-¡Ian! -lo llamó una voz desde el tronco del árbol.
-¿Qué? -respondió el hobbit.
-Ian Jeckyl ¿cuántas veces te tengo que decir que no me gusta que te subas a los árboles?- vociferó su madre desde el suelo –Baja, la comida está puesta.
El sol aún se alzaba por encima de las montañas, aún era temprano.
-Pero... -comenzó a decir el hobbit, pero calló tras pensárselo mejor. Bajó raudo del árbol con una gran agilidad, pero su respetable estatus fue abatido por un ágil y humillante gesto de su madre.
-Errg -dejó escapar el pequeño hobbit mientras su madre sometía a sus mejillas a un acicalado por medio del restriego de un dedo humedecido (horrible costumbre maternal aquella, que de la cual ni Eru conocía origen, quizás dado que éste no tuvo madre que lo torturase, eso sí, con siempre buena fe)
-Hoy tenemos invitados, bien lo sabes ya, y quiero por una vez presumir de hijo pero viendo tus ropas dudo ya que me des esa alegría -dijo su madre algo enfurecida, aquellas ropas las había comprado hacia dos días para que Ian pudiera presentar por una vez una imagen mejor que la habitual (que se componía básicamente por un estampado de machas y suciedad de los pies a la cabeza), y ahora se arrepentía de haberlo dejado salir a jugar llevándolas bajo la promesa de su hijo de no mancharse.
-Pero mira esto, y esto, y... ¿se puede saber dónde te has metido? -cuanto más se fijaba en las ropas de su hijo más manchas distinguía; aquí y allá aparecían sin cesar una y mil más. “Como un cerdo, parece que se revuelque como un cerdo, no sé a quien habrá salido, a mi no, eso seguro”-. Borra esa sonrisa de tu cara, ya hablaremos tu y yo más tarde de esto -dijo finalmente acabando con los esfuerzos desesperados del joven Ian de dar la cara de alguien que no ha roto jamás un plato cuando en realidad lleva el récord.
Desde las ramas las risas se sucedían.
-¡Gloin y Orin, hijos de Bein, más os vale no reír! Vuestra madre también os esta buscando y bien sabéis cual de las dos tiene mejor genio -bramó Ilaira.
Las risas se apagaron y ambos enanos bajaron de las ramas con el rostro pálido. A ninguno de los dos le había crecido aun la barba y bien podían tomarse por su estatura como primos pequeños de Ian, aunque fuera Gloin el mayor de los tres.
Los dos jóvenes enanos se despidieron del hobbit y marcharon velozmente por el camino empedrado que llevaba a la mina mientras intentaban desesperadamente sacudirse la suciedad de sus ropas antes de que dieran con su madre.
-Ahora vamos, no quiero hacerlos esperar más por tu culpa -dijo Ilaira tomando de la mano al hobbit, que se zafó de ésta y marchó junto a su madre intentando hacer gala de una madurez inexistente (entonces y por muchos años más).”A eso podíamos llegar”.
Tomando el camino bajo, dieron la espalda a las montañas donde la luz anaranjada que sobresalía por la abertura, puerta de la mina de los enanos, se hacía más intensa cuanto más sobre esta se echaba la noche. El camino recorría las verdosas colinas lugar de descanso de los hobbits. Muchos habían abandonado hacía tiempo las viejas casas de madera y ahora disfrutaban de agujeros hobbits los cuales mantenían una temperatura más agradable gracias al abrigo de la tierra. Tan solo Ian vivía junto a su madre y su padre en una de las antiguas casas, que se encontraba junto a las lindes del bosque, a una milla de la taberna “La Veta de Oro”, el edificio más cercano.
La luz emanaba por debajo de la puerta y el sonido de carcajadas y de una charla emocionada invadían las cercanías. La casa era una cabaña grande de pino macizo con una gran chimenea de piedra por la que se fugaba un humo más bien blanquecino.
-No si tu padre también se va a enterar. Cuántas veces tendré que decirle que arregle el tejado -suspiró su madre. Y así era, las tejas de una parte seguían brillando por su ausencia, a pesar de llevar así cerca de dos meses. A fin de cuentas su padre no era un hobbit corriente, como no lo era su madre. Mientras que ésta trabajaba en una serie de estrambóticos experimentos y era tachada de loca junto a su familia (pues los Jansen era una familia de intelectuales famosa por sus peculiares inventos, algunos de ellos bien útiles, como el de los molinos de viento y agua), Jan, su padre, se dedicaba a leer y leer viejos libros que había traído consigo cuando llegó a la aldea, o que había adquirido en contadas ocasiones durante su estancia en ésta. La lectura absorbía a Jan Jeckyl y las únicas tareas que hacía aparte de ésta eran las de ayudar a su mujer bien en la casa, bien en sus experimentos, o la de enseñar al pequeño Ian todo aquello que sabía. Y cuando entraron en la casa se lo encontraron riendo mientras que en la mano sostenía una nueva copa jarra de vino.
-¿Se puede saber qué haces con eso otra vez en la boca? -espetó Ilaira a su padre, que se sacó la pipa de la boca de inmediato. Jan era aficionado a fumar hierba, algo muy poco habitual por entonces y que disgustaba enormemente a su esposa.
-No entiendo que ves tan malo en ello -replico el hobbit.
Nada, pero no pienso dormir con alguien que sabe a cenizas. Que te quede claro -concluyó su esposa, haciendo que Jan apagará definitivamente su pipa para poder sostenerla en sus labios apaciguando su manía.
Orcrist... -leyó Ian tras coger con sus diminutas manos la espada junto a la mesa y acercando su inscripción a sus ojos.
La joven de melena dorada sentada junto a la espada la recogió en sus manos evitando que el pequeño hobbit pudiera llegar a hacerse daño.- ¿Has enseñado a Ian a leer runas?- quiso saber la mujer clavando sus celestes ojos en los de Jan.
-Claro, algo deberá a hacer ya que no tendrá que cuidar de campos, ganado o trabajar una mina, no se va a pasar todo el tiempo en la calle- se defendió Jan que sabía lo irresponsable que consideraba la joven la enseñanza de algunas materias, sobre todo cuando a veces las runas guardaban un poder más allá de lo natural.
-Yo no veo nada de malo que el muchacho se pase el día en la calle ¿te lo pasas bien verdad granuja?- sonrió el otro invitado, el cual le parecía al pequeño Ian un gigante de más de tres metros cuando en realidad lo era de poco más de dos. El cabello de éste era castaño y espeso, al igual de que era espeso del que le cubría los brazos, gruesos y fuertes. Pero la sonrisa de aquel hombro así como la que Ian había dibujado en su cara como respuesta se desvanecieron rápidamente tras la sensación de una gélida mirada sobre ellos. Ni siquiera aquel enorme hombre, ancho y fuerte como un oso, parecía resistir la mirada de la hobbit.
Durante la cena la charla continuó protagonizada casi en su totalidad por Jan y el gran hombre los cuales bromeaban y reían continuamente. La otra invitada charlaba efusivamente con Ilaira, sobre los trabajos de esta, pero también sobre el pequeño Ian. La inmensa hermosura de la joven había dejado anonadado al pequeño, que jamás había contemplado a una mujer de belleza semejante y, aunque al principio había creído que se trataba de uno de aquellos misteriosos elfos de lo que su padre le hablaba, pudo ver que sus orejas no eran para nada puntiagudas y que su belleza no era como su padre le había descrito; no había allí una aura de luz, sino la misma belleza con la que envuelve la naturaleza a orquídeas y rosas.
-¿No comes Ian? Que la tosca imagen de mi amigo no te acobarde; por comer eso no te volverás como él. Él ya era así de crío. Come que eso te hará bien, crecerás fuerte, sano y si cabe, más guapo -comentó la joven, provocando que a Ian se le subieran los colores al mismo tiempo que se zampaba obedientemente la crema de calabaza.
-¡Eh! ¿Acaso me estás llamando feo? -se quejó el hombretón.
-No lo estoy haciendo, sólo estoy dando fe de la pura realidad -replicó la joven.
-No me extraña que con ese carácter sigas soltera.
-Y a mí tampoco que con el tuyo también. Y deja ya de beber. Te recuerdo que tenemos que proseguir nuestro viaje esta misma noche y no pienso pasármelo cargando contigo -concluyó la joven.
-Venga Ian, marcha ya a la cama -dijo Ilaira viendo que su hijo había acabado ya, y lo llevó a su cuarto a pesar de las quejas de éste.
La charla prosiguió hasta bien entrada la noche y de la cual Ian pudo ver y escuchar parcialmente escondido tras la puerta de su habitación hasta que cayó rendido de cansancio y, tirándose sobre su lecho, aguantó unas palabras más hasta que sucumbió al sueño.
[...]
¿Crees que tu padre volverá a lanzar fuegos este año? -Preguntó Gloin mientras daba cuenta de otro trozo de carbón dulce.
Creo que sí, vi como estuvo manejando pólvora toda la mañana -respondió Ian mientras dejaba a un lado el hueso de la manzana de caramelo y encendía su pipa.
Era la Feria de la Carne, y los dulces de Georan “El Ruina” desaparecían de las manos de éste a gran velocidad a pesar de lo abusivo de los precios, que pasaban a las manos del comprador con su frase mítica “y voy a la ruina”. Ian junto a Gloin y Orin habían dado cuenta de varios de estos, llenándose estos últimos sus barbas de virutas de carbón, y se encontraban junto con el hobbit a reventar, a pesar de ello ambos confiaban en tener suficiente hueco para las piezas y piezas de carne que envolvían a esas horas la ciudad, un olor tan denso que saciaba de tan solo olerlo.
Los fuegos comenzaron, y centenares de luces invadieron los cielos intentando alcanzar las estrellas. Los dos enanos y el hobbit contemplaban la escena maravillados. Uno tenía que esperar un año para ver aquello, pero la espera merecía la pena.
La luna llena se alzaba en los cielos rasgadas con arcos verdes, rojos, y de mil colores que salían de los proyectiles. Gloin y Orin se mesaban las barbas complacidos, mientras que Ian lanzaba anillos de humo al aire. Era una buena Feria de la Carne.
Y entonces resonó un aullido, y asustados se volvieron buscando la causa de aquel sonido aterrador.
Un enorme lobo atacaba ahora la aldea, nadie parecía haberse percatado de él hasta ahora y corrían despavoridos ante él mientras que los más alejados se hacían con cualquier cosa que pudieran utilizar como defensa.
¡Jan, Jan, Jan! -gritaba una voz por encima de la multitud. Ian vio como su madre estaba próxima a la bestia gritándole el nombre de su padre. El hobbit tiró la pipa y salió corriendo a reunirse con ella, no sabía lo que estaba pasando, pero temía que aquella bestia hubiera remetido contra su padre. Si fuera así lo lamentaría, aunque no sabía como lo haría.
Los enanos que habían permanecido próximos a las minas descendían ya por el camino de piedras blandiendo sus enormes hachas enfundados en cotas de mallas.
¡JAN! -gritó la mujer, y el enorme lobo se volvió hacia ella tras lanzar por los aires a un hobbit armado con una azada.
Ian vio a su madre próxima a la bestia mientras cubría los últimos metros que los separaba de esta, pero aminoró su velocidad cuando vio como la criatura miraba inmóvil a Ilaira. Pudo distinguir a pesar de la distancia aquella mirada, aquel brillo. Las piernas del joven mediano se clavaron en la tierra sin permitirle dar un paso más.
Ante sus ojos pasó la imagen de la carga enana y como el enorme lobo que era entonces su padre marchaba a través del bosque intentando huir de sus perseguidores. La aldea entera estaba revuelta.
Ven -dijo una voz a su lado-. Rápido.
El hobbit volvió en si y se giró para encontrarse con el rostro serio de su madre cubierto por las lagrimas.
Debemos irnos –aseguró; y marchó junto con Ian por el camino que llevaba a casa– Partiremos ahora. No podemos quedarnos aquí después de lo ocurrido. Vendrán a buscarte y no lo permitiré. Partamos ahora que aún no nos buscan.
Hicieron los equipajes tan rápido como pudieron y dejaron la aldea atrás. Atrás dejaban toda una vida y por delante les esperaba todo un bosque.
[...]
Las imágenes de la estancia con Daevon se sucedieron. Él había sido aquel grotesco hombre que había visitado a su padre hacia ya muchos años, ahora lo recordaba, pero no recordaba como lo había encontrado. Tan solo un borrón de matices grises le precedían junto con aullidos. Aullidos.
\"El gélido viento vino
con él, ella también vino
todos vinimos
tú, yo, él, nosotros
rojo y blanco
tras el maestro
delicioso rojo y blanco
la dama de plata nos vio y sonrió
llena de felicidad está su blanca cara
ella odiaba a maestro
maestro ser dos pies
ama odia a dos pies
nosotros obedecemos ama
ama nos guía en sombras
nosotros odiamos sombras
pasos, voces
gruñidos y golpes
pero ama acompaña
no miedo de sombras con ama\"
Aquella voz. La recordaba, como recordaba la cabaña de Daevon salpicada por la sangre, y el cuerpo de éste descuartizado en su cuarto con una expresión no de miedo sino de impotencia. Algo que había intentado pero que había fracasado.
Y aquellas imágenes. Todas, todas pasaron rápido como si no quisieran ser vueltas a ver. Sitios donde había vivido, gente conocida, amigos, todo corría más aprisa, solapándose las imágenes coloridas con las monocromáticas.
Y aquella mujer... siempre bajo la alfombras grises de sus salvajes recuerdos. Aquella figura encapuchada de claros cabellos...
Y más lugares, más sitios, siendo cada vez más y más rápido el paso de las imágenes convirtiéndose en un inmenso borrón. Angustia y tristeza mientras descansaba sobre la tierra, sangre, un riachuelo, una gran congoja en el corazón... todo se sucedía e incluso imágenes que no recordaba brotaban y se abalanzaban en la nube de recuerdos... tierras inhóspitas... más dolor, el desgarro de la carne y la paz.....
[...]
Los ojos del hobbit se abrieron por fin bajo la sensación de paz absoluta. Las suaves sábanas acariciaron su cuerpo vendado dándole la bienvenida al nuevo día. Volviéndose hacia Shivalä que dormía aplaciblemente, la rodeó con sus brazos y la besó saboreando su dulce y suave piel. Despertada por las caricias de su esposo, Shivalä se unió a él gozando del nuevo día, bajo un campo de blancas sábanas. Paz.
