Beirem
Heridas. Tengo heridas por todas partes.
Cuando viajé desde el lejano oeste en dirección a Haldanóri, no podía imaginar por ninguna vía que lo que me esperaba era esto. De hecho, he pasado años viajando, ocultándome, viendo a la muerte pasear junto a mi, pero nunca había visto nada semejante.
El día en que partí hacia las tierras de Nurn, acompañado por un pequeño contingente de refuerzo para la compañía comandada por Archaon, no imaginaba a dónde me dirigía.
Cuando se habla de guerra, entre los hombres corre una sensación extraña, como de excitación burda por lo desconocido, y por lo poco recomendable. Esta excitación, surgida más de la ignorancia que de la verdadera emoción, suscita grandes discusiones y diatribas. Muchos son, de hecho, los que tienen por costumbre el nombrarse a si mismos maestros en el \"arte de la guerra\", pero por Eru que no hay título más banal. Y es que para llamar arte a semejante majadería hay que estar realmente trastornado.
No fue gloria lo que allí encontré, cuando una mañana como otra cualquiera nuestros enemigos nos cercaron y nos atacaron a traición.
Sólo muertos, decenas de miles de ellos, esparcidos por los suelos. Sangre, devastación, olor a excrecencia y a perdición humana, y vísceras dispersas y amontonadas en la más macabra de cuantas masacres he tenido la desgracia de vivir. Y heridas, cientos de ellas, en nombre de una justicia sin sentido repartida entre elfos y hombres que se matan entre sí.
¿Qué sentido tiene todo esto?. Cuando los Valar me encomendaron pelear contra la sombra no creí que me fuesen a imponer una prueba tan dura y amarga. Toda mi vida he sido un desterrado, y siempre odié a los elfos por tratarme como a un perro, aún cuando nunca tuve ocasión de elegir mi destino. Pero no creí que darles muerte sería tan doloroso. Cada golpe que descargaba, cada sablazo, cada disparo... me dolía tanto a mi como a quién lo recibía.
Y lo cierto es que me dejé matar. Años viajando, cultivándome, creciendo en espíritu como nunca pude crecer en cuerpo, para hallarme finalmente cortando cabezas hermanas, en la lucha contra un clan que ha demostrado ser terrible, y valer tantos halagos como manipulador; cómo improperios como adversario. Nurn lo hizo todo, y nosotros lo pagamos ahora. Y yo me he dejado matar.
Nunca tanto desasosiego me ha invadido, nunca tanta rabia, tanta pena, tanta desdicha en un mismo instante, como cuando vi el campo de batalla. Perdí las ganas de luchar, perdí las ganas de seguir en pie y defenderme, caí de mi caballo... me volví a levantar, y otra vez.
Al menos fueron diez cuchilladas, en muchas partes del cuerpo. La sangre manaba a borbotones mientras la muerte se propagaba a mi alrededor, y a cada momento que pasaba me notaba menos consciente, más autómata.
Y después, por supuesto, todo fue negrura.
La verdad es que no se muy bien como he llegado a parar hasta aquí, pero mi aparición ha sido prácticamente un milagro, pues, al parecer, nuestra compañía fue arrasada prácticamente al completo, y parece ser que la del concilio sufrió también graves pérdidas.
Y aquí estoy, al tercer día desde que desperté, en las casas de curación. Mi habitación, blanca como el marfil, contrasta con el rojo de la sangre que mana de mis heridas, muchas de las cuales aún rezuman. Todas las mañanas me cambian las sábanas, me limpian las heridas, me vendan y me desinfectan, y luego me vuelven a arropar.
Apenas puedo comer, y esto es lo más tedioso, pues el hambre me acucia, como una puñalada que nunca desaparece, y es todavía más angustioso esto que ver como mis heridas no se cierran.
Tampoco resulta fácil saciar mi sed, pues cuando el agua está demasiado fresca, me causa un inmenso dolor al pasar por mi esófago, y si está tibia mi boca la rechaza, y mi estómago se convulsiona.
De mi habitación han quitado todos los espejos. En la pared se notan las marcas de sus bordes, los contornos dibujados por el óxido. Me preocupa esto, pues eso quiere decir que nadie desea que yo vea mi rostro... y a ratos yo también lo deseo, y desespero. Quiero y no quiero, saber como ha quedado mi cara. Cuando me paso la mano por el rostro, noto las marcas, las heridas, los cortes, las contusiones, los bultos... todo me indica que estoy desfigurado, por más que las mujeres que me atienden sonrían cuando me ven. Ni siquiera han dejado a Irisdine que venga a verme. \"Nada de visitas hasta que estés recuperado\" me han dicho. Ni siquiera mi esposa. Es absurdo, ilógico, casi irreal. No hay nadie con quién me gustaría estar más que con ella ahora mismo, pero no me dejan.
Desde la ventana hay unas vistas maravillosas. No dan al patio, ni a las salas de curas, donde los soldados sufren ensangrentados las consecuencias de una guerra absurda en la que quién debiera ser enemigo común ha resultado ser quién más partidarios tiene. Pero las visiones de sangre no son las que a mi se me muestran. Lo que a mi se me enseña es el mar, las olas, el sonido de la tranquilidad. Lo hacen para que me sienta mejor, para que me recupere, pero casi preferiría que no lo hicieran. Las visiones hermosas siempre me han cautivado, pero ahora las lágrimas se me saltan. Veo el puerto, los hermosos barcos, el mar, también hermoso. Y sé que le queda un suspiro. El mundo, tal y como lo conocemos, parece condenado a ser arrastrado a la sombra.
Y esto que lo niegue quién quiera negarlo, y no son pocos los que están dispuestos a hacerlo. La esperanza vive, pero es una esperanza ciega. Hemos perdido cada batalla que hemos librado en los últimos días, y la situación no puede ser más penosa. Nurn está dejando que sean otros los que se destrocen en el choque frontal, mientras asedia la capital del valle. Nadie será capaz de pararles los pies, porque el daño ya está hecho. Da lo mismo quién gane la guerra ahora, porque, lo haga quién lo haga, lo hará al modo en que lo haría Nurn, y al final las sombras reinarán igualmente. A menos que venzamos, pero esto lo dudo.
Lo peor de todo es la incertidumbre, la ignorancia pura y dura. Aparte de lo que me cuentan las mujeres que me atienden, lo que se reduce a cuatro cuchicheos mal escuchados y peor transmitidos, no se absolutamente nada. He oído rumores de derrota, de caída y fracaso, pero nada que se pueda confirmar, y no hay nada que me angustie más. Si no me lo quieren contar, suelo decirme, es porque las cosas no van bien. Siempre he oído decir que a la recuperación de los pacientes le ayuda el buen estado anímico, pero, si esto es lo que los médicos recomiendan, Eru quede de testigo de que se equivocan. Al aislarme me parece que todo va mal. Veo mis brazos llenos de cortes, mi torso cargado de cicatrices, mis piernas rotas y vendadas, y lo único que puedo hacer es preguntarme cuán terrible será el resto del mundo si me lo ocultan.
Pero los sueños tampoco me confortan. Cada vez que cierro los ojos, las imágenes de dolor me asaltan, torturándome con el recuerdo de lo vivido, y anticipándome los horrores que me quedan por pasar. Visiones de fuego, sangre y muerte extendidas por todas partes, imágenes que me muestran el destino de la última de las tierras de Arda, donde la mano de Eru no parece llegar, y las sombras amenazan con extenderse. Y yo ni siquiera sé si se corresponden al pasado, si tienen algo que ver con el futuro, o si no son más que fruto de mi mórbida imaginación.
De cómo he sobrevivido, y de cómo demonios me las he apañado para llegar hasta aquí, no tengo ni la más remota idea. Nadie me ha querido contar nada, y la mayoría de mis asistentes afirman no tener ni idea, pero yo creo que mienten. Aún así, antes o después me enteraré, sea cual sea la verdad. Pero por el momento me dicen que trate de recuperarme.
Espero que me dejen salir pronto de aquí, si no me volveré loco.
[Editado por ArPharanzor el 19-08-2005 19:22]
