- Estoy harto. El sargento siempre nos escoge para las tareas más pesadas – refunfuñaba Tevildo, mientras arrastraba el cadáver de un soldado a la carretilla.
- ¿Que tú estas harto? ¡Tú! – clamó al cielo Jondalar – No has pensado que tal vez el sargento no nos hubiera obligado a esto si no hubieras robado esa cesta de manzanas la otra noche.
- Oh, vamos Jondalar, no dijiste eso en a guardia del otro día cuando nos asomamos a la muralla mientras nos las comíamos – le acusó el joven soldado.
- Si hubiera sabido que las habías robado del almacén de la compañía, ten por seguro que no las hubiera tocado – respondió visiblemente enfadado.
Hacía varias horas que habían salido de Ciudad Dragón con un destacamento para retirar los muertos del campo de batalla y, desde luego, no estaban nada contentos. Por orden expresa del sargento habían sido escogidos para el ingrato trabajo de recoger los caídos en combate, a pesar de que su compañía había entrado en combate en la gran batalla. A decir verdad, habían entrado en combate una vez los soldados enemigos fueron dispersados por los misteriosos soldados que habían llegado desde el Ringluine. No obstante, la Quinta Compañía de la Ciudad Dragón estaba orgullosa de haber luchado codo con codo con la hueste real.
Los veteranos, que gozaban de la atención de los más jóvenes, decían que los misteriosos jinetes aparecidos de la bruma los conducían dos grandes capitanes. Era harto sabido que uno era el rey pero el otro... nadie sabía quién era o al menos nadie que conociera Tevildo y la identidad de ese tal Volomir, pues así decían se llamaba el capitán, lo mantenía en ascuas.
- Oye Jondalar, he estado pensando – dijo el inexperto soldado a su compañero – Si al capitán Volomir no lo conoce nadie y, por lo que se rumorea en la ciudad, no ha aparecido tras la batalla... quizá esté herido e incluso muerto y nadie se haya dado cuenta de ello.
- ¡Ja! – exclamó el desconfiado Jondalar – ¿De verdad crees que si hubiera una posibilidad de que estuviera vivo el rey no lo habría mandado buscar? Dice Aruk que es gran amigo del rey.
- Bueno, seguramente tengas razón – concedió dubitativo Tevildo al tiempo que recogía otro cadáver del suelo.
Ante la incrédula mirada de su amigo, Jondalar se irguió ante su amigo y abarcando el campo con los brazos dijo:
- Y aunque estuviera vivo... fíjate en estos elfos – dijo señalando al soldurio abatido que Tevildo estaba cargando – parecen todos tan bravos y a la vez tan serios con ese semblante tan grave. Cualquiera podría ser el desconocido Volomir y el campo está lleno de cadáveres.
- Pero...
- Hazme caso – dijo el hombre – Si el capitán Volomir sobrevivió a la batalla ya debe estar muerto. No lo pienses más.
Los dos soldados continuaron con su tarea durante largas horas sin que Tevildo mencionara sus dudas, mas cada soldado que recogía lo inspeccionaba ansioso, preguntándose si éste o aquel soldado herido serían el gran Volomir, comandante de huestes.
Sin embargo, empezaba a perder la esperanza y barruntaba si Jondalar no tendría razón. Al cabo de un rato ya había perdido toda esperanza de encontrarlo, ya vivo, ya muerto. Y, por capricho del destino, cuando había creído que nunca lo encontraría cuando sus ojos se alzaron y divisaron de nuevo algo que le había llamado poderosamente la atención...
Hacía ya rato que había divisado un cuerpo algo apartado del resto, muy próximo al bosque, mas la pesada tarea que tenía por delante le impidió acercarse hasta que hubiera terminado. Mas... el destino suele ser caprichoso y desoyendo los consejos de Jondalar, quién harto y cansado le instaba a terminar cuanto antes, Tevildo se acercó a ver el misterioso cadáver.
Desde lejos observó las cuantiosas flechas que lo habían atravesado, aumentando la curiosidad por el desconocido.
- ¡Vaya! – exclamó asombrado – Más de quince flechas han hecho falta para abatirte. Debiste causarnos grandes aprietos. No sabía que los saucistas fueseis tan aguerridos.
Al llegar al cuerpo su tranquila curiosidad se transformó en estupefacción. ¡No era un soldado de Concilio! Las flechas no tenían las plumas del Valle y la valiosa capa que, hecha jirones, cubría el cuerpo del enigmático guerrero. Asombrado, observó el cadáver con ojos minuciosos buscando algún signo que le permitiera comprobar su identidad.
- No por nada me llaman “el elfito” en la compañía – se dijo orgulloso a sí mismo el centinela al divisar un pesado colgante en la mano del hombre.
Lo cogió con cuidado y lo escrutó con deseo. El colgante no tenía blasón alguno mas lo reconoció al instante. Sabía que solo a la luz de la luna podría ver sus preciosas inscripciones pues estaba fabricado en ithildin. Todos los guerreros del país lo besaban cuando entraban en los ejércitos del rey. El pesado medallón era el emblema de los señores del Valle.
- Pero... sólo los grandes capitanes poseían uno...
Un súbito presentimiento se abatió sobre su mente y con gran presteza volvió el cuerpo y observó una cara que pocos en el Valle verían nunca pero que el jamás podría olvidar. Él, Tevildo, un simple centinela de la Ciudad Dragón había encontrado al misterioso capitán Volomir y... ¡estaba vivo!
Tevildo no podía disimular su asombro. A pesar de las diecisiete flechas que atravesaban el exangüe cuerpo del guerrero, el increíble comandante todavía respiraba. Examinándolo minuciosamente, Tevildo observó cómo las heridas estaban cauterizadas y ya no sangraban.
- Qué misterioso – se dijo a sí mismo, impactado aún pues no sabía que en último y supremo esfuerzo el maia había usado su poder para cerrar las cuantiosas hemorragias que las flechas le habían causado – Debo llevarlo inmediatamente a la Ciudad.
Cargando con el pesado cuerpo cubierto de la magnífica armadura, Tevildo corrió hacia la ciudad gritando:
- ¡Lo he encontrado!, ¡lo he encontrado!
Doce días habían pasado desde que el intrépido centinela trajera a Volomir a la Ciudad y a pesar de su hazaña se encontraba de nuevo en su aborrecida atalaya cumpliendo con su deber como soldado de la Quinta Compañía de la Ciudad. Un día más...
Sin embargo, hoy no le importaba estar de guardia. Pocas veces se oteaban tan preciosos atardeceres y el de ese día era especialmente bello.
Mientras se asomaba a la muralla, ensimismado en sus pensamientos, no pudo escuchar los pasos de un silencioso visitante hasta que se encontró asomado junto a él.
- Decidme – comenzó a decir con gran solemnidad ante la estupefacta mirada del joven – ¿sois vos el centinela conocido como Tevildo?
- Sí – acertó a articular el impactado guerrero.
- Os debo la vida – respondió serio Volomir, quitándose el pesado colgante que sirvió a Tevildo para reconocerle en el bosque – Cogedlo – añadió lacónicamente.
El joven no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Miró la mano del capitán tendiéndole el medallón y tras observar su impasible rostro cogió el colgante acertando a musitar un sentido gracias. ¡Qué gran honor le otorgaba!
Satisfecho de su suerte, miró a los ojos del poderoso maia, comandante de huestes, famoso y desconocido por igual, y en sus ojos vio mayor gratitud que unas escogidas y vanas palabras hubieran podían expresar.
Tevildo apretó el colgante contra el pecho y asintió orgulloso con la cabeza. El maia se giró y desapareció tan silenciosamente como había llegado.
Las horas pasaron y Tevildo seguía inmóvil en su atalaya oteando el horizonte. En su cuello, orgulloso, se mecía con el viento el colgante de Volomir.
