La Guerra de los Clanes

C1 Tercano Vs C3 Alianza

Terminada
Escrito el 29-10-2005 17:04 #1

Fin Guerra: Alianza de Eithel-Glîn se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Tercano Nuruva\" = 11

Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 17

Victoria para Tercano.

[Editado por gaurwaith el 29-10-2005 17:04]

Escrito el 02-11-2005 00:01 #2

El hermoso día ya menguaba y por sobre las montañas se agrupaban unas nubes enrojecidas por el sol nublado que descendía hacia ellos. Las sombras de las altas mesetas se alargaron en el por el valle que daba al mar distante y los aires tibios cedieron a otros menos amables.

Las tiendas de campaña de Tercano Nuruva se erguían frente a su propia ciudad caída en desgracia. Barad Hithgwath se hallaba aún en manos de la Alianza.

Gwyllion había dado órdenes estrictas a los centinelas. Nadie podía entrar a su carpa. Nadie.

Pensaron todos, era porque necesitaba pensar; porque su prodigiosa mente requería el quietud para hilar las cavilaciones silenciosas y tejer los estratagemas conquistadores.

Nada menos cierto.

Simplemente huía al Fracaso que le envenenaba el orgullo cada vez que dirigía la mirada a la ciudad amagada. Además, el sol invernal resultaba odioso. Derretía la nieve generando lodazales insufribles, y aceleraba el proceso de descomposición de la carne. De la carne humana.

Cabe recalcar que muchos habían muerto en el conflicto anterior, y sus compañeros, por no dejarlos botados cual bestias indignas, conservaban sus cuerpos con la esperanza de sepultarlos una vez de vuelta en la ciudad.

Pero los días se sucedían y nadie tenía una iniciativa clara por hacerse de las armas para emprender la empresa. El hedor crecía y la brisa traía consigo la insalubre esencia de la muerte, que ahora impregnaba hasta los pensamientos mismos de los guerreros.

-No puede entrar...te..tengo instrucciones de no de....NOOOOO.

Gwyllion oyó el grito del vigilante, y espada en mano se precipitó sobre la entrada de la tienda.

-¡Suéltalo! – chilló furiosa cuando vio que Morion, su ‘querido’ compañero de armas, se disponía a cercenar el cuello del centinela.

El elfo le dirigió una mirada condescendiente, y lanzó a un lado al guarda. Enfundó su espada y entró.

-Si no atacamos mañana, no volveremos a pisar Barad Hithgwath. – comentó de paso el elfo, y como si no se tratase más que de un sermón por el césped alto del jardín o el último almuerzo desabrido.

-No podemos...- comenzó diciendo Gwyllion pero una cachetada bien dada se estrelló en su rostro y ella no atinó más que a palparlo con la mano antes de asimilar lo sucedido. La mejilla pálida de la joven enrojeció al tiempo que el dolor se esparcía, tan rápido como el trago amargo y la desazón de la situación le ennegrecían el alma. - ¡Te puedo expulsar de estas tierras cuando se me antoje! – vociferó con furia la mujer.

Morion, dio un par de vueltas alrededor de la mesa que se disponía al mdio de la carpa, antes de levantar por primera vez la vista para observar a su compañera.

-Bien sabes que la presunción no es más que una máscara para la debilidad y la mediocridad, así es que te rogaría no ostentes títulos ante mi. No necesito riñas de moral y obediencia. Mira, vine a afinar el plan de batalla para mañana...mejor dicho, vine a mostrártelo para que no te sorprendas tanto, pues de todas formas ya organicé a las tropas... – dijo el elfo con una sonrisa algo perversa. No sabía precisar porque, pero experimentaba un extraño placer haciendo enojar a la Dama.

Gwyllion se había dado cuenta de aquello hacia ya tiempo, y prefería ignorarlo. Lo tomaba como un juego de imbécil capricho.

Morion sacó un papel del bolsillo. Era una hoja de cuero muy delgado sobre la cual, a mano alzada, había un dibujo que dividía en secciones a los ejércitos disponibles.

-Si te fijas...- comenzó acercándose a Gwyllion, para que esta pudiese ver el estratagema -...las tropas están encabezadas por los piqueros dispuestos a modo de espina dorsal...no se si captas...esta raya...aquí...- señaló – Están antecedidos solamente por los arqueros. El resto está repartido en tres grupos. Ubiqué a los lanceros al centro de la formación...van a ir rodeados de un grueso de infantes. Mi idea es que no se vean hasta llegado el momento. Digamos que en este caso las apariencias engañarán a nuestro enemigo...no todo es lo que parece después de todo...de eso bien sabes tú...- concluyó Morion dirigiendo una mirada inquisidora a la muchacha que procuró evitarla. – O sea, llegado el momento los infantes se abrirán...y...dejarán salir a los portadores de las lanzas de Tercano, en otras palabras, a los Astaldon. Por cierto, yo voy a ir con ellos, y tú...

-Yo también estaré en ese grupo.- afirmó con autoridad la Atani. No confiaba en Morion, y mucho menos como para dejarlo a cargo de la elite guerrera del reino.

-...pero...en fin...me da lo mismo. – se resignó su interlocutor y guardó el bosquejo.

Gwyllion sintió un escalofrío, y una ráfaga de verdad que atravesaba su destino. Empezaba a entender, sin quererlo, que aquel a quien ahora odiaba tan abiertamente, llegaría a ser el único a quien no guardase un secreto.

-Si puedes, duerme...si no, siempre me puedes encontrar en la tienda de al lado. – agregó el elfo antes de irse y Gwyllion no supo porque se ruborizó, ni porque le molestaron las palabras triviales de Morion. Cuando iba saliendo, este se giró y dijo - ¡Ah! Y más te vale no me guardes rencores por...por la ‘tierna caricia’ que te di en el rostro...el clan está antes que los asuntos personales. – comentó sin poder aguantarse la risa.

Con el alba próxima, los aullidos de los cuernos surcaron los aires brumosos que escondían el sol de las alturas.

Centenares de orcos desfilaron según la propuesta de Morion y rápidamente se dividieron en los flancos. A la diestra Naëvian, y a la siniestra Sulankalië, se encargaron de inculcar organización a aquellas criaturas de corto entendimiento. Los cincuenta y seis elfos que habían sobrevivido a las penurias de las empresa, conformaron los ‘lanceros’ de los cuales Morion habló hablado la noche anterior. El los comandaba, aunque de acuerdo al escalafón del reino, la que iba a cargo de todos los ejércitos era Gwyllion.

Los aires densos y húmedos favorecían el sigilo de las tropas, aunque para el mediodía, la noticia de la preparación de un ataque por parte de Tercano, debía ser cosa sabida al otro lado de los muros de Barad Hithgwath.

Bullían ya los ánimos, para cuando se ordenó el comienzo efectivo de la embestida.

Nadie supo precisar, luego, a que hora exacta se hallaron las espadas y la sangre mancilló las nieves de las Montañas Grises.

El ruido de la batahola guerrera era ensordecedor. La voces roncas de tanto gritar, se confundían en el coro de zumbidos, repiqueteos y aullidos de agonía.

Era la reverberación de la voz rasposa, metálica e inerte de las espadas, la que infundía valor y miedo.

En realidad ninguno estaba seguro de lo que sentía. A ratos, cuando vislumbraban los muros de la fortaleza, los corazones latían más fuerte y con la convicción inquebrantable que provee la cercanía de la meta. Mas cada vez que la niebla espesaba y el enemigo se concentraba y compactaba, la depresión moral en los guerreros se hacía patente en las maneras desganadas, agotadas hasta ya no más, y propias del requerimiento excesivo de un vigor efímero e inexistente, que los vítores de ‘adelante’, ‘muerte’ o ‘por el pueblo’ pretendían inyectar.

A Morion le costaba reconocer, que ya no podía más.

El sol amenazaba con cesar sus dotes calóricas y las ráfagas de vientos glaciares ganaban terreno junto a los primeros vestigios de oscuridad.

El elfo era alto, de contextura fibrosa y fuerte, mas a pesar de eso, y de la resistencia de su propia raza, las fuerzas menguaban en su ser, y se deslizaban por un vertiginoso declive que pronto lo dejaría postrado. De pronto, entre mandobles mecánicos e indiferentes, se acordó de Gwyllion, y una oleada de pánico lo invadió.

Si su estado era de por si deplorable, no quería imaginar el de la doncella, que a pesar de voluntariosa y atrevida, no poseía la misma resistencia que el.

Abandonó a sus compañeros, los Astaldo, y se precipitó en su busca. La congoja de Morion era indescriptible y el temor de pérdida no le dejaba pensar en otra cosa que encontrar a aquella, a quien en otros tiempos reprochaba tan abiertamente.

¿Por qué no le preocupaba tanto Naëvian o Sulankalië? ¿No eran a caso también compañeras suyas?

<Ellas están en los flancos, ahí el conflicto es menos agitado> intentaba justificarse a si mismo el Elda.

Desde lejos vislumbró un punto de la meseta, donde la batalla había cesado. Cadáveres y heridos; y uno que otro rezagado plagaban el terreno cercano a la linde boscosa. Una corazonada, algo inexplicable pero increíblemente sobrecogedor lo embargó. Sabía que la muchacha debía esta por ahí cerca, cosa que no lo tranquilizaba en lo absoluto, pues la masacre por aquellos lares era escalofriante.

Un Maia, podía hallar a otro incluso entre una multitud. Eso pensaba a modo de débil alivio, Morion mientras escarbaba entre los cuerpos inertes de orcos, elfos y humanos, de Tercano y la Alianza.

Y en medio aquel cementerio a ras de piso, la vio.

Increíblemente pálida y fría. Morion buscó la herida entre las ropas tiesas por la sangre seca. Ahí estaba increíblemente grande. Embargaba buena parte del vientre y el muslo. Seguro estaba muerta.

Se inclinó sobre la mujer y no atinó más que a romper en un llanto convulsivo y desesperado.

Al mismo tiempo, junto a los muros de la ciudad, las tropas Tercanas lideradas por Naëvian ingresaban triunfales y se apoderaban de las calles aledañas a los muros.

La victoria era inminente. La Alianza sería expulsada de Barad Hithgwath en cosa de horas.

Y sin embargo, Morion no era capaz de ver la buenaventura de la empresa. Apeló a sus dotes curativas, que a pesar de especialmente poderosas no parecían surtir efecto en la líder de las tropas Tercanas.

Una vez más la victoria sabía amargo en las almas tercanas.

Escrito el 03-11-2005 00:25 #3

Los días se sucedían, el ejército triunfante comenzaba a aburrirse y los víveres escaseaban a pesar de estar en una ciudad. Los guardias no reportaban cambios de actividad frente a los portales y el olor a muerte y podredumbre empezaba a hacerse presente dentro de los muros.

Los soldados se entregaban cada vez más a la juerga y descuidaban sus labores con las armas. Haradriel y Dregnor hacían lo posible por mantenerlos alerta pues aun había un fuerte contingente tercano frente a la ciudad y podrían atacar de un momento a otro así pues mantenían las guardias que eran poco respetadas y generalmente tomadas con algunos compañeros y una bota de vino.

Dregnor se encontraba en sus aposentos cenando, al frente Haradriel tomaba un poco de vino y lo miraba furiosa. Habían tenido una discusión sobre el siguiente paso a tomar, el hombre insistía en pedir refuerzos para mantener la ciudad mientras que Haradriel alegaba que las demás compañías estaban demasiado atareadas y ocupadas como para prescindir de soldados.

Al final la opinión de la mujer había triunfado y habían decidido redoblar la vigilancia y racionar los víveres y sobre todo el vino que era tan bien aprovechado como derrochado por los soldados.

Dregnor presentía el inminente derramamiento de sangre mientras que Haradriel escuchaba los murmullos que le traía el viento y comenzaba a afilar su espada.

La mañana fue saludada por el canto de los cuernos tercanos, los guardias corrieron a avisar a los capitanes que, los ejércitos fuera de las murallas, se movían, pero que la bruma, no dejaba ver muy lejos, ni adivinar intenciones.

Haradriel ordenó prepararse para el ataque, los arqueros tomaron las almenas rápidamente y esperaron.

Como lo suponíamos, sin embargo, nos han tomados por sorpresa –decía Haradriel mientras caminaba por la sala impaciente y Dregnor se ponía su armadura y se ceñía la espada al cinto.

Tenemos que planear bien la defensa, puesto que somos dos, cada uno deberá tomar el mando de los cuerpos. Lo más sensato es que tu tomaras a los arqueros y yo hiciera lo mismo yendo al frente con la caballería y la infantería –Dregnor miraba a Haradriel sin parpadear- Cuando las puertas no resistan más haremos una salida, espero, arrasadora… pero ya veremos, no estamos en las mejores condiciones.

Haradriel trató de discutir, pues quería salir a luchar cuerpo a cuerpo junto con la infantería y la caballería, pero alguien tenía que dirigir a los arqueros que, eventualmente tendría que cubrir la retirada a la ciudad, en caso de que la suerte se pusiera en contra de Dregnor y sus hombres.

La mujer corrió a las almenas y ordenó a los arqueros mientras que el hombre bajó a la puerta y tomando su corcel se puso frente a los infantes y un pequeño cuerpo de caballería dispuestos a salir.

A media mañana las flechas comenzaron a surcar el cielo, los orcos tercanos trataban de llegar a la puerta y Haradriel hacia lo posible por mantenerlos a raya, los elfos arqueros disparaban sus dardos a tientas, tratando de atinar en la niebla. Haradriel usaba su arco con destreza y no fallaba un tiro, tan efectivas fueron las saetas de la Alianza que pronto los orcos se desanimaron y retrocedieron para retomar fuerzas.

Dregnor esperaba paciente frente a la puerta.

Los embates comenzaron una hora después de iniciado el ataque, la puerta vibraba a cada golpe de ariete, infantes y caballeros desenvainaron espadas y empuñaron escudos.

La puerta cedía poco a poco, varias aberturas dejaban ver los horribles rostros de los orcos que empujaban el ariete. Astillas volaron en todas las direcciones, la puerta había cedido y ya los orcos comenzaban a entrar por la abertura. Dregnor levantó su espada y dio la orden. La caballería de la Alianza atravesó las primeras filas de los orcos sin problemas mientras que la infantería se enzarzaba en una cruenta lucha para expulsar a los orcos de la ciudad y llevar la batalla al campo que se extendía frente a las puertas.

Según lo planeado la caballería se lanzó por el centro, tratando de dispersar a la infantería enemiga hacia los lados mientras que los soldados a pie salían divididos en dos brazos atenazando a los orcos y obligándolos a presentar combate o a retroceder hacia el centro donde la caballería poderosa de la Alianza avanzaba matando tantos enemigos como les era posible.

Haradriel había resistido a los orcos el tiempo que había podido, los arqueros de la alianza no tenían más flechas y las saetas enemigas comenzaban a cobrar victimas. La mujer ordenó desenvainar las armas y se dirigió, al frente de un contingente de arqueros, hacia las puertas. No permitiría que las huestes de Tercano volvieran a poner sus pies en ella, antes moriría en la batalla.

Organizó a sus guerreros, preparándolos para recibir a los enemigos, en ese momento uno de los soldados de Dregnor entró trastabillando por la puerta.

Una lanza atravesó su caballo, de la nada había surgido un grupo de lanceros que había parado en seco la caballería. Dregnor saltó a tiempo, mientras que su montura se desplomaba, los centinelas no habían avisado sobre esto, el ejército de la Alianza no estaba preparado para enfrentar lanceros, en cambio, sí estaban preparados para recibir a las cimitarras orcas.

El hombre se puso de pie y abatió al que había atravesado a su caballo, luego envió un mensajero a Haradriel para avisarle de las malas nuevas, mientras que comenzaba a luchar retrocediendo hacia los muros. A los lados, el combate era encarnizado, y la infantería de la Alianza, parecía que comenzaba a perder terreno.

Lanceros???!!! –Haradriel estaba sorprendida, no se había esperado eso- Pues bien.. ¡ Tocad retirada! , ¡ Nos reagruparemos aquí en la puerta y trataremos de mantener a los lanceros y orcos alejados de la ciudad ¡.

Las trompetas se alzaron desde los muros, los infantes de la Alianza comenzaron a ceder terreno mientras se retiraban a la ciudad.

Dregnor escuchó la trompeta y comenzó a pelear en retirada, sus hombres iban a su lado, muchos habían caído ya y otros comenzaban a flaquear. Los lanceros de Tercano tomaban cada vez más terreno mientras que por los lados comenzaban a llegar partidas de orcos que se habían librado del ataque de la infantería en retirada y ahora iban a ayudar a los elfos Tercanos. La retirada se hizo cada vez más difícil y los caballeros de la Alianza parecían disminuir en número. Ninguno quedaba ya sobre su montura y varias espadas estaban ya melladas, la mayoría de los escudos hendidos y todos tenían puntos sangrantes.

La empresa parecía imposible pero Dregnor se mantendría en pie hasta el final, un caballero cayó a su lado atravesado por una lanza, eran muy pocos, no lo lograrían.

Las puertas estaban cada vez más cercanas, pero al mismo tiempo cada vez eran menos los que quedaban junto al hombre. El numenoreano sudaba por todos sus poros y la sangre le nublaba la vista, justo cuando sintió que no podría más, que nunca llegaría a la puerta un ataque dirigido por Haradriel. Ella lo rescató a él y a los pocos que se mantenían a su lado en aquellos momentos.

¿Donde esta Dregnor? –La mujer miraba preocupada a los últimos soldados que atravesaron las puertas

No lo hemos visto, -dijo uno de los soldados- pero al parecer había un pequeño grupo resistiendo frente a los lanceros tercanos, Señora –El sudor recorría la frente del soldado que se tomada el hombro izquierdo sangrante.

Id a la retaguardia y trata de curarte, necesitaremos todas las armas que podamos. ¡Vosotros reunid un grupo de valientes que estén dispuestos a atacar de frente a los orcos y lanceros!. –Unos arqueros miraron a su Señora y en seguida comenzaron a reclutar.

Diez minutos más tarde treinta aguerridos soldados con armas y escudos en mano se encontraban detrás de Haradriel corriendo hacia la puerta donde un grupo de infantes mantenía alejado al enemigo de la ciudad.

A mi señal romperemos las fuerzas enemigas de frente y buscaremos a Dregnor!!

Ahora!!! –Grito Haradriel con su espada levantada y atacó de frente con su grupo, a los enemigos.

¡Manteneos firmes! –Gritaba la potente voz de la mujer- ¡que nadie atraviese con vida esas puertas!. Ustedes –Dijo señalando a los dos jóvenes que mantenían en hombros a Dregnor- ¡llévenlo a la carroza y esperen ahí!.

La mujer se puso al frente de la batalla cuando comenzaba a caer la noche.

Dregnor se despertó sobresaltado, blandiendo una espada invisible y maldiciendo a unos enemigos inexistentes, al instante sintió una fuerte punzada en un costado y en la cabeza, tan intenso fue el dolor que estuvo a punto de desmayarse de nuevo. A su lado un joven soldado sostenía una jarra con agua y un odre.

Donde estamos –pregunto en un suspiro Dregnor.

En una carroza, nos dirigimos hacia tierras de la Alianza, Señor –Contestó el soldado.

¿Y la ciudad? ¿Y la Batalla? – preguntó Dregnor cuando los recuerdos golpearon su memoria.

Hemos tenido que retirarnos Señor.

Dregnor movió la cabeza a un lado y vio a Haradriel tendida a su lado, totalmente inmóvil, con las vestiduras bañadas en sangre y pálida como un témpano de hielo en pleno invierno

Volvió su mirada al soldado. Esta… muerta? –Pregunto en otro suspiro y con una lagrima escurriéndose por su mejilla.

No… todavía. –Contestó el soldado volviendo la mirada hacia otro lado.

Escrito el 07-11-2005 16:43 #4

Resumen de la batalla:

Tercano ha perdido 11 armadas x35= 385 puntos.

Recuperables: 257 puntos.

Valoraciones: 7+8+7+9+6= 7,4

Recupera: 190 puntos. Este clan ha solicitado heridas de los dirigentes por el 120% dividido entre cuatro personajes; en la historia sólo se describen heridas de uno de ellos, por lo tanto solo se tendrá en cuenta el 60% de daños que habian solicitado para ese personaje; por este concepto recupera 210 puntos. Total recuperacion: 400 puntos.

No pierde puntos.

Alianza ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.

Recuperables: 198 puntos.

Valoraciones: 7+8+8+9+7= 7,8

Recupera: 154 puntos. Los dirigentes de esta compañia han sufrido daños por el 120%, por este concepto recupera 420 puntos. Total recuperacion: 574 puntos.

Pierde: 21 puntos.

Tercano percibe 150 monedas por batalla ganada.

Alianza entrega 100 monedas a Tercano por abandono de la batalla.

Alianza entrega 200 monedas a Tercano por saqueo de la ciudad.

Compañias actualizadas y listas.

Historia finalizada.