La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Tercano. La Amistad Siempre Perdura

Terminada
Escrito el 19-08-2005 12:59 #1

No Padre, ¡cuéntanos un relato!- Dijo Méässe

Sí, pero de esos que tú sabes de cuando eras pequeño- Dijo su otro hijo Kúvion.

Los dos jóvenes pusieron una cara entusiasmada y le miraron al rostro, para saber cuál era su respuesta, mas no pudo negarse.

Todo comenzó, si mal no recuerdo, en la segundad edad, cuando Númenor pasaba por sus días oscuros. Ahora bien, como bien sabéis, yo nací en Haldanóri, Las Tierras Ocultas, concretamente en el bosque de Ost-in-Tercan, un gran lugar donde vivir si alguna vez pensáis iros de aquí.-Comenzó a decir Bruithwir -Allí comenzó todo:

Era pequeño, y no alcanzaba gran altura, cuando a la muerte de un día, estando con Ilkorin, hicimos una prueba para demostrar nuestra valía. Lo que se trataba en cuestión, es que debíamos escapar de bosque para explorar un poco, algo normal entre críos. No paramos durante varias horas, en las cuales girábamos por donde queríamos, y ante todo íbamos charlando alegremente. El tiempo fue pasando, hasta que nuestros pies no podían más, fue entonces cuando nos dimos cuenta que, nos perdimos en la inmensidad del bosque y para concluir la faena, estábamos demasiado cansados para realizar la vuelta a casa, y, en el rato que nos tomamos para descansar, caímos dormidos en unos sueños inquietantes.

A la mañana siguiente, me encontraba amordazado junto a Maglor sin casi poder moverme. Intenté soltarme, mas me fue imposible y me tuve que resignar al verme vencido como un león viejo, sabiendo que morirá, mas aún no había llegado su hora. No dije nada, pero mi amigo estaría pensando en lo mismo. Fue entonces cuando me puse a pensar en cuántas cosas no volvería a ver más, y de lo tarde que me di cuenta de todo ello.

El tiempo fue pasando, no sé bien, pues los días me parecían eternos, y si bien intentaba oponer resistencia recibía una bofetada que me dejaba desorientado durante un par de minutos, pero aún así, creo que fueron dos semanas de viajes por Arda. Recuerdo cuando llegamos a nuestro destino. Nos dejaron como alimañas muertas en la tierra árida y calurosa, era un desierto sin lugar a duda, con muy poca vegetación, la naturaleza se olvidó de aquel lugar, pues nada más había pequeños hierbajos escasos adornando la tierra seca. Me dieron de comer, que por cierto eran “alimentos” pasados de fecha, y luego nos dejaron a la vista de varios hombres bien fornidos mientras que los otros hablaban de algo, que no pude saber, pues por aquél entonces yo no sabía la lengua de los hombres, y sólo os puedo decir que parecían nerviosos e intranquilos, aunque yo en ese momento no sabía si era por algo que había ocurrido, o iba a ocurrir.

Ilkorin me miró, estaba más cansado, bastante más delgado que de costumbre, y, con unos ojos, que aún pasado el tiempo, recuerdo que de su color azul claro que mostraba su corta edad, pasaron a ser de un gris intenso, lo que supuse sería debido a su tristeza interior, mas en ningún momento suplicó a nadie por su libertad, y simplemente se conformaba mirando la triste tierra, o el cielo. En ese momento, intenté trabar conversación con él, pero lo único que le pude sacar es un mero “tengo sed”.

Cuando acabó la conversación de los hombres, o la pequeña discusión, como queráis decir, se volvieron hacia nosotros, algunos mostraban su descontento en sus rostros, y otros nos miraban con sutileza. Intentaron ponerse en contacto con nosotros, pero pronto descubrieron que no sabíamos la lengua del oeste. La noche cayó, y en la misma tienda estrecha y raída de siempre, pasamos la noche.

Con el canto del gallo, nos hicieron levantar, esta vez, por suerte, no nos hicieron andar, pero nos dieron, con bastante dificultad, unas tareas que hacer si queríamos algo de comer y un poco de agua. Afirmamos sus trabajos con un movimiento de la cara, y pronto estábamos cosiendo ropas rotas, lavando o afilando diversas espadas. Ese fue nuestro comienzo en el nuevo “hogar”.

El tiempo fue pasando, y allí llegué a entender su lengua, fue en verdad los meses más oscuros que puedo recordar…

Esperad un momento-dijo Bruithwir, que fue a por un vaso de agua, pues la garganta, la tenía completamente seca, mientras que Méässe y Kúvion esperaban impacientes y entusiasmados el desenlace de la historia. El padre volvió pasado un rato, y llevaba en su mano un vaso rebosado de agua.

Pues bien- comenzó a decir- Ahí estábamos, en un mundo extraño para nosotros y perdido de esos altos árboles en donde solíamos jugar. Nos trataban despectivamente y a menudos nos escupían, o nos gastaban alguna broma pesada, y naturalmente no podíamos quejarnos, pues nos iba la vida en ello.

Allí, aunque me da asco reconocerlo, aprendí mucho, sobretodo las artes de la guerra y de las artes curativas entre otras, nunca pensé que las flores sirviesen para tantas cosas.

Ilkorin r y yo, pronto fuimos superando con creces a los demás, y pronto competíamos contra los mejores del lugar, pues poco a poco dejó de ser un simple asentamiento para ir convirtiéndose en una pequeña ciudad, y eran raras las ocasiones en que en los campeonatos de fuerza y habilidad no estuviéramos entre los mejores, al igual que en los de tiro con arco. Fue entonces cuando decidimos que estuvimos demasiado tiempo allí, pues aunque había pasado en verdad tiempo, añorábamos aún nuestras tierras, nuestros bosques de árboles perenne, y esas hojas doradas de las caduca que anunciaban el otoño para dejar paso a un frío invierno.

Cayó la noche, y nos fuimos a nuestra tienda, y así estuvimos largas horas en silencio, hasta que nos aseguramos que nadie estaría despierto. Fue entonces cuando nos movilizamos. Nos era muy difícil a causa de nuestra visión nocturna, podíamos saber si hay guardias antes que ellos nos viesen a nosotros. Abandonamos la ciudad, y avanzamos pesadamente por el desierto rumbo a nuestro hogar, aunque nos era difícil estar seguros del camino hacia donde iba, pues no éramos capaces de recordar por dónde pasamos y por dónde no.

La noche fue dando paso al día, y no creíamos que fuera seguro avanzar por una llanura de arena donde con una buena vista, veían varios kilómetros a la redonda. Así pues, montamos con nuestra propia ropa un pequeño lugar donde refugiarnos de las miradas y del caluroso sol.

Al anochecer, cuando las estrellas salpicaban un cielo despejado, partimos de nuevo. Poco hablamos, pues la idea de imaginar volver a nuestro hogar nos traía absorto en nuestros pensamientos.

El tiempo fue transcurriendo y, a medida que dejábamos el desierto, nos arriesgábamos a caminar por la luz, al principio con un poco de temor, muy atentos a cualquier sonido que recorriese el lugar, pero luego fuimos cogiendo soltura, hasta que en vez de caminar de noche, lo hacíamos de día.

Tras el desierto, se situaba unas montañas erosionadas, lo que daba a lugar a grandes mesetas con árboles de bajo tamaño y sin fruta comestible, lo que provocó que nuevamente pasásemos hambre. Al principio, no era tema por el cual charlar, pero las millas de meseta se perdían en el horizonte, y la falta de comida y agua producía discusiones, incluso llegábamos a peleas en las cuales acabábamos con algún labio roto. No sé cómo ni cuándo se produjo, pero llegó el punto de que nos acompañábamos porque teníamos el mismo destino, pero nos odiábamos a muerte, pues ninguno de los dos soportaba la idea de que el otro haya encontrado comida, o el amparo de la sombra de un árbol. A menudo luchábamos entre, muchas veces por una manzana pasada, o un nicho de insectos. Así pues, estábamos llenos de heridas, algunas de muy mal aspecto, pero no protestábamos para no dar alegría al otro. Yo sabía bien que su tiempo estaba marcado, pues cuando llegásemos a Ost-in-Tercan, tendría motivos como el de agresión para que lo encarcelen, y creo que él también lo sabía, por eso luego acaba arrastrándose ante mí pidiendo perdón, pero era un perdón cargado de odio y amargura. Eso, desgraciadamente, me llevaba a la prepotencia, y a menudo le insultaba sin motivos para verlo sufrir, algo que no creo que me llegase a perdonar, pero así fue durante el trayecto, y, con esta enemistad llegamos por fin a la frontera de Tercano, un lugar llamado Nandë Oioúrë. Una gran llanura que pasaba por la gran ciudad de Osto Ur-Anar, mas no pasamos por allí, pues queríamos llegar a la capital del reino sin levantar muchos rumores, y por una vez estuvimos los dos de acuerdo.

Al caer esa noche, nos refugiamos del vendaval detrás de un pequeño acantilado, y ahí pasamos la noche, pero esa no fue una noche cualquiera, recuerdo como desperté totalmente asustado y sin aire, pues Ilkorin, me tenía agarrado del cuello con la intención de quitarme la vida. Cuando solté el que creía mi último halito, agarré en vano una piedra cercana y golpeé la cabeza de mi asesino, dejándolo momentáneamente aturdido, con lo cual yo logré escapar de sus manos y me dirigí a mi espada, la cual la desenvainé. El hizo lo mismo, y pronto nos encontrábamos en un crucial duelo por la vida propia. Recuerdo cada estocada que me intentó realizar, mas yo conseguí pararlo, y estuve casi toda la lucha defendiendo mi cuerpo, porque en verdad no podía atacar y defender al mismo tiempo, pero tuvo una oportunidad, pues el paró un momento para tomar aire y continuar su repetido ataque, pero entonces fui yo quién atacó, y lo pillé desprevenido produciéndole un profundo corte en el estómago, éste, sangraba de forma muy exagerada, y en poco tiempo no podía contenerse en pie, entonces, mientras él esperaba su muerte, le pregunté el por qué de su intento, y me dijo unas palabras que nunca olvidaré: No te hagas el tonto, sé perfectamente que cuando llegásemos al lugar, condenarías mi cuerpo, y la única manera de evitar eso era quitando al testigo, es decir, a ti, pues tu padre tiene influencias, y no podría defenderme de tu palabra.

Poco después de acabar, soltó su expiración, y cayó boca abajo en la tierra colorada. Me quedé contemplando el cuerpo sin vida de mi antiguo amigo, hasta la llegada del sol, cuando espejé mis últimos recuerdos suyos, y continué mi andanza por las tierras de Tercano Nuruva, hasta que en varias jornadas, llegué a las fronteras del bosque Ost-in-Tercan, mi bosque. Al penetrar en aquellas tierras, recordé lo maravilloso que era algunas regiones de Arda, y mientras más me introducía en el interior, más deseaba encontrarme con mis padres y mis amigos, aunque sería difícil convencerlos de que soy yo. Y así fue, cuando me encontré con mi padre, rápidamente se apartó de mí, pues creía que era un simple plagiador de su hijo, pero con el tiempo le demostré que estaba equivocado, y la verdad, aún recuerdo su cara de felicidad cuando vio todo lo que su hijo había aprendido sobre las artes de la guerra.

El padre acabó la historia, y sonrió al ver la cara de miedo y alegría que tenían sus hijos, mientras se levantaba de la silla.

Y…-se escuchó decir a una voz femenina- ¿por qué a mí no me habían contado todo eso?

-Sí te lo conté- aseguró Bruithwir

-Pero no todas esas parte de cómo escapaste y de tu gran lucha contra el que antiguamente era tu amigo, yo escuché una versión más modesta- rió su mujer

El elfo se acercó a Danart y la besó

-Pero son niños, una historia aburrida no atrae la atención-dijo alegremente Bruithwir

Escrito el 21-08-2005 12:23 #2

Los valar otorgan 270 monedas a esta historia.

Historia finalizada.