La Guerra de los Clanes

C3 Concilio Vs C5 Alianza

Terminada
Escrito el 11-08-2005 18:28 #1

Concilio se retira del combate.

Armadas perdidas por el Concilio 31

Armadas perdidas por la Alianza 35

Los porcentajes estaban 51-49 respectivamente. Con este resultado la victoria es para Concilio.

Escrito el 13-08-2005 23:34 #2

Eärondûr desembarcaba en el pequeño puerto de la ciudad de Telda Minya cuando un mensajero del Concilio se le acercó:

- ¿Señor Eärondûr?

- Sí, soy yo ¿tenéis algún mensaje para mí?

- Me entregaron este pergamino para vos hace varios días en Puertas del Fin.

“Estimado Eärondûr, se requiere tu presencia en Puertas del Fin pues debemos discutir urgentemente algunos detalles de las próximas misiones.

Hecil”

-Corto y conciso, típico de Hecil –comentó el elfo-. Serás gratificado por la premura al entregar la carta, mensajero.

Eärondûr se dirigió a los establos de la ciudad, los mejores de todo el Concilio, creados y regentados por Thorel Eladan. Tras una conversación, muy breve a pesar de que hacía meses que ambos no se veían, Eärondûr se llevó al corcel más veloz de los que se cuidaban en las caballerizas, un hermoso caballo negro de mirada vivaz. Thorel decía que era descendiente de los mearas, pero el numenoreano siempre exageraba cuando se trataba de sus caballos.

Los tres días de viaje desde Telda Minya a Puertas del Fin fueron muy tranquilos, le habían avisado que la mayor parte de la población estaba refugiada en Puertas del Fin y en las cuevas del Taurë Mänalda, pero aquella tranquilidad era excesiva.

Según se iba acercando a la sombra de Carcimbar, Eärondûr volvió a sentir la vida de los habitantes del Concilio. El elfo dejó a su caballo en las cuadras y se dirigió a alguna posada para comer algo. En el interior de la posada el ambiente estaba muy tenso y extraños comentarios llenos de odio se escuchaban por todas partes.

-Los Miembros del Concilio no saben lo que hacen, pretenden ahora enviarnos a luchar en las tierras de Nurn ¡como apoyo a aquellos Señores!

-Mi hermano murió luchando contra ellos en el puerto de Grishûrz Faal y ahora pretenden que defendamos su territorio.

-Sí saben lo que hacen, no son estúpidos. Te aseguro que ninguno de ellos irá en la compañía, habrán convencido a algún recién llegado para enviarlo a tan deshonrosa batalla.

Por suerte Eärondûr no era conocido en aquella ciudad pues apenas la había visitado en un par de ocasiones, así que la discusión no llegó a mayores.

El elfo se dirigió entonces a un gran salón que solían usar para las reuniones del Concilio, pero allí no había nadie. Preguntó a uno de los guardias y le dijo que los Señores del Concilio estaban en las Casas de Curación; Eärondûr se dirigió hacia allí y al entrar se encontró con un triste escenario: de los pocos Miembros del Concilio que estaban presentes, la inmensa mayoría tenían algo roto y debían guardar reposo en la cama.

-Ahora entiendo el motivo de reunirnos aquí…-dijo mientras saludaba a Hecil, el único que fue capaz de levantarse para saludarlo.

-Sí… no estamos en nuestro mejor momento, pero aún en este estado el horror de la guerra sigue muy cerca de nuestros hogares.

-Lo sé, aún se eleva humo de la parte norte del Nan-Tasariona.

-Bien… el motivo de tu visita es que, como ya sabrás, hemos forjado una nueva alianza que nos ha permitido pagar con la misma moneda a aquellos que saquearon y destruyeron Sulëdaelessar.

-Lo sé, lo sé. Yo mismo acabo de llegar de la isla aunque yo fui en misión de reconocimiento no para combatir.

-Bueno, pues… ahora se nos ha pedido que ataquemos una compañía de la Alianza de Eithel Glîn al norte de Túrelondë.

-Túrelondë…

-Sí

-El puerto de los Señores de Nurn…

-Sí, el más occidental de los dos.

-¿Es una broma o es que os habéis vuelto todos locos en mi ausencia?

-Ya luchamos junto a ellos en la isla del Valle del Ingenio.

-No es lo mismo, ¿quieres que vayamos a defender las tierras de aquellos que arrasaron varias veces Losselen Tirion? La isla más parecía una colonia nurnita que una ciudad del Concilio…

-Esto es lo que aceptamos cuando nos unimos a su alianza. ¿Vas a desobedecer una decisión del Concilio?

-No, yo no… pero los soldados no admitirán de buen grado este ataque en las tierras de Nurn. Pueden llegar a sublevarse si defendemos a los que arrasaron nuestra isla.

-Lo sabemos, por eso necesitamos a un líder fuerte y veterano en el Concilio… un Señor de los Noldor por ejemplo.

Eärondûr miró a su alrededor y encontró a pocos que en su estado fueran capaces de dirigir una Compañía en la guerra, y entre esos pocos ninguno era un noldo.

-No soy una buena elección…

-Oh vamos, si has combatido en la Guerra de Eregion y has ayudado a reconstruir todas nuestras tierras.

-Sí, luché en Eregion pero un simple heraldo, no tenía a nadie a mis órdenes.

-Sigues siendo nuestra única opción, evitarás una sublevación entre nuestras filas. Mañana al amanecer partirás con toda la caballería que nos queda hacia Orod Eressëa, allí te esperan Isiloth, Thorjil y Telemnar con un centenar de arqueros.

Al día siguiente un poco antes del amanecer, Eärondûr se reunió con todos los jinetes, su semblante era serio y gris incluso su capa no relucía como solía hacer.

-Caballeros del Nan-Tasarion, esta misión me gusta a mí menos que a vosotros. Yo ayudé en la creación de Losselen Tirion y ahora parto en ayuda de aquellos que la arrasaron. Lo único que me consuela es pensar que durante esta batalla nuestras hermosas praderas y nuestros verdes bosques no sufrirán la cólera de la guerra. Ahora yo lucharé por mi honor y por lealtad al Concilio, aquellos que no sientan lo mismo pueden irse pero serán tratados como viles traidores y no encontrarán descanso en estas tierras mientras quede con vida un solo soldado fiel a nuestros Ideales.

La Compañía marchó en silencio, los murmullos incesantes que llevaban semanas recorriendo la ciudad fueron acallados, todos acataron las decisiones del Concilio.

Tras dos días bordeando el Lad Echor, los soldados llegaron a la pequeña fortaleza de Orod Eressëa que había sido reconstruida desde que hace meses la destruyeran las tropas enemigas. Eärondûr subió a lo alto de la montaña a reunirse con Isiloth.

-Veo que has conseguido guiar a toda la caballería de Puertas del Fin –saludó Isiloth.

-Sí… pero parecemos una escolta funeraria que una Compañía que parte a la guerra.

-No puedes esperar el mismo entusiasmo en esta batalla que el que has visto en las batallas por la defensa de nuestras tierras. Ahora luchamos en tierras extranjeras y hostiles. Consuélate al menos pensando que a nuestro enemigo le pasa lo mismo y además contamos con el factor sorpresa ¿Quién en su sano juicio imaginaría a las tropas del Concilio luchando por defender las tierras de los Señores de Nurn?

-Puedo jurarte que yo no lo había imaginado ni en las más oscuras noches de mi vida… Pero me consolaré si al menos el viaje de vuelta no es nuestra propia escolta funeraria la que nos acompaña…

-No digas tonterías… -la joven medio elfa abrazó al viejo noldo-. Me encanta Orod Eressëa al anochecer.

-¿Qué es aquello que viene desde el norte?

Un mensajero de la Orden de Telpe llegó a Orod Eressëa con un mensaje de su Reina y de los Señores de Nurn.

A los comandantes de las tropas del Concilio de Nan-Tasarion.

Se les convoca a una reunión urgente en Minas Gwaeren la noche del novilunio

Un cordial saludo,

Mornaew, Reina de la Orden de Telpe, comandante del ejército de los Cuervos.

-El novilunio es dentro de cinco noches –recordó Isiloth.

-Perfecto… debemos partir al amanecer –protestó Eärondûr-. Espero que allí nos dejen descansar

-Iré a avisar a Thorjil y Telemnar para que preparen todo.

(…)

La Compañía llegó a las puertas de Minas Gwaeren cuando ya anochecía, el viento azotaba sus caras con una fiereza inusitada incluso para aquel lugar; las tropas se detuvieron cerca del borde del abismal foso que rodeaba la torre, Telemnar quedaría vigilando el improvisado campamento, mientras que Eärondûr, Thorjil e Isiloth rodearían esos negros muros en busca de la puerta.

-¡Saludos soldados de Telpe!¡Venimos a ver a la reina Mornaew! –gritó el elfo que encabezaba la marcha.

-La Reina está reunida.

-Lo sé, nosotros también estamos convocados a esa reunión. ¿Os importaría abrir las puertas?

-¿Miembros del Concilio invitados a una reunión con nuestra Reina?¿Qué motivos puede tener la Señora Mornaew para hacer tal cosa?

-Los motivos de tu Reina son cosa suya y si te escucha dudando de ellos ten por seguro que te cortará la cabeza. Ábrenos la puerta.

-Estamos en tiempos de guerra, no podemos abrir las Puertas sin su permiso.

-Pues id a buscar a Mornaew y decidle que…

-Eärondûr ha venido a verme – interrumpió la oscura voz de la Reina de Telpe-. Eärondûr, hijo de Eärendil, sabes que no eres bienvenido en mi reino.

-Vaya, parece que su fama le precede maestro – susurró Thorjil.

-Créeme, no estaría aquí si no hubiera sido convocado a esta reunión urgente –respondió el elfo-. Reunión que se retrasará si no nos dejas entrar en el castillo.

-¿Después de lo que le hiciste a Hwesta pretendes que te deje entrar en un edificio de la Orden de Plata?

-¿Pero qué has hecho en Telpe Eärondûr? –preguntó Isiloth.

-Yo nada, son imaginaciones suyas. Y no me distraigáis o Mornaew conseguirá engañarnos –respondió Eärondûr mientras volvía a dirigirse a la Reina-. Lo ocurrido con Hwesta fue acordado por ambos, logramos llegar a un acuerdo.

-Mentira –la voz de Mornaew resonó en todo el castillo-. La engañaste, la obligaste a que te diera los malditos libros…

-Pero ella se quedó con la esfera que era lo que quería. Todos quedamos satisfechos con el intercambio.

-Noldo arrogante, jamás entrarás en Minas Gwaeren mientras a mí me quede un soplo de vida. Esperarás ahí fuera junto con los animales. ¡Soldados, dejad pasar a los otros dos!

El odio se reflejaba en los ojos de Eärondûr que regresó a donde se encontraba Telemnar con las tropas, no sin antes prevenir a Isiloth y Thorjil del peligro que les acecharía dentro de Minas Gwaeren.

La noche iba transcurriendo mientras las estrellas recorrían su camino en el firmamento, por fin Isiloth y Thorjil regresaron al campamento con nuevas indicaciones para la batalla. Deberían atravesar Eryn-Dínen y Taur-din-Tirith, allí recibirían agua y alimentos de Túrelondë, además de las últimas indicaciones para la batalla cercana a Ainamar la Ciudad Sagrada.

-Ah, y contaremos con una escolta de Telpe hasta que atravesemos sus fronteras -añadió Thorjil mientras salía de la tienda de Eärondûr.

-Perfecto, me encanta la hospitalidad de este lugar…

Al día siguiente a primera hora de la mañana las trompetas de Telpe apostadas en los muros de Minas Gwaeren les despertaron, según la Reina Mornaew ya era hora de partir. Y así lo hicieron, varias decenas de jinetes acompañados de un numeroso grupo de arqueros además de la escolta telpeniana atravesaron lenta y torpemente al amplio bosque que los separaba de su objetivo. Más de una semana duró la incómoda travesía con todos aquellos caballos, pero por fin llegaron a campo abierto. La despejada Nanda Girith se extendía ya bajos sus pies.

-Descansaremos un poco aquí y luego iremos unas millas al este, montaremos nuestro campamento al sur del Nen Girith. Thorjil, ve en busca de algún explorador nurnita que pueda decirnos cómo será nuestro campo de batalla.

Thorjil regresó enseguida con noticias, algunos estrategas de Nurn se reunirían con los Capitanes del Concilio en su campamento al sur de río. Las tropas del Nan-Tasarion esperaron al anochecer para iniciar su marcha hacia el lugar donde asentarían su campamento; últimamente la temperatura era muy elevada, ese fue el motivo por el que se movieron por la noche.

En la fresca hora anterior al alba, dos figuras encapuchadas y provenientes del cercano puerto nurnita llegaron a las tiendas del Concilio. No tardaron mucho en abandonar el lugar, pues antes de que amaneciera ya habían regresado a su ciudad; el plan ya estaba trazado.

Los arqueros se situarían en unas elevaciones cercanas al lugar en donde se encontraba acampada la compañía de Eithel-Glîn, esas elevaciones eran las últimas estribaciones sur occidentales de las Ered Skalnâ; los jinetes cargarían desde el sur. Por suerte para ellos el calor reinante esos días había hecho descender el nivel del río, por lo que no costaría demasiado cruzarlo.

Telemnar partió en silencio con los arqueros élficos, los capitanes del Concilio contaban con que al menos el ataque desde las montañas fuera por sorpresa, ya que la carga de los jinetes sería visible desde la lejanía.

Isiloth observaba a Eärondûr que miraba fijamente el límpido cielo azul que les acompañaba desde hacía varios días.

-Eärondûr, deberías quitarte la capa, hoy será un día muy cálido. Además atacaremos a media tarde.

-Lo sé, pero esta capa me la regaló tu abuela Iorethil hace años y me ha traído mucha suerte desde entonces. Prefiero luchar con ella.

Por fin llegó el momento, Thorjil montaba un corcel blanco mientras que Eärondûr cabalgaba uno negro; ambos irían en la cabecera del ataque, Isiloth vigilaría la retaguardia.

-¡Isiloth! –gritó el elfo-. Cuida del caballo, me lo prestó Thorel y me mataría si le pasa algo.

-¡¡Jinetes del Nan-Tasarion!! –ahora hablaba Thorjil-. ¡Olvidad el pasado, en este momento y en este lugar cabalgaremos en defensa de nuestros aliados. Por ello os pido que luchéis con la fiereza que siempre habéis demostrado!

-¡Cabalgad, ha llegado el momento de que nuestros enemigos prueben el acero de Khazâd Angroth! ¡Por el Honor del Concilio y por vuestra Lealtad, vamos! –con estas palabras Eärondûr comenzó a cabalgar hacia el campamento de la Alianza.

Los exploradores de Eithel-Glîn advirtieron la aproximación de los jinetes del Concilio y por ello habían empezado a preparar unos improvisados parapetos para frenar la carga de los caballos.

El primer contacto de ambas tropas fue brutal, varios caballos fueron derribados y al caer arrastraron a algunos compañeros que comenzaron a luchar a pie espada en mano; muchos soldados de la Alianza también cayeron. Pero pronto los jinetes se encontraron con los parapetos construidos por la Alianza y su ataque fue refrenado, entonces Isiloth hizo la señal convenida y una nube de flechas cayó sobre las tropas de la Alianza.

Bajo un sol de justicia, sudorosos soldados combatían sólo por defender sus vidas, la lucha fue encarnizada en ambos bandos pues las fuerzas estaban muy igualadas. La ventaja que poseía el Concilio fue sin duda debida a la sorpresa de los arqueros que, gracias a las indicaciones nurnitas, eran inaccesibles desde el campo de batalla.

Cuando el rojo sol se ocultaba tras las copas del Taur-dîn-Tirith, sonó el cuerno del Nan-Tasarion, Isiloth ordenaba la retirada de sus tropas. Los jinetes volvían al campamento igual que los arqueros habían hecho unas horas antes tras quedarse sin proyectiles que lanzar.

Dos figuras ocultas por la oscuridad parecía que hablaban tranquilamente, pero un vistazo más detallado de sus ropas indicaba que estaban encharcadas en sangre, eran Thorjil y Eärondûr.

-Maestro, este es el final.

-Siempre igual de pesimista… ¿no recuerdas lo que te dije hace años, cuando no eras más que un joven alocado y poco diestro con la espada?

-Dices tantas cosas al cabo del día que no puedo recordarlas… y menos ahora.

-Siempre hay un final y un principio. El ahora es el final del antes y el principio del después.

-Te pasas la vida diciendo consejos que ni tú mismo comprendes.

-Qué bien me conoces.

Después de estas palabras sólo quedó la oscuridad.

Escrito el 15-08-2005 17:31 #3

“He aquí mi relato, mi última batalla, aquella que dio paso a mi muerte”

“Amanecía aquel día que sería recordado por todos como una gran tragedia en el que toda una compañía desapareció.

Andábamos por las tierras de Nurn, cerca de uno de sus puertos, pues otras empresas nos habían llevado allí antes, empresas cuyas misiones no habíamos saciado con el éxito que buscábamos.

Nuestra intención era atacar a Nurn y romper sus defensas, pero aquella maldita alianza que se formó...una compañía de Concilio, aquellos que un día fueron nuestros aliados, aquellos a los que un día defendimos sus ciudades, nos atacó.

Aún no disponíamos de atacar a Nurn, y nuestro líder, Árchaon, nos dejó aquel día de descanso, pues arduo fue el trabajo hasta llegar allí, y eran muchos los que no podían desempeñar tarea alguna por el cansancio acumulado.

A decir verdad, aquel día Árchaon se mostraba serio y preocupado, y a menudo hablaba con el general Beirem de aquellos presagios que pronto se harían realidad.

Por todo aquello, los exploradores no hacían mas que merodear por aquellos bosques en busca de un mal agüero que nos hiciera prepararnos para el ataque...o defensa.

Yo era un soldado raso que servía a las órdenes de aquel Maia, mas pertenecía a la orden de la caballería, y mis años de experiencia eran notables, así que no temo a la muerte ni al dolor, quizás esa osadía sea la que me ha llevado a ella, una muerte que por supuesto esperaba...

Como te iba diciendo, la mañana iba dando paso a la tarde, una tarde que aún recuerdo, era calurosa, cálida, en la que el sol brillaba intensamente allá en el horizonte, cuales rayos infundían en tu cuerpo como flechas de fuego, pues aquel calor quemaba hasta en el alma.

Así pues, en un determinado momento, nuestros exploradores divisaron una compañía de Concilio que venían hacía nosotros. Nuestros dirigentes organizaron raudos aquella defensa improvisada que de algo nos sirvió.

Al fin, los gritos y los relinchos de los caballos sonaron a poca distancia, y mientras nuestro líder nos animaba a defendernos, el fulgor recorrió mi cuerpo y mi alma, y las ganas de matar crecieron en mí.

Aferré mi espada con todas mis fuerzas y esperé impasible la acometida de los caballos.

Una oleada de jinetes a caballo irrumpieron por sobre el campamento, y yo mismo iba en la unidad que los contuvo.

Un choque espeluznante en el que la música celestial de metal y sangre se alzó por encima de todo dejando un rastro de muerte a nuestro alrededor.

En un solo asalto, la mitad de ambos ejércitos fueron derribados a golpe de espada y lanza.

El mismo Árchaon montó en su tigre para contener la fuerza de la caballería que nos irrumpió al galope destrozando nuestras defensas.

De un salto bajó de su tigre y desenfundó su daga. Ahora disponía de dos armas que beberían la sangre de los tasarianos, aquellos que se atrevieron a traicionarle.

Uno por uno los guerreros enemigos iban cayendo bajó el frío acero de Mommênt.

El poder irradiaba de el como irradian las ondas luminosas del sol, además, a ira contenida en su cuerpo era perceptible hasta lugares indeterminados.

Así pues, el ir y venir de las espadas en sus brazos se hizo algo monótono, y dejando de lado las espadas, recurrió a la lanza, la cual agarró con ambos brazos mientras bailaba al son de los tambores que saboreaban ya un triunfo del Concilio.

Por otro lado, Beirem soltaba estocadas desde su montura, dejando caer su brazo desde arriba hacia abajo, partiendo incluso los cascos de aquellos soldados que estaban bajo él.

Y, encima, tenían tiempo de sacar nuestros ánimos a relucir citando célebres frases de vez en cuando.

Pero la batalla proseguía.

Las espadas entrechocaron con las hojas enemigas, mas la sangre corrió, y a decir verdad parecía que el intenso sol y calor la hervía levantando sus vapores ante nuestros ojos.

Las flechas hicieron el resto. Las saetas volaban sobre nuestras cabezas clavándose en los desprovistos cuerpos de los soldados de ambos bandos.

Fue una batalla muy igualada, si bien destacar cabe una mínima superioridad del enemigo, pero la suerte, el destino, y el factor sorpresa hizo que perdiéramos más soldados que el enemigo, pero a decir verdad, pocos han sido los supervivientes a aquella batalla.

Por supuesto, y como cualquier soldado, nuestros capitanes recibieron el mismo trato, las flechas hicieron diana también en sus cuerpos, e incluso las espadas hicieron mella en sus torsos dejando que la sangre brotara como nunca en ellos había ocurrido.

A pesar de su insistencia por salvar a sus guerreros, y de por acabar con aquella guerra, los cuerpos de Beirem y Árchaon también se desplomaron al suelo.

No he sabido si murieron o quedaron con vida, pero ni yo, ni los otros dos supervivientes hemos sabido nada de ellos.

Yo, a día de hoy, estaré en las estancias de Mandos, pues mi amor, si has recibido esta carta es que estoy muerto y no he podido superar las heridas de mi magullado cuerpo.

Aquella batalla fue la peor de todas, ambos ejércitos masacrados, mas cuando sonó el cuerno de la retirada por parte de Concilio pocos fueron los que huyeron.

Sólo escapamos otros dos jinetes y yo, sólo tres supervivientes de todo un ejército...

Pero mis heridas hicieron mella en mí, y tuve que ser atendido en las casas de curación.

Desde allí te escribo esta carta, donde llevo en este momento solo un día.

Me han comunicado que las heridas se han infectado, y que probablemente no siga vivo durante mucho tiempo, pero mi único consuelo es pensar en ti, sólo es ese deseo el que me mantiene vivo poco tiempo más, por eso, si estás leyendo estas palabras escritas de mi puño y letra comprenderás que ya no estoy aquí, pues dejaré esta carta a cargo de mi más fiel amigo, y si me pasa algo él te la entregará en tu mano y te dará algo mío que también le dejaré.

Sin más, me despido de ti para siempre, mas espero que pase mucho tiempo hasta que llegues a Mandos, además, quiero que empieces una nueva vida, solo quiero que me recuerdes, pero no me anheles, sigue adelante que tu corazón se merece lo mejor. Gracias por todos estos años de alegría que me has dado, si bien hubiera deseado formar una familia con hijos, pero el destino así lo ha requerido...

Muy tuyo, Wethor Ithelin, con cariño para mi amada, la que ha sido mi vida hasta que Eru me la ha robado....”

La joven elfa dejó de leer la carta, y justo cuando las lágrimas comenzaron a brotarle por los ojos abrazó a aquel mensajero que se la entregó, aquel que era el mejor amigo de su amor que ahora yacía en las estancias de Mandos con los demás elfos muertos en combate.

No hubo palabras entre ambos, solo sollozos y lamentos por la pérdida de un amor y de un amigo.

Además, como decía en la carta, el joven entregó algo envuelto a la elfa, era un pergamino, y al deshacerlo encontró un dibujo que se trataba de un retrato en el que posaban dos hombres cuya felicidad inundaba su cara. Uno era Wethor, y el de la derecha era desconocido para la elfa, un hombre de oscuros cabellos y ojos verdes...Árchaon. Pero ahora, uno había muerto, y el otro correría la misma suerte

Escrito el 19-08-2005 16:03 #4

Resumen de la batalla.

Concilio ha perdido 31 armadas x35= 1085 puntos.

Recuperables: 723 puntos.

Valoraciones: 9+9+8+9+6= 8,20

Recupera: 593 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 180%, por este concepto recuperan 630 puntos. Total recuperacion 593+630= 1223.

No pierde puntos.

Alianza ha perdido 35 armadas x35= 1225 puntos.

Recuperables: 408 puntos.

Valoraciones: 8+7+8+7+8= 7,60

Recupera: 310 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 190%, por este concepto recuperan 665 puntos. Total recuperacion 310+665= 975.

Pierde 250 puntos.

Concilio recibe 300 monedas por batalla ganada.

Concilio entrega 100 monedas a Alianza por abandono de la batalla.

Compañias actualizadas y listas!

Historia finalizada.