Barkoin Hoja de Hierro
“¡Malditas ratas traidoras!” pensaba Barkoin Hoja de Hierro mientras se tambaleaba debido al peso de su hacha de doble hoja y de su mellada coraza. “Yo los traté como debe tratarse a todo soldado: de forma dura, estricta, ya que aquí no estamos jugando sino peleando una guerra que decidirá el destino de nuestro clan. Pero mi actitud estaba empezando a dar frutos: esas masas de basura que se hacían llamar Khazad, ya que no son más que hormigas al lado de nuestros Padres, estaban empezando a luchar bien, y la disciplina era férrea. Pero no puede prever que se ve volverían en mi contra: me confié demasiado, olvidando que tengo muchos enemigos. Pero esto no volverá a pasar… Si es que sigo vivo, eso es…”.
Las posibilidades decididamente no estaban a su favor: su cuerpo estaba completamente golpeado, cubierto de rasguños y moretones, y sus miembros se encontraban resentidos. Tres heridas muy profundas eran lo que más le preocupaba: una en su muslo izquierdo, hecha con un hacha por un Enano al que había tumbado de un codazo pero que hizo un último esfuerzo movido por el odio; otra en su brazo izquierdo, en la zona del bíceps, donde le habían clavado una lanza. El sangrado en ambas había sido detenido con dos torniquetes que Barkoin había fabricado con sus propias ropas, a las que sería mejor llamar harapos. La tercera era la más grave: un puñal pasó por entre medio de sus costillas y casi más le atraviesa el corazón. Si bien el Enano hacía presión sobre la herida con su mano, la hemorragia no se detenía. Seguramente la hoja había estado envenenada, y la ponzoña estaría en ese momento por su organismo. No había tiempo que perder: Barkoin debía llegar a su destino inmediatamente.
Sus tumbos lo estaban llevando hacia una pequeña cueva secreta en la que había establecido su puesto de avanzada privado, desde el que elaboraba tácticas de último momento para ser usadas en el frente y preparaba remedios para ser usados en batalla. Si bien estaba lejos de ser una casa de curación, nadie conocía de la existencia de ese lugar y eso le brindaba la seguridad que necesitaba.
Una serie de arbustos ocultaban la entrada: estaban ubicados de forma intrincada, de manera que para pasar había que poner los pies en el lugar exacto, a riesgo de despertar a una de las plantas. En efecto, estos arbustos poseían un gran número de tentáculos provistos de púas venenosas con los cuales se defendían tanto de depredadores como de curiosos. Y la ponzoña no era tan benevolente como la que había entrado en el cuerpo de Barkoin: mataba en unos pocos minutos, no sin antes causar terribles dolores y alucinaciones diabólicas.
En realidad el enano seguía vivo gracias a un hechizo que lo había inmunizado contra los potentes venenos que los Hombres usan. Es que desde la llegada del detestable Kalemba, Barkoin temía que intentasen terminar con su vida y para evitarlo recurrió a la magia. Esto no lo salvaría: tan sólo le compraría tiempo hasta buscar una cura, a la que ahora necesitaba desesperadamente.
De repente, la mente de Barkoin reconoció la evidente conspiración: esos conjuntos de inmundicia parlantes que habían conformado su cuadrilla habían pactado con el otro miserable para acabar con la vida del herrero enano. Kalemba les dio apoyo y veneno; el resto corría por cuenta de los Enanos, los que seguro ya estarían muertos. Pero Kalemba no se saldría con la suya: si lograse expulsar el veneno y presentarlo como evidencia a los Grandes Capitanes de Nurn, la cabeza de su enemigo decoraría su herrería por un largo tiempo.
El enano estaba abstraído en estas maquinaciones mientras entraba a la caverna. Empezó a toser, y escupió sangre sobre el suelo. Mala señal: la sangre estaba algo oscura, lo cual mostraba que el veneno ya se había distribuido por su cuerpo. Tenía que aguantar sólo un poco más. Esto no podía terminar así, un Enano no podía morir por un poco de veneno para ratas creado por un sucio trepador oportunista.
Barkoin dejó cuidadosamente su hacha en un rincón (después de todo, ella era la mitad de su ser) y se sacó lo que quedaba de su magnífica cota de escamas (ahora sólo un montón de placas abolladas en las que podía advertirse un entretejido y unos ornamentos) y de su yelmo (el cual tenía una profunda hendidura en su parte derecha; si esa hendidura hubiese sido un agujero el no estaría allí en ese momento, sino expuesto en el Cuartel General de su enemigo). Se dirigió hacia una mesa en la que guardaba elementos para preparar conjuros y curaciones, y tomó un mortero. Su vista comenzaba a nublarse, y sus manos se sentían toscas y pesadas. Debía aguantar un poco más.
Hierbas de todas partes de la Tierra Olvidada estaban allí, metales encontrados sólo en minas profundas donde pululan horrores indescriptibles, órganos de criaturas hace mucho extinguidas... Un alquimista experto podría hacer cualquier cosa con ello. Barkoin era sólo un aficionado, pero era bueno a la hora de preparar potentes explosivos: ahora su vida dependía de su capacidad como curandero.
El recordaba un poderoso remedio que los sanadores enanos de Moria preparaban para que la infantería enana pudiese defenderse de las flechas envenenadas de los Orcos: su función era la de limpiar la sangre del contaminado y expulsar la ponzoña. Si todo iba bien, el veneno podría ser recogido y presentado como prueba de la culpabilidad de Kalemba a los Grandes Señores de Nurn. Una vez que la preparación estuvo lista, Barkoin le agregó agua, la bebió, y se tambaleó hacia un pequeño lecho de paja, sobre el que se desplomó inconsciente.
Su sueño no fue tranquilo: el veneno lo hacía delirar, y en su mente aparecían las imágenes de Horin, su maestro, los Enanos que habían sido asesinados por los Orcos en su intento por recuperar su hacha, el cadáver del príncipe, sus víctimas como señor de Nurn (incluyendo a la familias de los miembros de su cuadrilla), y por último el ataque en sí. Los gritos de guerra de los Enanos, la defensa desesperada de Barkoin que blandía su hacha a diestra y siniestra repartiendo muerte. Pero algunos escapaban a ella, y lo herían: la sangre manaba a borbotones de sus lastimaduras, ya no podía blandir su arma, y de lejos Kalemba lo miraba, riéndose, con esa risa irónica que Barkoin tanto detestaba…
En ese momento despertó: tenía ganas de vomitar, y se movió como pudo hacia la mesa, tomó un frasco vacío y allí eliminó lo que su cuerpo rechazaba. El remedio había funcionado: la ponzoña negra estaba ahora dentro del frasco, junto a un poco de sangre del Enano. Eso era prueba suficiente: sobre ella se basaría la venganza de Barkoin.
Las otras heridas se veían mejor: sólo necesitaría algunos días de descanso para reponerse completamente. Después de todo, los Khazad somos fuertes, como siempre repetían sus compañeros. Y a él le quedaba mucha fuerza: dentro de poco, le mostraría eso a toda la Tierra Olvidada.
