La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Nurn. Preludio A La Nirnaeth Arnoediad

Terminada
Escrito el 01-09-2005 12:46 #1

En el mes de Lothron del año 472 de la Primera Edad del Sol, el Noldo Aeglin regresa a su hogar en las orillas del lago Mithrim. Corren malos tiempos para los elfos y los hombres de la Tierra Media, la sombra de Morgoth se ha acrecentado tras su aplastante victoria en la cuarta de las grandes batallas de Beleriand. Pero el rumor de las hazañas de Beren y Luthien y la vergüenza sufrida por Melkor, han traído renovadas esperanzas a los corazones de los Eldar. Los planes conocidos como la Unión de Maedhros estaban llegando a su conclusión.

Aeglin volvía de entregar un mensaje del Rey Fingon para Húrin Thalion, el Señor de Dor-Lomin. Es curioso, pensaba. Curioso y triste. Hacía unos años su padre llevó a cabo una tarea similar, llevando otro mensaje del señor Fingolfin a Hador el de Cabellos Dorados. Ahora los tres habían muerto, Hador en Eithel Sirion, el señor Fingolfin en las puertas de Angband desafiando al mismísimo Morgoth; y también su padre en la primera embestida de Morgoth en la Bragollach. Aeglin se preguntaba si ellos, sus descendientes correrían la misma suerte. Los Noldor estaban pagando su traición en Alqualondë, como rezaba la Profecía del Norte, y Aeglin no era otro que un Noldo más expiando sus crímenes.

Ya estaba cerca de casa. En lontananza podía divisar el hermoso lago Mithrim. Estas praderas eran un lugar inhóspito durante el invierno, pero ahora conformaban un bello paisaje, con sus manantiales de cristalina agua y una verde brizna que rezumaba un olor fresco y puro. Mientras cabalgaba una vorágine de amargos recuerdos, asaltó su mente: su madre, muerta antes de llegar las huestes de Fingolfin a Beleriand; tras las penurias sufridas en el amargo cruce del Helcaraxë, el Hielo Crujiente. Su padre, caído en la Batalla de la Llama Súbita. Desde que los Noldor abandonaron Aman y la beatitud de sus tierras la desgracia fue siempre compañera de Aeglin.

Todos estos pensamientos llenaban la cabeza de Aeglin cuando llegó al campamento de la caballería del Rey Fingon a la cuál había sido destinado desde hacía dos meses. Los jinetes Noldor cuidaban sus caballos, regalo de Maedhros, e intentaban calmarles preparándoles para lo que se avecinaba. La caballería de los Noldor había sufrido grandes pérdidas en la Bragollach, y ahora no era sino una sombra de la gloria pasada, pero su valor en batalla la convertía en pieza clave del ejército de Fingon y los animales no podrían haber estado mejor cuidados en ningún lugar de la Tierra Media y amaban y servían a sus dueños con nobleza, entre ellos Brontalas, el córcel de Aeglin.

Los preparativos para la gran batalla estaban listos, el mensaje que había llevado a Húrin convocaba al Señor de Dor-Lomin y sus huestes a la guerra. En menos de dos días estaba previsto que la gran congregación del ejército del oeste capitaneado por el señor Fingon emprendiese su marcha hasta los valles y los bosques de las Ered Wethrin desde donde debían esperar la llegada de las fuerzas del este comandadas por Maedhros.

El padre de Aeglin siempre había desconfiado de los hijos de Fëanor; aún se acordaba de su rostro cuando su madre pereció tras el cruce del Hielo, transido de dolor, el elfo maldecía a Fëanor y su prole en un negro ataque de ira y desesperación mientras Aeglin lloraba desconsolado. Muchos de los de la hueste de Fingolfin habían sentido el mismo recelo hacia la casa del hijo mayor de Finwë; no solo por las desgracias sufridas, por cierto, también por el remordimiento que les consumía por haberse manchado con la sangre de sus hermanos: los Teleri de Alqualondë. Así, la Maldición de los Noldor ya entretejía sus hebras en los destinos de los Eldar.

Pero Aeglin admiraba a su señor Fingon y creía que si él Rey Supremo de los Noldor confiaba en Maedhros hasta el punto de rescatarlo de los mismos muros de Thangorodrim, no sería él quién cuestionara sus designios.

Tras saludar a los guardias apostados a la entrada del campamento, se dispuso a informar al señor Fingon de la entrega del mensaje al señor de Dor-Lomin. Se dirigió a la tienda central y allí mismo estaba el rey dando órdenes a sus capitanes, entre ellos Huor, el hermano de Húrin, que acaba de llegar a la gran congregación. Aeglin esperó al final de la reunión para comunicar a su señor la entrega del mensaje. Observó a los capitanes de los elfos y los hombres allí presentes, con sus armaduras y escudos, sus estandartes y sus armas, sin duda los hijos de Ilúvatar eran poderosos, pero, ¿sería suficiente para vencer al Rey Negro?

La reunión acabó y Aeglin se dirigió hacia el hijo de Fingolfin.

- Mi señor Fingon, el mensaje a Dor-Lomin ha sido entregado; mañana mismo Húrin reunirá a sus hombres y emprenderá la marcha hasta el campamento.

- Perfecto, Aeglin. Gracias. Puedes retirarte.

- Como ordenéis, mi señor.

Aeglin dio la vuelta y se disponía a dirigirse a su tienda. Cuando Fingon le habló de nuevo.

- Un momento Aeglin. Quiero hacerte una pregunta. Ahora que lo has visto, ¿que opinas de Húrin Thalion?

- Mucho había oído hablar de este poderoso guerrero, mi señor, pero tenéis razón al afirmar que es la primera vez que lo he visto en persona, y creo que su fama es justa. Al llegar a sus tierras, él mismo me esperaba en persona. A su lado estaba su pequeño hijo, de negrísimos cabellos, que no separó la vista de mi en ningún momento. Parecía maravillado con mi armadura y mi espada, mi rey. El señor Húrin me saludó y me invitó a que entrara en su casa. Pero yo rehusé, no sin antes agradecérselo, dada la premura necesaria para esta misión. Entonces leyó el mensaje y el semblante se le transformó, parecía como si hubiera estado esperando esa señal, como si…

- Como si deseara que empezase de una vez esta guerra.

- Si, señor. Eso es. Sus ojos parecían dos pozos en llamas. Se le inflamaron con un ardor… Ya sé que los segundos nacidos consumen su estancia en Arda con más fogosidad que los Eldar, pero nunca he visto ese fuego en la mirada de ningún hombre. Bueno, sí. En su propio hijo, señor.

- Ah, si… El pequeño Turín es tan bravo como su padre según he oído. Y eso es mucho decir. Está bien Aeglin, ve a descansar. Mañana empiezan los preparativos para la marcha.

- Así haré mi señor Fingon, adiós.

El elfo se retiró hacia las cuadras para dar un último cepillado a Brontalas, los mozos ya le habían atendido, pero siempre le gustaba estar con su corcel antes de dormir. El caballo le agradeció sus cuidados con un sonoro relincho y Aeglin se dirigió a su tienda mientras se preguntaba porque su rey le habría preguntado por Húrin.

- Asuntos de alta alcurnia, de reyes y señores… Tan grandes designios no son de mi comprensión.

Con estos pensamientos se acostó. Los dos días pasaron y la mañana señalada llegó. En el campamento se había congregado un enorme ejército, la vista del cuál enardecía los corazones de los allí presentes. Allí estaban todos los Noldor de Hithlum y los elfos de las Falas, bajo la bandera del Rey Fingon, los hombres de la Casa de Hador al mando de Húrin y Huor, los hombres del bosque de Brethil mandados por Haldir, una pequeña compañía de Nargothrond comandada por Gwindor y también habían acudido Mablung, el de la Mano Pesada y Beleg Cúthalion, únicos guerreros venidos de Doriath, a quienes el rey Thingol permitió ir a la guerra con la condición de que no marchasen bajo la bandera de los hijos de Fëanor.

Todos estos soldados y gloriosos señores empezaron su marcha hacía las Ered Wethrin bajo un espléndido sol de verano. Aeglin estaba maravillado, las fuerzas que se habían reunido en la Bragollach (donde los Eldar fueron tomados por sorpresa) eran muy inferiores a las actuales.

Así pasaron dos días de marcha hasta que el ejército llegó a las laderas orientales de las montañas de la sombra. La caballería formó delante de Eithel Sirion, la gran fortaleza de los Noldor, mientras el ejército se desplegaba por los valles y los bosques de la cordillera, el Rey Fingon subió a los muros de la fortaleza y para contemplar a sus fuerzas. Aeglin podía ver al norte una espesa columna de humo negro, sin duda obra de las artes de Morgoth. Y en ese momento, un grito corrió desde el sur y todos los allí presentes exclamaron con gozo y alegría:

- ¡Ha venido Turgon! ¡Gondolin ha venido a la batalla!

Nadie contaba con que el hermano de Fingon rompería el cerco de su ciudad y acudiría a la batalla, este hecho reanimó los corazones de elfos y hombres. Entonces Fingon gritó desde los muros de Eithel Sirion, y a aquella hora, su voz retumbó como el trueno:

- Utúlie´n aurë! Aiya Eldalië ar Atanatári, utulie´n aurë! ( ¡El día ha llegado! ¡Mirad, Pueblo de los Elfos y Padres de los Hombres, el día ha llegado!

- Auta i lóme! (¡Ya la noche ha pasado!) – respondieron los que oyeron el poderoso grito.

Y mientras Aeglin gritaba junto con todo el ejército, en respuesta a su rey, la sangre se le encendió con el ardor guerrero de su raza y supo que la suerte de los elfos y los hombres estaba echada. Hoy lucharían a muerte por su tierra, su raza y todo lo que amaban…

Escrito el 19-10-2005 12:06 #2

Los Valar otorgan 300 monedas a esta historia.

Historia finalizada.