La Guerra de los Clanes

Historia Por Vida. Concilio. Hecil

Terminada
Escrito el 25-10-2005 19:09 #1

Manveru bostezó. Caminaba a buen paso, acompañado como de costumbre por uno de sus númenoréanos. De nuevo en las Casas de Curación... parecía ser que un extraño destino terminaba uniendo siempre a Hecil y Manveru en las Casas de Curación; siempre, además, por algún caso extremo.

Abrió la puerta y encontró a Hecil, todo vendas y harapos, tumbado en la cama. Manveru sonrió.

—Qué excéntrico designio de los Valar habrá hecho que no pueda librarme de ti de una vez... ¿Estás seguro de que esa venda del cuello es solo por un rasguño?

—Yo también me alegro de verte, Manveru—dijo Hecil en un susurro. El númenoréano sonrió y se sentó junto a él.

—Maldita sea tu arrogancia y tu estupidez... Eres rey, no dios. ¿Cómo diablos se te ocurrió desafiar a los Valar? Te debiste meter algunos hectolitros mas de alcohol de lo habitual... Nos separamos unos días y ya no es de ti más que un despojo de telas y destrozos... Hasta tendré que llevarte conmigo cuando esta condenada guerra termine...

Hecil suspiró, con una media sonrisa en los labios.

—Bueno, aparte de eso... ¿qué tal estás?

—Aparte de que siento mis huesos como un amasijo de ramas rotas... bien—respondió Hecil.

Llamaron a la puerta. Manveru abrió y por ella entraron tres hombres más anchos que altos, portando sendas cartas y pergaminos.

— ¿Es usted el rey Hecil?—preguntó el más ancho de los tres, mirando a Manveru. Por atrás se oyó una pequeña risa.

—Me temo que no me llaman ni rey, ni Hecil—dijo Manveru—. ¿Y vos? ¿Sois el rey Hecil?

Hecil carraspeó.

—Yo soy el rey Hecil—dijo. Los tres hombres se miraron extrañados. No imaginaban a un honorable rey tendido en un lecho lleno de vendas, débil y agonizante.

—Pues bien, señor—dijo otro hombre—, me temo que debemos arrestaros. El Gremio de Comerciantes y Posaderos no tolera que nadie, sea lacayo o rey, evada los impuestos, ni tampoco que se niegue a pagar en una taberna.

Manveru arqueó las cejas.

—Y leo textualmente—continuó el posadero—:

\"En la posada El Sauce Barbudo, sobre las horas últimas del día 20 de Agosto, se registró un lamentable incidente. Un cliente, un tal Hecil, después de ingerir literalmente dos barriles de cerveza (nuestra mejor cerveza, dicho sea de paso), borracho como dos cubas, y nunca mejor dicho, comenzó a soltar palabras sin sentido. Al no tener dinero para pagar, Hecil mintió al decir que tenía que venir un tal amigo suyo, de nombre \"Vanmeru\", para pagar toda la bebida ingerida. Se procedió a echar al señor Hecil de la posada con la debida severidad

—Manveru se fijó en algunos moratones en el rostro de Hecil, que parecían ser más antiguos—.

No obstante tales hechos no pueden quedar así, y en cuanto se pueda, se exigirán diez monedas de oro al señor Hecil por todos los desperfectos, tanto físicos como morales\".

—Así pues, señor—dijo a continuación el lector del pergamino. Manveru reía—. Querría que me dierais la cantidad ya citada, o tendría que llevaros conmigo.

—No tengo dinero—dijo Hecil con la mirada más lastimera que pudo poner. No obstante los posaderos sonrieron, y se acercaron al herido con no buenas intenciones. No obstante Manveru se interpuso.

— ¡Y aquí está su amigo Vanmeru! Aunque realmente en lengua normal se dice Manveru. Tomad vuestras condenadas monedas de oro. ¡Descerebrados! Yo siempre pago por mi amigo.

Los hombres ya se habían ido.

— ¡Idiota!—gritó Manveru—Condenada sea tu maldita afición por beber. ¿Para olvidar, dices? ¡No olvides! Si tan duro es tu sufrimiento, busca soluciones. Mucho viviré, así que te ayudaré en la búsqueda. ¡Y no toleraré que te abandones a semejante malvivir por algo como eso!

Hecil sonrió.

—No finjas... Ambos sabemos que como continúe así te arruinaré.

………….

-No deberías beber, no es la solución. Tiene razón- dijo Ealido al atravesar el umbral. Había oído las últimas palabras de Manveru desde el pasillo, y no podía evitar sumarse a ellas.

-Vaya, una nueva voz para el coro de viejas plañideras. Pasa y acomódate- la voz de Hecil la saludó desde la cama.- Si pudiera mover este brazo, ya te hubiera tirado una almohada. Dime, mi pequeña amiga Ealido, ¿crees que la bebida me puede hacer algo peor que esto?

-Ya viste que sí- intervino entonces Manveru.- Lo que acaba de salir por esa puerta.

-Nah, siempre me quedarán las buenas amistades desinteresadas. Y si no eres tú, será nuestra mujercita del bosque. No sé de dónde saca el dinero, pero tiene una buena bolsa. Mira cómo ha mejorado su vestuario.

En efecto, Ealido traía ahora en el brazo una capa, que se había quitado antes de entrar. Hacía tiempo, cuando llegó al Concilio, Thinedhel le había enseñado el uso del dinero y le había dado unas monedas, que había devuelto y multiplicado gracias a las pieles y las hierbas que vendía a los comerciantes cuando iba a la ciudad; como ella misma hacía casi todo lo que necesitaba, gastaba poco, así que Hecil no andaba desencaminado. Pero la capa que traía, en realidad, era un pedazo de tela gruesa, basta y de un color pardo indefinido: la había escogido por su resistencia y porque necesitaba un abrigo para el invierno, ya que su alma práctica y nada acostumbrada a los lujos no concebía que debiera ser de otra manera.

-Hecil, no te rías de ella- Manveru protestó.

-Oh, vamos, deja divertirse a un pobre enfermo postrado en cama. Necesito olvidarme de que no puedo moverme- guiñó entonces un ojo a la mujer.- A lo mejor si Ealido me trajese una pinta de cerveza… Vamos, puede ser la última.

-¿Tú qué tienes que olvidar?- gruñó Ealido.

-Y tú qué sabes- Hecil hizo una mueca, y ella se arrepintió de sus últimas palabras. Fue a colocarle la almohada.

-Quizá yo quisiera olvidar.

-Pues un día probamos. A lo mejor se te quita esa cara de amargada- había recuperado del buen humor y se dedicó a salpicarla con el vaso de agua que tenía en la mesilla.

-Estás formando un charco, ya veo para lo que usas el agua- dijo entonces Manveru.

-Creo que no deberías mover el brazo. Las… cu…curanderas no quieren que te muevas.

-¡Si estoy perfectamente! Como un roble- vio la atónita cara de Ealido y paró.- No me imagines con hojas: qué lentamente aprende esta chica las lenguas. ¿Así que les has preguntado a las curanderas?

-Sí, y me han dicho que… hasta que te vayas... que si no podría traerles esa planta que sirve para que la garganta se… agarrote… y no se pueda hablar.

Como siempre, mientras los otros se reían ella seguía pensando qué tenía aquello de gracioso. Se apartó de la cabecera de la cama, y entonces ocurrió la desgracia. Resbaló en el agua derramada en el suelo y cayó sobre la cama, justo encima de las doloridas costillas de Hecil. La carcajada se transformó en un aullido de dolor, y más cuando al intentar levantarse ella se apoyó en su brazo entablillado, mientras musitaba un “lo siento”.

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Agradecimientos a Manveru y Ealido ;)

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Escrito el 28-10-2005 18:04 #2

Los Valar han otorgado un 35% de recuperación de vida para Hecil, Rey del Concilio.

Historia finalizada.