Lúmenel
Agua salada. Sintió el gusto de los minerales marinos en la boca, al tiempo que le arrebataba al aire una gran bocanada de viento costero, se encontraba boca abajo tendido sobre la arena y el agua le golpeaba la espalda rasguñada, con fuerza. Había vuelto en sí, indudablemente nunca sabría cuanto tiempo había pasado, pero si recordaba lo que había sucedido aquella noche ya perdida y lejana en el tiempo y el espacio. Sus ojos se alzaron lentamente, pues cada músculo le dolía y sentía el calor de la sangre tibia que resbalaba desde su boca, por su cuello, mezclada con la arena y el olor a mar.
El espectáculo que se presentó frente a sus ojos hubiese sido el causante del mayor disfrute de su vida, si no fuese porque estaba debilitado y herido. Sus manos tantearon la arena mojada de la costa, donde las olas rompían y se perdían en espuma blanca, entre cientos de rocas negras y afiladas, como cuchillas élficas. Ante él, la sombra de unos bellos y espinosos arbustos le cobijó de los rayos del furioso sol de verano, que caían directamente sobre la arena seca, que volaba casi a nivel del suelo arrastrada por una brisa cálida y confortable. Se incorporó, tambaleándose y trastabillando de tanto en tanto, hasta que se dejó caer más allá del agua cristalina que formaba parte de aquella bellísima playa perdida, seguramente, en algún lugar lejano y desconocido, pues era aquel un lugar que parecía poco frecuentado, virginal y paradisíaco. Pasó una de sus manos por su rostro que aún goteaba, y se limpió las heridas en un pequeño riachuelo que iba a desembocar en el mar abierto. Fijó la vista, entonces, en un trozo grande de madera oscura que las ondas marinas mecían en la parte más llana de la playa. El vaivén de su movimiento lo distrajo durante unos segundos mientras intentaba averiguar que objeto era aquel, que no parecía formar parte de aquel entorno tan natural.
El sol lo cegó durante algunos segundos, encandilándolo mientras se dirigía en busca de aquello que llamaba su atención. Sus ropas hechas harapos se movieron al compás del viento de la tarde. Aquella madera procedía de un navío. Un naufragio, ¡Procedía del la bella cubierta de Dellindë!, la madera de aquellos árboles que una vez un excelente fabricante había cortado en la costa Occidental de Beleriand, las gentes del mismísimo Círdan. Distinguió el fino trazo de los dibujos élficos, y entonces, como por efecto de un sortilegio, el recuerdo de aquella tormentosa madrugada le quitó un grito que ahogaron sus manos, con un profundo pesar. La arrastró hasta la orilla y se sentó junto a ella, pasando sus manos por los contornados pétalos de flores que no crecían al Este del mar. Caído de espaldas dejó que el tiempo transcurriera lentamente, mientras el horizonte perdido en las aguas celestes se fue tiñendo con el resplandor de los últimos rayos dorados de Anar. La triste historia de la que había formado parte volvía a él, sucediéndose en capítulos ordenados y que parecían tan reales como si las estuviese viviendo una vez más.
…” Comida, bebida… Música y gente bailando en la proa de aquel enorme navío. Un noche magnífica, las aguas tranquilas suavemente irradiadas por la luz tenue de las estrellas se movían ondeando lentamente, con calma, pues la luna había sido velada por algunas nubes altas y espesas, que poco a poco fueron acumulándose a su alrededor. Los pasos de los marines se confundían con sus melodiosos cantos, de antiguas leyendas que revivían cada vez que el mar los ponía melancólicos por la partida. A lo lejos, Erkion podía observar que aquellos cúmulos de niebla se movían rápidamente en su dirección. No dio aviso alguno, pues estaba demasiado satisfecho como para preocuparse por aquello, siendo que nunca había perdido una nave en alta mar ni a ninguno de sus hombres, salvo en combate. Disfrutaba de la compañía de bellas y distinguidas damas, y bebía embriagándose con el perfume de un vino violeta y añejo, cuyo delicado sabor le llenaba de vitalidad y promesas para esa velada. Fue entonces cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre Dellindë. Pequeñas y cristalinas, no perturbaron en nada el ánimo de los navegantes, sino que fueron recibidas con grandes halagos, como una fresca caricia en una noche cálida de verano.
Poco a poco, mientras el gran navío se hacía a estribor, las olas comenzaron a hacerse más pesadas y fuertes. El vaivén del navío se hizo más notorio y muchas cosas comenzaron a perder el equilibrio. Una ráfaga de aire frío movió las blancas velas, atrayendo la mirada de los alarmados marineros. Unos minutos más tarde, una violenta tempestad pareció desatarse sobre ellos, dejando caer toda su furia sobre los susceptibles hombres. El pánico se apoderó de doncellas y jóvenes, que fueron conducidos de inmediato a las cabinas, refugiados de la tormenta, que parecía cobrar más intensidad. El Capitán del navío caminó con paso firme hacia Erkion, quién pudo deducir lo que estaba ocurriendo.
-Es ella- le dijo aterrorizado- nadie se salvará.-
Erkion comprendió el sentido de las palabras de su Señor, y concluyó, que si era hora de morir lo harían con honor, y lucharían hasta el fin para contrarrestar el poder de la Dama.
-¡Maldita elfa!- rugió el edain- Debemos hacer algo mi Capitán, ella podrá destrozar el navío, podrá controlar la ira de estas aguas, pero no dejaré que esta gente muera víctima de un capricho, del capricho de esa hechicera.- concluyó.
-No hay nada que hacer, mi querido Erkion, no puedes imponerte ante la tempestad, ni puedes acallar el poder del rayo y el trueno, o menguar la furia del mar. Estamos sometidos a su voluntad.- añadió resignándose.
Aún así, aquel necio hombre no podía dejar las cosas así. Resignarse y entregarse al destino que ella está escribiendo para nosotros es de cobardes de hombres que no se sacrifican por lo que aman, se dijo al tiempo que corría en dirección a los hombres que desesperada e inútilmente intentaban mantener el rumbo entre olas que comenzaron a tomar alturas descomunales y a golpear contra el navío que se tornaba cada vez más inestable. Copas, botellas y personas comenzaron a perder el equilibrio y a rodar. Los libros en las estanterías de la cabina quedaron desparramados en el suelo, las hojas arrancadas, mojadas y todo lo que en ellos se guardaba como un precioso tesoro se perdió para siempre. Una última esperanza vio reflejada Erkion en una pequeña Isla, que sorpresivamente se alzó ante ellos, cubierta de bruma y picudas rocas grises... Era aquel un último refugio para su barco, que lentamente se estaba inundando y era azotado de todas direcciones.
Aferrándose desesperadamente a ese último rayo de luz pusieron todas sus fuerzas en llevar a Dellindë hacia el este. La lluvia no dejaba de caer, ahora en gruesas gotas, acompañadas por un viento estremecedor que ululaba chocando constantemente contra las velas, que de a poco quedaron destrozadas, hechas jirones blancos perdidos en un cielo que no dejaba de resplandecer bajo el pálido fulgor violeta de los rayos. Inesperadamente, y cuando todo parecía marchar más o menos mejor, un fuerte sacudón dejó a toda la tripulación tendida en el suelo húmedo y embarrado. El mástil principal quedó hecho añicos, y la nave comenzó a incendiarse, llamas naranjas lamieron la proa, y se propagaron rápidamente hacia la popa, consumiendo la madera, justo unos metros antes de que el navío chocara contra las piedras de la Isla y se perdiera para siempre en las turbulentas aguas, que lo tragaron para llevarlo a un eterno descanso. Los hombres fueron arrojados al mar, ahogándose de inmediato en remolinos que danzaban y arrastraban con fuerza, toda la belleza de Dellindë se extinguió así, en pocos segundos y con ella la tripulación, mujeres y hombres que quedaron atrapados sin remedio en las redes de la Dama...”
Despertó sobresaltado, dándose cuenta que se había quedado dormido y que aquella pesadilla aún lo atormentaba, y que podía sentir los mensajes de la Dama en su mente, y que eran esos ecos los que le susurraban al oído todo el tiempo aquel cuento de horror. Quizá nunca pudiese olvidarla, quizá el tiempo le daría la oportunidad de enfrentarse a ella y vengar por aquel daño... Pero las palabras del viejo y sabio Capitán que pereció bajo el maleficio de aquella elda le pesaban en la conciencia, y lentamente le hacían perder las esperanzas... “No hay nada que hacer, mi querido Erkion, no puedes imponerte ante la tempestad, ni puedes acallar el poder del rayo y el trueno, o menguar la furia del mar. Estamos sometidos a su voluntad”.
[Editado por Isilmeriele el 30-08-2005 16:29]
