Beirem
El despertar de Beirem no fue el más agradable de cuantos había tenido, desde luego, sino más bien todo lo contrario, aún habiendo pasado días peores, entre heridas más dolorosas. Un acceso de tos, un rebatir espasmódico, sangre manando por la boca... eso fue todo lo que vio Beirem antes de que la vista se le nublase y volviese a caer en el perturbado sueño del que había salido.
Allí todo se movía, como no podía ser de otra forma, pues viajaban en un barco. Pero no en un hermoso barco, de velas blancas y cubierta lustrosa, sino en una barcaza mugrienta, cubierta por la suciedad, que llevaba las velas raídas y estaba llena de ratas. Su madre, en un ademán extraño, le sostenía, pues él no era más que un bebé envuelto en trapos. Hermosa, tal y como Beirem la recordaba, aunque sólo en sueños, la madre de éste le rozaba el rostro con los pómulos, y luego con los labios, y aspiraba, y después le apretaba. Aún cuido de ti, mi niño, le decía, y le volvía a mecer. Pero de repente, sin previo aviso, su rostro se tornó en calavera, y Beirem emitió un chillido horrible, y pronto descubrió que era su madre quién lo emitía, y todo se volvió negrura, de la que Beirem no despertó.
A la mañana siguiente, Beirem se levantó sudoroso, boqueando, sintiendo que el aire no le llegaba a los pulmones. Debe de ser la droga, se dijo. Y es que el médico, viendo que Beirem sufría de terribles dolores, había accedido a administrarle una droga medicinal, que, aunque provocaba sudores fríos, le mantenía apartado del dolor que le provocaban las heridas.
Y es que, por alguna clase de azar absurdo, las heridas habían dado por cerrarse antes por fuera que por dentro, y, aunque a Beirem le quedaban ya tan solo feas cicatrices por todo el cuerpo, los dolores le acuciaban sin darle descanso, torturándole por dentro.
Una mañana, pocos días antes, Beirem se había levantado de la cama viendo que ya no manaba sangre de su cuerpo, y se había puesto a caminar. Poco después cayó al suelo entre espasmos, y, creyendo que había sido envenenado, se puso a maldecir como un condenado, y no hubo fuerza capaz de permitir que se le acercase nadie, y menos aún las mujeres que le habían cuidado los primeros días.
Pero al final, agotado por el esfuerzo y el dolor, hubo de acceder, por no quedarle más remedio, a que le viese un médico. Y así fue que el Selenis, el médico, pudo comprobar que lo que le dolían eran las heridas ya cerradas, y no pudo menos que sorprenderse de comprobar que estas seguían abiertas por dentro. Así pues resultó que, creyendo sentenciado a su desdichado paciente, se dignó a recetarle unas hierbas que le provocarían delirios durante días, y que, aunque le aliviaron los dolores del cuerpo, hubieron de despertarle los del alma, trayéndole a la cabeza miles de aciagos recuerdos que él mismo había enterrado por tal de no seguir torturándose el resto de su vida.
Y así se despertó Beirem el noveno día, maldiciendo entre espumarajos, tratando de respirar, y sintiendo que la vida se le iba en cada bocanada, en cada suspiro...
Selenis accedió a la estancia corriendo. Había oído maldecir en la estancia de Beirem, y no pudo menos que acudir a toda prisa, temiendo por la salud de su paciente. Y, paradójicamente habría de encontrárselo furioso, desgarrando las sábanas con un trozo de cristal roto, por no poder desahogarse con otra cosa. Y al verle a él, gritando alguna clase de desagradable improperio, Beirem saltó de la cama y se abalanzó sobre el médico, y lo único que salvó a este de perecer apuñalado fue el dolor que asaltó a Beirem en el vientre, lo que le hizo caer doblado al suelo mientras profería \"¡envenenador, bastardo!\". El médico, dudando entre el paciente y el cristal que aún sostenía en la mano, quedó paralizado un instante, y después, temeroso de recibir alguna acusación por negligencia, decidió acudir en busca de un par de celadores.
Estos llegaron a la celda de Beirem con un par de cuerdas y cara de muy malas pulgas, pero tardaron tanto que se lo encontraron ahogado entre jadeos, incapaz de mover un solo músculo. De ésta manera, pudieron subirlo a la cama sin dificultades, y una vez allí se acercó Selenis con una cacerola hirviendo, en la que había echado unas hierbas que habrían de favorecer la respiración de su paciente, impidiendo que se ahogase.
Pero entre los muchos errores que habría de cometer el médico ese día estuvo el de confundir el agotamiento de Beirem con tranquilidad, de manera que, cuando los vapores penetraron en sus pulmones, éste se levantó enfurecido y, cogiendo por sorpresa a los celadores, le arrebató de las manos el cazo al médico y se lo estrelló en la cara, enviándolo de espaldas al suelo con una quemadura en la cara.
Y de nuevo los celadores le aplastaron contra la cama, reduciéndolo mientras gritaba que le estaban matando. Y como vieron que no se calmaba, hubieron de atarlo a la cama y llamar a otro médico, pues de Selenis no quería saber nada, a no ser que alguien fuese a hablarle de su ejecución.
Y así llegó Torimias, un animista, encargado del tratamiento psicológico de los pacientes. Con más tacto que su colega Selenis, Torimias logró que Beirem se calmase un poco (no demasiado, desde luego, pero si lo bastante como para conversar con él).
Pasaron varios minutos en la habitación, hasta que finalmente el médico accedió a llamar a la esposa de Beirem, aún cuando se había desaconsejado por el estado de ésta.
Y así sucedió que Irisdine se vio corriendo por las calles de la pequeña ciudad costera a toda velocidad, mientras su comadrona la seguía diciéndole que no lo hiciera.
- ¡Señora, que sufre el niño!.
Pero Irisdine no le hizo caso. Entro en las casas sin darle explicaciones a nadie, como entraba en todas partes, y acudió a la celda de su marido apartando a todos simplemente con mirarlos, pues nadie se atrevía a cortarle el paso a una embarazada, aún estándolo de cuatro meses...
- ¡Iris!
- ¡Beirem!
Los dos, mujer y hombre, se fundieron en un abrazo que habría de quitarle del cuerpo las penas y los dolores a Beirem. Todos se apartaron para contemplar la escena a una distancia prudencial. Pocas veces se había contemplado tanto amor condensado en un abrazo, y aquello no hizo sino despertar la envidia de muchos. Torimias le dijo a Irisdine que se apartase, pero lo único que obtuvo por respuesta fue un gruñido. Después, Irisdine los sacó a todos de la habitación a gritos, cerró la puerta, y echó el pestillo.
- ¡Iris!, menos mal que has venido. Me están envenenando, mi amor. Me muero por dentro.
- Nadie te ha envenenado, cariño. Puede que esos médicos no sean expertos, puede que sepan poco de lo que hacen, o incluso que no sepan nada, pero no hay maldad en sus corazones.
- Me duele por dentro. Ya no hay heridas, Iris, pero yo sigo muriéndome. Es como si mil espadas me atravesasen de nuevo. Mil espadas invisibles.
- Sí, pero eso no se debe a ningún veneno. Las heridas que sufriste en el campo de batalla fueron profundas. Terribles, Beirem. Yo te vi cuando te trajeron, y nadie en semejantes condiciones habría sobrevivido, ni tan siquiera el más recio y testarudo de los enanos. Y ambos sabemos que tú no eres precisamente eso.
- Pero entonces...
Iris paró a Beirem, le acarició el rostro y le besó un instante. Después prosiguió.
- Lo que te salvó no fue natural. Una vez tú recorriste el mar buscándome una cura, pues las que te ofrecía lo mundano no bastaban. Yo habría viajado por ti Beirem, tú lo sabes, pero esta vez no pude hacerlo.
- No entiendo...
- Yo tampoco entiendo demasiado. Sólo sé que fue magia. Alguien, o algo, muy poderoso, decidió que no habías de perecer todavía. Te sacó de las garras de la muerte y te trajo a mi... pero yo no quiero volver a perderte.
Beirem trató de volver a hablar, pero Iris le interrumpió de nuevo. Esta vez sacó algo de los bolsillos de su túnica. Un pergamino, deteriorado, pero aún legible, aterrizó en sus manos.
Hola Beirem:
Cuando leas esto, yo ya estaré muy lejos. Mi identidad es algo que te está vedado, como muchas otras verdades, que ya tendrás tiempo de descubrir. Sólo puedo decirte que eres un muchacho afortunado. Tu madre, desde las profundidades insondables de la muerte, sigue velando por ti. Está sentada frente a las estancias de Mandos, donde espera que alguien expíe su culpa para poder acceder. Y no hay nadie mejor que su hijo para hacerlo... que su[I] primer hijo.
Yo te sané, y te saqué del campo de batalla. Cuando tus heridas cierren, tu mujer tiene en sus manos una pócima que terminará de hacerlas cicatrizar por dentro, y podrás partir de nuevo en busca de tu destino. Es todo lo que puedo decirte, por el momento. Buena suerte.
Al terminar de leer, Beirem miró a su esposa sin comprender aún demasiado. Fue ella quién se adelantó y le habló.
- Esto me lo entregó el mismo hombre que decía haberte sacado del campo de batalla, moribundo.
- ¿Le conocías de algo?
- En absoluto. De hecho, ni siquiera pude verle la cara, como si algún sortilegio se la protegiese. Tal vez la noche tuvo la culpa. Tampoco puedo recordar como era su voz, pero es lo mismo. Tienes un poderoso valedor, Beirem.
- No entiendo nada.
- Yo tampoco, pero a veces, más que entender, hay que aceptar. El encapuchado también me dio esto- Iris sacó un pequeño frasco de su túnica- y me dijo que deberías tomarlo para terminar de sanar, pero yo no quise dártelo. Perdóname Beirem, he prolongado tu suplicio...
- No importa, mi amor, yo...
- ... sólo quería impedir que te marchases de nuevo. No quiero que vayas más a esa absurda guerra. Sé que en cuanto lo bebas, te marcharás otra vez.
- Es mi deber, Iris, tú lo sabes. No me queda más remedio que marcharme. Debemos luchar por lo que nos queda.
- ¡Es absurdo!¡Tú ni siquiera eres un guerrero! ¡¿Porqué tienes que ir a la guerra?!.
Iris se arrebujó, y empezó a sollozar sobre el pecho de Beirem. Éste le acarició el cabello y le susurró palabras conciliadoras al oído. Después tomó el frasco de su mano, y lo bebió. Lo dejó sobre la mesa, y abrazó a su mujer, que se había quedado dormida en su regazo, mientras sentía como por dentro las heridas se le cerraban. Pronto podré pelear de nuevo, se dijo, muy pronto.
[Editado por ArPharanzor el 21-08-2005 19:19]
