Contemplaba a través de la ventana el amanecer de un nuevo día. El viento había aumentado su fuerza durante la noche y mis ojos predecían que una fuerte tormenta se cerniría sobre nosotros durante el transcurso de aquella tarde.
No había podido tumbarme en la cama, pues tenía un extraño presentimiento atormentándome, impidiendo mi descanso. Los vigías del ejército me habían notificado, la proximidad de una gran fuerza de Telpe superior a los efectivos que tendríamos en esa ciudad. Por eso había ordenado la evacuación de la ciudad, a los bosques que tantas veces habían salvado a esas gentes del sufrimiento de la guerra. Se trataba de una gran cueva situada a poca distancia de la ciudad y lo suficientemente amplia para que toda la ciudad se resguardase en ella hasta que el mal se alejase de nuevo de aquellas tierras. Allí encontrarían la seguridad de un bosque que cubriría su entrada a los ojos oscuros que buscaban la caída de aquel reino, como habían hecho desde tiempos inmemoriales.
Los preparativos de la salida ya comenzaran días antes y una gran parte de las provisiones y refugiados habían partido esa misma noche. Desde mi ventana pude contemplar como las puertas se abrían y como una hilera de antorchas y farolas emprendían de nuevo un viaje, con lágrimas en sus ojos al verse de nuevo en la posibilidad de perder sus hogares. Mas la esperanza seguía alojada en sus corazones y una expresión de agradecimiento aparecía en sus rostros cuando una insignia de la alianza se vislumbraba en el pecho de cualquiera de sus soldados, que tras despedirse de sus familiares, comenzaban a prepararse para el enfrentamiento.
Poco tiempo después me decidí a bajar a la plaza de la ciudad y ver si la defensa estaba ya lista. Emprendí el camino y vislumbré entonces la calma y el vacío de una ciudad sin vida, donde solo algún soldado interrumpía su marcha al encontrarse en mi camino, esperando cualquier orden. Pero todos los mandatos ya habían sido hechos, y solo faltaba el tiempo para cumplirlos, y esperar entonces a un enemigo que al fin enseñaba los dientes.
Encontré a Nyárel ultimando los detalles finales del último convoy de personas que abandonaban la ciudad. Se encontraban allí dos pequeños hermanos que se habían negado a marcharse hasta que su padre no estuviese junto a ellos. Formaban ahora parte de los últimos caminantes, pues su padre había sido desde tiempo atrás una figura destacada de la marcha de la ciudad y a pesar de estar ya retirado de sus funciones por los daños sufridos en un ataque en el bosque, había pedido ayudar en todo lo posible para el desalojo completo de la ciudad, pues su esposa había fallecido en ese ataque, por lo que conocía perfectamente el sufrimiento de las guerras.
Nyárel se había acercado a ellos y se había encargado de su cuidado mientras su padre disponía ya los últimos detalles que se le encomendasen, y ahora en la despedida aquellos niños que mostrasen tanta tranquilidad, se encontraban apenados porque ella no les acompañaría al refugio. En ella encontraron la dulce sonrisa de su madre y no querían perderla otra vez, por lo que le hicieron prometer que pronto se reuniría con ellos en el bosque y que volverían de nuevo a sus hogares en su compañía. Fue entonces cuando una lágrima afloró en su rostro, mientras ellos desde el seguro carro agitaban su mano en brazos de su padre con rumbo a la seguridad natural del preciado bosque.
Me acerqué a ella y le dije que no se preocupase por ellos, pues pronto se encontrarían libres de todo mal, y que aquellos seres de Yavanna darían su vida antes de ver al mal dominar esas tierras. Pero ella no lloraba solo por eso, sino por la tristeza de las guerras en las que se estaba sumiendo el reino. Enemigos acérrimos y otros grupos antaño sus aliados, buscaban ahora nuestra destrucción con todos los medios a su alcance y solo podíamos intentar protegernos de una hostilidad y rabia que una vez llegada hasta aquí seria difícil de aplacar. Dialogué con ella un tiempo, mas instantes después fue requerida por los arqueros que comandaría. Tras dar unas cuantas órdenes necesarias para la defensa y deambular un rato por las calles, me decidí de nuevo a subir a mis estancias y prepararme para los duros tiempos que se avecinaban.
Tras un pequeño baño vestí mis ropas dispuesto para la batalla. Una coraza de cuero marrón, junto con unos pantalones del mismo material y color constituían casi la totalidad de mi ligero atuendo que me permitirían una mayor libertad de movimientos. Y bordada en la ropa se encontraba el emblema de la alianza. Deslicé mi mano suavemente sobre ella, y pensando en aquellas gentes que confiaban en nuestra defensa me acerque a mis armas y tras cerciorándome de que estuviesen dispuestas emprendí por fin mi marcha hacia los hombres que sin duda ya estarían dispuestos.
Los caballos esperaban equipados con las brillantes armaduras que les protegerían de los ataques. Cerca de ellos, eran sus propios jinetes los que se encargaban de calmar su sed y darles algún pequeño premio en adelanto por el esfuerzo, que sin duda pronto realizarían.
Instantes más tarde, y cuando todo estaba dispuesto para la salida, volví a reencontrarme con Nyarél, que había cambiado su vestido de lino azul que llevara antes, por unas ropas más duras y fuertes para la batalla. En su mano portaba su arco, que presto usaría al comienzo de la batalla.
Así se abrieron por última vez en ese día las puertas de Naryarion para dejar paso a su glorioso ejército, encabezado por mí junto con Nyárel, montados ambos a caballo, mientras el viento aumentaba en su intensidad y las nubes oscurecían cada vez más el habitual cielo azul acostumbrado en la ciudad. Detrás de nosotros avanzaba el grueso de los arqueros que una vez sobrepasado el umbral, se distribuían a derecha e izquierda cubriendo el máximo del territorio y se posicionaron por delante del resto del ejército. Eran en su mayoría elegantes elfos armados con arco y flechas suficientes, hasta que el lenguaje de las saetas tuviese su continuación con el duro responder del acero forjado de sus espadas. Tras ellos apareció la majestuosidad y belleza de los caballos que con paso firme avanzaban hacia el frente hasta situarse tras sus capitanes y cubrir el centro de las posiciones del ejército, y por último, la ciudad se vio al fin vacía con la salida de sus hombres armados, que contaban con una mayor defensa en su vestir y que ocuparon su posición tras los veloces équidos.
Sabíamos que el ejército telpita, había acampado en una loma cercana a la ciudad, pues la maldad de sus seres se percibía ya en el aire. Pero una duda se me planteó sin encontrarle solución, ya que esa compañía contaba en sus filas con un balrog. Poderoso enemigo, sin duda, pero no percibía ni su fuerza ni su esencia a mí alrededor, por lo que le pregunté a Nyárel, respondiéndome lo mismo. Ese principio de esperanza corrió rápido entre los soldados, aunque pronto la aparición de aquel numeroso ejercito, hizo que esa pequeña ilusión fuese mas efímera.
Tras mirarnos ambos grupos por un corto tiempo, dos jinetes telpinianos espolearon a sus monturas y se acercaron a mi posición, por lo que intuyendo un parlamento avancé junto con Nyárel, hasta llegar a su encuentro. Llegaban a nuestro encuentro hablando entre ellos, y con una pequeña sonrisa en su faz, y al hallarnos frente a ellos, nos dirigieron sus palabras.. Intentaban iniciar las presentaciones, más una cosa me sorprendió, pues subestimaban tanto a su enemigo que no tenían ni constancia de con quienes iban a luchar. Aun así, les dije nuestros nombres y esperé a que ellos comenzaran el dialogo que intentaría poner fin al conflicto. Procedieron entonces, aunque ellos mismos habían aventurado que uno de ellos se llamaba Gorgorn, y eso era extraño porque en esa compañía sólo había un dirigente de la raza eldar según nos informaran los espías, y ese era Erestor.
Entonces pregunté si estaba ante elfos avari, pues aunque en Gorgorn se intuía la fuerza de la raza noldor, tantos cambios en esa compañía me inquietaban. Y ahí sus intenciones fueron entonces descubiertas, pues una furia se despertó en sus ojos, y ya concluyeron ellos sus palabras cuando para mi asombro, una nueva mentira afloró de sus labios afirmando que si lo eran, pero por sus palabras ya no gustaban de seguir dialogando. ¿Qué problema había de tener alguien por hablar con los un elfo avari? Su único mal si había que achacarles alguno era que habían rechazado emprender un viaje hacia el Oeste, prefiriendo la luz de las estrellas.
Pero quizás en sus mentes nunca estuvo presente la idea de llegar a un acuerdo y todas aquellas trampas y mentiras no hacían más que confirmármelo y más cuando sonriéndose mutuamente dieron por terminada la negociación. Definitivamente aquello era una burla sin sentido en la que el único acuerdo que esperaban era una rendición sumisa o quizás intimidarnos con sus reacciones pretendiendo que cayésemos en su trampa. Mis sospechas resultaron ser ciertas pues comprobé que efectivamente el enemigo no nos conocía, pues esa verborrea intimidatoria no nos afectaría y si ellos lo consideraban como un gran logro para remarcar en sus historias, mostraban el necio orgullo que seres como ellos consideraban como el más alto grado que un soldado pudiese alcanzar en una batalla.
Volvimos entonces con nuestros hombres y nos dispusimos para el enfrentamiento que pronto regaría la tierra de una lluvia roja, antes de que la propia tormenta se desatara sobre ellos. Mientras Nyárel cabalgaba para encabezar la marcha de los arqueros me dirigí por ultima vez antes de la batalla a mí ejercito:
-Compañeros. Vivimos tiempos oscuros donde el enemigo ataca nuestros hogares y nuestras familias. Hoy nos enfrentamos a un rival más numeroso que nosotros y no os prometo una victoria. Luchad sabiendo que los vuestros están en sitio seguro y os envían su fuerza y un cariño que muchos de vosotros no volveréis a sentir entre vuestros brazos. Pero pensad en que este sacrificio es por ellos y por el futuro de vuestros hijos. Vuestra sangre les dará protección y vuestro dolor coraje para vivir y convertirse en gente de bien que os recordará toda la vida como los héroes que sois, pues contribuisteis a devolver la luz a estas tierras ahora en penumbras. Por todo aquellos que amáis, enfrentemos a ese orgulloso rival y mostrémosles el resultado de enfrentarse a nuestro glorioso ejército. ¡ADELANTE! ¡LUCHAD!
Avanzamos raudos hacia nuestro destino, con Glînnen empuyada en mi mano diestra mientras galopábamos hacia un rival que esperaba nuestra llegada. Los rayos aparecieron antes de que la primera flecha surcara el cielo, y pronto obtuvo la respuesta en un sonoro trueno. Los caballos guiados por los jinetes ya acostumbrados al ensordecedor estruendo de la batalla continuaron su avance firme contra los lanceros telpinianos. Calló entonces una lluvia de flechas sobre nosotros y muchos cayeron entonces, pero jinete y corcel arrasaron por sobre los lanceros, esperando tras de sí el resto de su infantería. La guerra continuó entonces desde el suelo y empuñé entonces a Culentin, la espada de mi hermano, que con firme pulso me ayudó con su danza, abatiendo a cuantos soldados me salían al encuentro. Nyárel llego entonces con sus hombres y la batalla se convirtió en un rastro sangriento por las cuatro esquinas de aquel campo, mientras una suave lluvia humedecía sus cuerpos.
Cuando nuestras fuerzas se veían menguadas, el bosque acudió en nuestra ayuda y los ents aparecieron en la batalla, pero la posición ya era difícil de mantener. Mis soldados caían cada vez en un mayor número tanto por el cansancio de su esfuerzo como por las armas de Telpe que también habían hecho mella en mi cuerpo. Fue entonces cuando tras deshacerme de un par de elfos oscuros, pude escuchar una voz que gritaba por sobre aquel estruendo. Me giré y pronto vi a un grupo de soldados que llevaban consigo el cuerpo de Nyárel. Bañado en sangre, cuando una espada orado su pecho, a pesar de su maestría con las armas unida a su gran experiencia en combate, y la vida ahora escapaba rápidamente de su cuerpo. Todo estaba ya perdido y antes de que todo el ejército pereciera en esta lucha. Di la orden de retirada, y mis tropas se fueron replegando, mientras que los heridos eran ayudados a refugiarse en los bosques. Junto con aquellos capaces de seguir luchando, formamos la última defensa antes de nuestra marcha, proporcionando tiempo a los que aun no habían dicho sus ultimas palabras en su vida.
Delante de mi se hallaba un ent que prestándonos su ayuda estaba siendo consumido por las llamas, y esperaba que esa fuese la última de nuestras pérdidas, pero para mi sorpresa algo sujetaba mis pies. Era un soldado enemigo y antes de poder librarme de aquel que yo creyera ya abatido, hundió su puñal en mi pierna y me hizo caer. Su último soplo de vida lo dedicó a notificarme que caería junto con él y antes de poder huir, el ent se precipitó al suelo aplastándome con una de sus grandes ramas. Mi sangre brotó entonces de mi boca y el mundo pareció detenerse ante mí. Contemplé a mis hombres intentando sacarme de mi trampa mortal, mientras aquella risa retumbaba en mi cabeza. No distinguía ya ningún otro sonido y el intenso dolor comenzaba a desaparecer por una sensación de paz. Mis ojos comenzaban a cerrarse y pronto la oscuridad fue lo último que sentí.