La Guerra de los Clanes

Historia Por Vida. Nurn. Faeryôl El Rojo.

Terminada
Escrito el 19-10-2005 20:45 #1

Los goterones de agua resbalaban por el rostro de Faeryôl, que se maldecía por su mala suerte. Todo ocurrió cuando estaba al frente de un batallón, espada en mano, masacrando a los humanos y elfos que se interponían en su camino. Tanta era la sed de sangre que poseía al Vampiro, que antes de darse cuenta una docena de arqueros apuntaban a el y a sus hombres desde lo alto de las murallas. El brillo de la venganza consumía los ojos de los arqueros, que veían como todo su mundo se desvanecía, roto por el brillo de una espada empuñada por un Ser Oscuro, la locura absorbió todo rastro de cordura y una docena de flechas traspasaron el cuerpo del Vampiro, que cayó al suelo, mareado por la pérdida de sangre. No tenia fuerzas ni siquiera para hablar, los hombres que integraban su compañía hubieron de sacarlo del campo de batalla a rastras. Lo llevaron con celeridad a la tienda del médico del ejército, que saco las puntas de las flechas de su cuerpo. Vendado casi completamente, el médico no sabia como hacer que recuperara fuerzas, pues nunca había tratado a un Vampiro, pero entonces intervino Delisse, dando instrucciones de que debían reanimarlo con sangre fresca. Esto era dificil de conseguir, pero a un Señor de Nurn se le podían negar pocas cosas, y menos estando en su propio ejército. A los pocos minutos le trajeron un Elfo joven, con cara de estar asustado, aunque si hubiera sabido el destino que la aguardaba habría vendido muy cara su vida, no dejando que lo capturaran. Lo llevaron a la tienda del Vampiro, con las manos atadas y el cuello al descubierto, presto para que el Vampiro acabara con su vida. Faeryôl se lanzó al cuello de su víctima rápidamente, sintiendo el magnífico extásis que experimentaba cada vez que probaba la sangre, aunque llevara cinco siglos alimentándose de ella. Pero no fue suficiente para cerrar sus heridas, así que hubieron de llevarlo con la mayor celeridad a Karnairë.

Los últimos rayos del sol se reflejaban en los ojos del Vampiro, que observaba abstraído como se ocultaba el sol tras el horizonte. Llevaba casi una semana postrado en la cama, recuperándose de las múltiples heridas que recibió en la batalla de Tyelpëosto. La cólera ardía dentro de el cada vez que recordaba que tuvieron que sacarlo en volandas, goteando sangre tanto suya como la de los enemigos que bebió antes de ser herido. Recorrió los intrincados diseños de la cama con sus finos dedos, observando las comodidades de la habitación, pero en aquel momento hubiese preferido estar espada en mano, segando las vidas de los blandengues elfos de la Alianza, en vez de estar postrado en una cama sin siquiera poder mover un músculo. Pero lo peor de todo era que tres veces al día un sirviente humano le llevaba una copa de sangre fresca, que procedía de los desdichados capturados en la batalla, que eran torturados hasta el borde de la Muerte, en Yaimë Farnë, la Morada del Llanto, para luego ser curados mediante la magia para alargar su interminable tormento. Pero era insuficiente, pues a medida que se recuperaba de sus heridas, la Sed Oscura se iba haciendo más acuciante, y cada vez que venía aquella elfa rubia que limpiaba su habitación, sentia deseos de morder su cuello suave y esbelto, pero la debilidad se lo impedía.

Cuando se acercaba el crepúsculo, el Vampiro mandó a llamar a Lissuin, la criada de Nulkaiel, pues había escuchado que ella también estaba allí, recuperándose de sus heridas. Le dijo que le comunicara a su ama que si no tenía inconveniente, y quería hacer un poco de ejercicio, que se reuniera con el aquella misma tarde, en el pequeño bosque que se encontraba al este de la Puerta Principal.

Una vez que llegaba la tarde, los ajetreos de la vida matutina se iban apagando, tanto esclavos como guerreros se marchaban a sus respectivas casas o a emborracharse en las tabernas. Poca gente quedaba ya en la ciudad, que casi parecía una ciudad fantasma, tales seres horribles habitaban en ella. Había llegado la hora de preparase, pues necesitaba un poco de entrenamiento.

Faeryôl se vistió rápidamente, colocándose una capa negra encima de los hombros y recogiendo su espada, que los sirvientes habían guardado en un armario junto a sus demás pertenencias. La espada del Vampiro era larga, con runas grabadas en las dos caras de la misma. Se cuenta que la consiguió de un herrero Enano amigo suyo, antes de que la Maldición se apoderara de el. Los que conocen la historia de Faeryôl la llaman Oirahetha, pues nunca nadie se había resistido a su portador. Una vez listo, se escurrió como un espectro por entre los centinelas de las Casas y se zambulló en los claroscuros de las sombras tardías de Narmelost.

A los pocos minutos de salir de las Casas ya se encontraba frente a la Puerta Exterior de Narmelost, que daba al foso de lava que rodeaba la ciudad. Tres centinelas orcos la guardaban desde abajo, pero en la oscuridad de la noche no sabía cuantos la guardaban desde arriba. Al acercarse a la Puerta, se quitó la capucha y los guardias se inclinaron ante el.

Hacia el este saliendo de Narmelost había un pequeño bosquecillo, y hacía allí se dirigía Faeryôl, pues no podía faltar a su cita.

Un viento lúgubre revolvía la capa de Faeryôl, que andaba decidido hacia la pequeña arboleda. Esta estaba formada por unos pinos y unos cuantos robles, que debían de ser muy antiguos, pues sus troncos se elevaban muchos metros por encima de la cabeza del Vampiro. Una silueta oscura esperaba oculta entre los primeros árboles, silenciosa como la noche, que si embargo no pasó desapercibida para el Vampiro, que podía ver el Aura Roja que dimanaban los seres de sangre caliente. Al verlo, la figura se adelantó, y un rayo de la Luna iluminó su rostro.

-Veo que has venido- dijo el Vampiro sonriendo, mostrando brevemente sus largos colmillos.

-La verdad es que no me irá mal un poco de ejercicio- admitió la Noldo.

Sus ojos color miel lo taladraron, mientras se atacaban en largas combinaciones, que siempre culminaban con los luchadores desarmados, pues tal era su habilidad que ninguno se imponía al otro.

Tras un largo rato de entrenamiento volvieron a Narmelost, donde Nulkaiel se marchó a su habitación, mientras que el Vampiro fue a alimentarse, pues el ejercicio lo había dejado exhausto. Tras alimentarse volvió a Karnairë, y se acostó en la en la cama, añorando su féretro adornado con ornamentaciones góticas.

[Editado por Necknor el 19-10-2005 20:48]

[Editado por Necknor el 19-10-2005 21:09]

[Editado por Necknor el 20-10-2005 20:19]

Escrito el 21-10-2005 13:18 #2

Los Valar otorgan un 45% de vida al personaje de Faeryol.

Historia finalizada.