Caía la noche en Ciudad del Dragón. Hacía escasas horas el enemigo había sido rechazado con graves perdidas y numerosos heridos; entre ellos, yacía paralizado por el dolor , el rey Elboron. Una emponzoñada flecha había traspasado su pulmón derecho y los mejores sanadores de la ciudad estaban reunidos en su alcoba presos de una gran consternación. Su fiel ayudante Faevelin velaba a su señor a los pies de su cama impidiendo el acceso a sus aposentos. Sólo al mayoral, reconocido herborista, se le permitió la entrada.
- Nunca antes había visto un veneno semejante – dijo el mayoral una vez reconoció al elfo – todo mi saber es insuficiente. Lo siento. Acaso esta poción mitigue su dolor – y dejando un frasco encima de la mesa se marchó con grave rictus.
Faevelin estaba consternado. Todos los grandes maestres sanadores se hallaban fuera de la ciudad y Elboron, a pesar de ser uno de ellos, se encontraba inconsciente y no podía ayudarse a sí mismo. Si al menos la dama Árawen estuviera aquí, ella sabría que hacer, se dijo entre sollozos. No podía creer que su amado señor fuera a caer bajo las garras de la muerte que tantas veces había burlado a lo largo de innumerables años de peligrosas batallas y aventuras.
Resuelto al menos a aliviar el dolor que sufría, volcó el contenido de la poción en un cuenco y obligando a su señor a incorporarse, le introdujo la poción asegurándose que la tragaba.
Dos horas pasaron desde que ingiriera la poción el rey y su estado no mejoraba.
- Maldito curandero – tronó indignado Faevelin – su poción no es más que un embuste de buhoneros. He de hacer algo, pero... ¿qué?
Dejando a Elboron al cuidado de los sanadores, el fiel oficial partió hacia Ostaire en busca de la dama Árawen, gran maestre de sanadores y amiga del rey, sorteando las desmoralizadas líneas enemigas que acampaban a prudencial distancia de la ciudad.
Sólo el capitán Gaur era más veloz que el joven Faevelin solían decir los grandes generales del Valle a modo de halago cuando él se hallaba presente. A pesar de la benevolencia de los ancianos militares el sabía que era cierto y era hora de demostrarlo. No sólo era un magnífico jinete sino que conocía con gran precisión las tierras del Valle, otorgándole una ventaja que ni el mejor de los corceles pudiera darle.
Treinta y seis horas después de su partida, el valiente Faevelin franqueaba las puertas de la ciudad de Ostairë dirigiéndose raudo al cuartel general en pos de Árawen.
No estaba allí y, dándose cuenta que se encontraría con los heridos de la batalla contra los piratas telpitas, maldijo su estupidez corriendo, a pesar de su fatiga, al hospital que habían preparado para la ocasión donde seguro estaría ella.
Y allí la encontró. A pesar de sus propias heridas, la elfa se acercaba a todos los guerreros heridos y uno por uno los atendía y reconfortaba con amables palabras.
Sentía tanto tener que sustraer a esos pobres soldados de tan magnífica sanadora, mas la vida de Elboron pendía de un hilo y no podía esperar ni un segundo.
Acercándose a ella, tras atravesar una multitud de agonizantes soldados, se presentó golpeando con su mano derecha la armadura a modo de saludo. Su sudado casco, que sostenía en la mano izquierda, daba prueba de sus denodados esfuerzos por encontrarla.
- Mi señora – dijo raudo sin apenas respirar – el señor Elboron... – prosiguió atrayendo las miradas de los soldados heridos que sonrieron con benevolencia al oír el nombre de su rey – el señor Elboron – continuó el oficial, reparando en lo incómodo de la situación, alzando la voz – quiere.... quiere ¡agradeceros soldados el esfuerzo y la sangre derramada por la defensa de nuestros amados territorios y os exhorta a seguir luchando pues sabe que herida alguna frenará a los victoriosos ejércitos del Valle! Y quiere también anunciaros la gran victoria de sus tropas frente a las hordas saucistas en terrible batalla a las puertas de la capital. El enemigo ha sido derrotado y rechazado en todo el Valle desde Azdakadar hasta aquí sembrando la confusión en sus mandos y la desolación en sus tropas.
El estruendo fue ensordecedor. Que el rey hubiera enviado a su propio ayuda de campo para comunicarles a ellos, simples soldados, esas noticias motivó la algarabía en el campamento de los heridos y que pronto pasaría al resto de tropas y a la comarca entera. Tal detalle renovó los bríos de las tropas alzando la moral a cotas insospechadas.
Árawen sonrío complacida mas enseguida se dio cuenta por los gestos del oficial, que tras sus palabras escondía un grave mensaje y cogiéndolo por el brazo le dijo:
- Venid Faevelin. Quizá necesitéis algo de reposo y un baño. Acompañadme fuera.
Era inútil. La noticia de las victorias de los tres ejércitos del Valle habían corrido velozmente por la ciudad y todos querían estrechar la mano del mensajero transmitiéndole palabras de afecto para el rey. Tuvieron que subir a la muralla poniendo como excusa que el rey había pedido al oficial un informe de la situación geográfica del enemigo, cosa que calmó a las huestes dispersándolas por las tabernas de la ciudad festejando las buenas nuevas.
Una vez en lo alto de la muralla, alejados del bullicio, Faevelin confesó a Árawen las graves noticias, constatando, no obstante, las victorias de las mesnadas de los capitanes de la segunda compañía y las invictas tropas del rey.
La elda se mostró más serena de lo que esperaba el soldado y palmeando en la espalda a Faevelin contestó con ánimo:
- Vamos, vamos, oficial. Conozco a tu señor desde hace muchos años y siempre ha sabido sortear con fortuna los reveses del destino.
Complacido por la seguridad mostrada, Faevelin se relajó y respiró profundamente quitándose un gran peso de encima. Si la gran maestre de los sanadores estaba tan segura sobre la recuperación del rey, nada debía temer él, un profano en tales materias.
Sin embargo, la prudente capitana no estaba tan seguro de ello. Sabía que Elboron era un elfo robusto mas había incontables venenos en este mundo y ella no podía conocer el antídoto a todos ellos.
Ensillaron los caballos con premura y tras saludar a los capitanes del ejército partieron al galope en dirección a la capital del Valle. Una vez dejaron atrás el camino del Ringluine, infestado de tropas telpitas, enfilaron a la carrera el camino real hasta llegar a Ciudad del Dragón, protegidos por una densa niebla diríase protección de Ulmo, pues no encontraron soldado saucista alguno en el sendero.
Siguiendo a Faevelin, que mostraba gran seguridad dentro de los confines de la ciudad y gozaba de permiso real para franquear todas las puertas, pronto se encontraron ante el lecho de Elboron, que había empeorado su estado en las últimas horas presentando un tono verdoso en la piel que alarmó a su ayudante y desconcertó a la sanadora.
Ella ordenó abrir las cerradas ventanas, purificando la estancia, e hizo salir a la muchedumbre de curanderos y sanadores que se arremolinaban en torno al gravemente enfermo rey.
Árawen examinó la ponzoñosa herida extrayendo una esquirla que se hallaba incrustada debajo de la piel. Restañó la herida de nuevo limpiándola para evitar posibles infecciones y cubriéndola con una hierba. La esquirla sacada tenía un color azulado proveniente del potente veneno con el que fue empapada por artero arquero.
Sin mediar palabra con él, la elfa sacó unas duras hierbas de su bolsa y dio orden a Faevelin que las machacara y masticara mientras ella salía como una exhalación en dirección a las salas de los alquimistas, dispuesta a encontrar un antídoto contra el poderoso veneno con que había sido afectado.
Para que serían las hierbas, se preguntaba el soldado, mientras masticaba y escupía en un cuenco las hojas trituradas. Siempre se le había dado mejor obedecer que ordenar, pensó, y siguió rutinariamente la tarea que le habían encomendado.
Varias horas después, empapada en sudor y con la cara visiblemente afectada por el duro trabajo, Árawen entraba de nuevo portando un líquido anaranjado en una copa de cristal.
- ¿Habéis triturado las hierbas? – preguntó mientras reconocía al enfermo de nuevo – Le ha subido la fiebre – dijo preocupada – si esta poción no le hace efecto nada lo hará.
Faevelin guardo silencio ante las palabras de la sanadora y pasados unos segundo preguntó:
- ¿Para que son estas hierbas entonces?
- Si se trituran bien son un potente anestésico que rebaja la fiebre de manera radical. Sólo se debe usar en caso de que el enfermo tenga fiebres altísimas pues podría reducir su temperatura corporal hasta la muerte por congelación – explicó mientras se afanaba en cubrir el cuerpo de Elboron con ellas – Esta poción creo que le subiría demasiado la temperatura y las usaré para contrarrestar su efecto– Y ahora, amigo mío, bebe – dijo a un inmóvil Elboron vertiendo el contenido de la copa en su garganta.
Árawen y Faevelin se mantuvieron al lado de su rey durante largos días sin que presentase ningún síntoma de mejora hasta que una mañana el aguerrido elfo se aferró a la vida y abriendo los ojos reconoció a sus amigos.
- Faevelin, mi buen amigo, ¿no podrías darme algo de comer?, estoy hambriento. ¡Árawen!, ¿qué hacces aquí? Te creía en Ostaire... – fue lo primero que dijo tras haber estado cerca de conocer las estancias de Mandos.
- ¡Viejo bribón! Eres más resistente que el galvorn. Ya habrá tiempo para hablar de esos asuntos. Ahora debes descansar y reponerte de tus heridas – gritó con fuerza Árawen levantándose al unísono con Faevelin – Mas... mi buen Elboron, debo partir de nuevo con mis tropas, ya me he demorado demasiado. Adiós Elboron.
- Adiós querida Árawen, una vez más te debo la vida.
Sonriendo con dulzura salió por la puerta. Dos días después llegaba a Ostaire portando nuevas del rey...
A la misma hora que la elfa arengaba a las huestes de Valle, Elboron salía acompañado del fiel Faevelin al balcón por primera vez en semanas y respiraba con renovados bríos a pesar de su reciente herida en el pulmón.
Árawen lo había curado...
