La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida. Atanvardê Celeblasse.

2005:08:21:13:19:42

Atanvardê Celeblasse

El último brillo. La despedida.

-Déjame…Déjame aquí -repetía la elfa tercamente, murmurando desde lo

profundo de su inconsciencia. Un soldado de la compañía la sacó de las aguas heladas de Ringluine casi a rastras, dejando un sendero carmesí en el embarrado suelo. Las heridas que había recibido la estaban arrastrando al abismo. Tenía destrozada la coraza que le recubría el pecho, obra de un hacha pesada que le había dejado una herida en el abdomen. No era muy profunda, pero sangraba demasiado. Tal vez habían lesionado una vena o una arteria importante. En el brazo izquierdo todavía estaba incrustada una saeta, y en la muñeca de la mano derecha, desprotegida, la hirieron cual si ella misma hubiese decidido suicidarse. En la premura de el repliegue hacia la capital, el sanador de la compañía extrajo la flecha y restañó las heridas lo mejor que pudo, mas sin embargo, la elfa seguía perdiendo sangre sin control. Día y medio después, la Torre de Cristal se erguía ante los apagados ojos de Atanvarde, quien en ese momento, en una pausa de la agonía, logró observar a su borroso alrededor. La hemorragia había disminuido, casi desaparecido, pero ya era tarde. Un postrero rayo de sol iluminó lo alto de la Torre, y ella tomó ese signo como una despedida. Lo sabía. Estaba muriendo.

Se desvaneció en la Nada.

Los médicos se reunieron en la habitación privada de Atanvarde en la Torre de Cristal sin saber que hacer. Había perdido muchísimo líquido vital y estaba a las puertas de la muerte, pálida y fría. Respiraba tan levemente que no se notaba el subir y bajar del pecho bajo las sábanas. Le habían curado las heridas muy hábilmente, y ya no sangraba, tal vez porque ya no había sangre que expulsar.

-Odio decir esto, pero no creo que pase de esta noche.-dijo muy serio el mayoral de las Casas de Curación después de examinarla.- El dolor no es problema, puesto que está desvanecida, y no siente nada. Lo grave es el frío y la falta de oxígeno y nutrientes en su cuerpo. Ha luchado hasta el límite, sin duda también le afecta el hecho de que no ha dormido bien desde el ataque a Ostaire, hace varios días. Calentadla con sábanas tibias y abrid las ventanas para que le entre aire, quizá eso le reconforte, antes de morir.

-Debe haber algo que hacer, señor Mayoral.-protestó un herborista.-No podemos resignarnos. Tal vez si encontráramos una poción que le restituyese la sangre, tal vez…

-Eso no existe.-dijo otro sanador desde un rincón. Todos los médicos presentes asintieron, y miraron con compasión y un sentimiento de impotencia a la exánime figura que se hallaba en el lecho. Parecía que en esta ocasión Mandos el Vala estaba determinado a llevársela a sus dominios. Entibiaron su habitación prendiendo un fuego en la chimenea y con una poción le reanimaron un poco, por lo menos se notaba un leve rubor en sus mejillas. Los médicos se marcharon a atender al Señor Elboron que venía muy malherido de la batalla, dejando a Atanvarde al cuidado de dos doncellas, que no hacían más que llorar y suspirar por el destino de su señora. Pasaron dos semanas, contrario al augur del mayoral, que le había pronosticado menos de doce horas de vida, sin que Atanvarde presentase mejorías importantes. Le alimentaban de a poco, en los breves minutos en que la elfa abría los ojos, para luego perder el conocimiento por días enteros. Aún tenía las manos heladas y el rostro pálido, pero muy en el fondo de su mente, el deseo de vivir permanecía intacto, y la férrea voluntad de seguir respirando hacía que su corazón latiera con fuerza día tras día. Las heridas superficiales habían cerrado satisfactoriamente. Afortunadamente, existía un medicamento para salvarla, pero era un fármaco muy raro y difícil de conseguir, y probablemente en vez de aliviarla terminara de matarla, así que no lo mandaron traer, esperando una pronta recuperación, que no sucedió en los siguientes días. De hecho empeoró demasiado. No volvió a despertar. Las jóvenes que le servían no cesaban de llamarla y de cantar tristes lays de los héroes de antaño que habían muerto en la guerra. Desesperadas, llamaron al Señor Elboron, pero este también estaba inconsciente en sus habitaciones. Los sanadores trajeron el medicamento y le suministraron una pequeña dosis, acompañada de una poción para contrarrestar un poco el nocivo efecto de la pérdida de sangre .En lo sucesivo se le administró el mismo porcentaje todos los días a la misma hora. Las heridas cerraron completamente y la piel nívea de la mujer elfa tomó algo más de color sonrosado, dejando abruptamente el tono azuloso que tenía desde semanas atrás. Una noche, empezó a murmurar en sueños, y al día siguiente despertó por completo, muy débil para hablar o moverse de su cuarto sin ayuda, pero por lo menos vivía de nuevo, tras haber sido rechazada de las Estancias de Mandos. Poco tiempo después ya pudo ir, ayudada por una de sus doncellas, a visitar al Rey Elboron, quien también se encontraba convaleciente, y a darle un informe detallado del enfrentamiento en el paso del Ringluine.

-Atanvarde, realmente os habéis perdido una buena batalla, aunque gracias a ello, nos habéis dado el tiempo necesario para defendernos.-dijo Elboron mientras conversaban.

-Qué lástima. Pero mejor así. Si hubiera seguido peleando me hubiera deshecho a pedacitos. Pero ya veréis que pasará con el herrero que forjó mi armadura, lo mandaré a “herrar” a él.-respondió Atanvarde, con un amago de sonrisa. Después de mirarse, el Rey y la capitana se rieron con fuerza por largo tiempo, para luego detenerse abruptamente, una por el dolor que le causaba el movimiento de su caja torácica y el otro por la falta de aire en los pulmones y la punzada que esto le causaba..

Gaur

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