Aquella suave brisa era el único resto que quedaba de la tormenta desatada en los últimos días. El patio que tanta vida transmitía a sus habitantes estaba ahora en un silencio solo roto por el continuo goteo de tejados y ventanas. Pero en el aire la tranquilidad y la calma se percibían claramente.
Las heridas del elfo ya se habían curado en su mayoría y las vendas ya hacía tiempo que eran solamente un triste recuerdo. Su andar ya era firme en los paseos que le permitían a lo largo de aquellas cuatro paredes, pero la monotonía ya era demasiado permanente, pues nada nuevo ocurría allí.
Su curación seguía su ritmo y diariamente era untado con ungüentos de hierbas de delicado aroma, así como suaves bebidas, que le dejaban un agradable sabor y que le producían poco a poco un gran alivio.
Los días se sucedían uno tras otro cadenciosamente y en su mente ya ansiaba de nuevo luchar por lo que era justo. La tristeza y la pesadez después de abandonar su espíritu, habían sido sustituidos por aquella sensación de bienestar de saber que en su reino se respetaba a las personas por sobre todo y que mediante su esfuerzo contribuía a mantener esa situación. Antaño cayeron fortalezas inexpugnables y la maldad se extendió en esas tierras dominando todo mientras la destrucción se apoderaba de ellas. Pero la vida siempre renacía y seguiría con vida mientras en los corazones de los hijos de Eru permaneciera aquella parte del pensamiento original que buscaba la convivencia con el resto de seres en plena armonía.
Fue entonces cuando Urien llegó de nuevo a la sala, con su sonrisa siempre en los labios y con una pequeña inclinación depositó en una silla las sábanas que pronto cambiaría de su cama. Malenril se levantó correspondiéndole a la sonrisa y con muy poco esfuerzo se levantó decidiéndose a caminar un poco.
El frío del suelo sobre sus pies le relajaba en su avance y al llegar al final de la habitación contempló a la edain que después de retirar las sábanas procedía a colocar las nuevas, con movimientos suaves. Desde la penumbra en que se encontraba el elfo pronto interceptó una mirada furtiva de la humana, que pronto desvió para volver a su trabajo. Esa situación ya había ocurrido antes y mientras conversaban algo en sus gestos la delataba. ¿Podría estar equivocado? Quizás solo fuese una muestra de cariño pero sus mundos les alejaban, en todos y cada uno de sus ámbitos y en ese tiempo aun la situación era más difícil.
Ya se encontraba con fuerzas para marcharse desde hacía bastante tiempo, pero algo en su interior le retenía y le impedía dar el paso final. No podía permanecer allí por mas tiempo y ese debía de ser su ultimo día de descanso antes de unirse de nuevo a las fuerzas de la Alianza. Se acercó de nuevo hasta la cama y se sentó en una silla mientras Urien finalizaba sus labores. En ese instante Urien dedicándole su mirada le dijo que ya podía volver a acostarse, mientras ella se ausentaría para buscarle el almuerzo y acompañarle después durante la tarde.
Era el momento de despedirse, mas no sabia si era mejor decírselo cuando ya lo había intentado y ella había cambiado la conversación. Cuando ella se fue repasó con la vista la habitación y sus ojos se centraron en un pequeño armario. Tenía allí su ropa ya limpia y tras meditarlo un instante, al fin se levantó y dirigiéndose sus pasos, pronto se encontró vistiéndose aquellas ropas. Su viaje pronto comenzaría de nuevo, pero antes debía despedirse de Urien. El tiempo se acababa y tenia que pensar en que hacer, hasta que se decidió por escribirle una ultima carta y que ella fuese quien le dijera adiós.
Se inclinó sobre la mesa y tras coger papel comenzó a escribir:
Urien:
Cuando leas estas líneas ya estaré muy lejos de aquí. Ya no puedo permanecer por más tiempo recuperándome pues los tiempos en que vivimos no lo permiten y mi salud ya es más que suficiente para empuñar de nuevo las armas.
Siento que nuestra despedida sea así, pero no creo que haya otra forma mejor de hacerla sin que ningún sentimiento lo impida. Gracias a tus cuidados y atenciones pude encontrar de nuevo el camino hacia la vida y por ello no tendría palabras suficientes para agradecértelo. No tomes a mal esta despedida, pues Eru es testigo de que mi ser no encontró otro medio para hacerlo. En ti sentí sentimientos dulces y cariñosos que percibí como más allá de cualquier relación con un paciente. No lo afirmaré pero sí quiero que entre nosotros no haya la sombra de ninguna duda.
No has hecho nada malo y por eso nada he de reprocharte. Pero nuestra naturaleza es diferente y temo hacerte daño por eso, pues no sé cuales son tus sentimientos y quizás los confundas tal y como están las cosas.
Eres una muchacha dulce y bella que ha decidido entregar gran parte de su vida hacia el cuidado de aquellos que sufren y por eso tus sueños han de verse cumplidos. Encontrarás a un joven que si la guerra no lo impide estará siempre a tu lado, pero espero que no te olvides de mí, pues ten la certeza de que hasta el fin de los tiempos estarás presente en mis pensamientos.
Hora es ya de despedirme, no sé por cuanto tiempo, pues parto hacia la batalla y en ellas la desgracia siempre estará presente. Por favor sigue cuidando de aquellos que lo necesitan como has hecho hasta ahora y perdóname si te hago daño pues no es mi intención.
Firmó la carta y la posó sobre la cama recién hecha, mientras una lágrima mojaba el papel. Un olor de rosas se percibía en sus lienzos y tras acariciarlos por última vez se acercó raudo hacia la puerta, y antes de salir se giró y contempló por última vez aquella habitación, antes de dirigirse a las caballerizas donde recogería sus armas y tras solicitar un caballo abandonaría la ciudad.
Minutos mas tarde Urien llego a la habitación junto con una bandeja, que posó nerviosamente mientras contemplaba la carta sobre la cama vacía y supo que por fin había llegado la despedida. La leyó rápidamente mientras en sus ojos la tristeza aparecía y decidió salir corriendo a buscarlo. Pero ya era tarde pues un caballo blanco junto con su jinete se perdían en la distancia del horizonte, y sujetándose en el marco de la ventana, sus lágrimas se unieron a la lluvia vertida en la noche.
