Nülk
La dama de las flores
Por fin una brisa se colaba entre las copas de los árboles, las balanceaba y los círculos de sol que salpicaban el suelo se movían de un lado a otro. El susurro del bosque se hacía soporífero en las horas del mediodía y la caravana aprovechó para hacer un alto en un curso de agua que nacía entre una pared rocosa poblada de musgo. El canalillo desembocaba en un lago que se le antojo apetecible a Nülk, para poder refrescarse. Despreocupadamente se acercó y se agachó para asearse, El agua le devolvía un reflejo límpido de su rostro, carente de emociones, pero lo rompió introduciendo sus manos para abarcar un poco de agua y acercarlo a sus labios. Entre las ondas del lago vió asomar el rostro de Artleinzar con una sonrisa afable. Se sentó a su lado y hundió las manos en el agua y de entre las piedras del fondo del estanque sacó un odre con vino que había puesto a enfriar no hacía mucho tiempo. Resonó el sonido del tapón al abrirse y lo probó lo justo para llenarse la boca y dárselo al enano.
_ la siguiente parada será en la casa del mercader al que buscamos, se nos hará corto y puede que con suerte mañana a estas horas pasemos por aquí de nuevo, de vuelta al campamento _dijo la elfa tras sentarse junto a Nülk y tirar, despreocupadamente, unas piedrecillas al agua-
_ ojalá podamos descubrir mas acerca de esta preciosidad _comentó Nülk mientras desenvolvía de unas telas ensangrentadas un cuchillo _
…
tiempo atrás, aquella daga había ido a parar a manos de los señores del Valle, de la mano de un demacrado anciano desquiciado, que un buen día se presentó en el campamento totalmente desorientado y desnutrido, pidiendo protección porque decía que le perseguía un fantasma. Ni los sanadores pudieron hacer nada con aquel desdichado, cuyos sufrimientos no le permitían conciliar el sueño ni probar bocado, solo sufrir, todo hasta que su cuerpo no pudo aguantar y quedó inerte con la agonía marcada en su rostro, como una mueca de espanto, muriendo con la carga de no haber cerrado un episodio de su vida. Entre sus pertenencias estaba este arma, de una manufactura que llamó al instante la atención de los herreros. El acero estaba inmejorablemente templado, la hoja todavía permanecía inmaculada cuando el resto estaba deslucido por el paso del tiempo. Las filigranas retorcidas de la empuñadura estaban tintadas en verde oro que debía de haber aguantado a la perfección las temperaturas extremas de la fundición, fijándose al metal como nunca habían visto. Pensaron en que provendría de Khazâd Angroth, aunque nunca encontraron en los saqueos nada parecido, y menos aún en los registros de la torre de cristal o de la biblioteca. Ni el maestro enano Thralor, ni la bibliotecaria Arawen Tindome, encontraron nada en sus archivos que les sirviese de ayuda. Todo hasta que un buen día Artleïnzar habló con los sanadores que lo trataron,obteniendo una pista que les llevaba hacia un mercader, conocido del fallecido demente. En sus pesadillas lo nombraba, como parte de las conversaciones que decía mantener con alguien que le exhortaba hacia no sabemos qué asunto, relacionado con él.
…
Al atardecer, según el mapa de Grey Arkhane, debían estar cerca, pasaron un puente y al hacerlo algunos Elfos repararon en un túmulo de piedra perfectamente escuadrado y liso, que debió pertenecer a alguno de los suyos. Pararon un tiempo sus monturas y descendieron para entornar sus respetos en un emotivo cántico por los fallecidos en la tragedia. El lugar era una especie de jardincito situado cerca del camino, para conmemorar un hecho fatídico ocurrido justo en aquel mismo lugar. Estaba limitado por una reja de hierro desvencijada, lo que denotaba que fue alguien importante. Por esta subían trenzándose diferentes tipos de enredaderas en flor, algunas ramas estaban secas y del peso doblaban hacía fuera los barrotes. Una portezuela abierta daba acceso al interior, lleno de plantas que estaban amarillas, secas y sin vida, habían perdido su batalla contra el calor del fin de verano y no hacían más que crujir unas contra otras si soplaba el viento. Una vez dentro del recinto, únicamente quedaban, inmaculadas, un corro con flores que se le antojaron preciosas a Artleinzar y Nülk, notándolo, se acercó a coger alguna. Por un momento le parecieron a él también algo fuera de lo normal, pues eran bellas y desprendían un perfume embriagador, sus pétalos eran amarillos como el oro y la luz del sol resbalaba por ellas proyectándose en mil matices. Se quedó pensativo durante un momento hasta que sus manos reaccionaron para cortar algunos tallos, justo en ese instante, Artleinzar vió las intenciones y le frenó en su intento. Le tomó el hombro y señaló con un gesto, hacia un lugar cercano.
Miraron al frente y cegados por el sol acertaron a ver por un instante una figura no muy lejos de allí, de espaldas hacia ellos, mirando la lápida, en una mano tenía una de aquellas flores y con la otra se tocaba el vientre. Era una doncella de tez blanca de larga cabellera rubia, recogida en el medio con un broche verde. Giró la cabeza sin mover el cuerpo y les dedicó una sonrisa inocente mientras apoyaba su delicada barbilla en el hombro izquierdo, un cabello se le fue a la boca y lo escupió con un soplido para poder hablar.
_no creáis que sois los primeros que se sienten tentados a llevarse una flor del jardín _dijo la doncella mientras dejaba caer la flor de su mano y el viento la arrastraba hacia ellos_ ¡quedaros con esta! ¡Puede que sea la última que salga del recinto!
_contadnos las historia de este lugar _dijo Artleinzar mientras apretaba con fuerza el hombro del enano, y avanzaba hacia ella de forma precavida, sin apartar su mirada suspicaz_ tal vez pueda explicarnos…
…algo sobre esta daga que llegó hasta nosotros, Quién la hizo por ejemplo -dijo Nülk mientras desenvolvía apresuradamente de los paños la daga y la mostraba-
La doncella se sobresaltó y en un movimiento increíblemente rápido posó una mirada vacía en el arma, se llevó la otra mano al vientre acariciándolo y dijo en tono cáustico
“esta tierra que pisáis aguarda en su interior el fruto de un horrible crimen que aconteció no hace muchos años, a una dama que fue asesinada por un hombre al que no correspondió, bajo estos árboles ella le citó para explicarle lo imposible de su amor y el acabo con ella, presa de la locura. Nadie les volvió a ver y nunca se encontró el cuerpo de ella. En su honor, un hermano de la víctima levantó aquí mismo este jardín, donde el creía que habían enterrado su cadáver. Hasta hace poco era él quien lo cuidaba pero no ha vuelto todavía y espero que lo haga un día de estos, volverá a donde pertenece, a esta tierra… en cuanto a tu pregunta enano… Elmer, el joyero te respondería mejor que yo”
…
Salieron de allí dirigiéndose una mirada extrañada, dieron la orden de partida y remontaron el viaje a través del camino en pos del pueblecito. No levantaron la voz pensando cabizbajos acerca de la extraña escena que les había acontecido. Artleinzar cabalgaba pensativa, cabizbaja, acercándose a veces a oler la flor de la solapa. Cabalgaron apenas dos horas más, y el sol estaba a punto de ponerse cuando llegaron a la casa del mercader. Les habían abierto la puerta unos sirvientes en lugar del dueño, ya que este se había ausentado dándoles, eso si, instrucciones de acomodar a los señores del Valle si se presentaban estando él fuera. La puerta iba a dar a un recibidor amplísimo, acogedor, Las paredes estaban forradas con lajas de madera y el suelo de piedra estaba cubierto con pieles de animales, mesas y sillas de madera toscamente labradas así como una ancha chimenea de cantos redondos que caldeaba el salón. Los sirvientes subían las escaleras con manteles y sábanas, acomodando a los soldados de la escolta, trayendo las vajillas de barro cocido con la cena. Una vez acomodados todos se sentaron a la mesa sin distinción, salvo que los dos capitanes presidían ambos lados de la mesa. Comieron y bebieron a sus anchas, como si estuviesen en sus casas de la Ciudad del Dragón. Acabaron y los que no se fueron a dormir se quedaron en la mesa fumando y contando relatos hasta altas horas de la noche, en que vinieron los sirvientes a recoger el salón. Una vez apagadas las velas, Nülk y Artleïnzar se quedaron dormidos en unas mullidas butacas, aprovechando el calor de las ascuas.
Al amanecer se oyó el relincho de una montura desde las cuadras, Elmer llegó y los despertó, se saludaron y hablaron con él de lo sucedido, de la daga de su viaje y de su parada en el cementerio. Nülk le enseñó el cuchillo al mercader y este se turbó en sobremanera al reconocer aquellas ropas que la envolvían, las cogió y las desdoblo, tomando la forma de una blusa de seda ensangrentada, el rostro del hombre tomó el aspecto de rememorar sus peores miedos, de estar viviendo un terrorífico recuerdo, parecía desfallecer cuando Artleïnzar le tendió la mano, con la flor prendida en la manga, portaba el arma, que había dejado caer, agarrándola por la hoja. Su mirada quedó fija en la empuñadura y su tez se torno blanca, su mano temblorosa la rozó con delicadeza y tartamudeo “no puede ser…” salió por la puerta lentamente, trastabillando, no tenía apenas fuerza en sus músculos para continuar de pie. Nülk hizo una mueca a Artleinzar y le siguieron, se montó en una yegua que le llevó a paso lento hacia el cementerio, iba cabizbajo agarrando con una mano la tela y con otra la rienda…
Una vez allí, la mañana era fresca y luminosa, para ser aquellas horas, el cielo estaba despejado y Elmer lloraba… dejó el cuchillo en su tela, sobre la piedra …
“Decidí que tenia que asegurarme. No era posible, que ella estuviese viva.-dijo el mercader- Yo… la mate. Con mis propias manos apreté su cuello y hundí este mismo cuchillo en su vientre, vi como la vida abandonaba sus ojos mirándome, como se ensangrentaba su blusa y caía inerte junto a estas flores, aquí cave la fosa, ¡la enterré con estas cosas! ¡Y tuve mucho cuidado de disimular la tierra removida ! Dios mío, no puede ser, la fosa tiene las flores que clavé yo, todavía frescas, ni siquiera tienen raíces. ¡los clave! ¿Oís? ¡No pudieron enraizar y mantenerse frescas! un pánico terrible se hizo presa de él, De repente, una voz irónicamente conocida dijo. - y pensar lo mal que me porte con mi hermano por no traerte antes al jardín-
Vieron aparecer a una dama, aquella con la que no hace mucho hablaron, se quedaron helados. Parecía más alta y esbelta, avanzaba con la cabeza inclinada, dejando entrever una herida horrible en el estómago. Se fue acercando, cada vez más. Hasta que estuvo lo suficiente cerca,.. ¡No puede ser: Es ella! ¡Ha vuelto! -gritó como un loco Elmer-¡Tú... Pero si estás... ¿cómo es posible? Pero sí yo mismo...
La mujer se paró dejando al descubierto una dentadura podrida. Elmer soltó un grito horrible que le desgarró la garganta. ella se retiró sin tocar el suelo y desapareció en la piedra. A continuación la daga tintineó y tembló en su sitio para salir disparado hacía el corazón del hombre, donde se clavó. No paraba de moverse agrandando con saña la herida y haciendo brotar un caño de sangre. Él gritaba de sufrimiento con los ojos casi fuera de las cuencas, hasta que la daga estalló dentro de su cuerpo, desgarrando sus entrañas y esparciendo un hedor insoportable. Solo así terminaron de vivir las flores de la dama del jardín.
