Shulak
Ojos de Miel
Hace cinco años que vivo aquí, en casa de Elrond el medio elfo. Yo ayudé a construirla, a poner sus primeras piedras. No me trataron mal, podrían haberme matado, yo lo hubiera hecho si la situación hubiera sido la inversa.
Incluso me enseñaron a escribir, a mi, a un esclavo... son gente rara, pero no me quejaré.
Sé que debo parecer ridículo y me avergonzaría si alguien me viera aquí, a la luz de una vela, robándome horas de sueño que sé que mañana echaré en falta, (ahora trabajo en la cocina, no se está mal ahí) pero siento la necesidad de escribir, de contar mi historia... debo parecer ridículo.
Casa de Elrond, primavera del año 1702 de la segunda edad del Sol.
Mi nombre es Akuma y tengo 23 años. Nací pues, el otoño de 1678. Mis primeros años los viví en la orilla oriental del mar interior. Mis padres eran siervos en una granja al sur de los grandes bosques. La tierra era fértil, pero mi familia sólo cosechaba hambre, trabajo y algún que otro golpe. Vivíamos en una casita de adobe, tenía una pequeña cerca y teníamos gallinas y una cabra, no estaba mal, pero el patrón no era muy bueno.
Hasta que cumplí 15 años fue así, mucho trabajo; pero yo entonces no lo veía mal, no sabía que podían haber casas como ésta del Señor Elrond ni señores como los que he visto aquí. La más grande que yo había visto era la del patrón, y no era mucho mejor que la nuestra. Y el patrón tampoco era mejor que nosotros, sólo que él era el patrón... me alegré cuando lo mataron.
Y luego llegaron, era el año 1694. Eran miles, nunca había visto nada así. Se contaban cosas de ellos, de los grandes ejércitos del Este, del rey del desierto, del demonio de ojos amarillos. Pero eran algo lejano, como una leyenda medio olvidada, un cuento que los padres contaban a los niños para darles miedo.
Pero llegaron, venidos de una pesadilla, montados a caballo, con caras terribles que nunca olvidaré aunque luego me habituara a ellas, con ropas oscuras y embozados para protegerse del polvo.
Y mataron a todo el mundo, se llevaron lo que quisieron e incendiaron la granja. Yo lloré como un estúpido. No lo entendía, no les habíamos hecho nada, fueron muy crueles, violaron a las mujeres y mataron a todos, les cortaron las manos y les sacaron los ojos. Los mataron a todos: a mis padres y a los otros siervos, a los patrones y a Wenia, la hija pequeña del patrón, a mi me gustaba. Lloré como un estúpido, fue la última vez.
Pero a mi no me mataron, yo trabajé para ellos. Ayudaba a la hora de preparar la comida y a apacentar a los caballos, cuando todos reían y descansaban. Todos menos el rey, él nunca reía y descansaba muy poco.
Durante años estuvimos saqueando granjas y ciudades, éramos terribles y rápidos como el viento. Aunque a mi no querían darme una espada: se burlaban cuando insinuaba a alguno de los guerreros que quería aprender a usarla.
Y es que en verdad ellos eran distintos, eran grandes y fuertes, de ojos como el carbón, y llevaban años guerreando para su rey, conquistando ciudades para luego arrasarlas hasta los cimientos, y ahora se dirigían lentamente hacia occidente. 3000 jinetes del desierto, nacidos para la guerra, al mando del gran rey Shulak, el demonio de ojos amarillos de las leyendas.
Los jinetes eran terribles y crueles pero Shulak era distinto, mucho peor: nunca se mezclaba con sus hombres, su voz era como un trueno y sus ojos... todos lo temían, hablaba muy poco pero sus palabras eran la ley y nadie las discutía, se acataban en silencio. Y nos llevaba hacia occidente para engrosar las los ejércitos del Señor Oscuro.
En 1697, a mis 19 años, entramos en Eriador cruzando los vados del Isen.
El Señor Sauron llevaba ya años combatiendo con los elfos pero sus enormes ejércitos se veían incapaces de doblegar definitivamente a Celebrimbor de Eregion y a Gil-Galad de Lindon, señor de los Noldor.
Pero entonces llegó el rey Shulak y con él sus 3000 jinetes. Las grandes fuerzas de Sauron eran muy superiores a las de los elfos, pero tenía poca caballería..., nosotros remediamos eso.
Desde nuestra llegada el ejército de Sauron ganó en velocidad: ahora podíamos sorprender a los elfos.
La batalla de Eregion fue terrible, la mayor batalla que jamás había visto. La única batalla en la que participé.
Ese día me dieron una espada y, entre burlas y verdaderas palabras de ánimo, me vistieron una coraza ligera y me dieron un caballo de guerra. Orgulloso cabalgué junto a mis hermanos... junto a los que habían matado a mi familia.
Entramos al galope en el inmenso robledal. Era una alba muy fría, el sol quería nacer mientras jirones de niebla se abrazaban a los troncos viejísimos de los robles y a los vigorosos acebos. Es difícil explicar el ruido que hacen 3000 jinetes al galope rompiendo las brumas de un bosque cerrado. Yo estaba inmerso en esa locura que lo devoraba todo. Apenas fui consciente de los primeros embates: rugido de la cabalgata, flechas surcando el aire denso del bosque, gritos de guerra y gritos de muerte, chasquidos de acero contra acero... todo a la vez, junto al terror y junto al odio.
Mi caballo cayó en la primera carga, atravesado el pecho por una lanza, pero yo continué luchando a pié, magullado y enloquecido.
Una flecha me atravesó el muslo derecho, otra el hombro. Antes de caer sin sentido vi, lejano, al rey Shulak, montado su caballo blanco: golpeó, con su gran espada ensangrentada, sobre el yelmo de un elfo... recuerdo cómo el acero del casco cedió y se hundíó en el cráneo bajo una fuerza sobrehumana; y luego... sangre, mucha sangre; después caí sobre el suelo húmedo.
Esa última imagen del rey me atormenta, durante años había pertenecido a su ejército y lo había visto en muchas ocasiones, nunca de muy cerca, lo reconozco, pero sí lo suficientemente como para saber que no me gustaba, que un siniestro poder se escondía en él; pero jamás había sentido lo que sentí al verlo ese día en la batalla de Eregion, al verlo matar, indiferente y brutal, a ese elfo. Me imagino que por el hecho de verlo andar como un hombre cualquiera, de verlo matar como un jinete salvaje cualquiera, me había acostumbrado a su presencia terrorífica y me había olvidado de la leyenda, pero ese día, a punto de caer inconsciente, herido de muerte, se me hizo evidente que el rey del desierto, comandante de la más terrible de las hordas del Este, no era un simple hombre, se me hizo evidente que Él era el demonio de las leyendas olvidadas, y un terror negro y absoluto acompañó a mi desvanecimiento.
Mañana continuaré, ya es muy tarde, y se me está acabando el papel... Y necesito calmarme un poco, sino no podré pegar ojo... Maldita sea... no sé por qué he empezado esta estupidez.... no es bueno recordar demasiado... no me gusta recordar los ojos de Shulak... ni recordar la cara ensangrentada y sin ojos de Wenia... Porque entonces renace el terror, el terror y la pregunta, la maldita pregunta: ¿Cómo pude, maldito estúpido, sentirme orgulloso de pertenecer al ejército de Shulak? Debí odiarlos más que a nada, debí arrancarles las entrañas a todos... pero cabalgué con ellos... maté por Shulak... ¿Cómo pude...? ¿Cómo pude traicionar a mis padres muertos... al recuerdo de la niña Wenia de ojos de miel?
