza con que habían aparecido, siguieron su camino sin detectar la presencia de Hériowyn.

La noche se había abatido sobre la ciudad, aunque una espléndida luna llena iluminaba con gran claridad la llanura que se extendía ante ella, donde se habían apostado, uno frente a otro, los dos ejércitos.

El ejército desconocido estaba integrado por multitud de seres diferentes, se distinguían entre sus tropas a miembros de prácticamente todas las razas: enanos, orcos, hombres, elfos, trolls… era un ejército realmente temible que inspiraba pavor ante su evidente ferocidad.

Por el contrario el ejército de Azdakadar estaba integrado exclusivamente por hombres. El número de integrantes era enorme y seguro que los aguerridos guerreros no se amedrentarían ante las fuerzas enemigas.

La batalla estalló. Sus ojos buscaban afanosamente entre las tropas para encontrar a su padre, pero la oscuridad, los ropajes de guerra y los cascos impedían tal labor. Delante de las tropas se veía a los tres capitanes, muy conocidos en la ciudad, hombres respetados y venerados, curtidos en muchas batallas. Los tres acudieron como cualquier soldado a la confrontación directa y el choque fue estremecedor.

La niña lloraba desconsoladamente, sin embargo, algo había cambiado a su alrededor. El árbol parecía acogerla cariñosamente y se sentía protegida. Era como si un halo la envolviera y la consolara ante la desastrosa visión que la niña contemplaba.

Los hombres vigorosos de Valle se las veían contra enemigos de todas clases. Algunos seres como los trolls se regodeaban en lo inmundo de su especie, con actos de crueldad supina. Era frecuente ver cabezas rodando, flechas produciendo daños insoportables y espadas, luchando en manos de soldados sin escrúpulos, cortando miembros con la frialdad del hielo.

La batalla se prolongaba durante horas y, a medida que transcurría el tiempo, iban quedando cada vez menos soldados sanos que pudieran continuar la batalla en plenitud de fuerzas.

La temperatura iba bajando y la niña cada vez tenía más frío. Su cuerpo se enfriaba al mismo ritmo que sus esperanzas de que su padre se encontrara sano y salvo entre tal carnicería. Hériowyn rezaba, lloraba, recitando una oración que su madre le enseñó de niña cuando le había dicho:

Cuando tengas miedo, te encuentres sola, recuerda esta oración y te sentirás reconfortada… ¡Átaremma i ëa han ëa, na aire esselya, aranielya na tuluva!

La repetía mentalmente una y otra vez. No sabía el significado de aquella frase. Su madre le había dicho que era la lengua de los elfos que habitaban en las copas de los árboles y que tenía un gran poder.

¡Átaremma i ëa han ëa, na aire esselya, aranielya na tuluva!

¡Átaremma i ëa han ëa, na aire esselya, aranielya na tuluva!

En ese preciso instante, lejos de la febril mirada de Hériowyn, su padre caía herido por una flecha lanzada por un elfo enemigo. Sabedor de que su vida estaba llegando a su fin, encomendó su espíritu a los Poderes que habitaban allende los mares y pidió a Yavanna que velara por su hija.

Dos de los capitanes de Azdakadar habían sido heridos, con cortes de diferente gravedad. El tercero de ellos, se debatía a solas con un troll monstruoso. El capitán abatió al troll con su espada, mas no pudo evitar que en su caída le derribara y quedara a merced de un enano que intentó rebanarle el cuello con su hacha. En el último instante, consiguió zafarse del envite, aunque recibió una herida en el hombro. Dos soldados corrieron a auxiliarle, impidiendo que muriera mutilado.

¡Átaremma i ëa han ëa, na aire esselya, aranielya na tuluva!

La voz de Hériowyn cada vez se iba apagando y un entumecimiento general se estaba apoderando de su cuerpo.

En su huida por los bosques, había sufrido numerosos cortes y arañazos de algunas hierbas venenosas, y el veneno iba corriendo en su interior, causando estragos en la salud de Hériowyn.

La niña empezaba a delirar. En su ensimismamiento una voz le susurraba…

- hériowyn… hériowyn…

- te reconozco… - musitó.

- debes luchar… no ha llegado el momento todavía.

- Madre… madre… hay una lucha… Padre está… tengo una mal presentimiento.

- Tu padre no sufre…él está bien… yo cuidaré de él, para siempre.

- Yo quiero ir con vosotros.

- No es posible, hija mía. Tu tiempo no ha terminado. Tienes un futuro con un porvenir glorioso. Ahora me tengo que ir…recuerda siempre que tu padre y yo estaremos siempre contigo. Cuando desfallezcas y nos necesites, recuerda nuestra contraseña.

- ¡Átaremma i ëa han ëa, na aire esselya, aranielya na tuluva!

- ¡Te quiero, Hériowyn!

Tras esa frase, la brisa barrió el bosque, llevándose para siempre la voz que Hériowyn había oído. La niña se desmayó exhausta por el esfuerzo y el efecto del veneno.

Las trompetas de Azdakadar sonaban con fuerza. Las tropas se retiraban al abrigo de la ciudad. Las bajas habían sido numerosas, mas las del enemigo eran mayores. Era tiempo de restañar las heridas, por si se tenía que entrar en liza nuevamente.

Los médicos de la ciudad atendían a todos los heridos en la batalla. Los dirigentes de las tropas habían sido dañados durante la lid, mas no tenían heridas de gravedad. Con algunos remedios caseros y un poco de descanso se recuperarían, eran hombres fuertes.

Las mujeres más adiestradas en el arte de curar, fueron al bosque en busca de hierbas con propiedades curativas. Una de ellas, que buscaba una planta narcotizante para apagar los dolores provocados tanto por las heridas como por las curas, oyó un gemido y se asustó ante la posibilidad de que se tratara de un soldado enemigo que hubiera quedado rezagado.

El hallazgo de la mujer la dejó perpleja… la hija de aquella desdichada…antes de salir hacia el bosque había visto como entraban en la ciudad con el cadáver de su padre.

- Pobre huérfana – pensó – Está prácticamente muerta. Tiene heridas infectadas por todas partes y su cuerpo está helado.

La arropó con su chal y la acogió en sus brazos apretándola con fuerza contra su pecho para darle calor. Corrió hacia la ciudad en busca de algún sanador. Ellos sabrían qué hacer.

Escrito el 16-08-2005 11:31 #3

Hace años que las Familias nos hemos instalado en Nurn siguiendo los pasos de Korzkin, el viejo aventurero. Nos propusimos reutilizar las Minas del Skalnâ, como sabéis, que son más antiguas que las de las Colinas. No se está nada mal allí. Creo que siempre será un sitio atractivo para los peregrinos del Norte: aún quedan buenas vetas de plata y estaño, que seguramente se prolongarán mucho en las profundidades aún.

Pero nuestra estadía en las antiguas Estancias del Skalnâ no duró demasiado, desgraciadamente. Cuando los Soberanos de Nurn se enteraron de que habíamos puesto nuevamente en funcionamiento las Minas, se aprovecharon de nosotros, aduciendo que éramos intrusos en sus dominios, y enviaron a sus temibles esbirros para que nos trasladaran en calidad de esclavos hasta la horrible Ciudad Industrial de Curufarnë (que significa Morada de la Técnica, aunque debiera significar Prisión de los Técnicos). Allí nos forzaron a realizar rudos trabajos de herrería, a la par de otros cientos de hermanos venidos de los más distantes rincones de Arda. Lo que ocurre es que estas gentes se piensan que todo Enano, sólo por pertenecer a su raza, es experto en la forja de armamentos: en momento alguno se molestaron por averiguar si lo nuestro no era, sencillamente, la minería y el trabajo artesanal.

En fin. Ha sido por este motivo que no hemos escrito hasta ahora. A los esclavos no se les permiten ciertas comodidades propias de las gentes libres, y además en los últimos años el racionamiento para la guerra había eliminado todo rastro de papel, como no fuera para uso de los Señores y sus escribas. Nadie ha supuesto nunca tampoco que los Khâzad podíamos escribir, así que ni siquiera pensaron en nosotros para tales ocupaciones.

Hemos vivido ejerciendo en las forjas de Curufarnë día y noche durante los últimos espantosos años. Y sin embargo el agotador y pésimamente recompensado trabajo, conseguimos hacernos de un destacado lugar en este sitio. Los lazos de las Familias no se han roto, sino que se han incrementado más aún en la adversidad: los Enanos somos duros, eso lo demuestra la experiencia. Y aquí han acabado por respetarnos por la calidad de nuestras obras y por nuestra gran resistencia en las pesadas faenas. El futuro dirá quiénes somos los Khâzad, ya lo veréis.

Pero lo peor no había sucedido aún. Cuando creíamos que el Gran Destino nos sonreía nuevamente, y ya volvíamos a confiar en que el trabajo duro siempre obtiene la justa recompensa del Generoso, ocurrió que la tan mentada guerra se desató un día. Entonces los Señores mandaron tomar, de las Familias, a quienes consideraban menos aptos para las faenas de herrería, y así fue que algunos fuimos enrolados como guerreros… ¿podéis creer que nos vistieron con cotas de los mejores metales y que nos armaron con hachas que en Khâzad-Dum soñarían con poseer? …los Gnoldor son muy hábiles en la forja de piezas finas y resistentes. Hay mucho que aprender de ellos aún.

¡Así que imaginaos mi apariencia en cota élfica y enarbolando una reluciente hacha de acero!... y conmigo mis hermanos Khînil, Maul y Darin; mis primos Galdin, Bidin, Kuldan y Muldan; Úlin y Fólin; Cístor, Thurdin y Lundin; Alduin, Bitin, Thirdun y Thurdun; Áldin y Bolin; y los tíos Arfer y Faron. Además de todos nosotros, otros 40 primos y tíos de la Familia de Bardin, de cuya horrorosa muerte nos enteramos promediando la Guerra. Nuestros sentidos pésames vayan con vosotros, que le habéis acompañado en sus últimos años. Y en cuanto a su -seguramente- cuantiosa herencia, no debéis preocuparos por enviarla. Ya os contaré por qué.

Pero antes de ir a lo importante de mi relato, permitidme mencionaros a un personaje muy singular, a quien no conocimos sino de vista sino hasta entrar en la Guerra (aunque luego no hayamos llegado a conocerlo mucho más en profundidad, tampoco): Barkoin, Hoja de Hierro. Este hermano, natural de Khâzad-Dum y un excelente herrero como todo buen hijo de Durin, tenía algo que lo destacaba de cualquiera de nuestra raza. Y no era sólo su talante tan solitario ni su actitud recia y decidida en grado sumo: esto es algo que, sin dudas, podríamos encontrar en el carácter de los más singulares Khâzad de las Colinas. Sino que Barkoin era Señor de Nurn, y se sentaba a la par de los soberbios Elfos que reinan en estas tierras (luego comprobamos que no son sólo Elfos quienes reinan, sino algunos Hombres, e incluso otros Seres sobre los que prefiero no hablar aún).

Lo que creímos desde un principio –y luego no tuvimos ya dudas al respecto-, es que este hermano había pactado con los Poderes Oscuros de Arda: tan terrible era su mirar (desde una altura de algo más de cinco pies se hacía más escalofriante aún), tan altivo su andar y tan feroces sus costumbres, que nunca pudimos estar en su presencia sin que un profundo terror nos tomara por entero. Y aunque sólo hacía visitas esporádicas a Curufarnë (para realizar alguna Gran Obra o para supervisar odiosamente el trabajo de Elfos y Khâzad en las faenas), pronto encontró el modo de fastidiarnos permanentemente, ya que consideraba que los miembros de las Familias no éramos lo suficientemente hábiles como para seguir comiendo de la mano de Nurn. Y fue así que, por intermedio de sus lacayos (los Irguin de Khâzad-Dum), acabó por hacernos la vida muy complicada. Es por esto que mucho más debimos esforzarnos, desde siempre, que cualquier otro esclavo de este infausto Reino. Pero hemos triunfado. Hemos puesto el cuerpo a las humillaciones y dificultades a que nos han pretendido someter. Los Khâzad somos duros. Os explicaré.

Las gentes -ya sabéis- se piensan que entre los de nuestra raza nos entendemos muy fácilmente, y que basta uno que chapucee la lengua secreta para que le obedezcamos sin más. Por esto, apenas nos vimos enrolados y vestidos en estas lujosas armaduras, fuimos a parar al escuadrón que dirigía Barkoin, el Terrible. No diré mucho ahora de las humillaciones que recibimos durante nuestra prolongada campaña en el Bosque del Silencio (¡vaya sitio terrorífico!) ni de la masacre de Barad Avathael (una fortaleza enemiga que habíamos ocupado recientemente, y de la cual apenas conseguimos huir con vida). Fueron, todas estas, atroces jornadas en las que aprendimos los rudimentos del buen guerrero nurnita, pero en las que –afortunadamente- no perdimos a ninguno de nuestros parientes cercanos bajo el hierro enemigo.

Pero, a pesar de nuestra disciplina y buen servicio, la paciencia de Barkoin parecía agotarse muy a menudo. Y los miembros de las Familias siempre fuimos los blancos dilectos donde descargar su ira. Ahora bien, el criminal no se permitía mermar su pequeña escuadra de Khâzad: lo que hacía era mandar a matar, regularmente, a nuestros parientes que permanecían en Curufarnë. Así, en el Bosque del Silencio nos enteramos sucesivamente de la tortura de los tíos Finil y Khadar, y de las terribles muertes de Khildun y Tharkin.

Llegamos a odiar y a temer profundamente las espeluznantes apariciones de esos cuervos negros, llamados de Ainamar, que suelen comunicar las noticias entre los Capitanes Nurnitas y que muy a menudo nos regalaban con estas odiosas nuevas. Fue de improviso, y justo antes de que comenzara la batalla de Avathael, como llegaron hasta nosotros las noticias del asesinato y de la tortura de papá y mamá. Y otra vez por intermedio de los demonios emplumados. Lo cierto es que si el objetivo de este hermano, renegado de su Raza, era acrecentar nuestra furia y el odio con que embestíamos al enemigo, no podré nunca negar que consiguió salirse con la suya, y con creces: cincuenta enemigos cayeron bajo mi hacha en esa sangrienta jornada. Altivos Elfos del Antiguo Oeste, la mitad de ellos.

Me congratulo ahora por esto. Aprendí lo que debía para formar parte de una feroz Compañía Nurnita. Y lo mismo he de decir, con orgullo, de mis primos y hermanos. Ahora podemos volver nuestra límpida mirada hacia el lejano Hogar, y afirmar a viva voz que somos tan guerreros como los mejores de entre nuestros Ancestros.

Nunca osamos, sin embargo, levantar el hacha contra el responsable de la muerte de nuestros familiares ¿Cómo puede ser que un Enano no vengue una ofensa? os preguntaréis. Pues bien, vosotros no sabéis lo que son estos Señores de Nurn, tan terribles y despiadados. Vosotros habríais actuado como lo hemos hecho nosotros, con cautela y precaución. Y esperando a servir la venganza en plato frío, por más que los nuestros siguieran muriendo entre tanto. Os contaré lo que hicimos.

Luego de la huida de Barad Avathael, nuestra mermada Compañía montó un campamento improvisado en medio del Bosque del Silencio. Y aunque pronto recibimos importantes refuerzos desde el país de Nurn, debimos volver a retirarnos ante un nuevo ataque enemigo: el estado de nuestra moral era entonces calamitoso, y el odio que expresaba Barkoin (que había sido gravemente herido en Avathael) superaba todo cuanto yo pudiera esperar de un miembro de nuestra Raza. Afortunadamente, su obligada postración nos evitó mayores daños durante un tiempo.

Fue en esta situación de desastre -y cuando media Compañía restañaba aún sus heridas en las tiendas médicas-, que llegó al campamento un nuevo Señor que, al parecer, venía de reconquistar la fortaleza que nosotros habíamos abandonado. Era este un Hombre, y dirigía un gran escuadrón de fieros miembros de su raza. Pronto se reunió con nuestros Capitanes y puedo asegurar que entonces se hablaron grandes cosas: las alianzas habían cambiado, según se rumoreó luego, y también se habían modificado los objetivos de nuestros ataques. Ya no era el Occidente nuestro blanco -el enemigo que nos acabara de vencer era un nuevo aliado-, y los Señores ponían ahora la mira en el Oriente.

Al amanecer, con un enorme contingente partieron los Capitanes Elfos de nuestra Compañía, Seron Lumnelda y Aranel Élvanwa. Pero nosotros permanecimos durante una terrible semana en compañía de los recién llegados, acaso esperando a que Barkoin se recuperara de sus profundas heridas. Una semana en que nuestras vidas se vieron exasperadas: los Hombres de Kalemba, despreciando nuestra antigua y gloriosa Raza, nos trataron entonces como a Orcos. Se divertían jalando de nuestras barbas, o cortando nuestras elaboradas trenzas. Y no faltaron los días en que no tuvimos qué comer, o aquellos en que nos vimos durmiendo a la intemperie: castigos injustificados que tal vez tuvieran origen en la rivalidad entre ambos Capitanes, y en la hospitalización de Barkoin.

Pero al fin partimos del nefasto Bosque. Una extenuante serie de jornadas nos llevó a paso firme hasta el puerto militar de Grishûrz Faal. Y, ahora sí, no me alcanzan las palabras para relatar aquello. El más grande ejército que jamás haya tenido la oportunidad de ver estaba reuniéndose allí. Y nosotros tomaríamos parte en él. ¡Vaya orgullo y emoción que sentimos entonces! ¡Aún a pesar de que debíamos embarcarnos! La flota era asombrosamente magnífica: consistía en muchos cientos de enormes y poderosos buques negros, de recia constitución y bellamente ornados. Por todos sus lados, las naves rebalsaban de fieros soldados nurnitas, hijos de todas las razas que pisan Arda: una gloria para los sentidos de cualquier guerrero que se precie.

Y allí, en Grishûrz, aprecié el verdadero poder de Barkoin, Hoja de Hierro. Temblé cuando le vi, al momento de embarcar, a la par de los otros tres tenebrosos Capitanes del glorioso ejército. La primera de ellos -quien más hacía notar su autoritaria presencia al común de la tropa- era una altiva y distante Elfa, Nulkaiel Milyawen. Pero quien al parecer dirigía las operaciones era un oscuro ser de quien sólo me atrevo a conjeturar que estaba emparentado con las Antiguas Serpientes. En todo momento evitamos observarle directamente al rostro, y su sola cercanía nos despertaba escalofríos. La tercera comandante, en cambio, nos dedicó muchas veces su atención. ¡Ojalá nunca hubiera reparado en nosotros! Se le conocía como Aldamorna (que significa árbol negro). Y no me extenderé mucho más sobre ella, a riesgo que duden de mi cordura. Sólo diré que, en efecto, se trataba de un árbol con extremidades -como las de un Khâzad- y que poseía el Don de la Palabra… como en los viejos cuentos.

¡Vaya horror! ¡Si vierais cómo miraba nuestras hachas! ¡Si hubierais oído las furiosas palabras, cargadas de veneno, que dirigía siempre a los de nuestra Raza! No diré más: hay ciertas cosas que preferiría olvidar para siempre. Pero sabed que muchos secretos se esconden aún en Arda, para el asombro de todos nosotros.

Aquella campaña fue fugaz y exitosa. No intentaré recordar los días en que navegamos a mar abierto ¡vaya sensación espantosa!… ni lo que fue convivir amontonado con apestosos Orcos durante tantos días (por no hablar de los desagradabilísimos y malolientes Trolls que viajaban en los fondos de cada buque). Sólo diré que me reconfortaba soñando con que viajaba en la Nave Señorial, en compañía de Barkoin, Hoja de Hierro…

El arribo a las tierras extranjeras despertó nuestros ánimos, sin embargo: al remontar un ancho río tierra adentro, observamos cómo nuestros aliados en la invasión catapultaban los miembros mutilados de los cadáveres recogidos en batalla por sobre los muros de una ciudad sitiada. Toda nuestra flota saludó, con la estridencia de los Cuernos de Mar y la ensordecedora algarabía de nuestros vítores, aquella escena magnífica con la que éramos recibidos en tierra enemiga ¡Y mucho mejores aún fueron los días siguientes!: al desembarcar ante las murallas de la esplendorosa Capital de aquellas gentes, que ocupa el centro de un valle que da nombre al país entero, descubrimos que nadie haría frente a nuestro terrible ejército, y que la población había sido enteramente evacuada por medios desconocidos.

Cargamos entonces cuanto quisimos en los poderosos buques negros. Pero el ejército continuó su marcha a pié: aunque el río continuaba al otro lado de las murallas, era imposible trasladar los pesados buques de un extremo al otro. Así fue que la negra flota viró de regreso a Nurn, al mando de aquel Capitán misterioso que –Serpiente al fin-, partía montado sobre desorbitantes montañas de oro.

No se nos permitieron excesos destructivos durante el saqueo, y nuestro ánimo estaba más dispuesto que nunca para entrar en batalla con quien fuera: no hubo problemas, por lo tanto, para continuar la marcha hacia el Oriente. Pero sí que los hubo para mantener la calma durante las semanas en que acampamos junto a la costa nororiental de estas tierras. Sólo tras largos días de espera comprendimos por qué nos habíamos detenido allí: esperábamos refuerzos desde Nurn. Y llegaron al mando de aquél Hombre a quien viera por vez primera en el Bosque del Silencio, el tal Kalemba.

Fue ese el momento esperado. Desde el arribo del Hombre, la tensión que se generó entre Barkoin y él fue evidente, y a los pocos días la situación del campamento se volvía intolerable. Lo cierto es que, al advertir la manifiesta rivalidad entre ambos Capitanes, ya no dudé que aquel Hombre podría sernos de ayuda. Y me armé de valor para dirigirme directamente a él y contarle de nuestras penurias: para mi maravilla, Kalemba me comprendió. Así fue que me brindó un poderoso veneno –y algunos prudentes consejos-, que me serían de gran utilidad posteriormente.

¡Si hubierais visto a nuestro ejército formado para la batalla! ¡Multitudes infinitas de Orcos pululando en torno a los fieros Trolls en la vanguardia! ¡Escuadrones enteros de caballeros y de infantería humana abarcando las lomas hasta la cima! ¡Lanceros y batallones de arqueros élficos ocupando los flancos, ya casi sobre las espesas arboledas! Y allí, por encima de aquella visión, nuestra pequeña escuadra de Khâzad ocupando la cúspide de la colina, junto a la retaguardia de la infantería humana.

Enfrente nuestro se hallaba apostado, justo por fuera de las murallas del puerto que pretendían defender, los enemigos de Nurn: un mar de guerreros, todos ellos Hombres, aunque muy dispares entre sí por lo que se alcanzaba a ver. Sus arqueros debían ser muy buenos, por cierto, porque durante el intercambio de flechas –que pareció prolongarse por horas- muchos fueron los Orcos que cayeron de nuestro lado. Pero finalmente sonaron los bronces y los cuernos desde ambos bandos. Y los ejércitos chocaron con furia y estruendo.

No fue hasta que promedió la tarde que se requirió de la intervención de la retaguardia. Y entonces decidí llevar a cabo lo planeado: mientras descendíamos la empinada ladera en medio de feroces gritos, silbé la señal convenida y caímos todos los miembros de las Familias sobre Barkoin, el Maldito. Se defendió con fiereza de endemoniado, y acabó con muchos de los nuestros él sólo. Pero cuando al fin lograron desarmarnos -y estacarnos al suelo- los hombres del batallón vecino, Hoja de Hierro yacía desangrándose sobre los pastos… y en muchas de sus heridas debía correr el veneno de Kalemba.

La feroz batalla acabó al anochecer, creo, cuando los enemigos se retiraron tras sus murallas. Muchas habían sido las bajas del lado de Nurn -según oí decir-, y todos nuestros Capitanes habían sido heridos de uno u otro modo. Nada de esto impidió que la Elfa Milyawen, ni bien enterada de lo sucedido en la retaguardia, mandara que todos los sobrevivientes de entre los nuestros fuéramos ejecutados tras penosas torturas.

Pues bien, ése será nuestro destino. Pero, sabedlo: moriremos con la frente en alto y con nuestro orgullo finalmente lavado de toda mancha. Sé que vosotros lo entenderéis, hermanos míos. Valdrá la pena nuestro sacrificio para que ya nadie pueda dudar de la valía de un Khâzad.

Os preguntaréis cómo es que he conseguido escribir esta carta. Pues bien, el Señor Seregruin (conocido como Kalemba) me ha concedido este beneficio, ofreciéndomelo a cambio de que negara su envolvimiento en relación a nuestra gran venganza. Y aunque yo no lo hubiera hecho de otro modo (el honor de un Khâzad ha de permanecer siempre inmaculado), el Hombre me ha garantizado, también, que haría llegar esta carta hasta vosotros, allí en el Lejano Norte. Y por esto accedí a redactarla.

No lloréis por nosotros, hermanos míos. Con enorme gloria hemos de partir para reencontrar a nuestro Creador. Allí tendremos oportunidad de vernos nuevamente.

Hasta entonces, con amor los despido.

Vuestra adorada hermana Silka.

*********************

Seregruin leía con una mueca de satisfacción en el rostro y, a medida que leía, arrojaba los folios al pequeño fuego que chisporroteaba en el centro de su tienda. Cuando su brillante mirada comprobó que el último de ellos se había chamuscado, apartó la liviana manta que lo cubría preguntándose para qué quería él, de todos modos, contar con un escuadrón de enanos resentidos entre sus filas. Y lanzó una carcajada mientras ajustaba el torniquete de su brazo.

Su reír pareció despertar a la voluptuosa mujer que dormitaba a su lado. Luego de calzarse una chaqueta y ajustarse el cinturón, se inclinó sobre ella y la despidió con un beso y el manoseo lascivo de uno de sus grandes senos. Vistió luego una capa. Tenía importantes asuntos que atender con Nulkaiel.

¡Vaya carácter el de las mujeres enanas! –se decía mientras salía a la cálida noche isleña, y no dejaba de reír.

[Editado por seregruin el 16-08-2005 11:34]

Escrito el 20-08-2005 10:39 #4

Resumen de la batalla.

Nurn ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.

Recuperables: 175 puntos.

Valoraciones: 10+10+9+8+10= 9,40, esta historia tiene mas de 3.100 palabras, el limite esta establecido en 2.500, como se ha pasado de tanto se le aplica una penalizacion de 0,25 puntos sobre la nota, y pasa al 9,15.

Recupera: 160 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 100%, por este concepto recupera 350 puntos. Total recuperacion: 160+350 = 510 puntos.

Pierde: 15 puntos.

Valle ha perdido 11 armadas x35= 385 puntos.

Recuperables: 257 puntos.

Valoraciones: 10+7+9+8+9= 8,60.

Recupera: 221 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperacion: 221+175= 396 puntos.

No pierde puntos.

Valle percibe 150 monedas por batalla ganada.

Valle entrega 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.

Compañias actualizadas y listas.

Historia finalizada.