La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida - Alianza - Árchaon

2005:11:05:14:46:06

Árchaon

Amanecía un nuevo día en la que las nubes acaparaban todo el cielo para ellas. Y algo recordó a Árchaon un día no muy lejano. Sin pensarlo dos veces, pidió a su amigo, el joven Theodolf, un Edain con diez años de edad, que escribiera la historia mientras él la narraba.

- Hacía ya tiempo que Árchaon marchó de aq...

- Pero si Árchaon eres tú, ¿por qué lo nombras?- interrumpió impasible el niño.

- Porque quiero contar la historia como si fuese contada por boca de otro- Aclaró pacientemente el Maia a la vez que comenzaba su relato de nuevo...

Hacía ya bastante tiempo que Árchaon marchó de aquella aldea que lo acogió y curó de sus graves heridas frente a un ejército de Nurn. Marchaba por las últimas leguas del territorio Tasariano antes de llegar a la frontera con Eithel-Glîn.

Mientras surcaba aquellos parajes con su mirada, el Maia pensó en las últimas palabras de la mujer que menguó sus heridas acogiéndolo en su casa:

- No debes temer ante la sombra de una espada, amigo mío, tampoco a la muerte, sólo has de temer por la felicidad de los que más queremos en nuestras vidas....

Era verdad, había descuidado totalmente el amor que sentía por un ser hace algún tiempo, pero ahora, en tiempo de guerra, no sabía ni siquiera si seguiría ella viva.

Una lágrima resbaló por su mejilla finalizando su trayecto en sus húmedos labios.

Por fin, tras varias jornadas de viaje, los compañeros divisaron al sudeste aquella cadena montañosa que delimitaba ambos clanes, las Ered Formen, recubiertas de nieve en sus cuatro picos cuyas cimas se extendían hasta el cielo cuales rayos de luz unen el sol con la tierra.

- Estamos en casa- sonrió el Maia mientras desmontaba de su tigre y comenzaba a abrir un paquete en el que había un poco de pan.

De otro paquete sacó algo que parecía ser carne, y tras encender un fuego apuntando con su dedo índice al lugar de la fogata, encaramó la carne cruda en varios palos y los colocó cerca de las ascuas.

Al poco, los dos amigos se hallaban comiendo bajos los cedros que yacían en las llanuras que separaban las Ered Formen del Bosque que daría paso a la ciudad de Tyelpëosto.

Tan solo eran dos jornadas las que los separaban de su ciudad, y a medida que la felicidad embargaba el cuerpo del Maia, un dolor repentino nubló su vista, de repente cayó al suelo.

Silvaron observó inmóvil la escena, y justo al poco corrió hacia Árchaon. Estaba tendido junto a su amigo mirándolo sin poder hacer nada..¿o sí?. De repente, el tigre se incorporó de un brinco, y arrastrando al Maia, amarrándolo con sus dientes por el cuello de su camisa, lo llevó hacia una pequeña gruta de cara al este y lo introdujo en la misma, para, acto seguido, salir de ella fugazmente en dirección sur.

Así pues, Heru-Los encontró pronto un pequeño pueblo situado en la orilla del río Sîrfallë.

La poca gente que allí estaba se impresionó al contemplar la belleza de aquel ejemplar de tigre albino, y enseguida, en cuanto se percataron del peligro que corrían, dispusieron a ponerse a salvo, pero, como si un sentimiento de paz fuese esparcido por el medio, todos pararon de correr y se volvieron hacia aquel ejemplar de tigre.

Silvaron observó a la gente que ahora lo rodeaba intentando percibir el augurio de un alma pura y buena que lo ayudara a curar a su compañero.

Allí estaba, una muchacha, una joven Edain que miraba impresionada al Señor de las Nieves.

Su belleza era radiante, la humana desprendía tal hermosura que hasta Silvaron quedó prendado de ella. Su pelo liso caía delicadamente sobre su espalda en forma de suaves ondulaciones que hacían semejarse a las olas del mar cuando el viento lo acariciaba. Era negro como las oscuras noches de verano, y mechones de oro y plata recorrían a menudo aquel fino cabello desde arriba hasta abajo.

Este conjugaba perfectamente con sus ojos de color verde, grandes y radiantes como el sol es su máximo esplendor, un verde que inundaba de fuerza hasta los corazones más sumidos en la desesperación.

Silvaron se acercó lentamente hacia la muchacha para no asustarla, y cuando estaba a pocos metros de ella la observó con sus ojos penetrantes.

Sólo ese gesto bastó para que la Edain lo siguiera rápidamente si mediar palabra con los demás pueblerinos.

La guió por los bonitos parajes de la región, y al poco, llegaron a la gruta en la que estaba el Maia.

Aún estaba tendido en el suelo en la misma pose que lo dejó el tigre.

La mujer comprendió enseguida de que se trataba y corrió a atender al aparente semielfo.

Clavó las rodillas en el suelo y sacó de un pequeño bolsillo unas finas hierbas de color azul. Se frotó un poco las manos con ellas y restregó dicho aroma por los labios de Árchaon

Aún no había contemplado el rostro de la persona a la que curaba, así que se decidió a hacerlo, entonces el mundo se paralizó para ella. Un escalofrió recorrió su cuerpo y llegó hasta el mismo corazón. Entonces decidió quedarse con él hasta que despertara dentro de un día o dos.

A medida que pasaban las horas, la muchacha fue sintiendo aprecio por Silvaron, y se podría decir que era un aprecio mutuo, por ambas partes.

Al fin, los ojos de Árchaon comenzaron a abrirse, y la muchacha se arrodilló a su lado. Había pasado toda la noche observándolo en silencio, asumiendo su bello rostro. Corría el riesgo de que aquel fuese un criminal, pero algo le decía que estaba segura con él, algo le decía que la bondad inundaba aquel corazón...

Sí, se quedaría a su lado, pues se había interesado en él...

Una tenue luz entró por sus ojos hasta su cerebro, y enseguida, esa luz se tornó verde. Entonces, una belleza inimaginable recorrió todo su cerebro estremeciendo su piel. Se frotó los ojos y trató de ver mejor. Si, no era un sueño, una muchacha o observaba.

Este dio un respingo hacia atrás tras reaccionar y se echó mano a la espada, pero, rápidamente Silvaron se colocó entre la Edain y él.

- Y así es como vuestro compañero me trajo hasta vos- terminó la joven.

Árchaon no pudo evitar soltar una carcajada y abalanzarse cariñosamente hacia el tigre dándole las gracias.

A decir verdad la muchacha no dejó de mirar los ojos del Maia, a pesar de que eran casi del mismo color que los suyos, estos le impresionaban...

Pasaron dos lunas desde entonces, y ninguno quería separarse del otro, y aunque ninguno lo dijo, ambos lo notaban.

Habían hablado sin parar desde aquel día en el que abrió los ojos. Ella se llamaba Rousan y tenía 25 años. Sus padres eran mercaderes, y ella se dedicaba a cuidar de los niños pequeños mientras los padres ejercían en sus oficios.

- Bueno... - suspiró el Maia- creo que es hora de volver a casa.

Rousan bajó la mirada, Árchaon subió delicadamente su barbilla y observó que las lágrimas surcaban sus mejillas.

- No llores por nuestra despedida, preciosa, mas no debes temer ante nada, sólo has de temer por la felicidad de los que más queremos en nuestras vidas, así pues, no temáis por mí, porque volveremos a vernos.

Ella no dijo nada, sólo se limitó a salir silenciosamente de aquella gruta en la que había compartido los últimos días con aquel hombre que tanto había llenado su corazón en tan poco tiempo.

Árchaon quedó paralizado, no sabía que hacer, pues en realidad sentía mucho amor hacia aquella desconocida, porque en realidad sólo la conocía de tres días..

Al fin se decidió salir de la gruta, y corrió para alcanzar a Rousan. La aferró de del brazo y lo volvió, atrayéndola hacia sí y apretándola a su cuerpo, y mientras rodeaba su cintura con sus brazos, la besó con ternura durante un largo rato.

- Volveré a por ti, créeme. Pero urgentes asuntos me requieren en mi tierra.

Después de acompañarla a su aldea, el Maia retornó a su tierra para acabar aquella maldita guerra, y con el dulce sabor de aquellos labios aún en los suyos, cabalgó hacia Tyelpëosto...

[Editado por legolaragorn el 03-11-2005 22:35]

Eärondûr Rangilion

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