La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Concilio. Del último Viaje De Manveru El Grande, Primer Rey De Airenor

Terminada
Escrito el 19-08-2005 03:23 #1

Muchos fueron los viajes que Manveru Sáriendil, siempre acompañado por su amada Isilmien, sus dos hijos, el valiente Manvear y la hermosa Anáriel, de sus fieles númenoréanos, realizó durante su vida.

El Anillo Blanco, que así lo había llamado finalmente, poderoso y benigno, le había concedido una longevidad antinatural, así como a su familia y todos los que le rodeaban. Siempre con la resplandeciente Núril, forjada por segunda vez en Mithril, a su lado el fiel corcel negro Nirnaeth, en el navío Vaiwaire, Manveru dio dos vueltas al mundo y visitó casi todas las islas que existen sobre la tierra.

Así pues fueron pasando los años; Manveru amplió en varias ocasiones su navío, pues la población de númenoréanos aumentó, y se convirtió en una embarcación enorme, bella y blanca, con la forma de un gran cisne. La amargura abandonó pronto su corazón, y se regocijó, pues era muy feliz, siempre con el cariño de Isilmien.

La suerte quiso que cuando Eru hizo descender su ira sobre Númenor y la Isla de la Estrella quedó bajo las aguas, Vaiwaire, con Manveru dentro, estuviera lejos, muy al sur, donde el viento sopla gélido y cruel y todos los lugares son fríos y nevados.

Aunque la terrible embestida de los mares fue dura, el poderoso barco aguantó, y no tuvieron pérdida que lamentar, salvo la de Númenor la Bella, que ya no se vería más. Entonces, asolado por la pena, Manveru comenzó a elaborar un plan secreto en su mente, que no obstante a nadie comunicó.

Dio comienzo la Tercera Edad del Sol, y Manveru aún se sentía joven y con energías suficientes para continuar sus viajes. Había llegado ya a una plena madurez, pues contaba ya más de doscientos cuarenta años, y era sabio y altivo. Brillo perdido de la antigua Númenor en tiempos más jóvenes, Manveru continuó sus viajes durante otros trescientos años, en los cuales fue envejeciendo muy lentamente, viendo prosperar a su pueblo, al cual reinaba como si fuera suyo.

No obstante, ya anciano, muy sabio, y cansado de viajar, Manveru realizó su último viaje. Desde el sur de las Haldanóri, donde estaba en aquellos momentos, contando quinientos cincuenta años (por aquellos tiempos corría el año 310 de la Tercera Edad), navegó muy al norte, hacia el oeste de la Tierra Media, navegando incluso sobre Númenor, donde aún las aguas brillaban, como intentando la hundida tierra dar señal de su brillo, si bien perdido, aún resplandeciente.

Siguió hacia el norte desde Númenor. Se dice que la noche en que Manveru vio su tierra tragada por las aguas, el mar ya tranquilo y brillante, como si un fulgor subiera a la superficie, se mantuvo erguido cuan alto era, el pelo ya blanco y largo sobre su cabeza, como ríos de un agua ya anciana y desgastada por la edad; y lloró, lloró amargamente por la amada tierra que siempre había deseado volver a ver, por la querida patria que ya no volvería a ver.

No obstante Vaiwaire, barco raudo entre los que hubiera, no se detuvo, y la marcha siguió su curso por las aguas del Gran Mar. Y finalmente llegaron a la tierra amada, a Beleriand, donde una niebla extraña se cernía sobre el agua calma. Navegaron sobre los grandes bosques de Taur-Im-Duinath, sobre el río Sirion, sobre Nargothrond, sobre el bosque de Doriath, y finalmente llegaron al norte de aquellas tierras. Había multitud de islas, algunas de ellas considerablemente grandes, y por fin, hacia el norte, Manveru desembarcó. Era una isla grande, verde y bella, donde aún brillaba la hermosura de las tierras de los Noldor.

Y allí fundó una ciudad, Rosselen, Estrella Espumosa, toda ella de piedra blanca y resplandeciente, a semejanza de las grandes ciudades de Númenor, similar según decían sus hombres a Armenelos, la más bella de todas las ciudades construidas por hombres.

Por suerte para él y su gente, y también para la memoria de Númenor la Caída, Manveru había penetrado en una segunda ocasión en Númenor, en las antiguas bibliotecas, en aquella época en ruinas, y tomó muchos centenares de libros, y gracias a aquellas hazaña pudieron hacer sobrevivir una buena parte de la grandeza de la Tierra de la Estrella, Elenna, si bien el mundo había cambiado, y ya no existiría jamás una pureza tan absoluta.

Y en el centro mismo de aquella ciudad edificó una gran torre, y gracias a los planos de aquellos libros, a las grandes sabidurías que contenían en todos los campos del arte humano, pudo ser tan hermosa y fulgurante como se decía eran las torres de Númenor, y la llamó Tirioneär, la Torre del Mar, que era blanca y perfecta.

En aquella gran ciudad su pueblo, que ya entonces era mucho más numeroso que cuando partió al exilio hacía ya quinientos veinte años, creció y prosperó, y Manveru, amado y aclamado, se convirtió en el primer rey de aquellas tierras. Y por fin abandonó el título de Sáriendil, pues ya no había amargura en su corazón, y se llamó Manveru Airadan, pues había titulado a sus gentes como los Airedain, los Hombres del Mar, y sus navíos y artes de navegación fueron tan válidas como las de los númenoréanos.

Sobre Tirioneär Manveru gobernó el resto de sus días junto a Isilmien. Tan longevo fue, que pudo ver nacer a su nieto Néndil, hijo de Manvear, a su biznieto Herendil, a Ciryamo, hijo de Herendil, y a Eärendil, hijo de Ciryamo. Decidió ceder el trono a Manvear y a sus descendientes, y al linaje de Anáriel, su hermosa hija, más bella que todas las perlas del mar, les concedió una segunda isla, y les dio el título de Príncipes de Tol Isilmien.

En sus últimos años Manveru, ya muy anciano y sabio como ningún otro Hombre en todas las Edades del Sol, trabajó para establecer una legislación férrea y eficaz, donde tanto los hombres como las mujeres fueran igual de respetados, pues tal había sido su deseo durante mucho tiempo, y donde cualquier persona pudiera obtener un cargo importante dentro del reino, fuera cual fuera su condición.

Durante los cinco últimos años de su vida Manveru cedió el trono a su hijo Manvear, que era casi tan anciano como él, pues el poder del anillo había alargado la vida de su hijo, al igual que la de su hija, de modo que ambos fueran más o menos igual de ancianos. Dedicado ya plenamente a escribir sus memorias, Manveru edificó un gran cementerio para la Casa Real, y allí reposaron todos sus descendientes.

Y en su tumba, en el centro mismo de aquel resplandeciente edificio, Manveru ordenó escribir en élfico las siguientes palabras: “Aun crueles, aun fríos, orgullosos y despiadados, no cometeremos los errores del pasado. Aquí yacerá mi cuerpo, aquí reposaré al fin, descanso definitivo en un largo viaje. Mas mi espíritu nunca se irá de estos parajes, pues vosotros, mis Airedain, sois mi alma y mi bendición. Larga vida a Eru, a los Valar y a todo aquel que la merezca”.

Ocurrió que un año después, el 374, muriera la reina Isilmien, joya perdida. Mas no murió realmente, pues pareció que, aun cuando su muerte no hubiera llegado, se tendiera a dormir en el lecho que la tenían preparada, y allí su espíritu la abandonó por fin, fatigado de aquella vida, si bien complicada, al menos dichosa. Y pareció brillar con una belleza casi élfica, dulce, hermosa y refulgente. Sus cabellos caían tranquilos hasta sus hombros, y en su rostro reinaba una paz tan pura como aquella se decía reinaba en los primeros reyes númenoréanos sobre Elenna.

Entonces Manveru fue dichoso, y encontró un reposo final, pues sabía que su destino final sería feliz. Y un año después, el 375 de la Tercera Edad del Sol, concienciado de lo que debía hacer, sin querer aferrarse más a la vida, se echó él también a dormir, y tal como ocurriera con su amada, su rostro y sus facciones parecieron rejuvenecer, no así su pelo, que permaneció blanco y bello. Y así, el último gran brillo de los hombres, más grande aún que Elros Tar-Minyatur, Primer Rey de Númenor, Manveru el Magnífico pudo descansar por fin. Y ambos, Manveru e Isilmien, fueron enterrados juntos, en medio de una cascada de oro y plata, de brillo y fulgor, de alegría y solemnidad. No hubo un solo hombre en toda Rosselen que no diera su bendición a ambos reyes, y todos lloraron, aunque fueron lágrimas tanto de pena como de júbilo, pues sabían que el rey finalmente encontraría un descanso final.

Y en una gran lápida se inscribieron todas las grandes hazañas de ambos monarcas, junto con su larga genealogía; y así, magnífico y esplendoroso, hermoso y melancólico, el funeral terminó. Y entonces Manvear y Anáriel, de quienes siempre se había alabado su voz melodiosa, entonaron una última canción; lenta y hermosa, así decía:

El sol se ponía en el Oeste,

entonces Manveru nació.

Era hijo de Manvelen,

y muy lejano navegó.

Manvelen era marino,

de un buen barco brillante,

hermoso como la plata,

como un caballero andante.

Se oscurecía Númenor,

Manveru partió por el mar,

como órdenes a seguir,

A su rey, princesa salvar.

Con su hermano Varyamo,

seguido de Orondil Fuerte,

los tres partieron sin ganas,

hacia las tierras del norte.

Por mazmorra y pasadizo,

por sendero y por cañada,

en una oscura torre,

la hermosa alteza fue hallada.

Fulguraron los aceros,

feroz música cantaron,

las crueles flechas danzantes,

que muy punzantes bailaron.

Allá en la alta torre,

Ella, Isilmien, esperaba,

sin demasiada alegría,

apenada su alma estaba.

Manveru halló a la bella,

se cruzaron sus miradas,

enamorado quedó él,

dulce doncella hechizada.

Huyendo en la luna llena,

cercados por enemigos,

los cuatro se disgregaron,

a casa de sus amigos.

Al año del buen encuentro,

a las playas retornaron,

y no deseando irse,

en tierra permanecieron.

Y Orondil y Varyamo,

a Númenor han tornado,

con hermosas novedades:

la princesa habían salvado.

El rey largo enfureció,

arrojó a sus soldados,

la cabeza en plata pidió,

de Manveru el renegado.

Y Orondil y Varyamo,

debido a su desatino,

velozmente navegaron,

a encontrarse con su hermano.

A la orilla del gran mar,

las dos huestes se encontraron,

los hombres apiñáronse,

en duro encuentro murieron.

Orondil fue disparado,

su valor no veríase más.

Varyamo muerto por lanzas,

para ya no volver jamás.

La gran batalla terminó,

los servidores del mal rey

todos muertos hubiéronse,

Manveru maldijo a la ley.

Calcinados los dos cuerpos,

de los dos que batallaron,

un Orondil y un Varyamo,

descanso por fin hallaron.

En aquel tiempo Manveru,

buscado por la mala ley,

al sur se hizo con Isilmien,

y no hablar ante el rey.

Manveru e Isilmien,

copiosamente viajaron,

bajo soles infernales,

también ciénagas cruzaron.

Finalmente en Haldanóri,

Manveru su hado contempló,

que si no mucho clemente,

al menos a ellos perdonó.

Una tortuosa guerra,

en las Haldanóri vivió,

Concilio de Nan-Tasarion,

por él Manveru combatió.

Terminada la gran guerra,

Manveru de nuevo partió,

nuevamente en su Vaiwaire,

hacia el océano navegó.

Largos pasaron los años,

para Manveru el viajero,

muchos lugares visitó,

el altivo caballero.

Anciano y un gran sabio,

sus largos viajes dejó,

en Beleriand la Hermosa,

un gran reino Manveru creó.

Este día los Airedain,

por el gran Manveru cantamos,

magnífico y honorable,

en este día le honramos.

¡Adiós, Señor de los Airedain!

¡Adiós, señor bondadoso!

¡Descansa, rey magnífico!

¡Adiós, monarca orgulloso!

Escrito el 21-08-2005 13:26 #2

Los valar otorgan 255 monedas a esta historia.

Historia finalizada.