Arezol
Marineros, soltad la vela mayor- Grito Fíriel
Mi capitana- Se adelantó el primero de abordo con voz entrecortada- No creo que resista mucho más con este oleaje, sería más prudente soltar amarres, y recoger las velas, reduciríamos la velocidad, pero llegaríamos en mejores condiciones allí
Sí, nos planteamos mucho esa posibilidad hace unas horas, pero entonces, cuando la furia de los Valar haya finalizado, nos sería casi imposible llegar por la entrada de la isla, está muy bien franqueada, y penetrar sería más que un suicidio- Argumentó la elfa
Cómo usted mande. Frend, Listom, Usim, ¡izad las velas mayores!
El viento no perdonaba, grandes esfuerzos debían hacer los timoneles para controlar la dirección de los barcos, y para mayor dificultad, grandes olas hundían momentáneamente el barco, por lo que los enanos y orcos, los cuales no tenían tanta fuerza, debían permanecer en el interior de los transportes.
Fíriel, Meldacar y Pahria gritaban palabras de ánimo para los soldados, que, dificultosamente, seguían en sus puestos asignados: o bien aguantando que las velas se izasen, controlando el timón o simplemente arrojando el agua que se introducía en la cubierta.
Arezol mientras, estaba en uno de los camarotes del buque, intentando vomitar por décima vez, pues no estaba acostumbrado a navegar, y las pocas veces que lo había hecho había sido en trasportes fluviales. Intentaba calmarse, pues sabía que sus compañeros y su séquito podrían manejar, aunque con dificultad, los barcos de forma que llegasen al destino seleccionado sin más daños que la fatiga acumulada del continuo movimiento.
La noche se complicaba, las olas alcanzaban con mayor frecuencia el suficiente tamaño para mecer los barcos que con mucha fortuna seguían intactos, y ya era pasada la madrugada y un frío mezclado con el agua creaba más de un constipado, que debían refugiarse en los camarotes como los muchos otros mareados.
-Capitanes- gritó un soldado- Según mis planos creo que nos hemos desviado demasiado hacia la derecha, si tuviésemos mala suerte podríamos ser avistados por algún residente de la isla.
No creo, en este caso la adversidad del tiempo nos será propicia, pues las olas hacen de pequeñas barreras visuales, y el fuerte viento hace que sólo los aventureros tengan ganas de salir a contemplar el mar desde alguna de las playas, amén de los altos muros de corales que hay alrededor de toda la isla- Dijo tranquilamente Meldacar.
Horas más tarde, el tiempo pareció mejorar un poco, alguna que otra estrella se divisaba entre las numerosas nubes que se negaban a desaparecer. Los buques, aunque el viento había amainado un poco y ahora eran más fácil sus manejos, cada vez iban más lentos, y extraños sonidos se escuchaban de vez en cuando procedentes del casco, algo que preocupaba en demasía a los soldados, los cuales decidieron plegar las velas para detener la velocidad y comprobar de qué procedían esos ruidos, aunque no fue necesario, los barcos se habían detenido de repente causando un gran ruido. Entonces fue cuando todos los soldados comprendieron.
¿Cómo está el casco?- Preguntaron alarmados los capitanes
Por suerte no hay ninguna penetración, aunque el casco está seriamente dañado, pero aún así podrá retomar el flote en cuanto un poco de viento y la pleamar nos ayuden. –Contestó sin mucho entusiasmo un experto en la materia.
Arezol se encontraba boca arriba, intentando por todos los medios dormirse, alejarse en el mundo de los sueños, pero siempre ocurría algo, y entre sus pensamientos la mayoría era acerca de que el barco se hundiese, o una ola lo volcase, o simplemente que se muriese estando dormido, cuando de repente se sobresaltó por un ruido, y justo después por el cese de velocidad del barco.
Poco después, llamaban a su habitación, Arezol, con congoja, dijo tímidamente adelante, aunque ya sabía qué iban a anunciar: Mi capitán, me temo que tenemos un problema en el casco, el barco se hunde inevitablemente, deberemos sacar los botes salvavidas y llegar hacia donde podamos, pero no se ve tierra hasta donde la vista alcanza… Pero no fue así, el soldado entró y le explicó lo sucedido, bastante hundido de moral por así decir, y luego encima aturdido, al ver la cara de alegría que el enano presentaba, pues esa noticia le llego como si le fueran a aumentar el sueldo.
Los barcos estaban encallados, mas aún así se echó el ancla, para poco después sacar los catalejos con los cuales divisaron medianamente el trecho de mar que debían recorrer a remo.
Pronto, centenares de pateras surcaron los mares, muy precavidos de ir siempre por detrás de algún saliente, o coral, para así poder evitas las olas, o al menos en cierta medida.
A no mucho tardar (debido a que el mar fue a su favor) los remeros llegaron al destino seleccionado: los altos acantilados de la isla. Pronto los elfos tercanos lanzaron sus cuerdas a lo alto del acantilado, proyectados por las flechas que se sujetaron la mayoría con firmeza al suelo o algún árbol cercano.
Ahora todos los soldados trepaban, algunos con más soltura que otros como los elfos, ágiles, y otros con más trabajo como los enanos, y por no hablar de los que estaban mareados, que en casos extremos llegaban a perder el equilibrio, o vomitaban en mitad de la subida a los otros que trepaban más abajo y mirando hacia arriba, y peor aún pues al mirar para arriba está el acto reflejo de abrir la boca, algo que no les hizo mucha gracia aéstos, pero sí a los que ya habían alcanzado la cumbre, que reían con sonoras carcajadas a sus compañeros pringados…
El resto del día estuvo tranquilo, muy silencioso, pues estaban ya en territorio enemigo, y no era osado llamar mucho la atención sabiendo que estaban relativamente acorralados, debido a que si eran atacados no tendrían salida.
Ahora, los cuatro capitanes estaban reunidos, mientras gran parte del ejército estaba montando guardia ya fuese en los barcos (los ents), otro tanto estaba en la hierba tumbado por la fatiga, o haciendo algo que comer, aunque eso era bastante difícil, porque tenían que hacer un fuego casi nulo, lo suficientemente pequeño para que no saliese un humo visible a más de 5 metros más o menos… Los únicos afortunados eran los orcos, que, como no podían ver la luz del sol, estaban en sus camarotes tranquilos, sin mayor preocupación de tener cuidado cuando su vejiga estuviese llena para ir a los servicios.
Los capitanes no sabían muy bien qué decidir a partir de ahora, el intento de asedio se había frustrado prácticamente, pues debían considerar la opción de que perdiesen, y si eso ocurría, no podrían retirarse, pues primero deberían llegar hasta los trasportes, y luego que tuviese la suerte de que el tiempo les fuese propicio y que hubiese marea alta, con lo que podrían desplazarse por mar abierto, pero, si ganaban, tendrían una ciudad en sus manos, un botín suculento que no vendría nada mal al clan… Ahí estaba la cuestión que llevó horas decidir.
Al mediodía, Arezol Meldacar, Fíriel y Pahria, decidieron no apostar la vida de sus hombres en una alocada empresa, y pensaron que lo más conveniente era que esperasen a aguas favorables con las que poder regresar a tierras tercanas, y algún día más adelante, ya apresarían la ciudad.
Los dos días siguientes estuvieron igual, esperando impaciente el poder abandonar la maldita isla, irse sin que nadie viese nada, pero aún estaba el pequeño inconveniente de los barcos encallados. Mientras tanto, parte de los soldados estaban ocultos en los parajes cercanos, sigilosos de que aquellos residentes que se topasen por accidente con las tropas (que normalmente solían ser parejas que buscaban algo de intimidad ratos, o de aquellos que necesitaban de la naturaleza para estar a gusto y de vez en cuando algún soldado que patrullase) no saliesen de allí con vida.
A la noche de ese mismo día, muchos soldados ocultos salieron prestos hacia la base: ¡Iban a ser atacados!
Los dirigentes pronto mandaron organizar filas: los enanos estarían en primera línea, en la que tendría que aguantar el impacto del ataque, los orcos se apostaron en árboles, o se camuflaron por el entorno, pues la noche, aunque no era oscura, pues una pequeña luna llena se veía en lo alto de un cielo compartido con pequeñas estrellas y nubes oscuras, les era suficiente para poder pasar cerca de soldados enemigos sin ser vistos. Su misión era la de atacar por los flancos y por la retaguardia a golpe de flecha, y en caso de que fuesen descubiertos por el enemigo llevaban listas sus pequeñas espadas, suficientes para poder defenderse. Los hombres, justo después de los enanos, estaban en fila, impetuosos de entrar en acción: grandes espadas poseían, y en la otra mano un escudo de tamaño considerable llevaban para poder repeler los tajos enemigos, al igual si había alguna flecha y, para finalizar, estaban los elfos en la retaguardia, los cuales lanzarían una descargar de dos flechas por cabeza para luego unirse a sus compañeros los enanos y hombres. Lo único de lo que deberían prescindir era de los ents quienes, debido a su tamaño considerable no podían trepar por el acantilado, a pesar de la resistencia de las cuerdas élficas.
La batalla daría comienzo en breve, los soldados tercanos aún no veían al enemigo, pero sabía que avanzaban a través de la maleza de árboles y matorrales, los pájaros huían en bandadas considerables y poco sonido se escuchaba exceptuando el romper de las olas.
Feli, un soldado elfo de joven edad, se presentó en frente de Arezol justo cuando los soldados enemigos se empezaban a ver. Él había sido mandado por los ents, que se hallaban en el barco, quería comunicar que la marea había subido, y que deberíamos abandonar en cuanto podamos la batalla para huir hacia tierras seguras. Arezol se mostró muy alegre ante esa noticia, estaba decidido a abandonar estas inmundas tierras cuanto antes, pero ahora debía atender a la batalla contra los miembros de la Alianza.
Todo el ejército terco estaba asombrado, por lo visto, el ejército de la alianza sabía de nuestra presencia en sus tierras, pero no sabía exactamente dónde se encontraban, por lo que no tuvieron más remedio que separarse, y ahora Tercano sólo debería luchar con una quinta más o menos de lo que sería el ejército total.
La alianza en ese momento estaba capitaneada por un oficial al mando, el cual tenía numerosos cortes en la cara, pero se le notaba poderoso; un cuerpo fuerte y una mente afortunada hacía que sus soldados confiasen en él, pero no era lo mismo que presenciar las batallas de sus dirigentes, como sería el caso de la elfa Narairë, la cual era capaz de impresionar que su belleza natural de un elfo Sindar, más aún destacaba por increible agilidad, la cual le servía para evitar ser golpeaba por el enemigo, sin duda una grandiosa habilidad
La alianza en ese momento se aventuraba a cargar contra los enanos, mientras que algunos de sus elfos preparaban las flechas, mas, a excepción de los enanos, que tuvieron que sufrir un ataque que mató a muchos en el acto, la batalla no dejó muchos muertos para los de tercano, pues las flechas de los elfos había dejado la primera y la segunda línea rotas, por los cuales los hombres tercos avanzaban impetuosos en busca de su sed de sangre y luego los orcos, que intentaban quitarles las vida a aquellos que iban huyendo ante tal atrocidad, pues inferior en número, y sin sus legendarios capitanes que aumentaban la moral mientras que al mismo tiempo avanzaban al campo de batalla con entusiasmo, pocos conservaban la esperanza, e intentaban por todos los medios defender su propia vida y cuando pudiesen, huir por cualquier sitio, es decir, ya no estaban organizados como una tropa…
Fíriel, mandó a los orcos parar de atacar, y todos los soldados enemigos se apresuraron para huir, o al menos si tenían suerte para encontrar a sus compatriotas, y poder reclamar su venganza.
Ahora era Tercano quien huía, pronto, estaban todos trepando por la cuerdas élficas hacia sus barcos, para poder ir de nuevo con los suyos en el continente. Mientras, los orcos estaban aún en el terreno del adversario, ordenados por los capitanes a permanecer ahí para asegurar que el enemigo no cortase las cuerdas, ya que ello haría que perdiesen a la mayoría de sus soldados. Cuando todos hubiesen llegado, los orcos deberían romper las cuerdas y bajar el acantilado con su gran habilidad de poder trepar sobre terreno escarpado.
Incluso cuando los orcos estaban abajo, y parte de los soldados ya estaban en los botes en dirección a los buques, se escucharon ruidos desde arriba, al principio fueron de voces, pero luego pasó a ser un sonido cortante de flechas zumbando a través del aire, para ir a acabar al agua, a las pequeñas pateras (que tenían un suficiente grosor como para no provocar una brecha) o, en algunos casos, soldados tercos. Pronto los elfos, desde las pequeñas embarcaciones donde se situaban, respondían al fuego enemigo (los hombres, aunque muchos sabían manejar el arco, con la oscuridad no podían atinar al enemigo, y además que los enanos en su mayoría estaban heridos, y por lo tanto ellos eran quienes remaban).
Cuando los transportes llegaron a los buques, los ents a través de poleas subieron los remeros y sus inquilinos al interior del buque, para poco después mandar a los timoneros que partiesen rumbo a casa.
Había muchos heridos: impactos de flechas en muchos, los enanos además heridos por la carga enemiga, y luego varios hombres de defender las vidas enanas…aunque, también podían considerarse afortunados, pues pocas bajas hubo en la batalla y afortunadamente Tercano Nuruva salió victorioso de aquel encuentro
Así pues, y con las luces del alba, los buques pusieron rumbo a Tercano, rumbo a su hogar,pero... pronto, los soldados de la Alianza estaban en una busca de sus enemigos, les tenían demasiado odio por invadir sus tierras y matar a sus seres amados como para darse por vencidos tan facilmente, aunque tras largas horas de captura, no consiguieron darle alcance, y desagradablemente para ellos, tuvieron que regresar.
[Editado por oscar15 el 15-08-2005 23:57]
Telimektar
La tormenta cada vez era mas violenta, un gran oleaje golpeaba los temidos acantilados de Eorondo; inmensas torres de espuma se alzaban al chocar contra ellos. Mas en las Fortalezas se elevaron los puentes como cada noche, las antorchas eran sacudidas una y otra vez por el fuerte viento que reinaba en la zona. Telimektar y Narairë se disponían a pasar la noche en la Fortaleza de Anor ya que no era seguro salir con lo que estaba cayendo, esta se acerco a la ventana y dijo:
-No me gusta nada esta tormenta, una sola e visto alzarse así los dominios de Ossë y era para avisarnos de que nos atacaban- le decía a su padre.
-No se lo que traerá esta tormenta pero algo se agita en el mar, los Ents están intranquilos y eso no es bueno. De momento dobla la vigilancia y manda mensajeros a las compañías que están en el otro lado de la isla que se dirijan a Aran lo antes posible- le dijo mientras miraba la oscuridad creciente.
Mientras tanto Dregnor estaba encerrado en el puerto de Valtir, preparando las galeras para zarpar en cuanto la tormenta amainara un poco. Allí dentro se encontraban los más grandes y poderosos galeones de Eorondo, joyas de la Alianza.
Pronto la ciudad se preparo para un hipotético ataque, las tropas tendrían que resistir hasta que llegara su Señor. Sus fuerzas eran pocas, el ejército no estaba al completo, al menos dos cuartas parte de el estaban en el otro lado de la isla y llegar a Aran Fortín les llevaría un día.
Les sería difícil tomar la ciudad con toda la flota anclada en esta, mas por si acaso Dregnor ordeno que las puertas fueran abiertas y entonces se vio el poder de Aran en las aguas, un enjambre de bajeles de blancos maderos surcaban las aguas de la bahía iluminados por los incontables rayos.
Estaba tranquilo, no sentía aquella emoción de plenitud desde hacia muchos años, regresaba a su elemento el agua, pues como buen numenoreano era un excelente marinero y este regreso a su elemento lo fortalecía y lo llenaba de jubilo. Sin embargo no se dejaba dominar por los sentimientos y permanecía alerta. Alrededor de el una decena de hermosos navíos realizaba maniobras de defensa, mientras que otros cuantos permanecían anclados cerca del puerto esperando instrucciones.
Hacia un par de horas había enviado una veintena de pequeños barcos blancos adelante a realizar tareas de reconocimiento y ahora los esperaba ansioso en la proa de la Torre de Tulkas.
El viento soplaba del norte y le golpeaba en el rostro levantándole el cabello y creando tras el una fina red de hilos azabaches. A lo lejos la inmensidad del mar se extendía frente a sus ojos y la tormenta se alzaba sobre la flota defensiva, parecía que el blanco de los bajeles competía contra la negrura de la tormenta, la cual parecía rendirse ante tal belleza. El sol apenas asomaba tímidamente desplegando sus dorados rayos entre las nubes iluminado los blancos maderos de los navíos, haciéndolos brillar y resaltar en la gran extensión del mar.
Algo se movió allá a lo lejos y un marinero grito la señal de regreso de los exploradores. Veinte rápidos navíos aparecieron en el horizonte, en el único mástil de cada uno ondeaba el emblema de la Alianza y los remos permanecían en cubierta pues el viento soplaba a favor de las velas extendidas. Dregnor hizo señas al contramaestre y su navío se adelanto al encuentro de las embarcaciones. Finalmente ambas naves hicieron contacto y con gran agilidad Dregnor salto a la pequeña nave y se dirigió al elfo que la gobernaba.
-¿Y bien? –pregunto el numenoreano.
-Todo en completo orden, ni una nave en varias leguas- contesto el elfo pausadamente- sin embargo deje dos de las más rápidas embarcaciones un par de leguas atrás, o adelante, depende como se vea, para que nos alerten en caso de peligro.
-Buen trabajo Rurik, ahora ve al puerto, deja a la mitad de las naves conmigo, y vuelve con las naves de asalto, y no tardes, podríamos necesitarlas antes de que termine el día –Dregnor miro al cielo haciendo cálculos y volvió a dirigirse al elfo- envía también un mensajero a la ciudad informando.
El humano se dio la vuelta y regreso a la nave líder mientras el elfo daba indicaciones a los marineros.
Ahora solo nos resta esperar –El hombre dio nuevas indicaciones y el barco regreso a su puesto en el centro de la pequeña flota de avanzada.
Mientras tanto en las fortalezas el trabajo era constante los soldados intentaban prepararse lo mejor posible para un asedió pero no sabían de donde provendría este, la entrada estaba muy fieramente defendida y entre la tormenta y esta defensa sería un suicidio intentar entrar por ella. Telimektar mando exploradores para ver si atisbaban a los enemigos.
Dos largos días de preparaciones se sucedían en la ciudad, mas la tormenta no daba respiro a los hombres, las murallas se llenaron de soldados perfectamente pertrechados esperando a que se divisara una sola señal de guerra, mientras desde las Fortalezas se mandaban constantes señales a esta. Ya hacía un día desde que partieran los explorados, de los diez que mando solo cinco regresaron a la fortaleza, mas estos fueron levados ante Telimektar y le dijeron:
- Mi señor, yo cabalgue hacia el norte y encontré a unos barcos encallados en los arrecifes, sus banderas son tercanas. Mas dentro de ellos no se ve que haya actividad- le dijo uno
- Yo fui al sur hacía donde están las tropas, estas estiman su llegada para mañana. El comodoro las instalara en al ciudad- le dijo el otro.
Los otros dos no encontraron nada más cuando ya se disponían a entrar a la fortaleza, un soldado grito desde la muralla:
- ¡Mi señor regresa uno de los exploradores, parece herido mi señor!- le dijo señalando hacía el bosque.
- ¡Abrid la puerta y llamad a la sanadora que venga enseguida!- grito Telimektar
El soldado entro en el patio de armas y allí se desplomo del caballo, todos corrieron hacia el y este les dijo:
- Agua mi señor….- les rogó, estos le dieron agua y el soldado prosiguió- mi señor fuimos emboscados cerca de Barad Ëar, allí cayeron el resto de exploradores, un ejercito acampa debajo de la torre del mar, grande es pero no pueden escapar sus barcos están encallados en los arrecifes….- les decía pero este murió a causa de las heridas sufridas.
- Son flechas orcas, ¿como habrán llegado hasta allí?- le dijo Narairë
- No lo se, pero lo que mas temo es que sea grande. Por lo que nos ha dicho están acorralados ya que solo hay un camino por el cual un ejército pasaría y este pasa por nuestra fortaleza. Preparad al ejercito marcharemos hacía Barad Ëar ahora mismo- les dijo mientras se llevaban el cuerpo del soldado.
La tropa formo rápidamente y pronto una marea de armaduras doradas y negras salió por los portones de la Fortaleza, gallardo era el ejército comandado por Telimektar y Narairë. Esta conducía a la infantería mientras que su padre comandaba a la caballería pesada. Dos días tardaron en llegar hasta el lugar, allí los observaron acampados; sabían que contaban con solo aun parte del ejército pero lucharían hasta el final. Este mirando a su hija y le dijo:
- Narairë lleva a los arqueros hasta la base de la torre, por lo que vemos no han llegado hasta ella, desde allí a mi señal soltad las flechas. Apuntad a los arqueros son los que mas bajas nos pueden dar, por lo que vemos ents no hay y los nuestros defienden la fortaleza id con cuidado ya que tiene a orcos entre sus filas- le dijo mientras montaba en su corcel.
- Así lo are, demostrémosles que con Eorondo no hay que meterse- le respondió, dicho esto los dos se alejaron hacía sus tropas.
Narairë logro llegar hasta la base de la torre y allí esperando la señal de su padre, que no tardo en llegar, agrupo a los arqueros. Las trompetas se alzaron llamando a la batalla. La caballería se dirigió con paso decidido hacía ellos, la tierra temblaba bajo los cascos de tal colosal carga. Habían cogido al enemigo por sorpresa, estos irrumpieron entre las filas enemigas no sin bajas, un manto de lucecitas rojizas salió desde la torre e impactaron en la hueste enemiga. La batalla era dura para el bando de la Alianza, eran inferiores en número y no sabían cuanto mas podían resistir atacando.
Las flechas silbaban sobre sus cabezas cuando de pronto un cuerno sonó desde el bando tercano y este decía:
- ¡Retirada, Retirada la marea esta subiendo!-
Telimektar viendo que el enemigo retrocedía hacía los acantilados, ordeno que avanzaran hacía ellos. Duro fue ganar cada palmo de terreno ya que tercano tenía que hacer tiempo mientras sus hombres iban bajando por las cuerdas. Solo quedo un grupo de orcos en la zona, las cuerdas habían sido cortadas por ellos y ahora se disponían a bajar por la pared rocosa.
Narairë llego con los arqueros y desde el acantilado las flechas silbaron hacía el mar, atacando a discreción, no veían donde lanzaban pero sabían que estaban allí abajo intentando llegar a sus barcos. Esta alzó el brazo y grito:
- ¡No lancéis mas, desperdiciamos valiosas flechas sin tener un objetivo claro!
- Soldados registrad la zona no sea que haya quedado alguno aquí escondido.- dijo Telimektar
De pronto llego un niño montado en un corcel gritando:
- Ayúdenme por favor. Mi madre y mi hermano vienen de camino, nos atacaban cuando regresábamos a casa.
- ¿Dónde vives pequeño?, no temas los traeremos aquí- le dijo Telimektar
- Detrás de esos árboles en la granja del Tathar- le dijo el jovencito
- Narairë regresa a la ciudad con el chico los demás que patrullen la zona- ordenó el maiar
Telimektar salió a galopando sin dejar tiempo a que lo acompañaran. Delante de él veía a un carro volcado cerca de un gran sauce, en el suelo había lo que parecía una mujer, acelero el paso y pronto estuvo junto a ella, esta lo miro a los ojos y le dijo:
- Mi hijo, mi pequeño Faelind se lo han llevado, salvadle….- le decía pero cayo inconsciente.
Este vio aun grupo de orcos que se disponían a bajar por la pared con el niño. Estos discutían y en un descuido, el niño salió corriendo. Galopo hacia este y agarrándolo lo subió delante del, el caballo resbalo por culpa de la lluvia y los dos cayeron al suelo. Detrás de ellos un grupo de orcos venía dispuesto a matarlos, cogió al niño y lo puso sobre el corcel, mas cuando intentaba volver a montar una flecha le impacto en la espalda, sintió el dolor punzante y entendiendo que no podrían llegar los dos hasta donde estaban sus compañeros; golpeo al caballo y este salió galopando en dirección a la fortaleza. Se le empezaba a nublar la vista y sentía como la boca se le secaba a causa seguramente del veneno impregnado en las flechas. Este intentando que los orcos no lo notaran les grito:
- !Venid y luchad contra alguien de vuestro tamaño!- les dijo acercándose
- ¿Y ese serás tu?, necio insensato- dijo uno de los orcos
- Si es lo que quieres hoy acabaran tus días de servir a Tercano- les respondió mientras desenvainaba su espada.
Alejarlos del niño era su plan, lanzaba duros estacazos a los orcos los cuales empezaron a retroceder hacía el acantilado. En un descuido de este otra flecha le impacto en el brazo izquierdo, el dolor le hizo gritar. Su rabia incrementaba pero su cuerpo empezaba a no responder y los orcos lo estaban acercando hacía el acantilado.
-Empiezas a caer en las tinieblas, tu final esta cerca- le decía uno de los orcos que parecía llevar la voz cantante.
-¿ Podremos llevarnos su cuerpo?- le pregunto otro
-Los lideres de tercano estarán contentos cuando le llevemos la cabeza de este maia, que tantos problemas nos a dado- le respondió
-No e muerto aun, así que no vendas la piel que aun no as cazado- les respondió Telimektar escupiendo sangre, mientras se apoyaba en la espada y se levantaba temblorosamente..
-¡Mira que te resistes a lo inevitable, muere de una vez, matadle!- les increpo a los otros orcos.
Las fuerzas le fallaban, volvió a sentir las mordeduras de las flechas en la carne, se retorció otra vez de dolor y en un último intento sacando las fuerzas de donde no le quedaban se giro y mirando al que le disparara le lanzó una daga gritándole:
- ¡Yo podré morir hoy pero tu vendrás conmigo!- le grito mientras la daga se le clavaba y el orco caía por el precipicio hasta el mar.
La vista se le nublaba y las fuerzas le fallaban y se decía a si mismo “Hoy a llegado tu día, hoy te reunirás con ella”.Otra flecha le impacto en la pierna y esta le fallo y este perdiendo el equilibrio cayó por el acantilado como una llama dorada hasta entrar con gran estruendo en las frías aguas de la isla.
Narairë corrió hacía el acantilado seguida por los soldados de la Guardia Real de la isla, y allí vieron a los orcos que se jactaban de haber dado muerte al maia y estos gritaban:
- !Mira como cae ardiendo en las aguas, ahora serás pasto de los peces!. ¿Y este era el maia tan temido?- gritaban estos.
Narairë junto a los soldados se lanzaron a la carga contra los orcos que no se esperaban este ataque, poco pudieron hacer para salvar sus vidas ya que todos perecieron bajo las espadas de la Alianza, las cuales clamaban venganza contra la muerte de su señor.
Narairë se acerco al precipicio e intento buscar alguna señal de su padre, pero el mar no dejaba ver nada sus ojos se llenaron de lágrimas por la muerte de su padre y mirando a los soldados les dijo:
-!No a muerto, no pude morir ahora, el no!- les decía sollozando.
-!Mi señora nadie a sobrevivido nunca a estos acantilados!. Ahora debemos regresar a la ciudad aquí no estamos seguros.- le dijo un soldado
Estos se marcharon no sin antes mirar por ultima vez los acantilados y esperando a que Telimektar gritara como hacía siempre. El ejercito Tercano se había retirado al menos por el momento. Mas la noticia causo gran dolor entre la población de la ciudad ya que el maia había conseguido ganarse los corazones de las gentes de Aran.
[Editado por Tulkas_el_Valar el 17-08-2005 18:41]