La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

C2 Valle Vs C5 Telpe

2005:10:28:17:58:00

Gaur

Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 22

Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 26

Victoria para Valle.

Thralor

La señal de Yandros indicó el inicio de la carga, la caballería lanzo todo su potencial contra el flanco izquierdo del ejercito de Telpe y se lanzaron centenares de flechas antes del contacto de la infantería contra la primera línea de combate.

El ejercito de Telpe resistió la primera embestida utilizando una vieja táctica de falange, utilizaban largas lanzas, todas alineadas creando una muralla mortal. Esa táctica hizo especialmente una dura mella contra la caballería del Valle, por lo que la idea principal de abrir mecha en un flanco se debilitaba por momentos.

Los generales del Valle se reunieron rápidamente y tras decidir que lo más lógico sería que ahora fueran ellos los que recibirían la embestida de la caballería Telperiana, decidieron poner en marcha una táctica:

Todas las unidades de arqueros se agruparon y se dividieron en tres grandes grupos, frente a ellos se colocaron estacas, (ya que eran los soldados que menos protección tenían contra un ataque cuerpo a cuerpo) y se colocaron dos grupos de caballería pesada entre las formaciones de los arqueros, mientras que un ultimo grupo de infantería se coloco a la cola para salir en el momento adecuado.

Así pues sucedió lo que se había pensado, una horda de poderosos caballeros se lanzaban contra el ejercito del Valle, al grito de Yandros una lluvia de flechas impactó contra ellos sin demasiado éxito, cuando la caballería enemiga llegó, los arqueros pudieron retroceder gracias a que las estacas les daban cobertura; así la caballería de refuerzo actuó y mientras que esta taponaba el avance enemigo los arqueros podían seguir lanzando flechas.

Pero había un problema mayor, la primera línea de infantería que había salido al ataque y la caballería que se había propuesto atacar el flanco permanecían ahora aislada entre los dos ejércitos.

Yandros no podía permitirse perder a todos esos soldados inútilmente, la batalla estaba siendo muy igualada y los muertos comenzaban a contarse por centenares.

Yandros cogió su armadura y llamo a todos sus generales y a toda la caballería pesada, la idea era la de abrir una brecha entre la caballería enemiga recién llegada y después reagrupar a todo el ejercito que permanecía bloqueado.

El Nigromante monto a su corcel negro y seguido por un batallón de 700 soldados de caballería pesada lanzaron todo su potencial al enemigo, el choque fue brutal, la sangre comenzó a salpicar a todos lados y rápidamente el suelo se transformo en un mar rojo bañando los cadáveres. A la caballería pesada le costaba hacerse sitio entre todos los enemigos, avanzaban muy lentamente y cuanto más tardaban más bajas perdían en ambos frentes, decidido a ganar la batalla. Yandros ordenó que se hiciese un circulo a su alrededor, tras esto saco sacó una vara y comenzó a pronuncia un conjuro en una lengua irreconocible.....................

Algo había ocurrido, la caballería liderada por Yandros notaba sus ganas de matar renovadas, el cansancio había desaparecido, ahora avanzaban mejor que nunca dejando un reguero de muertos a su paso, y en menos de cuarto de hora alcanzaron su objetivo.

Para suerte la infantería y la caballería ya se había ocupado de reorganizarse, gracias a ello todavía permanecían sin demasiadas bajas, pero cuando Yandros llegó Telpe avanzó a un tercio de la caballería por los lados, cortando toda huida.

El panorama estaba muy negro para el Valle y para su capitán, ahora se veían atacados por todos los lados, el frente, la retaguardia y los flancos. Yandros podía notar como la muerte comenzaba a aproximarse, ya poco podía hacer, solo luchar y rebanar unas cuantas cabezas más.

A pesar de todo consiguieron resistir dos horas, dos horas que parecían alargarse, haciendo más agónica la espera. Fueron dos horas de desesperanza y miedo, en el que los soldados parecía que recibirían la muerte sin mucha opresión, pero entonces una pregunta surgió en los corazones de los guerreros de Valle mientras Yandros la recitaba a pleno pulmón:

-¿Y si no es esta mi hora? –gritó para que todos los soldados le oyesen-. Aún tenemos cosas que hacer muchachos, algunos debéis ver crecer a vuestros hijos, otros a vuestros nietos y los demás aún debéis veros crecer a vosotros mismos. No será hoy el día en el que aquellos a los que veremos crecer nos entierren a nosotros. Mandos nos está esperando, pero yo digo: ¡Hagámosle esperar un poco más!

Y así, con un espíritu de supervivencia renovado, los soldados salieron de la oscuridad en la que el miedo les había ensimismado y arroyaron a sus enemigos con todas las fuerzas posibles para abrir una ruta de escape mientras otros rechazaban las embestidas del grueso del ejército enemigo.

Tras una encarnizada retahíla de flechas y acero, consiguieron abrir una brecha en los soldados que bloqueaban la huída y a la vez hacer la mayor mella posible en el resto del enemigo. Una vez logrado su objetivo de posibilitar la escapada, Yandros ordenó la retirada y los soldados huyeron del campo de batalla en busca de unos días más de vida hasta la próxima batalla, fuera cual fuere su enemigo...

Larga fue la huída, mas nadie se detuvo siquiera a tomar aire, pues cada segundo ganado era vital para la supervivencia ante la marea de muerte y desolación que se aproximaba tras sus pasos aprovechando cada descuido del enemigo para alimentar su sed de sangre.

Una vez llegado a su destino, los soldados pudieron descansar y retomar el aire. El enemigo, decidido a no alejarse demasiado de su campamento, optó por detener la persecución y regresaron a su campamento vigilando siempre sus espaldas.

Tras cerrar tras de sí las puertas de Azdakadar, los soldados se dispusieron a agrupar a los heridos para su posterior curación y a retomar las defensas ante otra invasión. La batalla había sido cruenta y duradera, pero por fin habían obtenido su objetivo: defender la ciudad y salir con vida. Ahora les esperaba la ardua tarea de reorganizar las defensas y a los soldados, lo que requeriría de mucha mano de obra y sobre todo lo que más escaseaba: tiempo.

Mornaew

Ajenos a la cruda realidad de la guerra que en aquellos tiempos barría todos los rincones de las Haldanóri, resguardados por las murallas que rodean la ciudad costera de Ostaire, un grupo de niños correteaba haciendo levantar el polvo del suelo empedrado en la plaza principal de la aldea Ingeniosa. Sus rostros, habitualmente bañados por el dulce tono del plácido Sol que suele alumbrar en el extremo este de Arda, lucían aquel día más blanquecinos que de costumbre; sus mejillas y nariz sonrojadas advertían del gélido viento que azotaba desde hacía un par de días la Tierra Meridional y traía consigo nubes negras y amenazantes. Y es que entre las gentes del lugar se comentaba que el mismísimo Manwe Súlimo estaba enfurecido por los crímenes de la guerra, y hacía llegar su ira en forma de un frío inusual e implacable.

Pero en la inocencia de la infancia, como siempre ha sucedido, uno no se preocupa demasiado por las inclemencias del tiempo. Y tal era la distracción de aquellos jovenzuelos, persiguiéndose de un lado a otro y empuñando espadas de madera, que ni siquiera se dieron cuenta cuando empezaron a caer, tímidamente, los primeros copos de nieve.

“llévate un abrigo, tal vez se avecine una tormenta”, le había insistido su madre al pequeño Airadan antes de que saliera a la calle. Pero, una vez más, el chiquillo había hecho caso omiso de las recomendaciones de su progenitora y había huido calle abajo antes de que ella pudiera alcanzarlo con el abrigo en mano. ¿Para qué necesitaba más abrigo si no tenía frío? Él era fuerte como su padre y no se echaba atrás por una simple racha de viento helado –pensaba Airadan mientras alcanzaba a reunirse con sus compañeros de juego.

El cielo cubierto no dejaba que se filtrara un mísero rayo de luz, y las copas de los árboles se mecían con los golpes del descarado viento que volteaba las hojas, las arrancaba de las ramas y arremolinaba en los rincones de las calles sin salida.

Aún alejada de la costa Ingeniosa, una negra flota, con los estandartes de la Orden de Telpe ondeando a merced del mismo viento helado, surcaba las aguas que con violencia hacían balancear los barcos, azotaban con fuerza los cascos y hasta llegaban a rociar las cubiertas con salada y blanca espuma.

Más de un cuervo había sido enviado ya para hacer llegar las nuevas a los combatientes Telpenianos apostados en las cercanías del puerto de Nardazda. Las bajas durante el fracasado intento de asedio de la ciudad de Ostaire habían sido numerosas. La Reina había leído con detenimiento los informes recibidos hacía ya casi una semana y, aún en el interior de su camarote, desvelada por completo debido a la continuada agitación del barco, hojeaba los arrugados pergaminos. No mandes a otro hacer el trabajo que tu sabes que podrías haber manejado con muchos mejores resultados –se decía para sus adentros Mornaew; y suspiró dejando caer los papeles sobre la cama, disponiéndose a ataviarse con sus ropas para la batalla y poner a punto sus armas.

En pocas horas una fina capa blanquecina acabó por cubrir las tierras costeras del Valle del Ingenio mientras que aquellos niños, sus cabellos humedecidos por la nieve que se deshacía sobre ellos, proseguían con el juego. Era media tarde, aunque no se distinguiera de cualquier otra hora del día debido a aquel mal tiempo continuado, y el pequeño Airadan empezaba a sentir como el frío y la humedad calaban por entre sus ropas y lo hacían tiritar. Tal vez su madre no iba tan desencaminada al ofrecerle el abrigo… Estaba a punto de poner fin a su recreo cuando de pronto las nubes resplandecieron por el fulgurar de un rayo que pareció partirlas en dos por un momento; el sonido de un cuerno fue traído por el viento y escuchado con total nitidez por toda la ciudad. Los jóvenes se estremecieron y el cielo acompañó el siguiente bramar del cuerno con un trueno ensordecedor.

—¡Mi padre! ¡Mi padre regresa!—vociferó entusiasmado Airadan a la vez que echaba a correr hacia la entrada principal de la ciudad. Sus amigos lo siguieron de cerca alborotados. Pero al llegar al lugar, los portones permanecían bien cerrados y no había ningún indicio de la llegada de tropas a Ostaire. Es más, la compañía en la que servía el padre de Airadan había partido hacía menos de una semana hacia Azdakadar y no era muy probable que estuviera de regreso.

En cambio, el cuerno volvió a sonar a la vez que el cielo respondía de nuevo liberando una gran cantidad de agua que había estado forcejeando para escapar de las nubes que la tenían presa. Una lluvia intensa empapó casi de forma instantánea las ropas y la piel de los niños, que se apresuraron a resguardarse en una torreta que permanecía sin vigilancia. —¡Vamos, corred! —gritaba Airadan embriagado por la curiosidad que lo empujaba a averiguar qué era lo que sucedía extramuros. El reducido grupo se enfiló por las empinadas escaleras de caracol que conducían a lo alto de la torre de vigilancia. Dieron vueltas y más vueltas hasta alcanzar el último peldaño, exhaustos. El último de los compañeros subía con tanta exaltación que al llegar se llevó por delante a los demás y todos fueron a parar al suelo, apilados como un manojo de hojas empapadas.

—¡Mirad! —exclamó Airadan al levantarse y vislumbrar a lo lejos el ejercito con los blasones del Valle desplegados y mojados por la incesante lluvia. Desde lo alto de la torreta, aún con el cielo encapotado y la cortina de lluvia que reducía el campo de visión, se podía ver toda la llanura al este de Ostaire y el curso del Ringluin hendiendo la tierra espolvoreada de blanco. Más al norte la cordillera de las Kheled-Zigil surgía rompiendo la planicie de la Isla. Y al suroeste el puerto de Nardazda, los astilleros y la flota Ingeniosa de la ciudad costera agitándose por la fuerza de las olas. Y la vastedad de los Mares Interiores que se extendían hasta donde la vista puede alcanzar, juntándose con el azul pardo del cielo en la línea del horizonte.

Mornaew avistaba las cercanas tierras enemigas desde la cubierta de popa. Los negros mechones de su cabello parcialmente recogido serpenteaban jugando con el viento, creando sombras informes en su rostro palidecido. Apoyaba sus manos en la cornisa de la cubierta; respiraba pausada y profundamente impregnándose del frescor del aire matizado con los aromas del mar que traían consigo multitud de recuerdos a la mente de la Reina.

Por encima de sus pantalones de cuero negro llevaba puestas unas botas altas que casi alcanzaban sus rodillas; una cota de mallas le cubría el torso por encima del corpiño gris e iba vestida con un grueso y largo abrigo de piel marrón que la protegía del frío en aquellas adversas condiciones. Así, esperando poner los pies en tierra, le vinieron a la cabeza las palabras de Halnaur: “Es vital que lleguéis a tiempo, mi señora. Nuestras tropas se encuentran débiles y en desventaja; blanco fácil en territorio enemigo”. Néhilin suspiró, y se lamentaba de haber mandado al Rimbe-a-Quákolie a luchar sin su presencia.

—¡Maldita sea! ¡Daos prisa o todos lo lamentaremos! —alzó la voz Mornaew, enfurecida.

La incesante lluvia deshacía la nieve, pero el agua comenzaba a congelarse en el suelo haciendo más arduo el avance de los ejércitos. Airadan y sus amigos se dieron cuenta de que las tropas Ingeniosas habían iniciado un ataque por sorpresa a la compañía Telpeniana que acampaba en la llanura. Pareciera que aquellas gentes llegadas de las Tierras de Aquende con la intención de asediar sus ciudades y destruir sus ejércitos habían sido sorprendidas y no se encontraban preparadas para aquel ataque repentino. Pero aquella primera impresión era errónea, pues decenas de lanceros enemigos, que aguardaban listos dentro de las tiendas, se abalanzaron sobre la hueste Ingeniosa derribando a los jinetes y sus monturas que iban en la avanzada. Airadan no estaba seguro de si había flechas surcando el cielo o si se trataba de la lluvia que se asemejaba a una cortina de mortíferos proyectiles.

Los niños permanecían bien juntos para compartir el calor de sus cuerpos; apenas se podían distinguir unas cuantas cabecitas asomándose desde lo alto de la torre. La excitación de los primeros momentos se transformó en el pánico y amargura que llenó sus corazones al ver el añil de la sangre tiñendo la tierra cubierta por una capa de agua helada y resbaladiza. Airadan tuvo unos cuantos sobresaltos y se llevó las manos a la boca cuando vio a varias decenas de soldados de caballería abalanzarse sobre el piso congelado después de que los cascos de sus caballos resbalaran y les hicieran perder el equilibrio.

Igual seguía pareciendo que los de Telpe no podían hacer nada para perjudicar gravemente al Valle, aún en esas adversas condiciones. Los soldados de a pie luchaban encarnizadamente contra sus homólogos enemigos, y el joven Airadan reparó en que tal vez su estimado padre estuviera pasando por la misma situación en otra parte de la Isla. Los ojos del muchacho se abrillantaron y, aunque trató de evitarlo, unas cuantas lágrimas rebosaron de sus cuencas y recorrieron lentamente su rostro helado sin que él dejara de mirar al frente hacia la cruda realidad de la guerra que nunca antes había visto con sus propios ojos.

—¡Vienen más! ¡Fijaos allá! —gritó uno de los compañeros de Airadan, levantando un brazo y señalando con el dedo hacia la lejanía. Y resultó impactante ver los estandartes Telpenianos aproximándose al lugar de la batalla. Los centenares de jinetes cargados de furia llegaban galopando a gran velocidad, cortando el viento. Muchos cayeron antes de llegar, pues realmente los arqueros Ingeniosos estaban lanzando certeras flechas a través de la lluvia. Airadan sintió cierta lástima por todos aquellos animales que sin culpa alguna perdían la vida en la encarnizada lucha; ya fuera por las heridas mortales de proyectiles y lanzas, como por los terribles golpes contra el suelo que cada vez se parecía más a un lago se sangre helado. Lo que los niños no sabían, ni tampoco el ejército de Valle en aquellos momentos, era que gran parte de los caballos en los que montaban los soldados Telpenianos habían sido robados en aquellas mismas tierras, pues muchos de los que la Orden había llevado desde el otro lado del mar habían perecido en la batalla naval frente a la costa de Ostaire.

Las insignias del Valle habían decaído en número y Airadan tuvo la sensación de que la batalla llegaba a su fin; pero por unos instantes un resplandor alumbró el campo de batalla y hasta los niños sintieron esa fuerza que les animó y dio esperanzas de victoria. Llegaron con el viento gritos de guerra ininteligibles, pero potentes, y Airadan y sus amigos sacaban sus cabezas por fuera del tejado de la torreta. Estaba decayendo el día con rapidez y ya apenas distinguían entre los soldados amigos y enemigos. Lo que les quedó claro fue que la muerte no hacía tampoco ninguna distinción y se llevaba consigo tanto a Ingeniosos como Telpenianos, ya fueran elfos, enanos u hombres.

Las tropas recién llegadas a la Isla, comandadas por la Reina Mornaew, avanzaban galopando lo más rápido que les permitía la inclemencia del tiempo. Néhilin tuvo la sensación de que estaban llegando tarde. Y amargo era aquel pensamiento, pero desgraciadamente también resultó ser totalmente verídico; pues poco a poco se fue haciendo más visible el desolado panorama del campo de batalla en el que yacían soldados y caballos ensangrentados. Lanzas, espadas y flechas clavadas en el hielo, otras hendiendo cuerpos malheridos o sin ni siquiera un soplo de vida. Y un grupo bastante reducido de lo que hubiera sido el ejército Ingenioso marchaba alejándose del lugar, arrastrando a los soldados que aún podrían ser salvados.

La lluvia estaba cesando aunque Mornaew se encontraba empapada en agua y sudor frío. Buscaba entre los cuerpos apilados a los capitanes que habían dirigido aquella masacre en el bando Telpeniano. Halló a Jeîsilark atrapada bajo el pesado cadáver de un caballo negro, atravesada por una flecha en el tobillo. La mujer respiraba muy débilmente.

En otra parte de la llanura un par de soldados divisaron una negra armadura, y las espadas negras de Ariul tiradas en el suelo, empapadas de sangre hasta la empuñadura. El oscuro Maia de Telpe yacía recostado sobre un montón de muertos, y con las manos presionaba con fuerza su estómago, gravemente perforado. No muy lejos de él, Exelder se arrastraba e intentaba clavar una lanza en el suelo para conseguir ponerse en pie. Pero varias flechas habían traspasado su armadura de plata y, aunque por suerte no habían agujereado su corazón, tal vez le hubieran agujereado el pulmón.

Airadan y los demás escucharon de nuevo los cuernos que anunciaban la retirada del ejército del Valle, pero no llegaron a ver el final de la batalla debido al negro manto de la noche que les cegaba por completo. Además, una luz centelleante acompañada del sonido de unos pasos apresurados se aproximaba al lugar donde se encontraban los niños. Los habían estado buscando hacía horas, y lo primero que Airadan vio fue el rostro cubierto de lágrimas de su madre. Se alegraba de verlo pero sin duda más tarde acabaría siendo castigado por aquella escapada.

—¡No puedo creer que hayáis sido capaces de esconderos de esta forma! —gritaba la madre de Airadan, a la vez que hacía levantar a su hijo y se lo llevaba escaleras abajo, cogiéndolo por la muñeca— Creo que has jugado bastante para las próximas dos semanas, jovencito.

Rodeados por la oscuridad y acompañados por sentimientos de ira y tristeza, los soldados Telpenianos recogieron a los caídos y, a pesar de lo dificultoso que se hacía transitar por aquellas tierras heladas, se replegaron en las negras embarcaciones donde procedieron a sanar a los heridos.

Toda esta sucesión de errores no se puede repetir. Telpe no se puede permitir estas terribles deshonras. El Valle del Ingenio lamentará lo que ha hecho –se decía Mornaew, llena de una cólera que no había podido descargar contra el enemigo. Lanzó sus armas contra el suelo del camarote y, tras respirar profundamente, comenzó a redactar unas cartas que debía enviar urgentemente a sus aliados.

[Editado por Yureawen el 18-10-2005 10:36]

Gaur

Resumen de la batalla.

Valle ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos.

Recuperables: 513 puntos.

Valoraciones: 7+6+9+7+9= 7,6

Recupera: 390 puntos.

Pierde: 123 puntos.

Telpe ha perdido 26 armadas x35= 910 puntos.

Recuperables: 303 puntos.

Valoraciones: 8,5+10+9+9+7= 8,7

Recupera: 264 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 155%, por este concepto recuperan 542 puntos. Total recuperacion: 806 puntos.

Pierde: 104 puntos.

Valle ha obtenido 300 monedas por batalla ganada.

Valle entrega 100 monedas a Telpe por abandono de la batalla.

Compañias listas y actualizadas.