Notó algo frío sobre su rostro y esa sensación le hizo despertar sobresaltado. Intentó llevarse una mano a la frente, mas intentar levantarla le supuso un ligero dolor en el costado. Fue entonces cuando oyó aquella suave voz a la vez que una delicada mano le sujetaba el brazo y le ayudaba a colocarlo lentamente sobre el lecho.
-Descansad, mi señor. Aun necesitáis descansar- escuchó mientras aún sus ojos no se habían acostumbrado a la penumbra de la espaciosa sala.
-¿Dónde me encuentro?
-Se halla en las casas de curación de nuestro reino- dijo la joven que ahora contemplaba ante sí, mientras ella retiraba el paño que le había puesto sobre la frente.
Era una joven edain, con una intensa y expresiva mirada azul, enmarcada en un rostro de delicadas facciones, de nariz pequeña y con una gran sonrisa. Llevaba un vestido de lino de un intenso azul oscuro, con mangas estrechas y cubierto por un pequeño delantal de lino que se sujetaba en su cintura y que cumplía perfectamente con su función pues en el se apreciaban unas pequeñas manchas de sangre. Llevaba el cabello recogido tras un paño blanco que aun así le permitía distinguir el color oscuro de sus cabellos.
Se encontraban en una habitación espaciosa, iluminada por unas pequeñas lámparas, situadas a lo largo de las finas paredes, pues las ventanas se hallaban cerradas. Más camas se hallaban en la estancia y un ligero olor a plantas y ungüentos flotaba en el ambiente.
-¿Cómo os llamáis?- pregunto entonces el elfo mientras ella mezclaba esencias y plantas en un pequeño mortero.
-Mi nombre es Urien, señor. Me he encargado de cuidaros desde que os trajeron aquí. Os habéis recuperado mucho desde entonces-terminó ella con una sonrisa.
Tenía sed y le pidió algo de beber, a lo cual la joven se levantó de la pequeña banqueta en la que se encontraba y rodeando la cama se acercó hasta una baja mesa auxiliar en la que se encontraba una pequeña vasija de metal, junto con un par de copas. El elfo intentó levantarse pero le resultaba una dura tarea, pues un gran vendaje le cubría el torso y le restaba movimiento. La joven dejó entonces la copa sobre la mesa y se acercó para intentar ayudarlo, mas él le pidió que no lo hiciese. Necesitaba demostrarse que podría valerse ya por si mismo, pues tenía la sensación de que había estado en esa habitación por siglos. Se consideraba una molestia para los suyos pues para sus cuidados se empleaban demasiadas atenciones, que necesitarían por ese entonces otros hombres. Y allí se encontraba postrado en una cama mientras el tiempo de la guerra continuaba dejando una sombra de muerte y destrucción que cada vez se encontraba más cerca de sus ciudades.
Consiguió entonces incorporarse y reposar su espalda contra el cabecero de roble labrado, mas el dolor era aún fuerte por lo que tuvo que llevarse una mano a su costado. Urien se acerco, pero él la detuvo, asegurándole que todo estaba bien, y con una mirada que intentaba ser tranquilizadora volvió a pedirle un poco de agua. Ella le tendió la copa, pero en su semblante se mostraba la preocupación de no saber cómo se encontraba y si tal vez pudiera hacer algo para ayudarle. Pero en esa situación nadie le podría ayudar salvo él mismo, y para ello necesitaba reencontrarse consigo. Así, una vez que el elfo había acabado de beber con pequeños sorbos el contenido de la copa, se despidió y procedió a salir de la habitación, pero el aún le pidió una ultima cosa. Quería contemplar de nuevo la luz del sol que tanto tiempo hacía que no podía contemplar, así que le pidió a Urien que le abriese la ventana para que la nave de Arien, cuyos reflejos se mostraban a través de las grietas de las ventanas. Esta así lo hizo, pero no sería por mucho tiempo, pues aun necesitaba más descanso, pero se dijo para sí que tal vez eso le ayudaría. Salió entonces de la habitación para comunicar la noticia de su despertar, y le prometió que regresaría pronto por si necesitaba de alguna otra cosa, pero en ese momento la mente del elfo no se encontraba en la cálida habitación que ahora estaba siendo regada por los rayos de Anar, sino que se encontraba de nuevo ante los muros de Nyarión, la ciudad en la que había caído.
Volvía a contemplar la visión de aquel majestuoso ent que había sido abatido por el fuego y que con un gran estrépito había caído sobre su cuerpo. Y el viento le trajo la risa de aquel hombre oscuro que pretendía que aquel fuese su final, y recordando de nuevo el roce de la madera y el sabor de su propia sangre cerro los ojos al mundo. No quería recordar de nuevo aquel dolor y el sufrimiento que vio en aquella ciudad, y quiso entonces cerrar la ventana pero no había nadie allí que pudiese hacerlo, por lo que se dispuso a hacerlo él mismo. Deslizó las finas sabanas de lino descubriendo sus piernas, aun doloridas y con gran lentitud procedió a salir de la cama. Por un tiempo se quedó sentado al borde de la cama mientras recuperaba las fuerzas y el ánimo suficientes para poder avanzar y cerrar aquel recuerdo y aquellos gritos que le llegaban desde aquella ventana. Apoyó una mano sobre la cama y tomando impulso se puso en pie, aunque el dolor persistía, y pronto se encontró con su mano acariciando de nuevo aquel vendaje. Contempló entonces toda la habitación, y lo espaciosa que ésta era, mas su única atención se centraba en aquella luz y en aquellos gritos que le llegaban hasta él, como un mal recuerdo que no terminaba. Cada pequeño paso le acercaba más a su objetivo y en parte temía ese momento al contemplar el exterior y volver a ver el horror del que creyó no salir nunca. Agachó la cabeza y alzando ambas manos asió cada una de las dos hojas que daban paso a un pequeño balcón. Quiso cerrarlas pero algo en su interior se lo impedía, como una voz que gritase en medio de una tormenta, y le pedía que abriese los ojos. Por fin se decidió a asomarse al balcón y enfrentar sus miedos, mas nada más abrirlos el temor desapareció de su semblante. Se encontraba en una hermosa ciudad, que el sol acariciaba suavemente y despertaba a la vida a todo aquello que se encontrase en el letargo. Oyó gritos, pero no de guerra, sino de los juegos de los niños que corrían de un lado a otro bajo la mirada de sus abuelos, que con ternura en su mirar seguían sus juegos contentos de esa paz que respiraban esos días, y vio la luz no del fuego sino de la amistad y del amor en todos los corazones de sus habitantes. Las aves revoloteaban en un firmamento claro fuera de todo atisbo de tormenta mientras buscaban alimento para sus crías que los esperaban con la ansia de los niños. Fue entonces cuando el elfo recobró su espíritu y las ganas de luchar por aquellos seres a los que había jurado defender y por aquellos ideales que no debían caer en las tinieblas como la libertad y la convivencia pacífica entre los pueblos del bien. Sus ojos brillaron entonces con un azul vigoroso y la alegría volvió a su sonrisa contemplando aquel bonito jardín en el que la vida se mantenía a pesar de las guerras a las que sus enemigos les sometían y les someterían, pero los corazones de cada capitán de la alianza se alzarían una y otra vez hasta que el bien reinase en esas tierras.
Urien llego entonces y asustada se acerco al balcón donde se encontraba el elfo. Malenril giró su cabeza y mirándola le dio las gracias por sus cuidados a lo que la humana le contestó con una leve sonrisa, pero poco después le pidió que volviese a la cama y que descansase hasta que se recuperase del todo. Asintiendo, el elfo contemplo de nuevo aquella vista y cogiendo del brazo a Urien caminó de nuevo a su lecho, esta vez con ánimos renovados y con la confianza de que pronto estaría al mando de su compañía a luchar por aquello que era bueno y justo en la vida. La humana salió de nuevo para buscar algo de alimento, pero esta vez su ánimo estaba recuperado pues el interior del guerrero ya estaba curado y en poco tiempo también su cuerpo. Malenril se quedo de nuevo pensando en soledad pero animado, sabiendo que pronto volvería a estar al servicio de la Alianza de Eithel-Glîn.
