Gaur
ATENCION: Concilio mandó la historia por mail a los valar por la imposibilidad técnica de conectarse a EAU. No se trata de que un miembro de otro clan o un valar posteen en nombre de Concilio.
Las Baladas de Nan-Tasarion
Fealóke undo niquessë tasar
“El dragón de fuego bajo el sauce helado”
-tragedia en nueve actos-
Acto I
Se cuenta, se dice, que por aquellos días
Evna, la maia, los bosques de Aman recorría
del lejano Este con larga pena venía
lágrimas que derramaba por lo que allí acontecía.
Viendo a Yavanna afanada en la recolecta de frutos
comentole a ésta las penas que hacían de su garganta nudo.
-Vos cuidáis de vuestros hijos en estas tierras
pero de aquellos que tras el mar se encuentran
tu mirada jamás concentras
dime pues la razón que os pesa
para abandonarles ante tanta crudeza
pues ningún futuro tiene allí todo lo que de tus manos creciera-
-Y vos no os paráis a pensar
dedicándoos solo a juzgar
¿Acaso crees que por ellos mis ojos no lloran,
acaso crees que mi alma no sucumbe a la congoja,
acaso crees, maldita maia, que tan solo tus ojos lloran?-
Quedose la maia sin palabras
teniendo solo ojos para las lagrimas
que del rostro de la Valier resbalaban
-¿Que os detiene pues,
que os impide restaurar el bien?-
-Largo tiempo lo intentamos
,bien lo sabes,
y durante todo ese tiempo ningún fruto a dado
empeño a empeño todos fracasaron
ninguna mano podemos tenderles ya
sin inmiscuirnos en los designios de Iluvatar.
Libres por él son
y libres por él permanecerán
hasta la muerte o el fin de los tiempos.-
-¿Y por ello ya cejáis en vuestro empeño?
¿Acaso fuerzas no os queda para otro intento?-
-Veo que sois ruda,
si así lo deseáis yo misma os acompañare
y juntas haremos una visita a Manwë
pero te advierto que grande es su pesar
y tus plegarias puede que sean atendidas para mal.-
Acto II
De vientre de planta
de largas velas blancas
entraba de nuevo en los muelles de Tilondë
El Dragón Blanco desaparecido en el Este hasta entonces.
-Vos que sois de larga mirada
¿qué motivos provocan una vuelta tan temprana?-
dijole Isiloth a Zastrapa
mientras sobre sus cabezas los cuernos bramaban.
-Ninguno bueno
no hay que ser adivino
para ver que algo malo le acontecieron-
escueto el mago dijo.
El barco tomó al fin tierra
Y posando sobre el muelle la pasarela
dos dirigentes, un capitán y varios soldados
dieron acto de presencia ante los ciudadanos congregados.
Un Arioch vendado junto a los soldados,
exentos estos últimos de todo daño,
trasportaban a un Thinedhel maltrecho
por los grandes daños contra él perpetrados.
Y tras ellos, Morquarë, herido y cojeando
misma era su cara de angustia como de embauco.
“Necios son aquí todos,
necios y soberbios,
que con sus galones
se ven capaces de todo.
Yo demostraré
o sí, demostraré
como de ajena sangre
cubren sus glorias los capitanes.”
Con dicha para sí decía
mientras que entre mueca y mueca
,de dolor, el elfo sonreía.
Acto III
Larga se ceñía la noche
ya casi antes de que Isil partiera del horizonte
el puerto ya se sumía en el silencio
cuando lo pasos de una figura sobre los adoquines hicieron eco
sus botas de hierro tañían sobre la piedra
sacando leves chispas de la desgastada acera.
Ni puertas, ni guardas, ni nada
detuvieron el tañir de aquellas pisadas
que con paso rápido
alcanzó y se adentró
en la alta torre situada junto a la cuarta almenara.
-Llegáis tarde-
-Llego en el justo momento-
Tomó Arioch la carta del heraldo
y regreso de nuevos con sus compañeros
las nuevas misivas habían llegado.
Acto IV
-¿Y bien?- inquirió Manwë
ocupando con su voz todo el espacio
mientras que contemplaba el cuerpo arrodillado.
Levantose Evna de nuevo
contempló la maia ojizarca
la penetrante y dura mirada del Vala.
-Ante vos me postro para rogaros
que a los que tras el mar viven
no sean a su suerte abandonados.
Bien sé y conozco
que mucho por ellos hicisteis en el pasado
pero por no por eso
los inocentes han de pagar por injustos los pecados.-
-Bien sé lo que pedís, y eso os honra,
pero las baza jugadas ya fueron todas
nada queda, que se pueda hacer, a estas horas.-
-¿Ninguna os queda?- inquirió Evna
-Ninguna- zanjó Manwë.
-¿Nada pues haréis?- insistió la ojizarca maia
-Nada- clamó Manwë cansado
al que la Tierra Media tantas penas le habían causado
-O quizás si, si es que lo deseáis tanto-
dijo mientras las orbes ardían en destellos crueles y bastos.
-¡Lo deseo!-
-He aquí, tu ruego escuchado-
Y tras ellos las bastas tierras de Arda aparecieron
donde miles de nubes se enlazaban en perpetuo crecimiento.
-He aquí tu deseo,
ahora tan solo les queda decidir a ellos.
Detendrán sus armas
o se congelaran y helados morirán en el campo de batalla.
Más otra cosa no puedo hacer
libres nacieron para que más podamos entrometer-
Acto V
Cientos de cadáveres se hallaban varados
bajo el blanco y frío manto
de torsos y miembros azulados
recogidos uno a uno eran sepultados.
Sazonada con nieve Valle lamía sus heridas
mientras veía impotente como las cosechas se perdían
su pueblo en dolor y hambre se ahogaba en llantos
mientras en sus corazones crecía alto el odio hacia los tasarianos.
Ellos hombres altivos
sobre la Ciudad Dragón habían venido
y a pesar de ser humillados y vencidos
persistían desde su frondoso escondrijo.
Elboron, volomir y nulk, ambos tres, acampaban a las afueras
supervisando defensas, sepulturas y suministros de leña
soldados incautos que con hachas se adentran
en los peligros que el poblado bosque encierra
pues vida por las ramas y troncos fluye lenta
impidiendo que las hojas en sus cortezas hagan mella.
¡Que por ineptos los leñadores perezcan!
Acto VI
Alarmados por semejante revuelo
prestos al escudo y al yelmo
los tasarianos en defensa del bosque acudieron
y contra los hombres de Valle sus armas blandieron.
Miles de flechas prendidas recorrieron los cielos
y clavose en madera de pastores estos ardieron.
El fuego crepitaba en sus ramas
que con gran desesperanza estos se agitaban
intentando que con la nieve las llamas se apagaran
mientras que a sus raíces las batalla continuaba.
Nadie les había preparado para aquello
ningún plan, ninguna orden les decía como enfrentarse a ello
pues hasta los mismos dirigentes formaban parte del entuerto
luchando desquiciados mas allá de los limites de sus cuerpos.
La tosca Ealido
marchaba al frente del ejercito mediano
blandiendo su honda a buen ritmo
a pesar de ser misma la mano
que hacía bien escaso
una flecha le había atravesado.
Isiloth y el maestro Zastrapa
aquellos que escasos días desembarcaran
luchaban al mando de los huorin espalda contra espalda
hasta que una piedra que por el cielo volara
fue a dar al elfo en su fina estampa
sucumbiendo al impacto y desplomándose sobre la nieve blanda.
La última, Sibila, que junto a sus hermanos elfos sangraba
flechas lanzaba que viento y cuerpo surcaban y atravesaban
arrancándoles la vida y haciendo jirones de sus almas
cadáveres de Valle que junto a los propios cubrían la explanada.
Acto VII
La sangre mancillaba la escarcha
surcando en regueros escarlatas
la rugosa superficie granizada.
En el horizonte Anar surgía rojizo
como avergonzado y aireado
corroborando lo que en su encuentro con Isil ésta dijo.
Cientos de cuerpos se apilaban en la tierra helada
y otros tantos caían de nuevo
abatidos bajo las hojas de las espadas.
Isiloth se encontraba abatida
las horas en vela pesaban sobre sus huesos
y allí hasta donde veía
la batalla seguía a pesar del global agotamiento.
Las tropas de Valle habían menguadas, cierto era
pero aquello se debía al ser tomados inicialmente por sorpresa
nada era sorpresa ahora, y la igualdad de fuerzas
no hacia mas que mantener una guerra que se antojaba eterna.
Desajustándose del cinto el cuerno
la elfa inundó el aire de dulces pero contundentes notas
cual enorme mazo de espigas adornado con rosas.
Ent, elfo, hombre y hobbit, todos asintieron
volviendo al unísono entre sus pasos
volviendo al bosque que los había llamado.
Acto VIII
Ningún tasariano volvió a aparecer
Y ninguno lo volvería por un tiempo a hacer
Los ingeniosos casi no parecían haberse percatado.
Y permanecían aun de pie, armas en mano
Contemplando al bosque que a sus enemigos se había tragado.
Habían luchado, no cabía duda alguna
pues cuerpos tasarianos los miraba desde el suelo con amargura,
ojos vidriosos que esperanza por vivir ninguna tienen ya
ojos vidriosos que han surcado las Estancias de Mandos y contemplando el final.
Valle rescató a sus hijos del helado suelo
dejando a los de Nan-Tasarion en su descanso eterno
por miedo de que saqueos y sacrilegios el bosque llegara a verlos.
Allí por tanto quedaron
bajo la mirada impasible
de cuervos y buitres
llamados a pesar que el hedor
era por la nieve atenuado.
Pero fue con la llegada de la noche
que los cuerpos inertes fueron rescatados por el bosque
¿Inertes todos?
No, no todos
entre los cadáveres descansaba Zastrapa
su rostro azulado y helado por el frío
su frente llanuras de costas negras apelotonadas
victima de una piedra lanzada con tino.
-Esta vivo -anuncio Isiloth -el corazón aún le late
pero con gran debilidad lo hace.
Recostadlo en una cama
y cubridlo con numerosas mantas
pues si más no se enfría
quizás aún viva-
Acto IX
-Ninguna baza más nos queda entre las mangas
ninguna que de jugar no se intentara
la libertad de los nacidos demasiada
es para que podamos encauzarla.
desde hoy ningún intento más se hará
es hora que comencemos a confiar
en el uso que dan de la libertad-
Tras las palabras del Vala
Enva salió de la estancia
corazón y ojos se bañaban entre lagrimas.
Desde las alturas la espiaba Maëf
viéndola desconsolada junto al mar
si agallas de desde los cielos descender
la sentencia justa se le antojaba
pero de corazón era oscuro y cruel era él
para que los sentimientos de su amada
pudiera llegar algún día a entender.
Ömeroh
[Editado por gaurwaith el 03-09-2005 08:46]
Elboron
La Canción del Pirata y la caza del Grevehold
Sentados en derredor de su mentor, el anciano Dadeloth, los jóvenes príncipes esperaban ansiosos el comienzo de su relato pues siempre adornaba las pesadas clases de historia con extraordinarias aventuras acaecidas durante los lejanos años en que Elboron de Farbala gobernaba con sabiduría el Valle del Ingenio durante las sangrientas guerras de los clanes.
El anciano hombre simulaba dormitar pues gustaba de impacientar a sus pupilos achacando sus sueños repentinos a su avanzada edad. Ese mismo día había prometido contarles el relato de la caza del famoso Grevehold y los muchachos estaban impacientes. Al cabo de escasos minutos Dadeloth entornó sus pequeños ojillos azules y estirando las piernas dijo:
- ¡Oh! Debí quedarme dormido mientras os aguardaba. Recuerdo un tiempo en que podía pasar días enteros sin apenas dormir y cabalgar tan raudo como el mítico capitán Gaur. Y todavía podría...
- Tal vez – rió Herion interrumpiendo las divagaciones del viejo – mas prometiste contarnos la historia del Grevehold ¿recuerdas?
- ¡Ah! Sí. Es cierto – fingió recordar - Acomodaos pues, jóvenes príncipes, pues os contaré la legendaria caza del Grevehold y la famosa “Canción del Pirata”, como la llamó un tal Faevelin, ayudante del rey durante esos años, y las incontables proezas que los valerosos soldados del Valle llevaron a cabo.
- ¿La canción del Pirata? – se extrañó el pequeño Fandral
- Todo a su tiempo jovencito, todo a su tiempo – le contestó el viejo alborotándole el pelo. Realmente sentía cariño por el pequeño infante.
- Hará unos quinientos años – comenzó Dadeloth - reinaba en el Valle el rey elfo Elboron de Farbala, renombrado por su sabiduría y su audacia de uno a otro confín. En la cima de su poder y en el mediodía del reino, mientras sus invencibles ejércitos obtenían grandiosas victorias e incontables riquezas en las tierras de Haldanori, una alianza se forjó en contra de Elboron y los poderosos señores del mar, como fueron llamados entonces, atacaron las ciudades del reino con implacable ira e incontables fuerzas. Se cuenta que envueltos en brumas, al amanecer de un lluvioso día, las hordas enemigas desembarcaron en la isla como corsarios aparecidos de la nada portando por bandera la destrucción y por emblema la batalla.
Prestos, los capitanes fueron convocados por el rey a la alta sala de reuniones en la Ciudad Dragón. Orgullosos elfos, altivos enanos y poderosos hombres, todos renombrados señores del reino, acudieron a la llamada de su señor. El príncipe Rothsul, el velocípedo Gaur, la gran sanadora Árawen e incluso los señores enanos Thralor y Nulk marcharon a la capital del reino. Sólo algunos capitanes del oeste permanecieron en Haldanori a la cabeza de las huestes de ataque, hostigando a los tasarianos en su territorio.
Dadeloth tomó aliento y prosiguió su narración.
- El ayudante de Elboron, Faevelin, escribió unas palabras en su diario que os voy a recitar pues os gustaran.
“En aquellos días apenas aparecía en público. Se encerraba largas horas con sus señores en el consejo de la ciudad y tan sólo se divisaba su sombra por las noches en su alcoba alumbrada por la tenue luz de un candil mientras paseaba a largos trancos por el balcón maldiciendo a sus enemigos preso de una gran inquietud”
- A pesar de las atribulaciones del fogoso rey – explicó Dadeloth – pronto se demostró que los enemigos subestimaron la fuerza, la ira y el indomable coraje de nuestros soldados. Tras los reveses iniciales, las huestes de los señores se reunieron y el ejército del Valle se dispuso a rechazar a sus enemigos al mar.
Los guerreros enanos de las montañas bajaron en grandes oleadas con el comandante Thralor a la cabeza entonando graves canciones de duelo y guerra.
Desde los bosques del lejano sur avanzaron los silenciosos ents acompañados por los elfos de Aredhel y Árawen, reuniéndose en la costera ciudad de Ostaire.
- ¿Y nuestros jinetes? – preguntó Herion
- Y al norte – continuo el viejo haciendo caso omiso del impertinente Herion - se acantonaron las más espléndidas mesnadas de los grandes capitanes de los hombres y a su frente, espléndidos en sus rutilantes armaduras, Yandros y Gaur, esperaban órdenes de Elboron. Sus orgullosos jinetes lucían brillantes yelmos blancos y en sus corazas lucía incólume la insignia del reino. Terribles lucían en esos días los invictos jinetes de los señores de los hombres.
Sin embargo, fue en Ciudad Dragón donde se reunieron las mejores y más audaces tropas del reino. Menos numeroso que los ejércitos de los capitanes Ardehel y Yandros, pero sin duda los más valientes y más valiosos: la renombrada hueste real. Los famosos soldurios de Elboron. Durante los años de paz, la misteriosa compañía reclutada por Elboron se desperdigaba por el reino mas si su señor los convocaba aparecían por arte de magia vestidos de oro y plata en perfecta formación. Poco a poco fueron llegando desde todos los rincones del Valle los soldurios de Elboron, los Alifieri como se les conocía en el reino.
Los niños silbaron asombrados ante la descripción del viejo, que disfrutaba de ello como un general que dispone sus fuerzas en el campo de batalla ante un enemigo inferior, así disfrutaba Dadeloth.
- Mientras su compañía se formaba – explicó sabiendo que los niños querrían todos los detalles - el rey envió a sus capitanes a defender las ciudades costeras donde los telpitas y nurnitas acechaban con malévolas intenciones.
Sin embargo, Elboron no contó con el formidable empuje de las tropas saucistas cuyo ejército remontó el Ringluine a golpe de remo dispuesto a atacar la capital. Sus ejércitos no se hallaban aún reunidos y enviando a sus lugartenientes en busca de sus Alifieri, Elboron dispuso a sus escasas huestes para una heroica defensa. Por fortuna, el sacrificio de la dama Atanavarde en los pasos del Ringluine y los refuerzos traídos por Earin condujeron a las tropas reales a una aplastante victoria sobre las fuerzas tasarianas, que perdieron más de un tercio de su ejército en el combate.
Los jóvenes príncipes asintieron orgullosos. Ya habían oído esa batalla antes pero nunca se cansaban de oírla.
- El invierno llegaba – dijo Dadeloth, cambiando de tercio - y los ejércitos enemigos derrotados a lo largo y ancho de la isla parecían replegarse dispuestos a pasar el invierno en sus cuarteles.
Al menos, las tropas del Concilio no se atreverían a desafiar el poderío del Valle por largo tiempo.
Aprovechando la estación invernal, el rey marchó en secreto a reunirse con sus capitanes en el puerto militar de Nardazda. Dado el empuje del enemigo en las tierras del Concilio donde dos de sus compañías mantenían la ofensiva, el leal Gaur marchó al continente presto a hacerse cargo de los ejércitos de la cuarta compañía dejando a Yandros al mando de los jinetes. Sin embargo, la marcha de Gaur supuso el regreso de Nulk a la isla y gozoso de vuelta, Elboron lo llevó consigo a la capital. No obstante, no todo podían ser buenas noticias. Sus queridas lugartenientes, Earin y Atanavarde habían sido gravemente heridas y habían abandonado el país con destino desconocido en busca de una milagrosa cura. Cuenta Faevelin en sus memorias que este hecho turbó y desconsoló a Elboron, que vio impotente como sus amadas elfas le abandonaban. A pesar de la formidable formación de los Alfilieri y la excepcional ayuda del gran capitán Nulk, Elboron se vio obligado a llamar desde su retiro en Farbala a su viejo amigo, el poderoso Volomir, comandante de huestes. El maia aceptó el ofrecimiento de Elboron y atravesando enemigas tierras y peligrosos senderos llegó a la Ciudad del Dragón resuelto a combatir por su amigo.
- ¿Volomir? – dijo Herion – Nunca antes oí hablar de él.
- Cierto... sobre este capitán poco se dice en las crónicas del Valle mas su lealtad por su señor y sus proezas fueron hechos comunes en aquella época. Sin embargo, con la muerte del rey Volomir marchó del Valle y nunca más se supo de él. Mas... volvamos a nuestra historia.
- En esos días de tensa calma, Elboron se ausentó secretamente de la ciudad, donde había estado recluido por una grave herida y curado por Árawen, la sabia, en compañía de su amigo Volomir con intención de cazar en los frondosos bosques del sur cerca del puerto de Mawelonde.
Contaba la leyenda que en las oscuras profundidades del bosque de Taur-nu-Nolwe se escondía un fiero jabalí cuyo tamaño era mayor al del más grande de los leones y cuyos colmillos eran más fuertes que los de los más grandes de los olifantes del lejano Harad. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus gruñidos se podían oír a lo largo y ancho del bosque. Los habitantes de los bosques lo llamaban “Grevehold” y ante la sola mención de su nombre temblaban presos de un gran pavor.
Ante la gesticulación de Dadeloth en su descripción del misterioso jabalí los niños se sorprendieron y preguntaron con temor:
- Y... ¿que fue de él?
- Buena pregunta – sonrío el viejo - Como os decía, el osado rey fue en pos de la bestia y se adentró en secreto en busca de la peligrosa alimaña acompañado por su fiel amigo armado tan sólo con lanza y espada, resuelto a llevarse la gloria de su muerte en singular combate. Tardaron largos días en encontrar el rastro del animal y cuando lo encontraron lo siguieron hasta los más lejanos confines del bosque en infatigable persecución. Una noche, Elboron y Volomir llegaron a un cristalino lago sumidos en el desconsuelo pues creían haber perdido el rastro del Grevehold y colmaron su sed con las frías aguas del lago mientras decidían que rumbo seguir. Mientras bebían y descansaban en la orilla un alarmante crujido sintieron en las proximidades que les heló la espalda. El buen Volomir no dudó en lanzar sus afilados venablos contra los arbustos esperando atinar al jabalí.
Mas el maia erró y quedo desarmado provisto tan solo de una pequeña daga. El astuto animal los rondaba, esperando que Elboron arrojara también su proyectil. Pero el elfo no cayó en la treta del Grevehold y aguardó expectante. Al cabo de una hora el osado pero impaciente jabalí salió de la espesura cargando con gran fiereza contra los dos amigos. En ese momento, Elboron, se giró y vio una enorme bestia con fieros ojos y puntiagudos colmillos dirigirse hacia él.
Dadeloth contuvo la respiración antes de continuar y observó los ojos de los chiquillos, abiertos de par en par.
- Y entonces – prosiguió el viejo – Elboron lanzó su pesada lanza contra el Grevehold, mas el maldito animal la esquivó y aceleró el trote dispuesto a acabar con los intrusos.
Los niños lo observaban fijamente temiendo lo peor y cuando el viejo abrió la boca el pequeño Fandral cerró los ojos, temeroso de escucharle.
- Pero ese no sería el fin del rey elfo – dijo haciendo una mueca – No sólo no fue su fin sino que realizó una de las grandes hazañas que se le atribuyen. Desenvainando su espada – dijo Dadeloth poniéndose en píe e imitando al antiguo rey - se lanzó al encuentro del terrible jabalí ante la atónita mirada de Volomir, que apenas podía creer lo que estaba viendo. El choque fue brutal mas por fortuna el animal no logró cornear al elfo que seccionó el cuello de la bestia con inusitada fuerza separando la cabeza del tronco.
Dadeloth se sentó pesadamente como si la proeza del elfo hubiera sido cometida por sus viejas manos.
- A partir de entonces, incontables veces se oiría la historia del Jabalí de Elboron en las noches de plenilunio en las casas del Valle y en las tabernas fue discusión habitual.
Los chiquillos se levantaron y jalearon el nombre del antiguo rey a gritos de ¡hurra! y ¡viva! felices por el desenlace de la caza.
Satisfecho por su algarabía el mentor aplaudió sus cantos y tras la breve diversión se dispuso a continuar.
- Pero mientras el rey se encontraba en el sur los capitanes del norte se mostraban inquietos pues los enemigos no cesaban de reforzarse e incluso un gran contingente saucista había sido divisado por los veloces buques del puerto militar de Nardazda y con gran osadía habían atravesado el Ringluine controlando los vados.
Preocupado por estos refuerzos, el príncipe Yandros envió un importante mensaje a Aredhel al norte y a Nulk en Ciudad Dragón. Los capitanes de Azdakadar y el valeroso Nulk, que había quedado al mando de la hueste real, acataron las órdenes del temible nigromante y a pesar de lo avanzado de la estación salieron de sus ciudades presentando temible batalla a sus enemigos, dispuestos a sorprenderles. En Ostaire, la rápida intervención de los jinetes de Yandros derrotó a los telpitas ahuyentándolos de la ciudad. Sin embargo, la vacilación de Nulk en emprender la marcha, sirvió a los esforzados guerreros tasarianos para llegar a sus cuarteles antes de que el inmortal ejército élfico abandonara apenas la capital.
- ¿Qué hacía Elboron?, ¿Dónde estaba? – gritaron los chiquillos furiosos - Un rey no debe dejar a sus hombres solos – se atrevió a gritar enfurruñado Herion.
- Tranquilizaos, mis impulsivos príncipes – contestó Dadeloth – El rey había aprovechado para detenerse en el cercano puerto neutral de Mawelonde, donde se reunían comerciantes de todas las regiones del mundo conocido con intención de encontrar barco que lo llevara hasta Ostaire, donde quería reunirse con Yandros.
En el puerto se encontró por fortuna con una compañía de sus soldurios que esperaban pacientemente la llegada de los navíos de Nardazda para cargar caballos y pertrechos en su marcha hacia Ciudad Dragón. El elfo celebró el encuentro de sus huestes y decidió marchar con ellos por mar hacia la capital, dejando la visita a Yandros para más adelante.
Ante la ausencia de los buques esperados, los elfos se impacientaron y un funesto presagio nubló los corazones de todos los guerreros, aún del mismísimo rey, que temía por el curso de la guerra.
Pasados los días, Elboron no pudo esperar más y en la clandestinidad de la noche embarcó a sus hombres y sus bestias en una flota corsaria nurnita dispuesto a llegar cuanto antes al norte en ayuda de sus tropas.
- El norte... – suspiró pensativo recordando la historia – En el norte, los elfos dirigidos por Nulk se habían adentrado en los bosques en busca de las tropas saucistas presentando batalla entre la espesura y la copiosa nieve que el invierno había traído consigo. Pero el empuje de los refuerzos enemigos los contenía y los bríos de los valientes guerreros eran inútiles sin lograr avanzar pero sin retroceder un paso.
- Bravo por nuestros guerreros – gritó Herion – desenvainando con ímpetu su daga.
- Guarda eso, Herion – le amonestó el anciano – Y escúchame con atención pues la batalla no estaba ni mucho menos ganada.
Los osados soldurios de Elboron, a pesar de sus esfuerzos, aún se encontraban muy lejos de la batalla y los huracanados vientos invernales retrasaban su marcha. Tras una pesada travesía, los barcos alcanzaron al fin las bocas del Ringluine, mas el paso estaba cortado por la imponente flota de Nardazda e incluso un buque fue hundido por las catapultas costeras antes de que el estandarte real pudiera ser izado en sustitución del emblema pirata.
Y he aquí – sonrió satisfecho Dadeloth - mis jóvenes amigos, el porqué del renombrado ingenio de Elboron. Observando como sus propios soldados los confundieron con enemigos el rey decidió remontar el Ringluine en barco hasta los vados disfrazados de piratas nurnitas evitando las patrullas enemigas que infestaban el río.
- ¡La canción del pirata! – exclamaron al unísono los niños.
Dadeloth sonrió, complacido ante la agudeza mental de sus pupilos. Dispuesto a asombrarles, retomó su relato haciendo gran hincapié en el prodigioso engaño que confundiera a los enemigos y que le permitiera recortar largas millas y, sobretodo, importantes horas.
- Cuando los barcos de Elboron llegaban a los Vados del Ringluine a golpe de remo, el enano Nulk, confundido, pues nunca había batallado bajo las copas de los árboles en la oscuridad de un bosque ordenó la retirada hacia las planicies dispuesto a afrontar batalla en los llanos seguro de su supremacía táctica. Craso error pues los soldurios estaban diseminados por el bosque y no todos oyeron las trompas, perdiéndose en gran número. Aún el propio Nulk sufrió grandes heridas pues un hacha le impactó en la cabeza y sólo su resistente armadura lo salvó de la muerte.
El viejo sacudió la cabeza pensando en las terribles pérdidas que sufrieron y en la triste muerte alejados de sus compañeros, sintiéndose traicionados de tantos valiosos elfos.
- Alborozados por la retirada de nuestras tropas, el enemigo salió de su escondite en el bosque y persiguió a nuestras tropas hasta el llano segando la vida de nuestros guerreros por el camino.
Llegados a los vados, los navíos se detuvieron y aguardaron la reacción de los tasarianos. Ante su satisfacción por ver a sus aliados y seguros de derrotar la hueste real con su ayuda los guardias abrieron los diques y Elboron, Volomir y sus aguerridos soldurios atravesaron los vados ante la amistosa mirada de los soldados enemigos.
Elboron se esforzaba por no sonreír mientras saludaba alzando la mano disfrazado de comandante nurnita.
Pasado el gran dique, los soldurios bajaron de las naves y ocupando con celeridad sus monturas galoparon con denuedo hacia el fragor de la batalla, cuyo sonido podían oír ya.
En esa hora, el silencioso Volomir demostró su valía y ante la atónita mirada de los elfos azuzó su poderoso caballo, dejándoles atrás. A ellos – exclamó irónico Dadeloth – a los más orgullosos jinetes del orbe.
En sus memorias Faevelin nos cuenta la reacción del rey elfo ante la formidable galopada de su amigo.
“Entonces, rojo de ira Elboron aulló:
- ¡Soldurios! Cien monedas de oro para el que de caza al maia y entable batalla antes que él!
Y clavando los talones en las quijadas de su bayo negro desenvainó la espada mientras se alejaba por el horizonte en pos del veloz maia. Sus soldurios los imitaron y disfrazados de piratas aún entonaron un canto que luego se conoció como la Cancion del pirata”
- ¿Qué os parece muchachos? – les preguntó – No hagas nunca de menos a un elfo y menos a caballo.
Los príncipes rieron por la ocurrencia de su mentor.
- Envueltos en el frío atardecer, los jinetes surgieron como sombras en medio de la batalla y quitándose las ropas nurnitas mostraron sus bordados emblemas sembrando la confusión en la batalla. Y en medio de todos cabalgaba Elboron, cubierto por la piel del Grevehold, aullando como un poseso segando vidas a su paso mientras Volomir, envuelto en blanca luz, hacia retroceder al enemigo con el retumbar de las pisadas de su caballo y la fuerza de su maza. Las huestes enemigas, desconcertadas, se replegaban en desorden tratando de frenar el fogoso ímpetu de los recién llegados. Sin embargo, el ímpetu de Volomir lo traicionó y en su carrera fue herido por incontables flechas disparadas por arteras manos. Sin duda, tales heridas hubieran matado a no pocos hombres, mas Volomir aguantó y sólo cuando el enemigo huía se desplomó, inconsciente, de su caballo.
Los jóvenes profirieron en gritos y levantándose se abrazaron como si la victoria la hubieran alcanzado ellos y, viajando con la imaginación, se lanzaron ante un invisible enemigo con la furia de millones de seres y el esplendor de cien mil soles empuñando ficticias espadas y cabalgando sobre etéreos corceles.
Incluso el viejo Dadeloth se sumó a la algarabía general y lanzando estocadas imaginarias desarmó a no pocos enemigos.
- ¡Alto! – gritó alzando las manos - ¡El enemigo huye!
- ¡Victoria! – gritaron los improvisados guerreros.
- ¿Victoria?, ¿Victoria decís? – repuso seriamente Dadeloth tomando asiento y sorprendiendo a los jóvenes con su nueva actitud – No, amigos míos, el Concilio de Nan Tasarion se retiró del combate mas las pérdidas sufridas fueron cuantiosas y sólo el candor de los soldurios de Elboron y su imprevista llegada salvaron el orgulloso ejército del desastre.
El silencio inundó la sala y sólo el pequeño Fandral con la curiosidad propia de su corta edad se aventuró a preguntar:
- Dadeloth... – dijo temeroso.
- Si, ...
- ¿Qué fue del Grevehold? No nos lo has contado...
- ¡Ah! – sonrió el viejo guiñándole un ojo – ya me parecía a mí. Pues bien, mis impetuosos muchachos, os contaré que sucedió con el jabalí.
En el fragor de la cruenta batalla, Elboron perdió la valiosa piel del Grevehold en el campo y, a pesar de sus denodados esfuerzos por encontrarla, su búsqueda fue en vano, pues un joven soldado de la ciudad tropezó con ella cuando volvía al resguardo de los muros y la guardó con celo. Mucho se habló sobre ello los años siguientes en la ciudad e incluso se llegó a decir que la piel del Grevehold otorgaba el coraje del valiente rey a quien se la colgara a los hombros... pero nunca se pudo demostrar. Muchos afirmaron poseer tan preciado artefacto mas eran rufianes o charlatanes en busca de un auditorio a quién contarles sus mentiras. El verdadero dueño nunca apareció y sólo los soldurios que vieron al rey en el campo de batalla supieron que la mítica capa existió.
Sin embargo... yo os aseguro que esa historia es cierta y que la mágica piel del jabalí de Elboron jamás se perdió.
- ¿Cómo lo sabes, maestro? – preguntó escéptico Herion.
Dadeloth sonrió y mirándoles fijamente a los ojos les dijo:
- Porque ese joven soldado era mi tatarabuelo y esta capa que veis – dijo señalando su manto - es la auténtica piel del Grevehold, la más terrible y sanguinaria bestia que caminara jamás por Haldanori.
Horas después los jóvenes príncipes se hallaban acostados mas el pequeño Fandral no lograba conciliar el sueño. La historia del viejo mentor lo había impresionado y el misterio del Grevehold lo había inquietado.
- Herion, Herion – susurró al oído de su hermano mayor.
- ¿Qué pasa? Fandral, ¿por qué no duermes? – contestó somnoliento su hermano.
- La historia del jabalí... ¿Tú crees que es cierta? ¿De verdad el viejo Dadeloth posee la piel del Grevehold cazado por el rey Elboron?
- Una vez oí a padre contar esa misma historia y nunca la creí cierta – repuso serio el príncipe - pero... ¿quién sabe?... Ese viejo Dadeloth es más de lo que su arrugada piel deja entrever. Duérmete y no pienses más en ello.
- ¿Quien sabe? – repitió pensativo Fandral mientras se arropaba con la magnífica manta de piel de.... ¿quién sabe?
Nota: El término soldurio hace referencia a un tipo de soldado que data de 3000 años atrás y que apareció en la península ibérica. Eran guerreros de origen hispano que invocaban a un dios/diosa a quien ponían como testigo del juramento por el que se unían de por vida a un rey o jefe.